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Carta abierta a Sami Khedira

[Reproduzco a continuación, por petición popular que agradezco sentidamente, la carta abierta a Sami Khedira que se ha leído hoy, miércoles 20 de noviembre, en la tertulia de Real Madrid TV. Puedo avanzar a los espectadores de Real Madrid TV que andamos trabajando en una nueva sección que han tenido la irresponsabilidad de encargarme a mí, y de la cual esta carta a Khedira ha sido la primera muestra. Habrá más, y si contra todo pronóstico la idea os gusta y la sección cuaja, me tendréis escribiéndola con regularidad bajo el nombre de «La Lupa». Serán piezas sobre la actualidad del Real Madrid desde un ángulo más literario que informativo, en la convicción de que literatura y madridismo maridan tan bien como las uvas y el queso. Iré subiendo aquí los textos de momento. Gracias a todos de veras por vuestro interés lector y espectador]

Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.

Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.

Admirado Sami:

Cuando viniste a Madrid quizá te dieron algunas nociones básicas sobre la cultura y la geografía locales. Te dirían por ejemplo que Madrid se levanta sobre una meseta, y sin embargo yo creo que se parece más bien a una sabana. A una sabana africana donde si no eres león, corres el peligro de ser cebra, y que te devoren los leones, y luego te rematen las hienas, y por último te apuren los buitres.

En el ecosistema extremo que forma el tristemente famoso entorno del Real Madrid tú nunca has contado con muchos apoyos. Y eso que te apuntaste enseguida a clases de español para aprender pronto el idioma, porque si algo te sobra es aplicación, y diligencia, y esfuerzo de buena cuna alemana. Esa aplicación que los carroñeros del ecosistema no valoran, pero que te vuelve imprescindible en la mejor selección alemana de los últimos tiempos y en el mejor Real Madrid del último lustro. Ancelotti ya había encontrado el equilibrio anhelado sobre la base de tu generoso derroche y la compañía inteligente y creadora de Xabi y Modric. Pero esa presencia tuya tan imponente, a los ojos del entorno carroñero, se convierte paradójicamente en ausencia. Y así vemos cómo todos se entusiasman ahora buscándote sustituto en el medio campo, conjeturando cambios tácticos, reivindicando a sus cromos favoritos que no juegan todo lo que les gustaría quizá porque no hay otro que se sacrifique como tú.

Has venido a romperte los ligamentos en uno de esos bolos estúpidos que patrocina la FIFA del gran bufón, pero en los medios apenas se te ha concedido un duelo rácano. No diré que se alegraran de la noticia, pero yo los he visto volar ya en círculo sobre tu cuerpo doblado. Tú también los viste hace tiempo, y por eso te desahogaste en aquella entrevista que clamaba por un respeto imposible en esta selva.

Alemania te espera para el Mundial: allí no tienen dudas. Aquí tampoco las tiene el míster, que te había otorgado la importancia que mereces. Pero ahora pasarás seis meses fuera de la pradera, donde luchas y te reivindicas silenciosamente, y es posible que te asalte de nuevo la amargura. Por si te pasa eso, recuerda que también vive en la sabana un madridismo bien nacido que te querría escribir una carta de apoyo sin plazos ni preguntas, sin alternativas ni olvidos. Eres el guerrero masái de nuestro centro del campo. Y esperamos el retorno del guerrero.

Y ahora descansa, lee mejor un libro que la prensa y déjate cuidar por tu señora. Pronto te pondrás en pie y volverás a espantar a los buitres.

(La Lupa, Real Madrid TV, miércoles 20 de noviembre de 2013)

La locución aquí a partir del 23:15.

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El otro Wilde

Hector Hugh Munro, el afilado Saki.

Hector Hugh Munro, el afilado Saki.

Oscar Wilde no estuvo solo en la dramática contienda contra la era victoriana. A su lado peleó con gloria poco reconocida el caballero británico Hector Hugh Munro (Birmania, 1870 – Francia, 1916), por sobrenombre Saki, el más afilado cuentista británico de entresiglos y uno de los talentos más sutilmente divertidos del ámbito anglosajón junto con el estadounidense O. Henry. El celebrado Wodehouse debe tanto al magisterio cómico de Saki como el añorado Tom Sharpe, que en junio de este mismo año decidió morirse en Gerona al constatar el decepcionante retraso de la recuperación o de la independencia, una de dos. Antes de morir, sin embargo, dejó escrito: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado, querrás empezar otro; y cuando los hayas leído todos, jamás los olvidarás». No creo que se puede recompensar mejor la entrega de un escritor al juicioso mandamiento de Sainte-Beuve: «Leed cosas grandes, escribid cosas agradables».

Saki leyó a los grandes ironistas de su tradición cultural, de Sterne a Swift, y escribió unos cuentos gratísimos de leer que bien leídos no están exentos de amargura íntima ni de aullido social. Lo que me gusta de Saki es que no necesita operaciones exhaustivas como las de William Makepeace Thackeray (otro inglés nacido en la India) para abrir en canal a la sociedad eduardiana. Con tres incisiones muy localizadas pone la moral porcina de una marquesa a chorrear sangre boca abajo. Sus cuentos van al grano tras una ambientación impresionista y mantienen unas constantes estructurales y temáticas cuya reiteración obsesiva no preocupa en absoluto al autor. Y lo que es más importante: tampoco al lector.

Tenéis varias ediciones. Yo he manejado los Cuentos Completos en Alpha Decay y las Crónicas de Clovis en Valdemar, aunque hay algunas otras fruto de un feliz, y reciente, redescubrimiento editorial. Las piezas narrativas de Saki suelen estructurarse en torno a una escena de corte teatral, en donde los diálogos y las descripciones psicológicas canalizan el veneno de la sátira costumbrista: conversaciones en salones de mansiones londinenses o coloniales, fiestas o clubes de bridge. Aristócratas de afilado ingenio y pícaros arribistas alternan golpes de florete dialéctico abrumando al lector-espectador que asiste a un despliegue sintáctico y verbal deslumbrante. Los vicios de clase —la hipocresía, la avaricia, las maniobras del gorrón o la pesadez del charlatán— son satirizados sin piedad, con el efecto multiplicador que se logra envolviendo la carga vitriólica en elegantes capas de referencias indirectas y elaboradas perífrasis y comparaciones. El estilo relampagueante de las comedias wildeanas, vamos.

Se trata de una literatura que toma a los lectores por inteligentes. Exige un paladar medianamente distinguido para apreciar tanto un enredo endiablado como un moroso dibujo de caracteres, una erudición exótica, una nota macabra y una sintaxis sin miedo a la subordinación. De los ingleses siempre sorprende un poco esa simultánea aptitud para el escándalo y la permisividad, caras de la misma moneda de la civilización. Fue el puritanismo victoriano el que condenó a Wilde, pero solo después de llenar durante años los teatros que representaban sus obras. Al final parece que el único precepto absoluto es el que promulgara en mármol Michi Panero: «Lo único que no se puede ser en esta vida es un coñazo». Ni Wilde ni Saki aburren jamás.

