Archivo de la etiqueta: El arte es morirte de frío

Los niños de Esparta trabajan

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Camino del cole espartano.

Hemos entretenido la espera malaya de la dedocracia marianista con una bonita controversia sobre los deberes escolares. ¿Están imponiendo a nuestros niños demasiada tarea para casa? ¿Les estamos robando la infancia? ¿Cabe esperar que la vacuna del sida se aprenda jugando? Son cuestiones candentes en un país con índices rasantes de excelencia estudiantil que sin embargo no se pregunta cómo reconciliar a los cachorros de español con el conocimiento, sino cómo alejarlos aún con mayor dulzura de él.

Yo no tengo hijos, ni al paso que voy los tendré en la vida, pero semejante singularidad no empaña el recuerdo de los muchos años que pasé disciplinándome sobre un pupitre liliputiense. Todavía me parte un escalofrío cuando vuelvo a casa de mis padres y contemplo la silla y mesa donde quemé mis tiernas cejas rubias sobre librotes menos ilustrados que los de ahora. Todo lo bueno que me ha pasado se lo debo a aquellas tardes de condena, de seis a nueve, de lunes a viernes, más los trabajos ocasionales de domingo cumplidos bajo el único alivio del carrusel deportivo que mi hermano ponía en la radio. Aquello no distaba tanto del modelo que imperaba en Esparta, donde los bebés pasaban la selectividad la primera noche de su nacimiento: se les dejaba a la intemperie, y si a la mañana siguiente seguían respirando, obtenían plaza en la universidad de la vida. A los siete años los papás entregaban a la criatura al Estado, que los educaba -cuenta Plutarco– «procurando hacerlos espléndidos en su figura, fáciles de alimentar y no melindrosos, imperturbables ante la tiniebla, sin miedo a la soledad y nunca incómodos y fastidiosos con sus lloros». Ganaron la guerra a Atenas, claro. Como Wellington comenzó a ganar Waterloo desde los campos de criquet de Eton.

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4 noviembre, 2016 · 14:28

He aquí el hombre

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La divinidad y el hombre.

Hoy se estrena en Borja la ópera estadounidense Behold the man, obra del compositor Paul Fowler con libreto de Andrew Flack. No sabemos si en su día emocionó a Spielberg, pero yo no dudo de que el fenómeno del Ecce homo es la cosa más fascinante que le ha sucedido a la Historia del Arte desde mucho antes de 2012, año en que la beata octogenaria empuñó el pincel garrafal. Que la fallida restauración de un fresco de Cristo impreso en el muro de un santuario remoto de una pedanía zaragozana haya merecido hasta la fecha un musical en Denver, varias reseñas en el New York Times y fundado una nueva meca de peregrinación turística debería invitar ya a la reflexión antes que seguir moviendo a mofa, que suele ser el pobre reflejo de ese gracejo español tan mecánico y grueso. Sin ápice de ironía, hoy se puede concluir que la obra de Cecilia Giménez reúne elementos estéticos, éticos, culturales, psíquicos y sociológicos que trascienden la mera ocasión para la chanza. Cuando el último meme empezó a aburrir, el Ecce homo de Borja seguía allí. ¿De dónde nace su poder de fascinación, acción de repeler y atraer al mismo tiempo? Ensayemos algunas explicaciones.

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20 agosto, 2016 · 11:13

El abrazo que no une

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Nos abrazamos o no.

Me acerqué ayer al Congreso para recibir ‘El abrazo’, el cuadro de Juan Genovés que alcanzó categoría de icono -reconciliación pictórica- durante la Transición. Allí estaba el pintor, allí los dirigentes de IU que propusieron traerlo desde el Reina Sofía, allí también los diputados del PP que, desde su mayoría en la Mesa del Congreso, admitieron la sensatez de la propuesta. ¿Y acaso no es buena idea que un panegírico de la concertación política cuelgue de las paredes del Parlamento español en el preciso momento en que con mayor patetismo se manifiesta la incapacidad de los partidos para reeditar consensos? Llegué y vi a Cayo Lara y a Willy Meyer, y también a Ignacio Gil Lázaro y a Jesús Posada. El arte unificando a las dos Españas: parecía posible.

