Archivo de la etiqueta: el tabarrón catalán

Rufián, Borrell y el silencio de los corderos

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El príncipe y el mendigo.

Tardaremos años en coser el desgarro institucional que está produciendo el sanchismo, esa agencia de viajes matrimonial con cargo al dinero de los españoles y a los votos de quienes odian serlo. «La cuestión no es que Rufián sea un portero de discoteca carnicero, porque eso ya lo sabíamos, el problema es que el carnicerito abre y cierra la válvula del regulador que te proporciona oxígeno para seguir en La Moncloa». Este whatsapp no me lo manda un diputado de la oposición: me lo manda un diputado que lo fue todo en el PSOE y que sabe que será purgado en las próximas listas. Está condenado al silencio de los corderos y a mí me gustaría que lo rompiera en público, pero al menos él no es como otros susanistas que se rebajan a pelotear a Adriana Lastra en la esperanza de prorrogar su nómina pública. A Lastra, que en vez de salir en defensa de Borrell se apresuró a disculpar al matón de ERC que «tan solo amagó» con escupirle cuando pasó a su lado. Pero claro, Josep tiene su carrera hecha y Adriana es… Adriana.

El pánico a perder el escaño amordaza la voluntad de los culos de carné pero todavía no embota sus inteligencias tanto como para no convenir en la terrible degradación, en la vileza parlamentaria de esta bochornosa hora española en la que solo la ausencia de pistolas nos distancia de los años 30, cuando Pasionaria amenazaba al banco de la oposición directamente con el asesinato. Respecto de eso el escupitajo constituye un progreso, ciertamente. Mejor un zoo de llamas escupidoras que un cementerio.

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21 noviembre, 2018 · 14:00

Cicerona Calvo

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Oradores con cara de oradores.

El sanchismo es un abuso gradual de la paciencia que primero nos polariza para luego domesticarnos. Cada día estira un poquito más las costuras del traje del 78 para desfigurarlo sin romperlo aparentemente. Se trata de que los publicistas del rey desnudo puedan seguir diciendo que vamos vestidos de constitucionalistas, aunque en realidad ya no nos reconozca ni la madre que nos parió hace ahora 40 años, cuando el nacionalismo era un invitado más del juego y no el croupier que amenaza con volcar la mesa. Una moción de censura pactada con los autores políticos de una rebelión, la colonización hortera de cada nómina pública por el rasero del sectarismo, el aislamiento del Monarca constitucional, la mofa cínica del propio listón ético proclamado por un antiguo avatar de Pedro Sánchez, la asunción de la demagogia económica bolivariana en un plan de Presupuestos, el pasteleo zafio para acomodar las togas a los tiempos políticos… El pedrisco sanchista va cayendo semana tras semana sobre el sembrado institucional hasta que lo aceptemos como una maldición cósmica, inexorable.

Ahora bien. Algunos estrechos todavía no hemos dilatado el esfínter lo suficiente como para cumplir con el papel que se nos pide en esta sauna. Que Carmen Calvo, una catedrática de Cabra que confunde el latín con los dibujos animados, se compare con Cicerón es demasiado. Nadie como Calvo ilustra el atrevimiento de la ignorancia, pero si se atreve a tanto quizá no sea solo por la ridícula soberbia que le afeó Melisa Rodríguez, sino porque la oposición no se le está oponiendo como debería. Hablo con unos y con otros, charlo con compañeros que cubren PP y la impresión es unánime: el casadismo no cuaja. Bien por la corrupción del pasado, bien por la bisoñez del presente, el primer partido de España está trazando una deriva errática que desmiente su aún poderosa representación. Y eso no se soluciona con intervenciones altisonantes muy subidas de adjetivo. ¿De qué sirve que Emilio del Río -buen latinista, por cierto- cargue contra los infames manejos en la Abogacía del Estado de Dolores Delgado si su compañero Rafael Catalá acaba de blanquearla repartiéndose con ella los vocales del CGPJ? ¿Qué hacía Catalá con una corbata fucsia si debía llevarla negra por el luto debido a la decencia de su sigla? ¿Puede convencernos el PP de que no ha cedido la hegemonía judicial al PSOE a cambio de un control de daños en sus casos de corrupción, empezando por la protección pactada para un Mariano Rajoy que ha perdido el aforamiento?