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6 noviembre, 2013 · 13:40

Mi tarde con Loquillo

[Reproduzco, por si fuere oportuno y al hilo de una mención de Pedro Ampudia, la entrevista que le hice a Loquillo en Donosti, una tarde otoñal de 2010. Fue de las mejores cosas que hice como reportero de Época. A pesar de su extensión final, corté mucho material que conservo grabado, lo cual no bastó para que tras la publicación me llamara el representante del artista hecho un basilisco por el exceso de opiniones políticas vertidas, como si no hubiese una grabadora en rojo sobre la mesa y como si Loquillo no fuera Loquillo, en definitiva. Ahora que arrecia el tabarrón catalán, quizá sea de algún interés]

Hall del aristocrático hotel María Cristina, un diván alargado y una lengua rock.

Hall del aristocrático hotel María Cristina, un diván alargado y una lengua rock.

Nació José María Sanz Beltrán en el barrio barcelonés de Clot. Cuenta 49 años de edad y 30 de carrera. Tiró una vez una tele desde el piso 25 de un hotel a la piscina. Loquillo se lo puso Epi, con quien machacó aros en su primera juventud. Hizo la mili en la Armada. Culto, incorrecto, informado, indomable. Le hartaron de vivir en Barcelona los nacionalistas excluyentes. Nos recibe en su Donosti de adopción, villa bonita, fuerte y formal, para confirmarles a los lectores de ÉPOCA aquella declaración de principios propia de una rock star que no se apaga: “Abrirás una revista y me encontrarás a mí”.

-Dice Miguel Ríos que hay una edad límite en el rock. ¿Es así?
-No. Para su generación, igual sí.

-¿Cómo es su generación?
-Pues bastante distinta. Yo vengo del ruido, y él del paz y amor, no puede ser igual. No sé cómo será, pero desde luego no igual. Yo he nacido con el punk. Pero yo soy de la generación del 77, no tengo nada que ver con los hippies, ni en forma de actuar ni de pensar, musicalmente no tenemos nada que ver.

-¿Está muerto el rock and roll?
-Bueno, es evidente que estamos viviendo el final de una época y de una tradición y de unos valores. No sé si el rock va a sobrevivir a eso, pero creo que más que el rock and roll, lo que existe es una manera de entender la vida que también tenían los románticos del siglo XIX o los poetas beatnicks de los años cuarenta y cincuenta. Sí es cierto que la cultura rock empapa toda la sociedad de los últimos 30 años. En nuestro país, los mítines se parecen cada vez más a un concierto de rock. El rock ha sido portavoz o ha sido la punta de lanza de un modo distinto de entender la vida. Siempre hubo actitudes así, en otros siglos se ha llamado de otra manera.

-¿Qué cambio ha supuesto la Red?
-Un cambio absoluto, una vuelta a empezar. Hay quien dice que es el final y yo digo que es el principio. La Red ayuda a que la música que no suena en las emisoras de radio comerciales llegue a los demás. Con lo que somos los primeros en agradecerlo. Y por otro lado, ha creado una vuelta a los inicios. La música se había convertido a mitad de los años noventa en una industria tan controlada que en España el músico se acababa a los 30 años. No existías. Lo decían las radiofórmulas. Vino la Red, y nos salvó. Las radios ya no marcan nada. Los críticos de rock son crepusculares. La crítica real está en la Red. Tu mismo público hace la crítica continuamente.

-Pero está por ver que eso cristalice en unos beneficios…
-Yo creo que el artista debe tener el derecho de hacer con su obra lo que quiera. Yo tengo en mi página varios de mis discos colgados para descargar, pero lo digo yo, y no cobro por ello. Entiendo que tiene que haber una Red, donde tú puedas escuchar música y comprarla si tú quieres, pero por otro lado entiendo que la gente intercambie canciones porque eso es lo que hacíamos nosotros cuando grabábamos casetes.

-¿Y esa forma de pensar por qué no impera en una sociedad tan criticada como la SGAE?
-LA SGAE tiene un problema que arrastra desde hace muchos años. Yo creo que es un cementerio de elefantes. Yo soy partidario de que las sociedades de gestión tienen que ser llevadas por gestores. El problema de la SGAE viene de muy lejos. Ahora no está ni Ramoncín ni Víctor Manuel y el problema sigue igual. Ahora está Jorge Drexler. ¿Tú te crees que a mí me va a defender Jorge Drexler? No se da cuenta de que le han puesto ahí de parapeto. Pero el problema son los que están detrás, y los que quieren venir. Y por otro lado, hay muchísimos factores interesados en esa guerra. Porque los máximos beneficiarios de esa guerra son las empresas de telecomunicaciones. Cuanto más pirateo, más ganan. Y en cambio tenemos las tarifas de Adsl más caras de Europa.

-La SGAE no ha entendido como usted que la Red es el principio…
-Lo que a mí me parece un abuso es haber estado cobrando una pasta a la gente por un trozo de plástico con un redondel, y además tres veces seguidas. Primero el disco, después el de grandes éxitos y después el cd. Es normal que la gente se rebote. La SGAE es un gran negocio. Lo que sí noto es la gran cantidad de ignorancia sobre el tema en España. Qué poco nos creemos la cultura que tenemos y qué poco la respetamos. A un francés le es muy difícil comprar algo que está en el suelo, y para un español es como decir: “¡Eh, que le estoy engañando a alguien!”

-¿Cómo se veía a una banda de rock en los primeros ochenta?
-En esa época se nos consideraba pro-yanquis. Nos llamaban fascistas por ir de cuero. Yo les decía: “¡Pero si en el asalto al Palacio de Invierno los bolcheviques vestían gabardinas de cuero!”.

-¿Fueron tan salvajes los 80 como se dice? ¿Llegó usted a tocar fondo?
-No, no me lo podía permitir. Porque mi padre no era diplomático, tampoco estrella del toreo, ni actor de cine. Mi padre era estibador del puerto de Barcelona. He crecido en un piso de 49 metros cuadrados, donde vivíamos en el pasillo, porque vivíamos mi padre, mi madre, mi tía y mi abuela. Cuando tú creces en eso, cuando ganas un dinero en esto, sabes lo que ganas y le das un valor a lo que ganas. Y si depende de ti una familia y te han educado con la cultura de los valores, puedes pasarte tres pueblos, pero llega un momento en el que te das cuenta de que no puedes pasarte más. Y eso es lo que me ha salvado a mí.

Carlos Ruiz-Ocaña, Loquillo y yo, con un corte infame, durante el cigarrito de después.

Carlos Ruiz-Ocaña, Loquillo y yo, con un corte infame, durante el cigarrito de después.

