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¿Y qué opina Willy Toledo?

Disfrazando la inevitable traición.

Disfrazando la inevitable traición.

El día en que el Papa Francisco cumplió 78 años, Obama y Castro anunciaron al mundo el fin de cinco décadas de bloqueo. Embajadas, viajes y bancos: diplomacia, movilidad y dinero. Tres extravagancias para los cubanos que van a dejar de serlo. ¿Genialidad histórica de Obama o capitulación vergonzante? Por lo pronto, Obama logra que deje de hablarse de sus problemas reales en Irak, Siria, Rusia y Corea del Norte y a cambio vende la foto de la recuperación de la iniciativa exterior en un conflicto tan glamuroso, tan cinematográfico como el cubano. Para Estados Unidos hace mucho que Cuba dejó de representar una amenaza –como mínimo desde la caída de la Unión Soviética–, pero la política sirve también para revestir la irrelevancia de rentable simbolismo: tras gruesas decepciones en lo mollar, Obama quiere pasar a la historia como el presidente que levantó el bloqueo cubano. No deja de ser un título honorífico, porque la fruta estaba madura hace tiempo, pero tampoco es el marquesado de Del Bosque.

Todo parece indicar que se trata de una magnífica noticia para la libertad de los cubanos, y por extensión para todos los sufridos habitantes del eje bolivariano en Iberoamérica. El imperio penetra en la aldea irreductible con carta de oficialidad y declaración conjunta: ahora será más difícil sostener según qué retóricas de sonrojante maniqueísmo. Por mucho que Maduro corra a apuntarle la victoria a Fidel, igual que Kirchner, y que el propio Raúl proclame que ni uno solo de los principios de la Revolusssión queda afectado, lo cierto es que el deshielo financiero facilitará presumiblemente la normalización de Cuba hacia la economía de mercado, principio que no figura en el manual del marxista innegociable.

Ahora bien. La apertura mercantil y diplomática no creará de suyo las condiciones de una vida aceptable en Cuba sin la compañía de una radical transición política; eso es obvio. Pero lo que de verdad impide prender cohetes en hilera y batir campanas es el factor sociológico, es decir, la inexistencia de una burguesía que pueda sostener la aceleración cubana hacia el progreso hasta ponerse en hora con el reloj de la historia.

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Podemos y Cataluña: el indiscreto encanto de la burguesía

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

La única inexactitud sugerida por el Jefe del Ejército, más allá de la inexactitud fundamental que supone el hecho de que un militar opine, es que España juegue en su analogía el papel de metrópoli de Cataluña, cuando las evidencias de renta económica e iniciativa política señalan que ocurre exactamente al revés. A Manuel Vázquez Montalbán no le gustaba la famosa sentencia de Wenceslao Fernández Flórez según la cual Cataluña es la única metrópoli que desea separarse de su colonia. No le gustaba, claro, porque no era tonto y porque era comunista, y por tanto sospechaba que Fernández Flórez metía el dedo en la llaga al señalar que el nacionalismo catalán era una afición de burgueses. Como así es, en efecto. Don Wenceslao era gallego, tierra entonces de miseria en comparación con Cataluña, y no podía entender un movimiento de liberación nacional que se apoyase no en la humillación de los oprimidos sino en el egoísmo de las clases medias y altas.

En Cataluña, como en Escocia o en la Padania, el independentismo es un juego de clases acomodadas que quieren serlo más, es decir, pagar menos impuestos a los pobres del sur del Ebro y tocar a menos bocas en el reparto de los propios, con los cuales además seguir haciendo suculentas distracciones al 3% sin miedo al ojo de la Hacienda central. No por pesetero e insolidario deja de ser menos transparente el empeño: menos comprensible es el caso vasco, cuyos nacionalistas, logrado el cupo, apelan a un esencialismo étnico que sonrojaría ya a Darwin. El hecho desnudo es que en las dos regiones históricamente más prósperas de España ha arraigado un sentimiento de vergüenza hacia el resto de la Península que no es alimentado por un escarnio sistemático, como el de los congoleños a manos de Leopoldo II de Bélgica, sino por el asco de mezclarse con pobres en alpargatas. De ahí la frase de Fernández Flórez.