Me acerqué al lienzo con la curiosidad virgen de quien por edad no lo vio nunca reproducido en ciclostil clandestino, rebajado a la condición de octavilla de combate. Porque lo fue, y por eso su otro nombre es ‘Amnistía’. La pintura es la instantánea de un gran escorzo de cordialidad, un grupo de anónimos que nos dan la espalda porque abrazan a otros a quienes no vemos. Me recordó enseguida a la escultura de Antón Martín que conmemora a las víctimas del ataque ultraderechista al bufete de Atocha. Pero este monumento es una melé mal resuelta y el cuadro, en cambio, conserva inocente su emoción. Las muestras de efusividad se suceden con el desorden de lo espontáneo, como si más que una paleta se hubiese utilizado una cámara al hombro. Ningún rostro resulta reconocible porque, a diferencia de la escuela historicista, al artista le importa enfatizar la acción y no el sujeto; por eso el encuadre está aberrado, sorprendiendo a los protagonistas en una calle abstracta sugerida con un fondo marfil que resalta los contornos definidos de las personas: una página en blanco sobre la que los españoles escribirán el futuro en libertad.

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Los reyes me trajeron a Stefan Zweig y yo lo llevé al Parnasillo, para regocijo de Herrera: mantuvimos un admirativo diálogo sobre Viena

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8 enero, 2016 · 12:16

Del Danubio al Llobregat

El autor, en la casa donde Beethoven hizo testamento. Heiligenstadt, Viena.

El autor, en la casa donde Beethoven hizo testamento. Heiligenstadt, Viena.

Me avisaron de que Viena era una ciudad demasiado perfecta. De que un español corre allí el riesgo de escandalizarse ante la buena educación de los vieneses, el silencio que reina en vagones y restaurantes atestados, la pulcritud de las aceras, la devoción con que se orienta al extranjero, el orgullo imperial que centellea en su arquitectura o el triunfo burgués que consagra la Ringstrasse. Entiendo que tanta perfección resulte indignante, pero confieso -no sin vergüenza- que yo no tuve ningún problema para asimilarla. Disculpen ustedes la maldad si digo que Viena conserva el tranvía, como Lisboa y a diferencia de mi Madrid, porque hay algo que ver en la superficie.

Ahora bien. Si perfecto es sinónimo de completo, para que la perfección sea cabal debe incluir lo imperfecto. Y ahí es donde Viena da su planetario do de pecho. Porque por debajo del barroco abigarrado de San Pedro y San Carlos, o de la monumentalidad convencional del distrito museístico, la Viena de la Belle Époque prohijó la vanguardia artística e intelectual más desatada, según rememora Zweig a lo largo de cinco páginas estelares de El mundo de ayer. Es entonces cuando el doctor Freud funda el psicoanálisis para revolucionar no ya la psicología, sino el mismo ejercicio de la crítica cultural. Y es entonces cuando Gustav Klimt abandona la fidelidad fotográfica de sus inicios para construir la imagen onírica de la mujer moderna; un desafío a las convenciones más histéricas que sus discípulos Egon Schiele y Oskar Kokoschka profundizaron hasta los extremos perturbadores que cuelgan de las paredes del Belvedere. Por no hablar de lo que Schönberg y Berg hicieron con los bailes de salón de los Strauss (maravillosos, por lo demás).

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Traemos al finado André Glucksmann al Parnasillo de COPE

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13 noviembre, 2015 · 18:21

Por qué Jeff Koons es un puto genio

El genio y su obra.

El genio y su obra.

El arte es un templo que se ha llenado de mercaderes, pero del que aún no se han ido del todo los sacerdotes. Es decir, los críticos de arte. Ese venerable sanedrín que se resiste a tasar la obra por su cotización, como hace la gente común (incluyendo al periodista, al marchante y al esnob de paseo por ARCO), y que todavía invoca entrañablemente conceptos tales como belleza, significado o técnica. Ese estamento pontifical, digo, hace mucho que sentenció a Jeff Koons como farsante, filisteo, fantoche, financiero, fanfarrón, filibustero, fácil, festivalero y otras cosas que empiezan por efe de Jeff. No en vano se casó con Cicciolina.

Y uno, que al cabo pertenece a una raza levítica como la española, siempre amiga del anatema y la absolución -a veces santifica por la tarde lo que ha demonizado por la mañana-, también tenía perfectamente ubicado en la categoría posmoderna del hortera inflacionario al autor de Puppy, ese perrete florido que escandaliza la recia memoria de Sabino Arana desde la entrada del Guggenheim. Koons, como el más obsceno de los mercaderes que okupa el templo del arte, solo podía merecer mi desprecio.