-¿Qué le parece esta ley del tabaco?
-Una vergüenza. No se puede adoptar una norma en un país como el nuestro, de hostelería, de servicios. Y aquí vienen los guiris a desgravarse. ¿Por qué no podemos vivir de ellos? Y además, el que quiera ir a un sitio de fumadores que vaya, y el que no quiera ir que no vaya. Yo fumo muy poco, pero me gusta de vez en cuando fumarme un cigarrillo. ¿Por qué nos complicamos tanto la vida? ¿A ti te obligan a ir a misa o a ir a los toros? ¿No, verdad? Si quieres vas, si quieres no vas. Se acabó. Esto no es Suecia. Aquí la gente, de entrada, grita. En segundo lugar, la gente se relaciona. La forma de relacionarse es bebiendo, alternando y hasta hace poco fumando. ¿Quién no ha intentado ligar ofreciendo un cigarro? ¿Alguien se imagina un concierto de jazz sin tabaco? Yo he crecido con el cine negro americano o francés. Jean Paul Belmondo o Humphrey Bogart fuman. ¡Me ofrecéis estos modelos masculinos y ahora me decís que no molan! Me parece impresentable.

-Ha tenido la surte de tocar como telonero de The Who y The Rolling Stones. ¿Qué siente cuando mira atrás y ve que lo ha conseguido?
-A veces uno piensa: “Lo he hecho, lo demás no”. Pero también pienso: “Yo lo creí más que lo demás”. Querer es poder. Ya estuve en 1999 con los Rolling haciéndoles una coña. Entré con Gay Mercader en el camerino, con un maletín y vestido de negro. Y Gay les dice: “Es el hombre del cash”. Y los tíos se quedan flipando como diciendo: ¿Nos van a pagar aquí con una maletín? La coña es que el maletín estaba lleno de chocolatinas de billetes con su cara.

-¿Para cuándo una reunión en directo de los hombres de negro: Calamaro, Bunbury, Urrutia y usted?
-Está más cerca de lo que parece. Los artistas están de acuerdo. Los mánagers han hablado. Lo dejo ahí.

-¡Vaya cuarteto!
-Los cuatro somos para darnos de comer aparte. El mundo del cine es corporativista. De ahí la vinculación de muchos al comunismo o socialismo. Es difícil en el cine ser individual. Ese corporativismo hace que tengan un lobby de poder muy gordo con el cual logran que les subvencionen todo y más. En el mundo de la música todos somos individuales y las compañías se las ven y las desean para lanzar a los músicos al mercado. Lo que conseguimos lo hacemos solos. Con lo que se subvenciona una película, se podría subvencionar toda una discográfica durante un año. Pero creo que la cultura subvencionada termina matando al artista. Se deben subvencionar los locales, promocionar la cultura en los medios, pero el mantener y subvencionar a fondo fijo a compañías de teatro, a gente del cine… ¡Deja que vengan otros! Lo cierto es que los cuatro hemos ido a nuestra bola. Enrique se ha metido en Latinoamérica a base de constancia y trabajo, y de invertir su propia pasta. Andrés se vino de Argentina a España a buscarse la vida. No le ayudó nadie. Y Jaime, creo que debería estar en la RAE… ¿No está Cebrián? Este señor ha escrito 30 de los mejores poemas musicados de los últimos 30 años en España. Una lección de castellano.

-Que Alaska se dedique ahora a participar en tertulias del corazón, ¿qué le sugiere?
Olvido siempre ha sido así. No engaña a nadie. Ha intentado mantener un cierto equilibrio entre intelectualismo y hedonismo. No me sorprende, va con ella. Tanto Nacho Canut como Olvido son personajes que quiero mucho y que se inventan a sí mismos. Me encantan los desplantes de Nacho y las salidas de maruja de Alaska.

-Si su hijo le dijera que le gusta la música de Bisbal, ¿qué le diría?
-Mi hijo es fan de Morrissey y los Who. Esos programas siempre han existido: Mecano salió de algo parecido. El problema es que sólo salen cantantes melódicos. Hay un pensamiento único de música. El problema de ese programa, que ha hecho mucho daño a la generación que estaba emergiendo en aquella época porque no pudieron llegar, el verdadero problema es que estaba pagado con dinero público. Y que las compañías de discos y agencias de contratación, que se forraron con ello, las hemos subvencionado nosotros.

-Eso no solo ocurre con la música…
-Te contaré una cosa. Hace poco recibí una llamada de una serie de televisión que quería describir una parte de la historia de España. Yo les dije que si era una productora privada, yo cobraba. Si era TVE, lo hacía gratis. Hay que tener ética en esto. Tú puedes engañar a la gente durante un tiempo, pero si no tienes ética, te vas a la mierda. En España, durante muchos años, uno tenía que vender los derechos de autor a una emisora de radio para sonar; ahora es a la compañía directamente. ¿Hemos avanzado algo? No. ¿Cuál es la ética? No hacerlo. Yo desde el año 92 no sueno en las emisoras comerciales. Pero en cambio tengo una editorial propia y la gestiono yo mismo. Siempre se lo digo a la gente que empieza: cuidad de vuestros derechos de autor. Es el legado de tu familia.

-Ha participado en varias películas, ha escrito dos novelas. ¿No le bastaba con el rock para expresarse?
-Hay que aprender divirtiéndote y trabajando a la vez. De joven era muy fan de Charlton Heston y siempre pensaba que se lo debía pasar que te cagas porque siempre aparecía en sus películas disfrazado de algo. En las dos pelis que he hecho, en una hago de guardaespaldas de los años veinte; fue en La ciudad de los prodigios, basada en la novela de Eduardo Mendoza, gran Premio Planeta. En la otra hago de falangista. A ver qué me toca la próxima. En cuanto a lo de escribir, lo hago para reflejar la historia no contada de mi ciudad. Fue una explosión de cultura. Todos los grandes, empezando por Vargas Llosa, venían. Y llegó Pujol y se lo cargó. Antes de que cuenten una historia distorsionada, pues la cuento yo.

-Se acercan los comicios catalanes…
-No voy a votar a un partido para que administre mi voto otro. Merecen una temporada en el infierno todos. El 51% de la población, entre la que me incluyo, no votamos el Estatuto. No fuimos a votarlo. Eso tendría que hacer pensar a la clase política. ¿Cómo estamos tan lejos del electorado? Les importa una mierda. Ellos a la suya.

-¿Y no hay rebeldes que acaben con esa omertá nacionalista?
-No, se han ido todos. De mi generación se ha ido todo el mundo. En una cena, creo que Loles León dijo: “A mí me echó Pujol de Barcelona”. Salió mi compañero Sabino Méndez y dijo: “Nosotros resistimos a Pujol, nos ha echado el Tripartito”. Las bandas más importantes de Barcelona de aquella época nos fuimos todas. Primero porque las compañías desaparecieron. Y en segundo lugar, porque tengo muy asumido lo que ellos tienen tan claro: que cultura catalana es la que se hace en catalán. Punto. Eso te dicen. ¿Y para qué te vas a molestar? La omertá ahora es muy clara allí, aunque de mí a veces dicen: “Bueno, todavía es recuperable, algo habremos hecho mal con él…”.

