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El perdido orgullo de ser tertuliano en Madrid

[Un paseo literario por la capital de las tertulias, las greguerías y los bastonazos, publicado en papel en Jot Down]

Muchos hacen del café una sucursal de su casa, advertía el humanista Ángel Fernández de los Ríos a mediados del siglo XIX, cuando podemos datar el estallido de la edad de oro del café literario español. Y como español, madrileño, rompeolas de todas las etcétera. “En Madrid, en España, a Dios gracias, cuando buscamos a un hombre de negocios no solemos saber dónde tiene la oficina ni nos importa demasiado, pero sabemos a qué café va y, con eso, nos basta, porque allí lo veremos inmediatamente y nos recibirá con la cordialidad humana que se tiene en los sitios donde se bebe y se come y no tendremos que esperar en una salita donde no hay más que revistas de esas que nadie ha leído nunca”. He aquí la respuesta que en los años del crack del 29 daba Edgar Neville a esa indignación tan oída que hasta nosotros mismos incurrimos en ella:

-¡Y luego dicen que hay crisis! ¡Mira cómo están las terrazas de Madrid!

Eso es no entender que los españoles empiezan a  solucionar la crisis yéndose de cañas, porque a ningún español se le puede ocurrir un negocio viable metido en una oficina como hacen los americanos, que por eso sufren esa crisis atroz que les persuade de tirarse por las ventanas, se dice Neville. El café acoge por tanto el justo medio entre la intimidad de la casa y la arrogancia de la oficina del español, sea este viajante de comercio o letraherido con ambiciones. Porque luego, en el café, cada cual se comporta como lo que es y aquí nos interesa el comportamiento literario en esas tertulias madrileñas que según Valle-Inclán ejercieron más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias. Y a cualquiera que haya llegado a la vida con tiempo suficiente para vivir y discutir en la cafetería de la facultad –más que en el aula misma- antes de la venida de las redes sociales, no le parecerá esperpéntica la afirmación.

La tertulia de Pombo acaudillada por Ramón y pintada a la tremenda por Solana.

La tertulia de Pombo acaudillada por Ramón y pintada a la tremenda por Solana.

En puridad, la afirmación de Valle se circunscribía al Café de Levante, que conoció en Madrid tres ubicaciones distintas: Alcalá, Puerta del Sol y Arenal. Durante cerca de un siglo puso en conocimiento a escritores consagrados con plumillas anhelantes, a militares achispados con feminerío del cuplé: “En el Café de Levante, entre palmas y alegrías, cantaba la zarzamora…” Y pegaba en este punto un volantazo Lola Flores. Sin embargo, el autor de Luces de Bohemia era asiduo más bien a la tertulia de El Gato Negro, fiel a los nuevos aires afectadetes de los modernistas, en donde la voz cantante la llevaba otro dramaturgo no menos atildadín: Jacinto Benavente. Era un antro de techo bajo y mal iluminado aunque ancho de divanes cuyo máximo atractivo residía en la pared postiza que comunicaba el café con la escena del Teatro de la Comedia a cuyo costado se adosaba el local, en mitad de la calle del Príncipe. Tertulia y espectáculo: dos por uno, más el coloquio posterior con Benavente. A Ramón, en cambio, aquello le parecía una ermita para amateurs del esteticismo: “Fue un café banal desde el principio con sus gatos de bazar. Era un remedo incongruente del célebre Gato Negro parisiense”. Hoy, oh Cronos inclemente, no queda más rastro de las rubenianas veladas gatunas que una tienda de ropa y complementos que se publicita como “exótica”.