Racismo y burguesía siempre han trabado bien, porque el que tiene su capitalito teme más que lleguen otros a quitárselo que el que no tiene nada, como el obrero, o el que tiene mucho, como el aristócrata, que propende antes al paternalismo que a la xenofobia. Pero revolución y burguesía conjuntan aún mejor. Todas las revoluciones –las buenas, como la inglesa y la americana; las mediopensionistas, como la francesa; y las vesánicas, como la bolchevique y la fascista– las ha hecho la burguesía, y el proletariado ha sido en ellas lo de siempre: la carne de cañón. Es natural que así sea, porque el proletario no tiene tiempo ni formación para idear revoluciones y lo que desea ante todo es convertirse en apacible burgués. Es el burgués el que posee lecturas y energía para entretenerse en hacer listas de agravios cuando la vida le ha despechado o no le ha catapultado adonde esperaba. Una checa siempre la empieza llenando un profesor ex burgués que señala con la pluma al editor que no le publicó antes que el miliciano lo sentencie con la pistola.

Recuerdo estas elementales nociones de sociología histórica porque han sido confirmadas por el último CIS, que identifica al votante mayoritario de Podemos como urbanita de clase media más o menos afectada por la crisis y con estudios universitarios. O sea el pijiprogre, pues el proletariado no entiende La Sexta, evidentemente, sino Telecinco. A los de Podemos les llaman con toda propiedad la casta de Somosaguas, Monedero es profesor de máster en ICADE, Errejón no puede disimular su dicción de niño pijo y las adhesiones ardorosas a su causa no se pronuncian en las fábricas de Fuenlabrada sino en las teterías del Barrio de Salamanca, donde declararse podemista es pura moda trendy como la talasoterapia o la crema de células madre.

–Pues yo voy a votar a Podemosss, tía, que está todo fataaal –se despereza la milf desde el centro burbujeante del spa del Metropolitan.

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Cuando despertó, la monarquía todavía estaba allí

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

En el Día Mundial del Cáncer de Próstata del año del Señor de 2014, las Cortes españolas ratificaron la voluntad de Juan Carlos I de abdicar la Corona, uso transitivo de un verbo cuya mera pronunciación ha caído sobre el corral de gritos de la opinión nacional como el nombre de Jehová entre las barbudas de La vida de Brian.

En la tribuna, dos barbas en absoluto postizas tejiendo una fronda bipartidista –constitucionalista– bastante menos rala de lo que se vende: 299 síes sociopopulares de 341 votos emitidos, más el apoyo testimonial de UPyD, UPN y Foro Asturias. Todos los demás se abstuvieron (CiU y PNV) o votaron en contra con lujo de pretextos publicitarios: el tétrico abandono del hemiciclo, ikurriña en mano, por parte de la aldea amaiurense; la traviesa reverencia de Tardà a la bancada popular tras su reivindicación de la “república catalana”; o el borborigmo de la Chamosa, que votó sí y añadió, para excusarse: “¡Que se jubile ya!”. En la reiteración del sintagmita-pretexto en que los muchachos de Lara y Llamazares amparaban su no –“¡Por más democracia, no!–, nosotros advertíamos una cierta vergüenza de inadaptado, una manera de explicarse a sí mismos la contradicción entre las prerrogativas del escaño y la monarquía parlamentaria que se las proporcionó. Vote usted no y vaya en paz, oiga, que esto no es la II República para temer represalias. Eché de menos que algún constitucionalista en la sala diese a los jacobinos la única réplica posible en su turno, la única verdad de facto: “Por más democracia, sí”. Tan solo el popular José Albendea, taurinamente, echó la pata adelante y gritó: “Sí, ¡viva el Rey!”

