
La prórroga solo habría prorrogado la agonía y demorado la ejecución. Ningún antimadridista honesto negará que el Real Madrid jamás tuvo equipo para llegar hasta semifinales de la Champions, y si lo hizo fue llevado únicamente de su historia, escudo y corazón.
El Madrid saltó al campo con medias negras como vendas anticipadas antes de las heridas inevitables, porque era inevitable que el Chelsea, el equipo de los solteros, eliminase al Madrid, el equipo de los casados. La diferencia física y táctica ya fue insultante en la ida, obligando a la flor de Zidane a deshojarse entera para que sus jugadores llegaran vivos a Londres. Pero cuando se vieron en Stamford Bridge, entre todos no juntaban un pétalo entero. Para jugar una final de Champions es necesario saber competir, disponer de los mejores, tener suerte con el árbitro, contar con los errores del rival y por último que cada uno de tus futbolistas posea un par de piernas hábiles. Esta última condición no pudo cumplirla el Madrid porque ni siquiera el Madrid puede tenerlo todo.






No será el más exquisito ni quizá el más laureado, pero es el único futbolista que juega como si acabara de apearse de su propia estatua ecuestre. Y cuando acaba el partido, Sergio Ramos vuelve al parque donde se levantan los monumentos a los héroes de la patria, se encarama a su pedestal y se petrifica para seguir ejerciendo de gloria nacional el tiempo que media hasta el próximo compromiso sobre el césped. Noble y bélico adalid, caballero del honor.