-¿Ha perdido la esperanza de que cambie la hegemonía nacionalista?
-Evidentemente esto va a tener que petar un día. Pero entretanto te has cargado una generación. El nacionalismo ahora mismo en Cataluña es un negocio muy rentable. A mí me sabe muy mal que un sentimiento que puede ser muy digno, respetable, de ciudadano que quiere sus símbolos y tradiciones, se haya convertido en el chollo de vida de mucha gente. Es comercializar un sentimiento muy íntimo. En Cataluña se ha creado el funcionariado cultural. Es todo un arte. Han intentado ver en mí a un Boadella de la música, pero él tiene muchas más tablas. Yo, humilde y simplemente, he dicho: esta guerra no es mía, ahí os quedáis. Porque la situación es kafkiana. Allí son capaces de gobernar con el 20% de los votos y les va a dar igual. Hasta ahí llega su locura.

-¿Está a favor de las listas abiertas?
-Lo primero es que cambie la ley electoral. Un hombre, un voto. Una mujer, un voto. ¿Por qué mi voto vale la mitad que el de uno que vive en Vic? Y a partir de ahí, lo demás. Los partidos políticos viven aún de ideologías políticas del siglo XIX. Miguel Bosé no es santo de mi devoción, pero el otro día dijo una frase muy buena: “Los sindicatos están obsoletos”. Siguen con la retórica del Palacio de Invierno. Los partidos están enquistados, y si entra un poco de aire fresco cierran la ventana. El virus del franquismo muta, y tanto la izquierda como la derecha sufren de él. Es muy difícil matarlo. Si la derecha en este país peca de rancia y de no ser europea, la izquierda de este país peca de que pagaría por ver a los grises entrando en la universidad. Y como no pasa, se cabrean. Y creo que hay gente en España que es diferente. Mi familia procede mitad del anarquismo y mitad del POUM, imagínate. Me cabrea por ejemplo la explotación de la bandera republicana por parte del PC. Pues yo conozco mucha gente de derechas que es republicana. En España, actualmente, todo aquel que manifieste su desacuerdo es un facha. Si vives en Cataluña y no estás por la labor del chanchullismo, eres un facha. Y anticatalán ya es todo aquel que vive en España. Deberían leer historia, porque se ha vendido a los chavales que los españoles invadieron Cataluña. Y parece que en Cataluña jamás hubo franquistas, ni el Tercio de Montserrat, ni esas imágenes de brazos alzados. En la II Guerra Mundial, mientras mi padre estaba en la cárcel, Jordi Pujol estudiaba en un colegio alemán.

-¿Qué le parece el nuevo Gobierno?
-Que Leire Pajín sea ministra es lo que menos me choca. Cualquier espectador de la política de los últimos cuatro años tenía que darse cuenta. Lo más increíble para mí es la supresión del Ministerio de Igualdad. Tengo mucho interés en saber cómo van a reaccionar los foros feministas. Si se van a callar o no. Y eso que era la apuesta del presidente. Aunque igual no dicen nada para no perder la subvención.

-La Monarquía y su futuro.
-Interesante pregunta. El futuro es mujer. En todas las fotos sale ella delante.

-San Sebastián o Barcelona.
-Difícil. Llevo ya años fuera de Barcelona, pero aún me falta más perspectiva. Voy exclusivamente para ver a mi madre y a mis amigos. Desgraciadamente para mí, en un momento determinado se convirtió en una ciudad muy opresiva, sobre todo a raíz de todo lo que pasó con la vinculación de Sabino a Ciutadans. Lo pagaron conmigo, fue tremendo, se cebaron conmigo cuando no tenía ninguna vinculación política. La expresión es: aburrieron a un buey. Y me largué. Estaba harto. Tendrá que pasar tiempo para que vuelva a recuperar el feeling. Y Donosti es una ciudad que me pega. Es muy familiar, casi un barrio de Barcelona, vas a todos lados andando. Y la gente es muy seria y educada, nadie te da el coñazo, y eso me ayuda mucho. Aquí puedo ir al fútbol o al baloncesto con mi hijo, pasear con él o ir a la playa, y nadie me molesta.

-¿Lo de Lady Gaga es provocación?
-¿A quién le puede provocar eso?

-¿El Barça o los Celtics?
-Pregúntamelo cuando vuelva Gasol [risas].

-Último libro que ha leído.
-Una biografía de Patton y Rommel. Me gustan mucho las biografías de grandes estadistas, de Federico el Grande a Churchill, ver cómo reaccionaron ante situaciones límite. Y sus estrategias. También en la música es importante la estrategia…

-Última peli que le haya gustado.
-Hace poco volví a ver la trilogía de Aldecoa dirigida por Mario Camus. Young Sánchez, de 1963, con Julián Mateos de boxeador, es impresionante.

-Su vocación frustrada.
-Yo quería ser astronauta, y no es coña. Intenté alistarme en la fuerza aérea con 16 años. No me quisieron por alto. Yo quería ser piloto de caza y de ahí marcharme a Houston para pasar las pruebas de la NASA. Como veis, en cierto modo he logrado estar cerca de las estrellas: me he convertido en una.

-Zapatero.
-Tiene una flor en el culo. Se parece a Cruyff: en la peor situación, de una manera o de otra, siempre ganaba.

-Laporta.
-Un caso indescifrable. En un concierto en Barcelona vino a verme al camerino. Yo flipaba, porque habían venido algunos Boixos Nois -muchos tienen por himno el «Feo, fuerte y formal»- y pensaba que se iba a liar. Pero he de decir que Laporta conmigo siempre ha sido una persona cojonuda, y mira que no soy independentista. Era excesivo y se lo he criticado. Pero no puedo hablar mal de él, porque era fan. Claro que yo tengo fans muy extraños…

-Montilla.
-El día que ganó yo escribí una columna en El Periódico de Cataluña que se titulaba «La Cataluña de Candel llega al poder». Les he pedido a los de El Periódico que me dejen escribir el día que Montilla pierda. Porque hemos pasado de 23 años de pujolismo a la más absoluta frustración. Había mucha ilusión en que cambiara todo, en que entrara el aire, en que se podían hacer las cosas de otra manera. Yo no entiendo eso de las “relaciones España-Cataluña”. ¿Qué es eso? ¡Pero si coges un avión y estás ahí! ¡Si con la Red estás ahí! Es un discurso de hace 300 años.

-Federico Jiménez Losantos.
-La primera entrevista que me hicieron a mí fue en Disco Express, la revista underground por excelencia de Barcelona, donde Federico era columnista. Escribía de música y de arte, y formaba parte de la gran intelectualidad catalana. Ahora hay mucho odio hacia él. ¿Qué es muy crítico? ¿Y qué pasa con la libertad de expresión, es que no se puede hablar o qué coño pasa? Lo que sucede es que es una persona incómoda, le pegaron un tiro en Cataluña, y eso no mola nada a ciertos sectores que estuvieron de acuerdo.