Rajoy y Rubalcaba opusieron a la fiebre papanatas del republicanismo retórico sendos discursos de una gravedad inequívoca, autoconsciente, trascendental, de los cuales –como Vallejo– tenemos ya el recuerdo al contemplar de reojo el burbujeo de la sopa frentepopulista. Veremos, que el Sistema es un hígado inescrupuloso capaz de deglutir melenas bolivarianas y expeler disciplina de partido con dieta de comedor. Por fortuna.

–No estamos para modificar los hechos sino para subrayarlos, para aplicar la Constitución en un marco de normalidad y naturalidad propias de una democracia madura (sic), ratificar la voluntad del Rey y cumplir el mandato de la soberanía nacional, expresado en 1978 y también en 2014 –advertía don Mariano, como si en las tertulias de la tele se atendiese al Derecho.

Pero el presidente no se iba a limitar en un día como hoy al recitado administrativo y a la grisura tecnocrática, sino que quiso rendir balance lírico del reinado: “Sería necesario estar ciego de obstinación para no reconocer los méritos que ha cosechado el Rey que ahora nos deja”; “hábil piloto”, “impecable ejecutor” y otros cariños no por manidos menos ajustados. Ponderó la transformación formidable que ha experimentado el país durante los últimos 40 años. Señaló que ningún español, por primera vez en siglos, presencia la sucesión de la Jefatura del Estado de forma traumática. Y recordó una y otra vez que debatir la forma del Estado no estaba en el orden del día. Quia, reglamentos, minucias aburridas de registrador cenizo. El bar tricolor no se lo iban a cerrar hoy a Izquierda Plural y otras periferias levantiscas, que por algo cuentan más por su voz que por su voto.

Rubalcaba, devenido socialista de guardia en servicios póstumos al Estado, desgranó en su intervención una pedagogía elemental de teoría política para aquellos entre los suyos que le quieran oír, que no son muchos:

–¿Podría esta Cámara no votar esta ley? No. ¿Podría esta Cámara votar no a esta ley? Eso sería tanto como obligar al Rey a seguir reinando contra su voluntad. No votamos hoy la sucesión: eso ya lo hicimos en 1978 –aquí me faltó un aplauso de su bancada, y eso que soy del 82–. En España hay un rey pero no somos súbditos, sino ciudadanos de los cuales emana la legitimidad del rey. Los socialistas hoy votaremos sí porque, sin ocultar nuestra preferencia republicana, sabemos mantener nuestros acuerdos.

Si no llega a conceder la preferencia republicana, allí mismo recibe un zapatazo de Madina, punta de lanza de ese adanismo sonrojante que todo lo va copando. (Por cierto que este cronista cede a los expertos forenses de la Complutense la distinción entre tres neocadáveres ideológicos de la efebocracia insurgente: ¿en qué se distinguen Edu Madina, Alberto Garzón y Pablo Iglesias? Si los tres se fusionaran en un mismo cuerpo de pelo rojo, tipo Goku, ¿verdad que el rechazo orgánico quedaría clínicamente descartado?)

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11 junio, 2014 · 17:12

En la muerte de Gabriel García Márquez

Gabo cuando aún era el reportero García.

Gabo cuando aún era el reportero García.

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, la contraportada de La Gaceta del 4 de agosto de 2012 en la que escribí lo que sigue al enterarme de un empeoramiento del mal de Alzheimer que sufría Gabriel García Márquez]

Está uno desasistido de la familiaridad que permite a Juanillo Cruz llamarle a usted Gabo sin más y, sin embargo, le escribo para demorar todavía el momento en que no tenga quien le escriba o lo tenga pero no le deje advertirlo la neblina senil que va cerrando el asedio a sus meninges exhaustas. Uno imagina su final como el de un androide cinematográfico que, hundiéndose en la lava postrera de la desmemoria, toma fugaces y sucesivas apariencias de coronel sonambúlico, de apostante en peleas de gallos, de abuelona memoriosa, de sicarios anunciados y de sementales genesíacos que desembarcan en mágicas aldeas con la piel cocinada a fuego lento por el salitre.