En la misma calle, desembocando ya en la Plaza de Santa Ana, en el sótano anexo al Teatro Español que ocupaba el desaparecido café del Príncipe arraigó la tertulia decana de este parnaso, aunque sus modestos protagonistas prefirieron llamarla El Parnasillo. Pero estamos en pleno romanticismo y no son nombres modestos los que conformaban aquella esclarecida reunión. Desde 1829 allí se dieron cita periodistas, poetas, dramaturgos y artistas de la talla de José de Espronceda, Mariano José de Larra, Ramón Mesonero Romanos, Juan Eugenio Hartzenbusch, José Zorrilla, Enrique Gil y Carrasco, Madrazo, Rivera o Esquivel. Se reunían allí imantados por el Español, antiguo Corral del Príncipe, donde cada quien aspiraba a estrenar sus comedias; porque lo que es el local, Larra lo describía como “reducido, puerco y opaco”, y Mesonero daba en el clavo romántico de esa fascinación hipster que ejerce la bohemia al insertar el matiz causativo: “A pesar de todas estas condiciones negativas, y tal vez a causa de ellas mismas, este miserable tugurio, sombrío y desierto, llamó la atención y obtuvo la preferencia de los jóvenes poetas, literatos, artistas y aficionados”. Hoy es una vinacoteca discretita desde la que contemplar a la paloma de bronce equivocándose eternamente en las manos de bronce de la estatua de Lorca ubicada en el centro de la plaza.

De la voracidad de la piqueta acaso el ejemplo más duro –por lo violento del contraste entre su ayer y su hoy- sea el del Café de Fornos, gloria de la hostelería, leyenda del noctambulismo desde 1870 hasta 1908 en cuyo lugar –cruce entre Alcalá y Virgen de los Peligros- se erige ahora un filisteo y desangelado Starbucks con un rombito municipal en sepia que recuerda los días de vino y rosas. Lo fundó un fámulo del marqués de Salamanca y escribió la crónica periodística de su inauguración el mismo Gustavo Adolfo Bécquer, a quien se conoce que no le rentaban mucho las rimas ni las leyendas. Tenía dos cosas asombrosas para la época: tubos de ventilación y murales pintados al fresco por los mejores pinceles del momento, incluido Zuloaga. Ah, y otro aliciente fundamental: putas elegantes, que tanto lustre daban al París de la bohemia. ¡Que no falte de nada! Fornos fue el equivalente madrileño de Maxim en París o el Rector en Nueva York. Algunos cronistas de la época cuentan que en los bajos del Fornos, dotados de cuartos de alquiler a precio de burdel de lujo, se celebraban fiestas de ocho días seguidos a las que se dice, se comenta, asistía con verdadero compromiso Manuel Machado; para que luego vengan a inventarse las raves los voluntariosos muchachos del FIB. Así lo rememoraba Zamacois, nombre santo de la novela sicalíptica y de la bohemia en general, para quien el Fornos era una mezcla –españolísima- de teatro y de iglesia:

El viejo Fornos, con sus bronces artísticos, sus zócalos de caoba y sus techos pintados por Sala y por Mélida, ofrecía no sabemos qué de suntuario y de frívolo, de distinguido y de escandaloso, de aristocrático y de bohemio, que, según el momento del día, invitaba a sus clientes a la contemplación silenciosa o acicateaba su regocijo”.

La Generación del 98 hizo su asiento en el Fornos, se dolió de España en el Fornos a todo doler. Allí le fue presentado Baroja a Unamuno, y con ellos tertulianeaba Azorín, por entonces aún abrazado a la causa del anarquismo. Allí almorzaba el enciclopédico Menéndez Pelayo si se encontraba en Madrid. Allí se inventó el pepito de ternera. Por allí pasó Mata Hari. Allí sitúa Hemingway una escena de Muerte en la tarde. Y allí se tomó su último real chupito Amadeo de Saboya antes de abandonar este país para no volver jamás. Pero suele pasar que a los padres pioneros les suceden hijos conflictivos y Manuel Fornos eligió la manera más vanidosa de dilapidar una herencia: se metió en el reservado número 13 del café fundado por su padre y se pegó un tiro en la cabeza. La performance logró un efecto propagandístico innegable y el local entró en una decadencia sin paliativos. Lo compró un banco, le cambió el nombre, lo transformó en cabaret, lo acabo chapando y hoy es un Starbucks preocupado por el certificado eco-responsable LEED de eficiencia energética e hídrica, y cito textualmente del folleto.

