Todos los españoles se han pronunciado ya sobre el sábado de cuchillos largos de Sánchez menos los separatistas, que gustan de opinar y saben tanto de cainismo como cualquier español. Se mantienen sospechosamente callados mientras calibran el efecto del pendulazo monclovita sobre sus intereses. «¿Por qué Iceta no ha cobrado el protagonismo que nos prometían? ¿Qué significa que una manchega de Page sea la nueva portavoz del Gobierno? ¿Se habrá dado cuenta Pedro de que a él también le estábamos tomando el pelo? ¿De que no tenemos intención de elegir entre su financiación y nuestra república, pudiendo tener las dos?»
Sánchez va a sufrir lo que queda de legislatura, pero no por culpa de la derecha sino de sus socios. Pasa por pagar chantajes como el de los indultos: automáticamente cebas las expectativas de tus extorsionadores. Comprendemos mejor que nuestro príncipe de la concordia evite el Congreso todo lo posible cuando observamos que Podemos a través de Asens, ERC a través de Rufián, Bildu a través de Aizpurua y hasta Compromís a través de Baldoví guardan turno en la fila de las bofetadas al presidente como en aquella escena de Aterriza como puedas.
Por una vez en su vida Sánchez planteó la situación en sus justos términos: «¿Y cuáles son los planes de Esquerra?», le espetó a Gaby Rufián, que lleva años en Madrid privando a un pueblo carlista de su tonto. Fue un centelleo de dignidad en las tinieblas del corazón presidencial, un eco moral rápidamente ahogado por la psicofonía que este hombre oye a todas horas en su cabeza: «No chistes a tu casero, insensato». De modo que corrió de vuelta a la retórica diabética del reencuentro, por favor, Gabriel, os he sacado a los amigos, va, dadme un respiro.
Se dice que el problema de España son sus élites, la pésima calidad de su clase dirigente hoy como ayer. El tópico nos pinta individualistas y gregarios a un tiempo, recelosos de liderar y de que nos lideren, un país de miopes tácticos que no produce estrategas. Pero quizá nuestros políticos y empresarios y clérigos y periodistas no son peores que los de países vecinos. Quizá falla el ecosistema que los cría, los junta y los revuelve. Un perverso engranaje de incentivos que premia la picaresca para acceder y el clientelismo para mantenerse, que castiga la autonomía de criterio y disculpa los éxitos personales solo cuando viajan camuflados en la militancia colectiva, adscrita a una tribu homologada. A la intemperie y en soledad aquí no triunfa ni Dios. Y si lo hace, no se le perdona.
Todo apunta a que dejará Moncloa sin haber rozado la talla institucional que se exige al alcalde de una pedanía. Tras ensayar sin mucha convicción los sucesivos argumentos de la justicia como venganza y del egoísmo como magnanimidad, el nuevo truco de Pedro I el Autoindultado para justificar lo injustificable inaugura un entrañable retorno al clasicismo: la culpa es del PP. Porque a Rajoy le montaron dos referéndums y a él ninguno. «Y para evitar cabos sueltos, el tercero se lo estoy organizando yo», le faltó añadir.
-No sé si los periodistas os estáis dando cuenta de lo que viene. Estáis poniendo el foco en los indultos, y ciertamente es bochornoso que un Gobierno anule los efectos de la sentencia del juicio más importante de la democracia por pura supervivencia política. Pero lo peor es la reforma del delito de sedición.
-¿Por qué?
-La propaganda de Moncloa dice que la impopularidad de los indultos y de abaratar la sedición es el precio que pagan por la audacia de querer cerrar heridas. No solo mienten, es que van a agravar la tensión en Cataluña hasta extremos que no imaginan. Por los indultados, pero sobre todo por los fugados.
En 1793 la región campesina de la Vendée se hartó de las levas forzosas y de la presión fiscal impuesta desde París y se alzó contra el nuevo amo de Francia, que se revelaba más despótico que la monarquía: la Revolución. Los jacobinos desencadenaron el terror para sofocar la revuelta; qué vale la vida de los otros, se dijeron, cuando la nuestra encarna el galope de la historia. Más de cien mil contrarrevolucionarios fueron cancelados en nombre del progreso bajo técnicas especialmente brutales: ahogamientos masivos de niños, adolescentes violadas antes de ser descuartizadas, mujeres encerradas vivas en hornos para aprovechar su grasa corporal y el cuero flexible de su piel, curas martirizados con delectación. Aún hoy en los hijos de la Vendée palpita la memoria de aquel infierno.
Aunque sus memorias tienen tres tomos, su mejor obra se titula Constitución de 1978. A ningún diputado constituyente debe tanto nuestra Carta Magna como a Alfonso Guerra,azote de la derecha y conciencia crítica de una izquierda que se ha olvidado de la igualdad. De la Covid ya le han vacunado, pero el virus de la política en él no tiene cura. Por suerte.
Viajemos a 1978. Cuadernos para el Diálogo publica España y su futuro de Felipe González, con un prólogo escrito por usted trufado de referencias a la libertad, asociada al PSOE. El lema era: «Socialismo es libertad». ¿Se ha dejado arrebatar la izquierda ese valor en Madrid?
La campaña de Madrid ha sido insólita. Desde la derecha el dilema era comunismo o libertad y desde la izquierda el dilema era democracia o fascismo. ¿Pero en qué país viven estos? Es un planteamiento completamente absurdo elaborado sobre imágenes de gurús. ¿Es posible que no se traten los problemas que afectan a la gente, que son muy graves, y dedicarse a discutir de libertad, democracia, fascismo? Intelectuales firmando manifiestos y diciendo que en Madrid han vivido en un infierno. ¿Pero dónde estaban metidos? Lo que pasa es que todo es conquista del poder, y si el gurú te dice que tienes que decir la chorrada más grande, que eso funciona, pues la dices.