A los antisanchistas de primera hora, que no somos tantos como parece, nos espanta un poco la actual fiebre antisanchista. La monomanía infecta ya a tres generaciones de españoles hastiados. Es como ver a los zetas petando los estadios donde tocaban los hermanos Gallagher el año pasado cuando nosotros coreábamos Wonderwall en junio de 1996.
El pequeño Albares, que mengua un centímetro por día, está muy enfadado con la cobra que le ha hecho María Corina Machado, así que la ha llamado ultraderechista. Se conoce que para aspirar a la credencial de demócrata no sirve de nada una vida de oposición a la narcotiranía engorilada de Chávez y Maduro, ni un año en la clandestinidad sujetando la esperanza de libertad de tu pueblo cuando le han robado las elecciones, ni un Nobel de la Paz que solo Donald Sánchez o Pedro Trump creen merecer más que ella. En la España decreciente de su decreciente ministro de Exteriores -que nació más bien para la cartera de Interiores Liliputienses- solo te regularizan el papel de demócrata presentándote a la foto con el atildado chambelán del marido de Begoña, que pertenece a esa desdichada clase de varones incapaces de sobreponerse al flautín que la naturaleza puso en su garganta.
A vueltas con el aquelarre latinoché de Pedro en Barcelona, la politología más atenta ya ha señalado el enésimo volantazo de nuestro Socialista Internacional, que ya es todo lo que queda de la Internacional Socialista. Un presidente sobrado de imputados y falto de presupuestos que viaja por el mundo predicando la paz para no asumir las consecuencias domésticas del guerracivilismo que él exhumó y que lo inhumará en un año. Poco nos parecen los 200 pavos en maquillaje que gasta nuestro superhéroe -yo sospecho que es de los que se maquillan también para estar por casa-, teniendo en cuenta los estragos venideros de la agenda judicial y del calendario electoral.
El caudillo vitalicio de la mayor dictadura del planeta, que responde al nombre de XiJinping y no tolera que lo comparen con Winnie the Pooh, le ha dado a Pedro la bienvenida al «lado correcto de la historia». Lo ha hecho además en la plaza de Tiananmén, célebre por la masacre que ordenó el lado chino de la historia contra su propio pueblo. Pedro contaba 17 años cuando ocurrió, pero ya sabemos que su memoria es muy selectiva. Tampoco se acuerda de cuando acusaba de rebelión a Puigdemont y prometía traerlo para sentarlo ante los jueces. Ni de cuando se echaba unas risas con su amigo Jose (luego gran desconocido) a costa de cierta pájara que dormía con el uniforme de ministra de Defensa. Ni mucho menos de cuando el suegro le financiaba las primarias con los húmedos rendimientos de sus saunas. El presente de Pedro siempre supera su pasado, y a medida que familiares y colaboradores resbalan hacia el banquillo él asciende más en la escala luminosa del liderazgo ético: actualmente solo rivaliza con el Papa en animosidad trumpista. Titulares lacónicos como el de la BBC («Esposa del primer ministro español, acusada de corrupción tras dos años de investigación») no pueden alcanzar a alguien centrado en preservar la paz en el mundo, tarea para la que cuenta con la inestimable ayuda del comunismo chino, el terrorismo islamista y el narco bolivariano, por citar tres lados de la historia que recientemente han agradecido al presidente español sus labores. A mí me cuesta imaginar el rostro de León XIV estampado en un misil iraní, pero no tengo dudas de que Sánchez tratará de instrumentalizar políticamente la visita papal.
El PP tiene razones para el optimismo: su marca húngara ha infligido una derrota humillante al mentor ideológico (y mecenas crediticio) de Vox, y en Andalucía las encuestas contemplan ya la reedición de la absoluta de Juanma Moreno. La estridencia ideológica agota, la economía vuelve a importar y en la calle Rajoy se hace bastantes más selfis que Zapatero, que necesita escaparse escoltado al monte de El Pardo cuando quiere estirar las piernas o hacer negocios, no necesariamente por ese orden.
No se le puede negar coherencia a don Urtasun, que ha recibido la alta encomienda de descolonizar nuestros museos, al negarse a colonizar el Guggenheim vasco con obra tan española como el Guernica, cuadro que no se explica sin la acreditada pasión taurina de su autor. Es verdad que los toros no le son ajenos al PNV –Erkoreka es un fijo en la barrera de Vista Alegre-, pero menos ajeno aún le resulta el fascismo.
Se discute si la operación Kitchen examinada desde el lunes en la Audiencia empata políticamente con el juicio del caso Mascarillas que arrancó el martes en el Supremo. Entre una corrupción y otra media una glaciación política: toda la distancia que va de un pasado depurado a un presente impenitente. Así que los partidarios de la teoría del empate solo pueden ser propagandistas de Moncloa o lectores delicados de los cuatro cuartetos de T.S. Eliot, que postulan la equiparación metafísica entre tiempo pasado y tiempo presente, ambos proyectados en el tiempo futuro, que estaría contenido a su vez en el tiempo pasado. La pregunta es: ¿hubo alguna vez 700 asesores devotos del modernismo lírico anglosajón?
Siempre que se aproxima un periodo vacacional las radios se ponen a emitir los entrañables anuncios de la Dirección General de Tráfico. Usted sabe: la voz cavernosa, el victimario atormentado, el frenazo seguido del impacto, la fúnebre nota sostenida del electrocardiograma. Son fábulas morales adscritas a un género negrísimo, entre el lienzo de Solana y el catecismo del padre Astete: unos ejercicios espirituales encomendados cíclicamente a ciertos espíritus severos que cada año escapan de la cripta de algún convento barroco, guionizan el escalofriante spot de la temporada y retornan discretamente al inframundo.