Habíamos dejado a Valle de contertulio modernista en El Gato Negro, pero pronto el gallego adquirió estatura artística personal como para fundar tertulia propia en el Café de la Montaña, situado en los bajos de ese edificio de la Puerta del Sol que lleva publicitando Tío Pepe desde que tío Pepe estaba vivo, si no antes. Sus habituales lo rebautizaron como “café pulmonía” porque sus puertas se abrían a las terribles corrientes paralelas que patrullan Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Un día llegó Valle con ganas de incendiar Twitter. Estaba concertado un duelo de dibujantes y Valle tomó apasionado partido por uno. El periodista Manuel Bueno –al que los milicianos pasearían en Montjuich en 1936- le replicó tranquilamente que su favorito no podría competir por ser menor de edad. Valle se enfureció. Bueno le contestó. Valle asió una botella de cristal. Bueno blandió el bastón. Valle recibió un bastonazo en el antebrazo izquierdo y el gemelo se clavó en la piel ante la atenta y entretenida mirada de Gómez de la Serna, que no perdía ripio. Aquella estúpida herida se infectó y a los dos días tuvieron que amputarle el brazo al genio del esperpento, mancado a mayor gloria del género de su invención. Carmen de Burgos homenajeó aquel templo en el que Alejandro Sawa relataba a quien le quisiera oír cómo Víctor Hugo, en París, le había besado en la frente. Sin contraer el tifus, le faltaba añadir. Hoy las excavadoras trabajan el interior de aquel café donde los tertulianos más geniales llegaban a las manos como carreteros, justo al contrario que en las tertulias de hoy, donde teorizan como carreteros pero se rehúyen como intelectuales. Del puro escombro se alzan solo las esbeltas columnas como huesos mondos de un pasado grueso en anécdotas.

En 1920 se planta en Madrid un inquiero argentino llamado Jorge Luis. Quería ser poeta de vanguardia y le encaminaron al Café Colonial, donde reinaba Rafael Cansinos Assens. “Fue mi maestro. Era inteligente y de pocas palabras, sabía diecisiete idiomas clásicos y modernos, leía la Biblia en el texto original y se convirtió al judaísmo por convencimiento, sin tener ningún antecedente genealógico judío”. Donde Borges dice “se convirtió”, hay que leer: “se rebanó el prepucio”. Así era Cansinos: un circunciso vocacional. Vanguardia punk. La novela de un literato es el monumento que su memoria levanta a la bohemia condensada como un chubasco de talento indefinido y miseria concreta en aquel santuario de Alcalá número 5:

«El café Colonial ha sucedido a Fornos como centro de la vida nocturna del Madrid bohemio y artista. A la salida de los teatros, cuando los focos voltaicos de la Puerta del Sol se extinguen como una fulguración de desmayo y los últimos tranvías salen atestados de gente, El Colonial empieza a llenarse de un público heterogéneo, pintoresco y ruidoso. Llegan las artistas de varietés, pomposas y risueñas, todavía con el maquillaje de la escena, con sus grandes sombreros, sus trajes llamativos y sus dedos cuajados de sortijas, escoltadas como duquesitas dieciochescas por su corte de admiradores, señoritos juerguistas, viejos calaveras que todo el mundo conoce por su dinero, periodistas, agentes de varietés, vendedores de joyas, autores de cuplés, pequeños compositores, y mujeres viejas, con aire de falsas madres que a veces lo son de verdad… y descubren el fondo de miseria, de donde ellas han salido».

Donde antaño calentaba esta indecible bujía de humanidad hoy comparece la aséptica fachada de una sede del Ministerio de Hacienda. Solo el ornato churrigueresco del dintel principal parece guardar la memoria de lo que sucedió en su planta baja.