-Vargas Llosa.
-Me encanta su gran jerarquía. Casi lo admiro más como persona que como escritor. Fui a Cuba en los noventa y llevaba una chupa de cuero con la imagen del Che. Y cuando vi aquello, me dije: ¿Quién me ha tomado el pelo? Las bandas de rock, prohibidas. Los rockeros me daban las cintas en un lavabo por miedo a los comisarios políticos. Y salí corriendo. Y Vargas lo denunció en un momento difícil. Parece que García Márquez es cojonudo porque apoya a Fidel y éste no porque es de derechas. ¿Estamos en párvulos o qué?

-¿Es usted taurino?
-Yo crecí al lado de la Monumental, yo crecí con los toros. Mi padre me llevaba, y cuando no había dinero entrábamos al último toro, cuando abrían las puertas y nos metíamos todos los pobres. Las calles en mi barrio olían a toro. Y a mí me jode que jodan mis recuerdos. Y que esto de la prohibición sea una cuestión política. Es evidente, porque si fuera una cuestión de respeto a los animales se prohibirían los correbous. O todo o nada. Si algo tiene que morir, que muera por su propia decadencia, pero no por obligación. Yo ahora a mi hijo puedo llevarle a muy pocos lugares en Barcelona de los que yo conocí. Se cargaron el boxeo, el Price, donde había lucha libre. Se cargan los toros, ahora el tabaco. No quiero dar el discurso rancio, pero que no se acaben las cosas porque lo decidan unos tipos con toda la inquina. Cuando fui hace poco con Jaime Urrutia a la Monumental nos llamaban asesinos. ¿Pero he matado a alguien? Si empezamos así, no comamos carne nadie. Ahora bien, no olvidemos una cosa: en Cataluña tú puedes empezar tirando pintura a un barco de la Navy y puedes terminar teniendo un piso en Pedralbes.

(Publicado en ÉPOCA, 7-XI-10)

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22 octubre, 2013 · 18:32

El repóquer de ases del periodismo español

Se trata de un juicio muy personal, pero yo creo que el periodismo español tuvo en la primera mitad del siglo XX cinco grandes nombres. Tuvo más, claro, y podemos discutir la inclusión en ese canon decantadísimo de otros nombres (Gaziel, Foxá, Corpus Barga) que estos: Julio Camba, Josep Pla, Manuel Chaves Nogales, César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. Dos gallegos, un catalán, un madrileño y un andaluz. Si hay que quedarse con cinco, yo no creo que quepan otros nombres que estos, reservando a Azorín para la estricta literatura. Creo también que ningún articulista español de la segunda mitad del siglo XX se les equipara, aunque se acerquen (cada uno a su distancia) Alcántara, Umbral, Vázquez Montalbán, Campmany, Ullán, quizá Vicent y algún otro.

Camba desde su suite del Palace.

Camba desde su suite del Palace.

Es una bendición que tres de esos cinco grandes se hayan puesto de moda. Nunca es tarde si la dicha es buena, y no va uno a incurrir en ese papanatismo invertido de los adolescentes que dejan de escuchar a su grupo indie favorito en cuanto empieza a llenar estadios: nosotros no renunciaremos a seguir devorando reediciones de Camba solo porque ahora, gozosa y paradójicamente para autor tan sibarita, su articulismo se haya vuelto mainstream. Hace una década nadie leía a Camba en este país, nadie lo reeditaba, nadie lo compraba y solo lo citaba en sus artículos de ABC Ignacio Ruiz Quintano, que se pasó un tiempo quemándose las pestañas en hemerotecas de tinta muy previas a lo digital para espigar antologías de artículos en la editorial Luca de Tena, libros magníficamente editados en tapa dura –y prologados por la gran cambóloga Almudena Revilla Guijarro– que han tenido una venta miserable. Por aquellos artículos de Ruiz Quintano llegué yo, adolescente, a pedir a los Reyes Magos lo que encontraran de Camba, que para eso eran magos, aunque no lo suficiente para traerme otra cosa que la vetusta antología de Austral, la cual devoré alucinado. Luego he seguido comprando todo título cambiano que hallaba en librerías de viejo y hoy, por fin, ya no hace ninguna falta dejarse 40 euros en polvorientos colmados librescos porque todos publican a Camba, y todos lo celebramos. En estos momentos, de hecho, estoy leyendo Alemania, la selección de crónicas berlinesas y muniquesas que publicó Julio Camba en 1916, y como si fueran de ayer mismo. El volumen lo edita la editorial sevillana Renacimiento con primoroso acabado, a tono con la prosa del interior.

La crónica periodística, el artículo literario, el reportaje narrativo a lo Chaves Nogales se han convertido en un género editorial de masas (las masas magras que queden por ahí comprando libros), tras décadas durmiendo un sueño de desprestigio del que solo despertaba editorialmente algún apellido de exotismo eslavo como Kapuscinski. La broma macabra es que a medida que los jóvenes estudiantes de periodismo descubren la sedosa textura de la ironía cambiana, el sistema educativo se obstina en inculcarles “aptitudes y destrezas” más robóticas que humanísticas. La buena noticia es que esto ya pasaba en 1932, año en que el maestro de Vilanova de Arousa publicó La ciudad automática, donde se recoge su crítica del igualitarismo educativo en ciernes:

“Lo probable es que salga usted de la escuela con el cerebro tan atrofiado como si lo hubiese tenido en la propia prensa de los incas; pero si la escuela no ha conseguido idiotizarle a usted del todo, la Universidad se encargará del resto. Luego vendrán los periódicos, las conferencias y los clubes de lectura, y a los veinticuatro o veinticinco años no tan sólo estará usted incapacitado para pensar de un modo distinto al de los demás, sino que hasta su misma cabeza, al adaptarse a las tres o cuatro ideas generales que el Estado metió dentro de ella, habrá tomado la forma y el aspecto de todas las otras”.