Cuando se vive para contar, se asume la contrapartida de callarse cuando se deja de vivir. Usted, don Gabriel, ya no tenía nada que decir y consecuentemente desarrolló la demencia pactada con el fáustico oficio del narrador como unas vacaciones bien argumentadas ante el jefe. Sólo le aguarda ya el cuchicheo de la lumbre y la respiración pedregosa, el manoteo pueril de la memoria por apartar las nubes densas que decoran el páramo de su castillo mental. Aún oirá el revuelo de la hojarasca en las aceras y pensará en los gallinazos que velan en el puerto por los desperdicios de un entendimiento varado. Y aún intentará una metáfora con perros, cadáveres eviscerados y sedimento de estribo de cobre en el paladar.

Queda el suspense residual de quién cebará antes las necrológicas, si su galardonado nombre o el de su amigo Fidel. Un picado en paralelo abrocharía la evidencia de que la gracia en el estilo y la frondosidad en la imaginación no sólo no riñen sino que maridan como el flamenco y un gitano con la pompa dictatorial, exuberante, del trópico. Si Flaubert acometió a Bovary por odio a la burguesía y acabó identificándose con ella, cómo no le iba usted a desear furtivas primaveras al más otoñal de los patriarcas. La propiedad soteriológica de la literatura, no obstante, reservará solo laurel para su busto, mientras que el de todo dictador siempre termina corroído por una lluvia macondiana de cagadas de mosca.

A la muerte de Fitzgerald, su compañera de generación Glenway Wescott sentenció: “No debe existir ninguna disputa entre literatura y periodismo. En una época de temas tan solemnes cada vez es más necesario que ambos se inspiren mutuamente, los literatos aferrándose a la verdad y los periodistas usando la imaginación”. ¿Solemnidad? Después de todo, no cabe hoy en España reportaje más veraz que aquel que concluye con la respuesta del coronel a su mujer cuando ella le pregunta qué comemos:

“El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

–Mierda”.

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Almas bellas vs. policía

El "Lorca" que le hicieron a Pasolini.

El «Lorca» que le hicieron a Pasolini.

Pier Paolo Pasolini nació de teniente y campesina, combatió a los nazis y fue capturado en campaña, se afilió al Partido Comunista y le expulsaron bajo acusación de una homosexualidad incontinente que pervertía a los cándidos cachorros de Gramsci. Todo ello sin dejar de declararse cristiano. Dando tumbos siempre personalísimos acabó en el cine, donde continuó haciendo travesuras. Era un tipo difícil de alinear. Por eso volvió a sorprender a la intelligentsia la postura antigregaria, insobornable, de una coherencia ofensiva, que Pasolini adoptó durante los disturbios del mayo del 68:

–Todo el mundo se pone de parte de los estudiantes, pero yo voy con los policías, porque yo siempre estaré del lado del proletariado.

A los guevaritas de bate y cantazo que salieron a cazar maderos el sábado por la noche no se les podrá gritar, ciertamente, lo que Ionesco a los pijiprogres del mayo francés:

–¿Adónde vais, insensatos? ¡Mañana seréis todos notarios!

Lamentablemente, para llegar a notario y disfrutar de los placeres bien ganados de la condición burguesa se precisa una porción fértil de cerebro que no encontrarán las ondas P300 del escáner neuronal en las mentes vírgenes de los pobres milicianos que le pusieron al 22-M el consabido broche de la violencia criminal con coartada política.