Otro edificio institucional, esta vez de la Comunidad de Madrid, vela en el 4 de la calle Carretas la soberbia leyenda de Pombo y su cripta sagrada, cuyo sumo sacerdocio ofició Gómez de la Serna con carisma de orador sedente, según notaba Pla: “Es tan sensible la diferencia que existe entre el Ramón sentado y el Ramón de pie, que es probable que si no hubiese en este mundo sillas y mesas no habría llegado a ninguna parte, no sería absolutamente nada, no se habría hecho el nombre que tiene, un nombre que está destinado a producir un impacto en el extranjero y a impresionar al intelectual provinciano.” La vida cultural de Madrid equivalía por entonces a una gran tertulia dividida entre aliadófilos y germanófilos a propósito de la Gran Guerra, pero a Ramón la política le aburría insoportablemente; hablar de política, cuando uno se podía pasar la noche del sábado enhebrando greguerías desde las diez de la noche hasta las tres de la mañana, le parecía de un mal gusto lamentable. Así que prohibió hablar de política en Pombo, y sorprendentemente encontró a otros españoles que aplaudieran la idea, y luego todos juntos fueron magníficamente retratados por Solana. La tertulia se desarrollaba bajo normas estrictas: se sentaban todos alrededor de una mesa larga, tocados con sombreros de copa, bajo la atenta mirada de la Virgen del Carmen que presidía la sala. El local estaba alumbrado por luz de gas y constaba de un buzón donde depositar las cartas dirigidas a Ramón. Algunos divanes rojos y anchos espejos de caoba para calibrar el efecto de tu agudeza en el compañero adyacente. Y así se crea un movimiento literario.

Para aguda, la tertulia asturiana que lideraba Clarín, bien flanqueado por Palacio Valdés, en lo que hoy son las dependencias del Teatro Reina Victoria –en el 24 de la Carrera de San Jerónimo- y que el padre de Ortega y Gasset bautizó como el “Bilis club”. Los chistes malos eran castigados con severidad. La invectiva contra los mandarines culturales del momento, una obligación jubilosa. La crítica feroz de las novedades editoriales, un vicio sádico. La sátira, un medio de ganarse la vida a través de las diversas revistas que en aquel café diabólico se fraguaron para desesperación de los malos escritores.

En el abigarrado laberinto de callejas acorraladas entre Atocha y la Puerta del Sol sucede casi toda la historia literaria de España. Hubo unos años en que la calle del León, donde uno se arregla las camisas o compra la fruta, hacía coincidir los paseos cotidianos de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y Góngora. El día que eso pasaba los vecinos se metían corriendo en casa, lógicamente. En el 18 de la calle Huertas vivía el manco de Lepanto; la paralela calle Lope de Vega vio expirar del todo al fénix de los ingenios, cuya legendaria feracidad asombraba a Truman Capote; las calles de Cervantes y de Lope están unidas por una travesía, hoy llamada de Quevedo, donde vivió alquilado Góngora diez años: el cabronazo padre del conceptismo lírico, en uno de los escasos momentos en que no andaba preso por orden de algún valido susceptible, logró reunir el dinero suficiente para comprar aquella casa y echar a su odiado inquilino culterano a la puta calle en pleno invierno, desahucio fáctico con escrache endecasílabo. Faltaba mucho todavía para la invención del corporativismo, señores, así como para la del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Pues bien, internándonos por la cercana calle de la Victoria descubriremos que a su costado se abre el coqueto Pasaje Matheu, un reducto afrancesado en el corazón castizo de Madrid, como Little Italy lo era de lo suyo en Manhattan. En una de sus esquinas se estableció en 1867 el Café de Francia –hoy tugurio bachatero-, que acogía a los conservadores, y en la esquina de enfrente abrió en buena lid el Café de París, guarida de los jacobinos donde actualmente se levanta un moderno y señorial Café de Levante que no tiene que ver con el pedigrí homónimo. A estos dos cafés extranjerizantes correspondió el honor de haber inventado la terraza madrileña. Tratándose de una importación transpirenaica, la idea no fue recibida de grado por la cejijuntez nacional, que murmuraba al pasar por allí: “Si será pequeño el local que tienen que sacar las mesas a la calle…” Pero ya sabemos lo rápido que el español recorre el trecho antónimo entre recelo y papanatismo, y ambos locales triunfaron pronto precisamente por su diferencia. El ilustrado dueño del Café de Francia fomentaba en su interior -equipado con exóticas mesas de billar- un escandaloso silencio que se rompía jubilosamente cada 14 de julio, cuando toda la colonia francesa del Pasaje Matheu se reunía para conmemorar la toma de la Bastilla: faroles, bailes e interpretaciones a pulmón de la Marsellesa animaban aquella nuez urbana de afrancesamiento bajo la mirada reprobatoria, suponemos, de los vecinos con abuelos caídos en el lío del Dos de Mayo.