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14 noviembre, 2018 · 14:04

España es de todos, rompe tu parte

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Rompiéndola.

Desde la moción de censura vivimos en el campo semántico de la ruptura, y en congruencia la palabra clave de la sesión de control fue el verbo romper. Pedro Sánchez rompe relaciones con Pablo Casado (aunque luego rompe esa ruptura para ofrecerle un pacto presupuestario); Casado acusa a Sánchez de romper con la Constitución y le pide que rompa con los que rompen España; Albert Rivera rompe la unidad de acción con el PP en la Mesa del Congreso; Pablo Iglesias teme que Sánchez rompa su pacto monclovita con membrete y todo para ponerle los cuernos con la oposición constitucionalista. En España todos rompen menos los que tienen que romper, que es ERC con el partido mutante de Puigdemont: siempre nos cuentan que están a puntito de dejarlo, pero al final terminan volviendo como las parejas cobardes.

No rompió Casado con su tono duro y su profusión metafórica: las madrasas catalanas, el lodo de TV3, el caballo de Troya sanchista en el sistema del 78 y el tigre por cabalgar del independentismo, que no es el de Blake: «Tigre, tigre, luz prendida en los bosques de la noche, ¿qué mano inmortal, qué ojo pudo idear tu terrible simetría?». Pero ese tigre no es español porque en España manda el federalismo asimétrico del PSOE, por el cual unos españoles que no quieren serlo son más iguales que otros. Sánchez no ha leído a Blake, así que le respondió a Casado con el armamento convencional: extremismo, crispación… y corrupción, servida por la garganta profunda de Villarejo que apunta a Cospedal. Los audios fecales prestaron al Gobierno una munición que se le acabaría si Cospedal dimitiera, concediendo con ello a Casado la baza de aumentar la presión sobre Dolores Delgado; es lo que intentó Beatriz Escudero, que cuando habla agarra al reposabrazos como si lo fuera a despedazar, pero con María Dolores en el escaño su pólvora nace mojada.

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5 noviembre, 2018 · 15:41

Contra la pureza de Cataluña

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Los impuros.

Dos miedos gobiernan España desde hace muchos años: a que te llamen facha y a que te llamen botifler. El segundo se localiza específicamente en Cataluña, donde de todos modos se confunde exitosamente con el primero desde que a los nenes les cuentan que Colón, el del índice enhiesto, era catalán, mientras que Samaranch, el del brazo romano, llegó de Marte. Pero son dos pánicos invasivos, paralizantes, que todos los españoles posteriores a 1975 sentimos siete veces al día siete días a la semana. «¿Me llamarán fascista si digo esto? ¿Me purgarán de Las mañanas de TVE? ¿Perderé irremisiblemente todo sex appeal?». Preguntas eternas que nos lanzan los puros y uno no siempre tiene el coraje de responder con honestidad. Ahí está Puigdemont, con el dedo ya sobre el botón electoral pero exiliado de por vida de Cataluña y de la razón porque Rufián tuiteó no sé qué sobre unas monedas de plata.

Dios me libre de señalar miedo en Arcadi Espada, ni siquiera en el Espada de 1981 que, según confesó el jueves en el momento álgido de la presentación de Contra Catalunya, no reaccionó como debiera al tiro en la rodilla que recibió Federico Jiménez Losantos por parte de los mismos que hoy dichosamente se conforman con el tiroteo mental, el disparo de la xenofobia sobre Inés Arrimadas. «Nadie protestó entonces. Y yo tampoco», reconoció lentamente Espada a la cara de Losantos. Y en esa contrición, expiada por años de batalla compartida en el frente solitario de la libertad -el frente de los impuros-, se resumen todas las capitulaciones que deben conceder los buenos para que los malos triunfen. Aquel joven periodista fue en cambio uno de los apenas dos mil manifestantes que protestaron bajo la lluvia el 24 de febrero contra la intentona de Tejero de la víspera: ya tenía claro que asaltar el Congreso era violar su personal soberanía de ciudadano. Años más tarde el mismo fascismo, igualmente imbuido de patria pero esta vez vestido de civil, asediaba el Parlament.