Todavía si esa formación jíbara sirviera para encontrar trabajo en un mercado congruentemente jibarizante, nos resultaría más difícil criticarla. Hoy que ni siquiera el talento asegura un puesto en el oficio, se puede llorar a gusto y sin consuelo, que es el llanto zarzuelero y fetén. De todos modos escribir es llorar en España de toda la vida, como acuñara Larra y desarrollara Agustí Calvet, alias Gaziel, que retrata así a la clase periodística española: “Eran, por lo general, una especie de anfibios: menestralía de la pluma, bohemia de la baja intelectualidad, bachilleres frustrados, licenciados sin reválida, estudiantes pobres, fracasados de innumerables oficios; gentes, en fin, sin alas todavía para volar más alto, o que, al fallarles las que tenían ya crecidas, se refugiaban, como en una sala de espera o en un asilo, bajo el sórdido cobertizo del periodismo, alzado en plena intemperie y abierto a todo el mundo”. Y concluía: “La dificultad básica seguía siendo la misma: la carrera del periodismo estaba desprestigiada porque no daba para vivir”. La cita es de principios del siglo XX, y aunque a principios del XXI el oficio se ha refinado hasta dar nombre a una carrera y a varios máster, el resultado vital para la mayoría es de una sordidez perfectamente homologable.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Pero mientras lloramos leemos a los cinco grandes, que sí disfrutaron de la cotización de su pluma (llegarían todos a estar entre los mejor pagados de su tiempo), cada uno de ellos con su estilo propio aunque amparados en una misma concepción resueltamente personalista del periodismo, que practicaron como una disciplina fáctica de la literatura. La obra de los cinco grandes reivindica la necesidad del estilo y la originalidad de la mirada, que son el haz expresivo y el envés imaginativo de una misma hoja, la hoja de la personalidad del hombre que enfrenta el mundo. Esto no quiere decir que mintieran, ni siquiera que adornaran sin necesidad, porque cuando se posee la sabiduría del adjetivo lo sustantivo no solo no queda opacado sino que brilla con más fuerza. Eran periodistas porque se ocupaban de la actualidad y eran escritores porque poseían la competencia intelectual y artesanal del escritor. Hoy urgiría recomendar el olvido de tanta directriz académica, de tanto dicterio purista a cargo del sanedrín de la objetividad –esa fábrica de teletipistas sin alma ni lecturas–, para prescribir en su lugar el retorno a ese viejo nuevo periodismo nuestro si hubiera mercado para el producto de semejante simbiosis. Ideológicamente, además, los cinco militaron en un republicanismo burgués cuya causa, por la vía de los hechos, no tardó mucho en traer el desencanto primero y el horror después a sus almas insobornablemente liberales, inevitablemente civilizadas. Yo pienso que, más allá de tareas de supervivencia coyuntural como el espionaje profranquista de Pla en Marsella o de poses dandis como el monarquismo estético de Ruano, todos se reconocerían hondamente en las primeras líneas del luminoso prólogo de A sangre y fuego en las que Chaves fijó el programa de esa anhelada Tercera España que solo el advenimiento de las clases medias permitiría instaurar:

“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeñoburgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio –como dicen los marxistas–, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionado periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. (…) Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo”.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Aparte de esto, que tanto nos suena a la letal “fachendería” denunciada por Pla en tantas de sus páginas, cada uno es de su padre y de su madre. En esta misma revista ya traté del singular arte de Camba, su inconfundible método inductivo que parte de la observación paradójica y se desliza siempre con humor finísimo hasta la conclusión sorpresiva, brillando especialmente en la estampa sociológica, artículos pulidos como diamantes de inteligencia. También glosamos aquí el individualismo irreductible y la preceptiva de la inteligibilidad de Josep Pla, un estilo menos intelectual y más pictórico, más mediterráneo, más sensorial, pero que como el de Camba solo a fuerza de disciplinada depuración alcanzó esa engañosa naturalidad que vibra y nos cautiva (el barroquismo es la primera tentación en la que cae el que rompe a escribir).

Manuel Chaves Nogales es el tercero de los cinco que tampoco está ya necesitado de reivindicación –sí lo estaba cuando Andrés Trapiello lo rescató como modelo de lucidez contra el sectarismo en Las armas y las letras–, y hoy la industria reedita sus libros y agavilla sus reportajes a tal ritmo que amenaza con no dejar nada por descubrir a los filólogos del futuro, y ustedes disculpen el ejercicio de historia-ficción. Dos muchachos rendidos a la creciente aureola de Chaves andan pidiendo aportaciones financieras por internet para poder estrenar un devoto documental sobre el reportero sevillano que ya ha ganado algún premio en festivales de provincias y que a buen seguro nos encantará. La fascinación por Chaves se explica no solo por razones políticas, con todo el morbo que tiene entre nosotros el descubrimiento de un Abel entre tantos Caínes, sino también periodísticas: resulta que a la chavalería se le ha estado dando la tabarra con el New Journalism y aquí teníamos a un tipo que lo hacía antes y mejor, aunque fuera sobre toros. ¿A qué género pertenece Juan Belmonte, matador de toros, la obra maestra de Chaves Nogales? Unos dicen que es una biografía novelada; otros se fijan en el método y concluyen que se trata de una larga entrevista reportajeada; hay también quien señala el título como precursor de la non-fiction novel, el género campanudamente formulado por Truman Capote y Tom Wolfe. La respuesta correcta es: ¿qué demonios importa? El libro trata solo de hechos reales, pero tamizados por la capacidad literaria de un superdotado del idioma que ejecuta una recreación vívida y magistral. Lo importante es que ese libro nos habla de la edad de oro del toreo y de la vida de un matador legendario con una carga de verosimilitud y hondura humana profundamente emocionante. Otro tanto logró Pla con Vida de Manolo, sobre el pícaro escultor catalán Manuel Hugué. Un gran periodista es aquel que es capaz de comunicar esta sensación al lector con la materia y el protagonista adecuados.

Pero en el repóquer de ases del periodismo español aún hay dos que están pendientes de documentales, reediciones y pertinentes alabanzas: César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. De ambos se encuentran obras en librerías especializadas y en anaqueles de viejo, pero no es ni mucho menos suficiente. No hay proporción aún entre la contribución periodística de estos dos genios y su reconocimiento editorial y mediático. Las razones para el silencio las adivinamos, claro: ambos fueron firmas triunfantes bajo el franquismo, y aquí y ahora ese es triunfo difícil de perdonar, por exclusivamente literario que sea. Pla tuvo la fortuna de topar con la idolatría de Vergés, que redimió su nombre en Destino, y el pasado anarquista de Camba contrapesa su deriva conservadora y queda muy atractivo en la solapa. Chaves, ya hemos visto, tuvo la clarividencia de instalarse en una tercera vía hoy mayoritaria. Pero Ruano y Wenceslao no cuentan con abogados solícitos, y eso que ambos rechazaron los cariños o cargos del organigrama franquista, algo que no puede decir el fundador y director del periódico que más credenciales de democracia y de periodismo ha repartido en la historia reciente de España.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wenceslao Fernández Flórez es el maestro imbatible en la crónica parlamentaria de raíz satírica: incisivo hasta la temeridad en tiempos de caciques, con esa distancia justa para garantizarse la independencia pero sin alejarse tanto que parezca desentenderse de lo que sucede en las Cortes, conjura la facilona tentación de la enmienda a la totalidad de la “casta política” que hoy se practica con cobarde fruición para sustraerse a etiquetas de bando y atraerse un aplauso demagógico. En Impresiones de un hombre de buena fe o en Acotaciones de un oyente está la mejor crónica política –brillante, sintética, corrosiva, descacharrante– que se puede hacer del sistema parlamentario, el de Romanones y el de ahora, porque los resortes atávicos del poder y sus pretextos no han progresado desde Tucídides o Tácito. Semejante exposición al calor político, si ahora da pena, entonces daba miedo, y al cabo una guerra de cazurros fanatizados pilló a nuestro gallego en pie de culpable burguesía: será el socialista moderado Julián Zugazagoitia, ministro de Negrín, quien le facilite en 1937 la salida del Madrid rojo y con ello su salvación. Cuando al término de la guerra la Gestapo detiene en París a Zugazagoitia y lo entrega a la justicia militar de Franco, Fernández Flórez da la cara testificando a favor del reo, pero su intercesión choca con la mezquindad irredimible de un régimen victorioso en plena represión y Zugazagoitia es fusilado, hecho que marchita para siempre cualquier fe en la política del antiguo cronista parlamentario.