También en Alcalá -arteria de la cultura libresca madrileña del mismo modo que la Gran Vía representaría la cultura espectáculo-, en el edificio contiguo a la famosa Pecera del Círculo de Bellas Artes (de algún prestigio aún entre la intelligentsia) que hoy, degenerando, ocupa el Ministerio de Educación, abría sus puertas La Granja del Henar donde convocaba a sus selectos regeneracionistas don José Ortega y Gasset para rajar de la monarquía, pasatiempo que luego continuaba en el Ateneo. Pero no todo iba a ser filosofar y cocinar la república: allí también celebraban su tertulia los humoristas, con Jardiel y Mihura a la cabeza. Este último hizo a menudo la estupenda elegía de aquella buena vida:

Era un mundo gracioso, en el que entrábamos de tertulia a las seis de la tarde, a las diez nos íbamos a tomar un brebaje que no me acuerdo cómo se llamaba, un aperitivo, vamos. Luego, cenábamos y otra vez de tertulia, hasta la madrugada en que nos íbamos a casa a trabajar. Por eso ahora, cuando le dicen a uno lo de la contaminación, imagínese el cachondeo que me entra, cuando me he pasado los mejores años de mi vida metido en La Granja del Henar”.

Ustedes esperarán que aquí hable del Gijón y del Comercial, claro. Más que nada por ser los únicos cafés literarios que se conservan en Madrid desde los años heroicos en que la cultura se cortaba y se pegaba, sí, pero cara a cara; sin un duro, como siempre, pero de traje reglamentario; dividida por encendidos sectarismos, sí, pero se podía fumar. Es que del Gijón ya se ha hablado mucho: de la concentración de Ruano, del premio fundado por Fernán Gómez, de la noche en que llegó Umbral y del caro menú de verano en la terraza. El Comercial era la colmena que inspiró a Cela y en sus veladores, siendo uno universitario, dejaba voluntarioso los números de su revista literaria. Ambos locales desafían aún a esa clase de traumática alteración –franquicia, entidad bancaria, sede institucional, boutique o pub- que llevamos registrada.

Bustos debutando como tertuliano en Telemadrid el 21 de junio de 2013, último eslabón en el proceso de la decadencia tertuliana.

Bustos debutando como tertuliano en Telemadrid el 21 de junio de 2013, último eslabón en el triste proceso de la decadencia tertuliana.

Hablemos por último del Café Lion, verdadero place to be durante la edad de plata de nuestra literatura. Mientras en la planta superior hacían tertulia los del 27, en el sótano llamado de La Ballena Alegre componían el Cara al Sol los escritores falangistas comandados por José Antonio. Se cruzaban unos y otros camino del baño en plena II República, pero durante un tiempo aún prevaleció la fraternidad de la pura inteligencia: no hay que olvidar que Lorca cenaba los viernes con Primo de Rivera, amigos inequívocos. Tras la guerra, el Lion aún fue destino de los Sastre, Ferlosio y Aldecoa. Ahora aquello es el James Joyce, y el simpático irlandés que lo regenta nos cuenta la historia de cómo la iglesia irlandesa subastó los muebles de sus templos para resarcir a las víctimas de la pederastia. Nos señala orgulloso la madera de sus veladores, iluminados por vidrieras con efigies de escritores españoles e irlandeses.

