La sesión de control a la oposición, perdón, al Gobierno se desarrolló en un hemiciclo aceptablemente concurrido. Se conoce que a sus señorías al fin les ha invadido la vergüenza por el absentismo escolar sostenido con la excusa pandémica. De hecho Sánchez se quedó más tiempo en el escaño que Casado, quizá porque el primero tiene que arropar a sus vicepresidentas en el Parlamento y el segundo tiene que ser arropado por sus barones en la convención del PP.
No era una ladera de Cumbre Vieja sino la sede de la soberanía nacional, pero amanecía igualmente desierta de vida, con ocasionales rociadas de lava dialéctica. En ausencia de Sánchez, que ha salido un momento a hacerse una foto a la ONU, todos los ministros habían sido desalojados por su propia desidia de la bancada azul. ¿Para qué vamos a ir si el jefe no está mirando? ¿A quién le importa ya la cámara legislativa si nuestros decretos resultan inconstitucionales y no pasa nada? ¿Quién quiere oírnos si tenemos el tuit para expectorar la consigna y el dúplex para salir en la tele, y si en realidad cobramos por reducir la polifonía de la democracia a la voz de vicetiple concernido de un solo hombre? Sin Sánchez ni hay Ejecutivo ni hay Legislativo, y el Judicial aguanta porque Marchena es canario y está acostumbrado a los volcanes.
Todas las banderas son trapos hasta que nos tocan la nuestra, como es sabido, sea la del pueblo, la del colectivo o la del Betis. Lo que se sabe menos es que la bandera española procede directamente de la senyera catalana. Fue Carlos III, rey madrileño de Nápoles -que perteneció a la Corona de Aragón durante dos siglos-, quien adoptó el rojo y el gualda de la enseña aragonesa para sus barcos. Y cuando se dio cuenta de que se distinguía regular, redujo las barras a tres y ensanchó la franja central. «Para evitar los inconvenientes y perjuicios que ha hecho ver la experiencia, equivocándose a largas distancias o con vientos calmosos con la de otras naciones, he resuelto que en adelante usen mis buques de bandera dividida a lo largo en tres listas, de las cuales la alta y la baja sean encarnadas y del ancho cada una de la cuarta parte del total, y la de en medio, amarilla», escribe en Aranjuez en 1785. Y hasta hoy.
Aquella mañana Nadia Calviño se despertó con una tortuga colorada en la solapa. Un broche defensivo, desmesurado, con el que esperaba repeler los ataques de la oposición pero también la demagogia de su vecina de escaño, a la sazón vicepresidenta segunda. El caparazón no tardó mucho en ponerse al rojo vivo como el vientre del trasbordador espacial al cruzar la atmósfera: el ambiente en el Hemiciclo venía cargado de electricidad. Muy cara, de hecho.
España será multinivel o no será, advierte Adriana Lastra, que no es Torcuato Fernández-Miranda pero también es asturiana. La idea no es una novedad en el corpus teórico de Lastra, que en 2017 ya propuso Bolivia como modelo plurinacional para España. Por tanto yerran quienes aseguran que la convicción multinivel del PSOE es una mutación frankensteiniana impuesta por las alianzas desesperadas del aventurero de los 120 escaños; antes bien, se trata de una arquitectura doctrinal levantada por las mentes más preclaras del partido sobre las ruinas del principio de igualdad. El PSOE ahora prefiere ser el partido de la superioridad: la superioridad política, tributaria y moral de unos terruños sobre otros en función de su grado de amor a Sánchez. Si usted es nacionalista catalán o vasco será un español de nivel alto; si usted es canario o valenciano será de nivel medio; si usted es manchego o extremeño será de nivel bajo. Y si usted es madrileño será el enemigo de todos los demás, aunque contribuya como nadie a la solidaridad del conjunto.
Todos los españoles se han pronunciado ya sobre el sábado de cuchillos largos de Sánchez menos los separatistas, que gustan de opinar y saben tanto de cainismo como cualquier español. Se mantienen sospechosamente callados mientras calibran el efecto del pendulazo monclovita sobre sus intereses. «¿Por qué Iceta no ha cobrado el protagonismo que nos prometían? ¿Qué significa que una manchega de Page sea la nueva portavoz del Gobierno? ¿Se habrá dado cuenta Pedro de que a él también le estábamos tomando el pelo? ¿De que no tenemos intención de elegir entre su financiación y nuestra república, pudiendo tener las dos?»
Sánchez va a sufrir lo que queda de legislatura, pero no por culpa de la derecha sino de sus socios. Pasa por pagar chantajes como el de los indultos: automáticamente cebas las expectativas de tus extorsionadores. Comprendemos mejor que nuestro príncipe de la concordia evite el Congreso todo lo posible cuando observamos que Podemos a través de Asens, ERC a través de Rufián, Bildu a través de Aizpurua y hasta Compromís a través de Baldoví guardan turno en la fila de las bofetadas al presidente como en aquella escena de Aterriza como puedas.
Por una vez en su vida Sánchez planteó la situación en sus justos términos: «¿Y cuáles son los planes de Esquerra?», le espetó a Gaby Rufián, que lleva años en Madrid privando a un pueblo carlista de su tonto. Fue un centelleo de dignidad en las tinieblas del corazón presidencial, un eco moral rápidamente ahogado por la psicofonía que este hombre oye a todas horas en su cabeza: «No chistes a tu casero, insensato». De modo que corrió de vuelta a la retórica diabética del reencuentro, por favor, Gabriel, os he sacado a los amigos, va, dadme un respiro.