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7 octubre, 2018 · 20:38

Candidato Valls

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Europa.

Decimos que la política se ha contagiado de la lógica del mercado porque los partidos compiten por el reconocimiento expresado en votos como las empresas pugnan por diferenciarse de la competencia para atraer al consumidor. Por eso hablamos de marca electoral, de oferta programática, de capital político, de comprar un argumento: lenguaje mercantil que metaforiza con precisión el funcionamiento de la lucha por el poder en las democracias representativas. La liquidez es a una empresa lo que la representación a un partido.

La alegoría comercial se ajusta tanto a la lucha partidista que corremos el peligro de sobrevalorar el factor diferencial en nuestros líderes. Un buen líder sería solo aquel que expresa a todas horas una identidad fija, reconocible para su electorado, considerado una masa compacta e inmóvil. Y en circunstancias normales, diferenciarse funciona. Pero en Cataluña hace tiempo que la anormalidad es la norma, como lo es en otros lugares de Europa que reaccionan con miedo a la intemperie global replegándose en el narcisismo de la pequeña diferencia. Por eso, si Manuel Valls tiene una oportunidad de ganar en Barcelona no será gracias a un perfil definido, restringido a unas siglas familiares, sino en virtud de una plataforma abierta al deseo común de igualdad y libertad que pueden compartir socialistas constitucionales, liberales progresistas y conservadores ilustrados. Se entabla entonces una alianza virtuosa que aspira a vencer por inclusión, no a excluir por identidad.

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22 septiembre, 2018 · 18:30

Otoño imbécil

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Ellos se juntan.

A este tipo, Torra, lo define el modo en que hurtó el rostro a Albiol para cortar una discusión en el homenaje de Cambrils. Ese movimiento accionado por la cobardía a medias con la intransigencia revela el carácter paradójico del supremacista, que comparte con el machista esa debilidad íntima que trata de enmascarar con la violencia. Torra no alienta el enfrentamiento porque sea malvado, sino porque es imbécil: etimológicamente, un hombre sin atributos. Uno que ignora que inventamos la política institucional para reglar el conflicto, y que su principal deber como dirigente público consiste en mantener las formas cuando discute con otro político de signo opuesto. Se reconoce al fanático irrecuperable cuando esa cortesía elemental le exige un esfuerzo superior a sus fuerzas. Y cuando el poder recae en una personalidad subdesarrollada, detenida en el radicalismo de la niñez mental, sobreviene el desastre. Porque a un niño siempre le sobra la democracia.

Cómo echamos de menos a los políticos profesionales, tan denostados por esta ola populista que atiza resentimientos necios a cambio del relevo en los despachos. El sabio pragmatismo de los diplomáticos de culo de hierro que jamás se levantaban de la mesa de negociación ha sido vencido por la estupidez triunfal de los puros, los insobornables, los imbéciles poseídos de misiones y ayunos de inteligencia. Cuenta Cicerón que Catón no se explicaba que un arúspice no rompiera a reír al encontrarse con otro arúspice, conscientes ambos del fraude del que vivían y de la extendida credulidad de sus clientes; pero cuando Torra se encuentra con Puigdemont, cuando estos dos aprendices de brujo salidos del sobaco más profundo de Wilfredo el Velloso se miran a la cara, nadie se ríe. Y ese es el drama: que la fase cínica -representada por Artur Mas– ha sido superada por la fase dogmática.

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5 septiembre, 2018 · 11:53

El sarampión ha vuelto

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Joven curándose el nacionalismo.