-¿Y por qué Saramago?

-Me equivoqué. Pensaba que era español…

En el viejo Madrid eso nunca le habría pasado. Los conocería a todos.

(Jot Down, número 4, junio de 2013)

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21 junio, 2013 · 15:52

Los últimos mourinhistas de Filipinas

«Cuando la porquería se desparrama algunos corren y otros se quedan. Aquí está Charlie, afrontando el fuego, y ahí está George escondiéndose en el bolsillo de papaíto. ¿Y qué hacen ustedes? Van a recompensar a George y a destruir a Charlie». Así aullaba el teniente ciego Frank Slade por medio de Al Pacino en el memorable discurso que cierra Esencia de mujer, evangelio personal que revisito en mis momentos bajos. Quien pasa por un momento definitivamente bajo es el mourinhismo, cautivo y desarmado José Mourinho por el periodismo deportivo, el vedetismo de vestuario y el piperío sociológico.

Cuando la mierda rebosa algunos se quedan. Si hay un precio, habrá de pagarse. Porque Mourinho nos ha desgastado a todos -a Mourinho el primero- en la épica tarea de la afloración de quistes malignos bajo la piel endurecida y avejentada del madridismo. Cansados pero lúcidos comparecen hoy en la prensa, señalándose la espalda para que no haya dudas en la hora más ingrata, Ignacio Ruiz Quintano, Manuel Jabois y Federico Jiménez Losantos y algunos otros resistentes entre los que, permítanme la autocita, me incluyo. Más Hughes, que sintetizó en ABC el sábado la causa de la expulsión de Mourinho de España: «No ha comprendido tres castas que ni en la India: el canterano, el periodista y el árbitro».

No es mala compañía para ir a la hoguera.

Al Pacino y José Mourinho. Tal para cual.

Al Pacino y José Mourinho. Tal para cual.

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Cómo acabar de una vez con el columnismo

Si algo me ha enseñado Twitter es que la gente sigue consumiendo columnas. Algo tendrán para ser el único género periodístico con lectores en mitad de esta crisis de paradigma que a paso ligero va cerrando la analogía gremial entre periodistas y zurcidores de pergamino previos a Juan Gutenberg. Minutos después de la hecatombre nuclear propiciada por los cohetitos de Kim Jong-un, alguien glosará la noticia en una columna más o menos chispeante y su link circulará por la Red. Quizá ya nadie pague por él –el autor se sustentará de yerbas, como el sabio de Calderón–, pero leerán el texto entero y no su mero titular.

Eso será porque la columna verdaderamente causa una elevación del periodismo hasta la literatura o quizá una rebaja de esta al ras de la opinión pública. La columna es un pacto del estilo con la actualidad, y mientras su disfrute siga vigente no se extinguirá del todo la áurea edad del humanismo, pese a todas las decadencias bárbaras que nos acechan, con la telerrealidad, la disciplina de voto y los días mundiales contra la obesidad infantil a la cabeza.

El aserto de Umbral según el cual la mejor literatura de los años ochenta y noventa –fruto de la libertad expresiva detonada en la Transición con el fin de la censura– se hacía en los periódicos acaso denigra la calidad de aquella literatura mucho antes que enaltece la de aquel columnismo. Umbral debía saber que su frase solo ganaría veracidad aplicada a los años en activo de articulistas realmente imbatibles como Mariano de Cavia, Azorín, Julio Camba, Josep Pla, Gaziel, Manuel Chaves Nogales, Agustín de Foxá, José María Pemán, Corpus Barga, Wenceslao Fernández Flórez y, clavado sobre todos ellos en la cruz de guía del oficio, César González Ruano, en cuyo celebrado obituario resumió Jaime Campmany el don de éxito y la condena de caducidad que marcan la vocación del columnista: “César escribió para hoy, sólo para hoy. ¡Qué estúpidos los que dicen escribir para la posteridad! Y escriben las cosas obvias, las cosas que se repiten eternamente, sólo porque cada año nacen nuevos ignorantes que las desconocen. Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar”.