En un movimiento común a los cinco ases aquí reunidos a excepción de Chaves –que moriría enseguida en el exilio londinense de Fleet Street–, al inaugurarse la posguerra Fernández Flórez prefirió no escribir más de política. Fruto de esa decisión son sus deliciosas crónicas futbolísticas (De portería a portería) y taurinas (El toro, el torero y el gato) entre otras, y eso sin saber ni de toros ni de fútbol. Con el tiempo, el quejido de la morriña se le hizo insoportable y se acabó enclaustrando en su fraga coruñesa de Cecebre como Pla en su masía de Llofriu, entregado a la escritura de comedias, guiones y novelas entre la mágica animación del bosque gallego, tan receloso de los honores literarios del régimen como de los afanes clandestinos de la intelectualidad subversiva. Y así como Pujol visitó a Pla en su masía, también Fraga acudiría a la fraga de Cecebre ávido de esa propaganda de honorabilidad que la política ha buscado siempre en la cultura para blanquear sus manchas. Al menos Pujol y Fraga creían en el poder blanqueador de la literatura; los políticos de ahora prefieren fotos con deportistas.

Miguel Pardeza es director deportivo del Real Madrid y experto ruanólogo, y yo creo que debería aprovechar el cargo para promocionar a Ruano, que declaró en un artículo sobre Bernabéu: “Hasta quienes no tenemos nada que ver con el fútbol, estamos insobornablemente reunidos en torno al Real Madrid”.

Según Manuel Alcántara –cuyo prólogo a la reedición de las memorias de Ruano, me dijo una vez Garci, era el mejor que había leído en su vida, y yo coincidí con él–, este Lope de Vega de la columna publicó a lo largo de los años más de 30.000 artículos a una media de tres por día en los veladores del Café Gijón o del Teide; artículos siempre perfectos, por lo demás. Eso aparte de los 80 libros de todo género. Esa producción descomunal que hoy solo está disponible en las beneméritas antologías de la Fundación Mapfre debiera ser la Biblia del articulista español. Umbral hizo lo que pudo por transparentar su magisterio en columnas que, leído Ruano, aclaran mucho ese misterio umbraliano del dandismo y de ese famoso costumbrismo lírico, entre el humorismo y la melancolía. El propio Francisco Umbral, en ese revelador memorial de vida y formación que es Trilogía de Madrid (1984), se hacía ya la misma pregunta que nosotros ahora, sin explicarse el ostracismo tenaz que pesa sobre el genio: «Vuelven todos, vuelve Ramón incluso, pero no vuelve César». Campmany escribió a su muerte el mejor obituario del siglo XX español, celebrando el don de éxito y la condena de caducidad que marcan la vocación del columnista: “Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar”.

Eso pudo decirlo Campmany, que ganó buen dinero con la pluma, porque ha habido añadas buenas donde el periodismo, ejercido con talento descollante, granjeaba una posición desahogada y un alto respeto. Esos tiempos acabaron, y a la ruina hemos de añadir la cerrilidad del objetivismo dogmático o bien la mesocracia del periodismo placentario, esos gregarios correveidiles de teletipo o del total que camuflan su incultura de objetividad y su servidumbre política de exactitud declarativa. Ya dirigían el cotarro cuando negaron a Ruano el carné de prensa. La respuesta del periodista madrileño, olímpico talento refractario a capillas, llena de consuelo a insumisos:

“Ya es cómico que se discuta si uno es o no un profesional. Cuarenta años de no vivir más que de escribir y para escribir ¿admiten dudas? Pues parece que sí, cuando nadie le discute su profesionalidad a un desdichado que infla telegramas o a un fotógrafo. Me piden que pruebe no sé qué cosas. No estoy dispuesto a probar nada. Si tienen redaños para negarme la condición de profesional, para ellos la perra gorda. No daré un paso. Les emplazo a todos esos robaperas para dentro de unos años. A ver si se habla de ellos o de mí. Periodistas mediocres, matalones, caciques de vía estrecha, cortan el bacalao. ¡Que lo corten! Uno no come bacalao, sino salmón”.

Pardeza con Ruano, en un montaje que debería repetirse más a menudo.

Montaje de Pardeza con Ruano, una afición que debería ponerse de moda ya.

Ruano tenía el don de la frase perfecta, como lo tenía Fitzgerald, pero además sabía dónde mirar y lo había leído todo, y lo había vivido todo. El articulista madrileño instituyó un periodismo lírico (mas siempre claro) y resueltamente autobiográfico que no se nos ocurre reclamar como norma, pero sí al menos como excepción, credencial que hoy se le niega por culpa de un deslinde antinatural y ruinoso entre literatura y periodismo. En los tiempos en que uno manufacturaba informaciones efímeras en un periódico me animó mucho encontrar esta cita de las memorias de Ruano, evocando su época de reportero puro e izquierdoso en El Heraldo –¡Chaves era su redactor jefe!– bajo la amenazante censura de Miguel Primo de Rivera: “Por aquella temporada [1927] yo hice uno de mis mayores esfuerzos periodísticos. Interviuvaba a todo el mundo, escribía artículos, firmaba largos reportajes… ¡Y qué poco en realidad me interesaba todo aquello! Pero era el momento del esfuerzo. Había que situarse, que ganar un nombre que ya aplicaría después a otras cosas más de mi gusto, y había también que ganar dinero, puesto que vivía a cuerpo limpio sólo de mi pluma”. Más tarde se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín –¡y corría el 1940!– porque debía despachar a diario por telégrafo “aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada”.

La personalidad es el gran valor, es la filigrana que confiere al naipe del as su supremacía en un juego en que también debe haber sotas, reyes y cuatros de bastos. No se trata por tanto de gustar a todos, sino de reivindicar, para lo que quede del periodismo del siglo XXI, la estirpe anarcoburguesa, liberal de corazón y estilizada de Ruano, de Fernández Flórez, de Chaves Nogales, de Pla y de Camba.

(Publicado en Suma Cultural, octubre de 2013)

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La insoportable gravedad de ser del Madrid

El Madrid salió con ganas de dar otra imagen que la de la radiografía ficticia de una hernia, pero con la tranquilidad que da saber que no se puede jugar peor que contra el Levante, en palabras de Carletto. Lo cierto es que hizo su mejor partido de Liga desde que lo entrena el italiano, lo cual no es decir mucho, pero es decir algo. El equipo no se partió, dominó sin pájaras, mantuvo el orden y enseñó actitud a falta de Pegada, que es el nombre de la undécima musa y no siempre está de humor para abrir los findes.

La raya euclidiana en la cabeza de Ramos expresaba una voluntad de disciplina defensiva, aunque no siempre basta con peinarse. Tampoco le bastó a Cristiano, pese a que fue el mejor del partido junto con Di María (otra vez Di María), quizá porque Cristiano, más que un peinado, lucía un arañazo. Probablemente sea más efectivo el rasurado integral por el que opta Wilfredo Caballero, negativo porteño de Wilfredo el Velloso, que paró tanto que parecía parar por vicio ya, y quizá sea ese rostro de vicioso agresivo el que le impida salir en anuncios deteniendo tablets, porque otra razón no la entendería. Qué portero, Caballero, que buen Caballero era, diría Alberti.