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28 marzo, 2014 · 12:38

El prestigio mediático de la violencia

Quién nos iba a decir que la revolución saltaría en Burgos y por un bulevar de más. La yesca hace mucho que está repartida y la pérdida de plazas de aparcamiento es una chispa tan inflamable como cualquier otra. Tampoco sorprende el entusiasmo mediático ante el guevarismo comprado en los chinos, surja en la Puerta del Sol en el barrio de Gamonal, pues permite a los redactores maduros reblandecer idealismos costrosos al tiempo que ofrece baratas prácticas de corresponsal de guerra al becario primermundista.

Uno fue un adolescente anómalo que ni militó en Ultra Sur, ni se peleó por un estilo musical, ni sintió que el mundo estaba mal hecho o que la democracia real necesitaba de su compromiso. Yo entre los 15 y los 21 básicamente leía libros consignados en el canon occidental de Harold Bloom, el póster de mi pared era de Beethoven –hay que joderse– y mis fantasías se movían entre los laberintos de Borges y la vecina pija de la parada del autobús. Luego todo fue a peor y en el colmo de la frivolidad me hice periodista. Mi prematura senectud me salvó de perder el tiempo en cualquier forma de gregarismo que me admitiera como socio, pero no soy ajeno al romanticismo de la ideología en acción porque me lo encuentro todos los días en el tratamiento que el periodismo regala a hechos heroicos como la quema de contenedores o el derrocamiento épico de mobiliario urbano. Ese enternecedor recurso (de amparo) al santo contexto que cursa más o menos con “los vecinos están hartos” si admiramos el coraje burgalés o con “la realidad social de Euskadi ha cambiado” si jaleamos la impunidad de los perdonavidas de pipa y boina.

No vamos a descubrir ahora el prestigio intelectual de la violencia, historia del mundo desde que el primer hechicero justificó las ganas del irascible jefe de su tribu de invadir la aldea vecina. Este primitivo mecanismo luego ha conocido picos de sofisticación gracias a la Revolución Francesa o a la bulliciosa prole de Lenin, pero en esencia es lo mismo: la fuerza de la razón dura exactamente lo que tarda el ideólogo al mando en temer que otro le quite el puesto, momento en que se pasa a la divertida fase de las purgas encadenadas. Y ojo, que prestigiadores de la violencia los ha tenido la izquierda por ortodoxia y la derecha por afición. Dice el gran columnista mexicano Ibargüengoitia que todos convenimos con Juárez en que la paz es el respeto al derecho ajeno, pero nadie se pone de acuerdo en qué sea lo ajeno.

Lo que no admite duda es que la violencia es eficaz, también en democracia. Sin ETA quizá los vascos no habrían conservado sus privilegios fiscales y hoy seguramente no estarían a la cabeza del Estado en renta per cápita y tasa de empleo. Yo no digo que no haya que defender tus fueros, dejados en la noche de los tiempos por el Olentzero al pie del árbol de Guernica, pero tengo claro que no a hostias o no mientras duren las hostias. La violencia también les ha funcionado a los burgaleses, que han logrado del alcalde la paralización de la obra indeseada. Y no entro ahora en que la obra sea o no indeseable: desde luego, algo tienen que hacer los concejales de urbanismo mientras se infla de nuevo la burbuja, y un carril bici es una coartada bella y saludable para seguir pedaleando en la cinta rumbosa de las comisiones.

Al parecer en Gamonal la violencia mayormente la han puesto los profesionales del guevarismo flauta que según Interior forman grupos itinerantes, como la troupe de un circo en el que ellos mismos hacen de panteras famélicas: su oficio es rastrear altercados barriales que puedan convertir en una continuación nihilista de Sierra Maestra. Pues bien, no son pocos los medios nostálgicos del siglo XX a los que se les escapa aún una mirada simpática hacia estos idealistas, parteros del progreso cuando no sencillamente huérfanos de un Sistema impío. En un excelente documental dirigido por el gallego Manuel Fernández-Valdés, titulado significativamente “Fraga y Fidel sin embargo”, queda retratada con aséptica elocuencia la humana facilidad con que la historia cede a la campechanía, el déspota al icono, la sigla a la transversalidad del mero poder, la solidaridad de especie a la exaltación del terruño, la coherencia al esnobismo y en definitiva la ética crítica a la estética folclórica. El santo contexto que todo lo disculpa.