Lo de cobrar no deja de ser una provocación en estos tiempos, pero ya decía el doctor Johnson, en máxima muy aplaudida por Pla: “No man but a blockhead never wrote, except for money”. Precisamente son los rápidos ingresos del periodismo los que han atraído siempre a los escritores menesterosos –valga el pleonasmo–, decantando de aquel fructífero intrusismo la canonización literaria de la columna, aunque a críticos tan exquisitos como Cyril Connolly el precio a pagar le parecía demasiado elevado: “Nada envejece tan rápido como la candente actualidad, y en el periodismo no hay nada más valioso que ella. El escritor que se dedica al periodismo abandona el tempo lento de la literatura por otro más rápido, y ese cambio le perjudicará. Gradualmente la ligereza del periodismo se convertirá en un hábito, y el placer de ser pagado a toca teja y, más especialmente, de ser alabado del mismo modo, llega a hacerse indispensable. Y no obstante, del admirable periodismo que ha aparecido en los semanarios literarios, ¡cuán poco resiste la reimpresión!”.

Larra, Ruano, Ramón y Umbral. (Ilustración: Ulises)

Larra, Ruano, Ramón y Umbral. (Ilustración: Ulises)

Cuando en España se trata sobre columnismo literario, las mentes mejor intencionadas aún prorrumpen en el patriarcado omnipresente de Francisco Umbral, y con razón. Pero Umbral es un enano –muy dotado para la publicidad de sí mismo, lo que también es un talento– subido a los hombres de un gigante como Ruano, quien a su vez se subía a los hombros de Ramón, que estaba encaramado sobre Larra y con el otro pie en el bullicio de las vanguardias, y así sucesivamente porque nadie es el Adán literario, como sentenció Rubén Darío. En todo caso Umbral predicó con la autoconciencia de ningún otro el evangelio necesario de la columna y ahormó un estilo propio tan seductor, tan brillante, que por un momento se volvió peligrosamente hegemónico. Sus epígonos han proliferado en camadas bastardas imitando el sonajero y no la letra, aprendiendo una concreta técnica de ordenar modismos en una frase, como si umbralear fuera la única actitud decorosa puestos en el grave trance de teclear una columna. Esta es la manera en que Umbral ha estado a punto de acabar de una vez por todas con el columnismo, porque la personalidad es todo lo que tiene el columnista y el estilo es el hombre, nunca su escuela.

Ajenas a la preceptiva umbraliana se alzaron ciertamente poderosas alternativas de dispar ideología como José-Miguel Ullán, Manuel Alcántara –que vive, oigan, y aún escribe a diario sin repetirse–, Rafael García Serrano o el propio Campmany. En la siguiente generación encontramos a las firmas que hoy retienen el menguante prestigio del oficio –de Manuel Vicent a Raúl del Pozo, de Federico Jiménez Losantos a Arcadi Espada, de Ignacio Ruiz Quintano a David Gistau– y hablamos de la columna de rango estético, no de la tribuna confidencialísima o de la coima al ex político a duras penas alfabetizado. Me detendré un momento en Ruiz Quintano y Gistau y no porque sean mis amigos, que también. Afectos aparte, me parece evidente que Ruiz Quintano encarna la estirpe viva del ABC legendario, y a cada artículo suyo hoy sigue afluyendo la prodigiosa memoria de un lector exquisito y la prosa esencial de un maestro al que se le ha revelado la alquimia entre casticismo e ilustración. Gistau, por su parte, ha renovado el enrarecido parque de metáforas del articulismo patrio abriéndolo a las corrientes de la cultura pop, y le asiste el envidiable don de concitar el asentimiento a su observación, que nunca es tópica, encauzada por un fraseo largo, matizado, irreverente. La gracia de Rosa Belmonte o la insolencia de Carmen Rigalt sostienen igualmente este género ya sin género, pero si en este país se tuviera memoria y dinero para reeditar se podría disertar sobre columnismo femenino pionero de la mano firme de Sofía Casanova, Concha Espina o Carmen de Burgos, por no recurrir ya a doña Emilia Pardo Bazán.