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21 octubre, 2013 · 13:21

El general Giap y Yakov Stalin. Vida de dos guerreros

Acaba de morir a los 102 años el general norvietnamita Võ Nguyên Giap, a quien los medios menos escrupulosos apodan el Napoleón de Vietnam, aunque si atendemos a su táctica militar en realidad su perfil se parece bastante más al de Juan Martín Díez el Empecinado. El general Giap es ya una sinécdoque bélica del siglo XX para el concepto de resistencia, y resistiendo resistiendo ha estado a punto de ganarle la partida al propio paso del tiempo, ahí es nada. Le hizo la guerra de guerrillas selvática a la Francia colonial primero y a los Estados Unidos después, con los resultados conocidos y todo un género fílmico desbrozando el virginal orgullo imperialista.

Giap fue una máquina de perder batallas pero acababa ganando las guerras por desmoralización del adversario. De moral sus tropas o descamisados siempre iban a tope, con el fanatismo y desprecio por la propia vida que caracteriza a la marcialidad oriental –no digamos ya a sus mandos, siempre dispuestos a servir gruesas ringleras de carne de cañón sobre la fuente de cualquier campo de batalla–; muchos de sus charlies se hacían tatuar en el pecho el eslogan “Nací en el Norte para morir en el Sur” y lo aplicaban al pie de la letra, oigan. Que se lo digan a Rambo.

A Giap los franceses le habían matado al hijo, al padre, a las hermanas, a la cuñada y posiblemente a la mascota por enrolarse junto a Ho Chi Minh en el Partido Comunista. La brutalidad represiva que padeció hizo de él un hombre irrompible, capaz de vivir en túneles bajo la jungla durante décadas, entre piezas de mortero y cabezas aterrorizadas de yanqui lisérgico sobre pica. El primer mundo no genera personas así hace mucho, pero en el segundo, el soviético, tampoco escasearon durante la pasada centuria, que fue tan entretenida. Es el caso de Yakov Iósifovich Dzhugashvili, Yakov Stalin para los más íntimos, hijo único del primer matrimonio de Koba el Temible con una modistilla del ejército zarista llamada Ekaterina, a la que según todos los indicios Stalin más tarde ordenaría asesinar, que era su decisión favorita. Desde muy pronto Yakov se propuso cumplir el mandato de Freud sin reparar en que aquel célebre consejo de matar al padre admite una excepción cuando resulta que el viejo es el mayor genocida de todos los tiempos, la clase de monstruo que te ha matado cinco veces antes de que pase por tus mientes el primer borrador de conspiración filial.

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14 octubre, 2013 · 17:01

Sin ambidiestros no hay paraíso

Nuestro Real Madrid de hoy es un cariño que agranda a los niños al modo inverso en que el insultante autodominio de Floyd Mayweather empequeñece al mejor de sus rivales sobre el ring. Yo creo que mi equipo de antiguos alumnos del cole le hace un gol al Madrid, aunque no digo que ganemos el partido. El autodominio (Varane) es lo contrario del cojonudismo (Ramos), y así está la defensa madridista, que parece un diálogo entre fe y razón donde proliferan herejías como el primer gol de Diawara, que más que un nombre es un nick. A este equipo lo que le falta es dogma y nos recuerda a la Iglesia primitiva, con sectas gnósticas debatiendo sobre el principio de posesión y facciones arrianas postulando el retorno al santo contragolpe. Y la desgracia es que lo entrene el único italiano que no quiere ser papa.

Mitología griega.

Mitología griega.

La indefinición táctica, la caraja medular, el desorden parvulario, la pesadez circulatoria enfadan al aficionado, que al menos asistió al milagro final del gol de Cristiano, sobre cuyo cuerpo glorioso recayó una tarjeta amarilla como rayo de Fra Angélico. Lo que ocurre es que antes el ritual milagrero lo demandaba el Manchester City y ahora lo exige el Levante.

No entendemos que Ancelotti deje fuera de la alineación inicial a Marcelo, que es uno de los mejores delanteros del Madrid del mismo modo que a Neymar le llaman nueve mentiroso, no únicamente por comediante. Que Marcelo sea el jugador más peligroso arriba y que tuviera que ser Varane quien metiera el pase de gol entre líneas a Morata lo dice todo sobre la tarea mitológica ante la que se alza abrumada la ceja de Carletto. Si lo consigue, su 4-3-3 se citará en los manuales de cultura clásica entre la caza del jabalí de Erimanto y la muerte del león de Nemea.

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7 octubre, 2013 · 12:51

¡Qué escándalo, un Papa cristiano!

Estaba uno en San Pedro cuando el humo blanco emergió de la santa chimenea la tarde del pasado 13 de marzo. Llovía mientras la plaza ya oscura se iba abarrotando, y cuando el protodiácono anunció en latín a Bergoglio todos pensamos que era un italiano, incluidos los italianos. Pero aquel hombre era argentino y jesuita, y está ejerciendo de ambas condiciones como nadie se podía imaginar.

Ser argentino es tener viveza y ser jesuita es disposición al debate. Los jesuitas han sido capaces de morir martirizados evangelizando a los indios guaraníes y a los samuráis del Japón, coronar el corpus teológico con las sutilezas que configuraron el cerebro de James Joyce, manejar la política imperial de Europa, ser disueltos por pánico a la permeabilidad de la inteligencia o de la radicalidad evangélica de sus predicadores y pasarse a la empanada guevariana de la teología de la liberación. Por todo ello se merecen respeto. También por predicar con idéntica capacidad persuasiva la pobreza franciscana y la exuberancia que irradia en cascada el altar del San Ignacio en el Gesú, todo mármol, oro, plata, gemas, lapislázuli y gloria mineral en definitiva. Los jesuitas patrocinaron la invención de la arquitectura barroca, que es el cielo en la tierra.

Pero no teniendo a Bernini para recrear el cielo en la tierra, el Papa Francisco ha optado con argentina viveza y escándalo jesuita por acercar la tierra al Cielo. Oscar Wilde escribió que el cristianismo era la religión verdadera y que por eso era una lástima que después de Cristo se hubieran extinguido los cristianos, a excepción de uno: San Francisco de Asís. La revolución franciscana sólo fue una de las muchas que de siglo en siglo sacuden el aburguesamiento de la religión organizada –burocratizada– para devolverla a la originalidad práctica del Evangelio, documento que para Gandhi seguía inédito en buena medida, sin duda por lo arduo de su aplicación. El Papa Francisco quiere volver a hacerlo, y en su valiente afán está devolviendo el liderazgo moral del planeta al Vaticano, después de quedar acreditado que al papa negro, Obama, le van más los drones que las oraciones.

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23 septiembre, 2013 · 16:13