La violencia funciona en general cuando tiene detrás a un número representativo de cómplices o de tontos útiles, sea en la barricada o en la columna de progreso. Enfrente, Arcadi Espada escribía el otro día una frase terrible a cuenta de los 100.000 de la manifa proetarra en Bilbao: “Ahora sabemos que era un infamia acusarlos de cobardes cuando, en la plena actividad etarra, solo cuatro frágiles desairados salían a la calle a recordar a las víctimas del terrorismo y a acompañar a sus huérfanos. La violencia lleva dos años acabada y aún es el momento de que decenas de miles de personas recorran alguna calle vasca con esos propósitos. No, no era miedo. Aunque es cierto que ahora en la paz exhiben con más rotundo esplendor lo que son”.

No, no era miedo. No salían porque estaban de acuerdo con las nucas astilladas si eran de español. Una notable fracción de vascos ha apoyado, apoya y apoyará a ETA siempre, y por eso ETA dura y dura. Un par de cientos de miles de paseantes de por allí son zombis morales mezclados entre personas. Conviene decirlo para rendir justo tributo a la vida y milagros de los vascos normales. Conviene decir también que no hay izquierdista español que no ría privadamente el salto de altura de Carrero Blanco. Y sus hijos que se jodan, por nacer de fascista.

El intelectual normalmente admira los huevos del hombre de acción porque no los tiene y por eso se dedica a opinar. El hombre de acción admira correlativamente la formación y la labia del teórico, y por eso trata de emularle en discursos absurdos: inacabables oratorias castristas u ortopédicos comunicados batasunos. Juntos forman una sociedad bien avenida capaz de lo mejor y, con la historia del siglo XX en la mano, notoriamente de lo peor. Luego está lo que los antiguos llamaban la burguesía, cuya forma de estar en el mundo merece de Chaves Nogales esta dolorosa disección:

“Un Estado puede derrumbarse, un país puede ser invadido sin que se produzca en las masas una reacción profunda, pero en cambio no es posible que el servicio municipal de limpieza deje de recoger las basuras durante cuarenta y ocho horas. Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física. La independencia de la patria, los derechos del hombre, los destinos de la civilización, son hoy para la gran masa ciudadana puras abstracciones que no tienen ningún sentido frente al hecho cierto, tangible, irritante, de que al salir del trabajo no se pueda tomar el aperitivo o de que haya que perder una hora haciendo cola ante la puerta de una panadería o de que el tráfico rodado no esté cuidadosamente regulado en las encrucijadas por los agentes de la autoridad. El automovilista que se ve obligado a permanecer quince minutos inmovilizado  entre cuatro filas de autos por un embotellamiento adquiere inmediatamente la convicción de que el Estado que le gobierna ha fracasado en su función esencial, y en ese momento no le importa lo más mínimo su significación ideológica ni su destino histórico; lo que quiere, nerviosamente, angustiosamente, es que las ruedas de su auto puedan seguir rodando”.

Así que no por casualidad los riots de Burgos los han empezado automovilistas temerosos de quedarse sin plaza. Una sociedad lanar como la descrita por Chaves nos da rabia y tuvo su castigo en forma de bigotito. Un periodismo que habla del estallido social con la excitación con que el adolescente anuncia su inminente visita a un prostíbulo cubano nos da la misma rabia o más.