No puede extrañarnos el retorno del sarampión a Europa, enfermedad que creíamos tan derrotada como el nacionalismo. El sarampión, o el nacionalismo, es una infección respiratoria sumamente contagiosa que cursa con erupción cutánea, tos seca, secreción nasal, fiebre alta y ojos rojos, incluso inyectados en sangre. Basta respirar los miasmas aéreos de un ambiente contaminado -por ejemplo allí donde haya tosido previamente un nacionalista- para infectarse. Suele hacer presa preferiblemente en niños, o en adultos infantilizados por la ignorancia o el resentimiento que no han recibido a tiempo la vacuna sufragada por la sanidad pública, es decir, por la educación pública, lo que constituye un claro caso de dejación de funciones por parte del Estado. Científicos y politólogos explican que el sarampión arraiga más fácilmente en sistemas inmunológicos deficitarios; la diferencia es que la enfermedad, cuando es contraída por adultos -adultos de aspecto, porque en realidad no han dejado de ser niños-, cursa con mayor virulencia que en los bebés, llegando a provocar graves alteraciones e incluso la muerte, según quedó suficientemente acreditado en las cuajadas trincheras del siglo XX, por no remontarse más.

Al niño que contrae el sarampión se le prescribe tomar mucho líquido, guardar reposo y abstenerse de relaciones con personas vulnerables. Ayuda mucho que el paciente aproveche la convalecencia para leer, pues el sarampión, como el nacionalismo, se cura leyendo sin que uno se dé cuenta: solamente hay que dar una oportunidad al sosiego mientras los anticuerpos de la razón hacen su trabajo. En caso contrario, la afección emocional avanzará nutriéndose del ruido y de la furia, devastando el tejido sano de la sociedad, porque el sarampión puede ser una premisa de la muerte como el nacionalismo lo es siempre del fascismo.

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30 agosto, 2018 · 9:09

De la urnofobia al emoticono

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Urnófobo.

Mes y medio después de la moción donde debió hacerlo, Pedro Sánchez presentó en el Congreso su programa de Gobierno, o su programa electoral. Eligió para ello el Día Mundial del Emoticono, y en eso nadie va a discutirle la coherencia: el emoticono es un invento de los ingenieros de Silicon Valley para ahorrarnos el esfuerzo del lenguaje articulado y el sanchismo es un invento de los spin doctors de Moncloa para ahorrarse el trámite de gobernar con escaños. ¿Estamos ante un Gobierno corto o ante un spot largo? ¿Vale la pena indignarse por las amenazas a la enseñanza concertada o a la industria del diésel? ¿Cuántas de las reformas anunciadas se llevarán finalmente a término? Es la pregunta que en estos momentos se están haciendo la momia de Franco en la huesa de Cuelgamuros y los defraudadores acogidos a la amnistía fiscal en el confortable anonimato del que Sánchez ya no quiere sacarles.

El presidente del Gobierno es un hombre audaz, pues hace falta audacia para llegar a presidente como ha llegado, pero a cambio padece dos miedos paralizantes: a los periodistas y a los votantes. De los primeros teme las preguntas, y para eso envía a las ruedas de prensa a sus ministras, y de los segundos teme la intención de voto, y para eso coloca en los fogones del CIS a don Tezanos, que llega con el mandil puesto y el carné en la boca. A este síndrome sanchista del pánico electoral lo ha bautizado Hughes como urnofobia, contra la cual solo se conoce un tratamiento: el dinero público, que ya se sabe que no es de nadie. El plan es comprar en el mínimo tiempo posible el máximo número de voluntades con cargo al bolsillo del contribuyente. Puede intentarlo porque recibe una España que crece al 3% y porque Calviño ha rogado a sus colegas bruselenses que hagan la vista gorda mientras engrasa con más déficit la campaña de las autonómicas. Y así es como, Sánchez, gobernando con los Presupuestos del centro-derecha, rinde tributo a la sentencia de Josep Pla, que advirtió que el socialismo es un lujo pagado por el capitalismo.

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17 julio, 2018 · 18:15