
Traiciona y vencerás. O no.
El siglo XXI será espiritual o no será, profetizó Malraux. A despecho de la sana desafección que tanto echamos de menos, la profecía de Malraux se va cumpliendo en la politización de los fanáticos, que se niegan a perder la fe en los milagros que los populistas les tienen prometidos.
Cuando la religión suplanta a la política, la herejía es la única forma de salvarse. Tanta desconfianza inspira un ortodoxo como interés despierta un buen traidor, porque la traición es a la política lo que el gol al fútbol. Hay votantes de izquierdas y de derechas que siguen la actualidad como la homilía del domingo, feligreses atentos a mínimas desviaciones, prontos al chivatazo ante el santo oficio de las redes sociales por donde patrullan insomnes los chicos y chicas de antorcha y algoritmo, comisionados por su secta para dar otro Servet al infierno. Actualizan la España negra en internet, resentida como un tizón abandonado, que advierte una claudicación en cada pacto y sospecha una prebenda en cada cambio de opinión.





Cuando las cosas se ponen feas, Pedro Sánchez se sube a un avión y pone tierra de por medio. Como la fealdad de las cosas es el estado por defecto de este Gobierno incongruente y ficticio, Sánchez se pasa la vida subido al avión de Estado, aparato que le brinda la cálida sensación de poder que el Parlamento le niega, razón de que planeara saltárselo como querría saltarse el Supremo. Al fin y al cabo, ¿qué es un magistrado visto desde las alturas más que una mota negra con puñetas? ¿Qué es la oposición más que una falange obstruccionista a juicio de los editoriales de progreso? Si una ardilla podía cruzar España saltando de árbol en árbol, a ver por qué el aéreo Sánchez no va a poder gobernar España sin bajarse del Falcon. El suelo es para los mortales, y los escaños están sobrevalorados cuando te descubres en la foto ayer con Trudeau, hoy con Trump y mañana en Cuba. No está nada mal para un concejal ágrafo reconvertido en un laboratorio de Industria al que, como susurra un diputado susanista, «se le nota que nunca tuvo que hablar demasiado para ligar». Para qué dar explicaciones si puedes volar gratis.