Más que cuándo rebelarse, importa siempre cómo y por qué. Para el rey inglés, Washington era otro terrorista independentista, pero luchaba en campo abierto y tenía un proyecto mejor de sociedad que la sumisión a Inglaterra. Probablemente no hay tarea más difícil para el derecho internacional que redefinir las bases objetivas del casus belli, de la lícita rebelión, de la guerra justa. Que se lo digan a los sirios a la espera del Tío Sam. Pero está claro que ni el País Vasco es la celda de Madiba ni Cataluña la India de Gandhi: más bien representan el caso insólito de dos metrópolis socioeconómicas que desean separarse de su colonia, como observó Wenceslao Fernández Flórez. La violencia sindical contra las fuerzas del patrón en los telares de Manchester posiblemente estaría justificada; el asalto al Mercadona de Sánchez Gordillo pide sanción ejemplar primero y todos los monólogos que queramos después. Y en Gamonal los destrozos los deben pagar los causantes o sus padres, y no los burgaleses que encima votaron a otro candidato.

Me ha quedado un poco largo el artículo para que valga por todos los gilipollas que siguen fantaseando con el estallido social a ver si pillan cacho en el río revuelto o si les sale más nerudiana la columna, género que se vuelve peligrosamente costumbrista con las salidas de las crisis.

(Publicado en Zoom News, 16 de enero de 2014)

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17 enero, 2014 · 15:42

¿Cuánto hay en Obama de Jessica Rabbit?

Dice Obama que en la piñata de pólvora sobre Siria se dirime no su credibilidad sino la de la comunidad internacional.

–No he sido yo, es el mundo el que estableció una línea roja cuando prohibió el uso de armas químicas.

A Obama le han entrado las prisas porque tiene a la Sexta Flota fondeada en el Mediterráneo en una calma chicha que desespera a los marines, que al parecer habrían agotado ya la colección de porno disponible a bordo y estarían empezando con las obras completas de Enrique Rojas, y todos sabemos lo que eso significa para la moral de la tropa en vísperas de combate. Por todo lo cual ahí tenemos al prematuro pacifista por Estocolmo emulando a Jessica Rabbit:

–Yo no soy mala; es que me han dibujado así…

Obama no es malo; es que es el comandante en jefe de la mayor superpotencia militar de la historia. Por eso cuando en un alarde de deferencia pronuncia el sintagma cursi “comunidad internacional”, sabe perfectamente que enuncia una sinécdoque de West Point. El mundo actual se divide en aliados de Estados Unidos y los demás, y estos segundos de momento no dictan las reglas. En este statu quo, ya que nos ponemos marciales, la comunidad internacional mentada por Obama no es sino el todo retórico de una parte absoluta que se llama Estados Unidos y su formidable poder militar. Lo formuló con exquisita clarividencia un filósofo cubano-americano llamado Tony Montana: “Lo único que da órdenes en esta vida son los cojones”. En esta y en todas las épocas, las normas aludidas en la más sutil cena entre diplomáticos emanan en última instancia del número de soldados armados que en esos momentos tienen desplegados los comensales. Así que si al presidente americano, por lo que sea, se le está acabando la paciencia, al mundo entero se le está acabando la paciencia, por más que en el sínodo del padre Ban Ki-moon algunos capellanes jueguen a la imitación franciscana.

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5 septiembre, 2013 · 12:52

La pícara comezón de desollar al prójimo

El insulto es uno de los géneros más exigentes de la literatura y requiere enormes dosis de tacto y refinamiento intelectual. Lo escribí hace unos meses, añadiendo que insultarse está hoy mal visto en España, del mismo modo que está mal visto ganar el Premio Nobel o ameritar un crédito ICO. Si no hay talento para escribir grandes novelas ni guiones luminosos de cine español, tampoco iba a haberlo para insultarse con sabrosa malignidad, y la invectiva pública, tan fastuosamente cultivada por el español desde tiempos de Marcial, decae como cualquier género literario víctima de la revolución tecnológica y la crisis educativa, que es como decir de la falta de lecturas del personal. Twitter nos facilitó los mimbres para levantar un poco el rendido pabellón del denuesto, pero los resultados son más bien descorazonadores. Hay pocos trolls verdaderamente creativos. Y como la gente ya no sabe injuriarse con buen gusto, las asociaciones de prensa, en vez de impartir cursos de formación en maledicencia ilustrada, han resuelto condenar el insulto como una práctica bárbara, ignorando su importancia motriz en la fundación y desarrollo de la institución. El periodismo se inventa para meterse con los demás; de qué todo este rollo, si no.