El diario El País hizo lo que pudo por erradicar el columnismo en España subordinando cualquier veleidad literaria a la autoridad informativa de su mancheta, y así aligeró de columnas el periódico como el marido que somete a su oronda esposa a una liposucción, ignorando el viejo aforismo según el cual cuanta más masa, mejor se pasa. El País se convirtió en un periódico aburrido excepto en sus partes menos afectadas por la fatwa objetivista: crónicas de corresponsales, críticas de cine –territorio en el que hoy brilla el malvado Luis Martínez, de El Mundo–, crónica deportiva o taurina, géneros que merecerían artículo aparte. El desastre se consolidó cuando otros periódicos y sobre todo las facultades del oxímoron académico –ciencias de la información– abrazaron la nueva doctrina. La decadencia de la lectura como alternativa de ocio y la ruina de la educación nacional hicieron el resto, no sin cierto entusiasmo.

El autor y David Gistau durante una velada de boxeo en el Metropolitano, septiembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

El autor y David Gistau durante una velada de boxeo en el Metropolitano, septiembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Pero cuando parecía que la Logse y Apple iban a terminar de una vez por todas con el columnismo, he aquí que comparecen algunos novísimos empeñados en alargar la agonía del arte de Camba y Ruano. Sus dos mejores adalides actualmente son Manuel Jabois, llamado a Madrid desde Pontevedra para marcar una época en El Mundo, y un valenciano que se hace llamar Hughes y escribe en el ABC con la misma cadencia lírica y nunca igual con que llegan a la playa las olas sensuales del Mediterráneo. Jabois, agraciado con una imaginación celta capaz de alumbrar sagas y el descaro necesario para hibridar géneros sin permiso, domina la paradoja y la ironía con la novedad de los maestros, a los que tiene metabolizados por formación y por naturaleza. Hughes poetiza el tema más banal con la osadía vanguardista de un Giménez Caballero, revolviéndolo en espirales de humor hasta que borra todos los límites entre lo sólido y lo líquido, entre seriedad y levedad. De ellos es el futuro, si la crisis y Kim Jong-un respetan finalmente la vida de sus lectores.

(Revista Leer, número 242, Mayo 2013)

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La ilusión de vender periódicos

Manuel Jabois, aquí de cuerpo entero, pasó fugazmente por Madrid para arreglarse la barba. Precisamente ese día lo había consagrado yo a talarme la melena, con lo que la cita para intercambiar experiencias capilares pareció obligada. Cenamos al tibio crepúsculo de Madrid, que será su Madrid muy pronto, prontísimo. Su primer cometido consistirá en desmentir la condición mitológica que le aureolea, pues por aquí ya cuchicheaban sobre él como los escoceses sobre el ictiosaurio de Ness, solo que en este caso la criatura existe, e incluso se arregla la barba. Ya les dije a Manuel y a Ana que pueden contar con mis pugilísticos brazos para la mudanza. Espero que Ana no se tome la declaración -puramente retórica, nacida de la expansión sentimental- al pie de la letra. Buenas son las mujeres.

Bienvenidos. Se os aguarda para rendir la capital. Tomaremos los rehenes que sean necesarios.

***

Recuerdo vívidamente la impresión lingüística -yo he sido un niño de impresionabilidad lingüística, y lo sigo siendo- que me causó la lectura de la primera crítica taurina. La firmaba Vicente Zabala Portolés en ABC, y me ganó para siempre esa parla ultratécnica pero llena de color, a caballo exacto entre lo científico y lo popular, decantación del miedo y la pericia acumulados por los toreros y por la afición durante siglos. Aquí, una magnífica muestra de mi amigo Márquez. Si la actual crónica política -con su abuso de la prosa teletipesca- profesase la misma riqueza expresiva y parecida atinencia a la precisión, los periódicos se seguirían vendiendo.

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