Para calibrar la desoladora distancia que nos separa entre lo que fuimos y lo que somos, basta leer un libro rigurosamente descatalogado que conseguí por la benemérita mediación de Iberlibros. Se trata de La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén. Ustedes no habrán oído hablar de él por esta misma moda de denostar al denostador que vengo denunciando. Pero es el clásico de historia literaria española mejor escrito del siglo XX y el muestrario de vanidad letraherida más fascinante y divertido que he leído en mi vida. No he podido dejar página sin subrayar. Es un libro que justifica no una tesis, sino una cátedra de literatura hispánica. Es un perdurable monumento a la fatuidad irredimible de los hombres de letras, un Machu Picchu de la sátira venenosa, un reguero monstruoso de ídolos caídos, una cumbre de la vis cómica a la altura de Aristófanes y Quevedo escrita por un emigrante peruano de 23 años en la escena literaria madrileña dominada por los ismos y las generaciones del 14 y del 98. El buen juicio de Alberto Olmos comparte aquí el descubrimiento definiéndolo con tanta plasticidad como tino: “un rayajo de coca para los lectores de la toxina literaria”.

Alberto Guillén, que solo por esta obra ya discute a Mario Vargas Llosa la primogenitura literaria de la ciudad de Arequipa (donde había nacido en 1897), se plantó en Madrid en 1920 ahíto de arrogancia juvenil, dispuesto a situarse como uno más entre los grandes literatos españoles y a ceñir el laurel del éxito sonoro en la antigua metrópoli. La ambición fantasiosa es habitual en veinteañeros altivos; lo que no suele suceder a esa edad es que además la acompañe una erudición clásica, un estilo maduro, un vocabulario fecundo, un control pleno del tono y el humor, un dominio ciertamente insultante del retrato psicológico, un talento en suma tan cuajado como el que derrocha el autor de La linterna de Diógenes.

Guillén estaba dotado de un talento singular y de una vívida conciencia de la singularidad de su talento, dejémoslo en egolatría justificada. Ocurre que la egolatría es la primera instancia de la decepción. Cuando esta llega, algunos se deprimen y otros se vengan. “Su faz apuñaladora era faz de hombre sanguinario, que ha asistido al sacrificio de los imbéciles en el ara de los sacrificios. (…) Estaba borracho de orgullo y tuvimos cuidado con él como con los borrachos de vino. (…) Pronto me di cuenta de que tenía talento, y talento peligroso”, rememora Gómez de la Serna, que aceptó al peruano en la sagrada cripta del Café Pombo. Guillén frecuentó tertulias y aduló a los mandarines del momento; en Madrid logró publicar tres poemarios pero traía ideas demasiado miríficas sobre la generosidad de la Madre Patria y no encontró otra cosa que el eterno mundillo infatuado de ayer y de hoy, admirable solo en las obras y ruin en los caracteres, despreciativo de cuanto ignora, cerrado a corrientes foráneas que amenacen su prestigio arduamente erigido sobre obediencias debidas y colegas descabalgados. Pero antes de salir de aquí sacudiendo el polvo de las sandalias, decidió que aquella corte de ingratos pavos reales se acordaría de él. Y vaya si se acordaron. “Guillén pasó por España como el simún por el desierto”, exclamaría el venezolano Rufino Blanco-Fombona recordando el fenomenal escándalo que siguió a la publicación de La linterna de Diógenes.

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8 julio, 2013 · 14:43