Pero tras leer la entrevista de Lucas a Koons, y otras que concede estos días con motivo de la exposición que presenta en el museo bilbaíno, mi juicio sobre el rey Midas del arte contemporáneo ha empezado a girar hacia la admiración. No solo por haber sido capaz de hacerse multimillonario haciendo perros-globo y popeyes de acero inoxidable, que también, sino porque ni siquiera la figura de Koons, en el paroxismo de banalidad que representa, está desposeída de un profundo sentido que aclara las coordenadas de nuestra época. Titula Lucas: «Soy el último artista romántico», y no se puede escoger una declaración más reveladora para el titular entre todas las disparatadas autorreferencias y comparaciones con Velázquez que va diseminando el genio con desarmante naturalidad.

En efecto, Koons ha conquistado el último estadio de un proceso de desacralización artística que incoaron los románticos decimonónicos -en realidad su semilla de criticismo radical ya la sembró el Renacimiento-, y que culmina en esa aleación de consumismo de masas, sociedad del espectáculo y coartada contracultural (lo antisistema es un producto más del sistema) que caracteriza lo posmoderno. Más allá de Koons, es decir, después de vender un perro-globo por 58,5 millones de dólares, ya no hay nada más: solo queda aplicar las manos al sílex neolítico y al pigmento de Altamira y volver a empezar de cero. Y hasta eso mismo ya lo hizo Picasso. Del bucle posmoderno no se puede salir.

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Sinceraos, ‘Lomanas’

Jardiel, obrero de la pluma.

Jardiel, obrero de la pluma.

Para retratar de una vez el fariseísmo de la opinión pública suele recordar Ruiz Quintano una confesión de Dumas: «Yo tengo dos opiniones de la Virgen: una para los periódicos y otra para los amigos». En España siempre fue tendencia presumir de cristiano viejo y vivir como pagano, o bien blasonar de rojo sensible y vivir como señorito facha; el truco es que nunca coincida la opinión privada con la mediática, y cuando el juego se descubre sentimos un bochorno como el del malabarista cuando se le caen los platillos en mitad de la función. Bajo la vigilancia insomne de la corrección política la cosa no ha hecho más que empeorar, y ya en campaña la hipocresía nacional se extrema hasta el delirio.

Así tenemos a Esperanza Aguirre -que sabemos que concita el voto más tradicional del PP- descargando su imagen conservadora sobre la chepa de Cristina Cifuentes, quien sí milita en el PP más por azar que por doctrina. Aguirre blasona de liberal pero un liberal es aquel que no necesita repetir a cada paso que lo es, porque sus obras cantan. Pablo Iglesias viaja a la socialdemocracia desde su puerto ideológico (y financiero) en el marxismo tropical, pero no puede decirlo muy alto para que no se le cabree el patrón bolivariano ni pierda por un calculado centro los votos de la izquierda radical en que militó siempre. Y luego está Albert Rivera, a quien acusan de indefinición ideológica porque su programa no es enteramente socialdemócrata ni tampoco liberal, sino un poco de los dos. Pero Rivera no es un hipócrita, porque lleva a gala desde el principio la disolución de las dos Españas en un eclecticismo enriquecedor, más por razones generacionales que teóricas. Pretender destruirle por no ser rojo ni azul es como descartar a un mediocentro por saber atacar y defender a la vez. «Jamás he sido hombre de derechas o de izquierdas. Me gustaron siempre ideas inherentes a los dos bandos: el sentido reverencial de la tradición de las derechas y el sentido porvernirista del progreso y la libertad genuino de las izquierdas», escribió Jardiel Poncela en 1947. Cuando en el Madrid del 36 un escritor comunista amigo suyo le advirtió de la conveniencia de alinearse así fuera retóricamente con el comunismo, Jardiel contestó: «Si no creo en Dios, ¿cómo voy a creer en Lenin?».

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Cameo cinematográfico

Mi buen amigo Alberto Martín-Aragón tuvo a bien pedirme que participara en su última película, creada en colaboración con su mujer Julia Doménech. Accedí encantado. Se trata de cine amateur pero plagado de referencias de culto: una factura visual morosa entre Godard y Tarkovsky, un guión negro astracán entre Greene y Berlanga, una dirección de actores low cost que evoca irremisiblemente a Ed Wood. Su primera película, el documental Taxidermias, me parece una obra de arte destinada a una futura recuperación estelar, y si no corre ya de boca en boca es porque el mercado de lo indie también está saturado. Responde con creces a una pregunta seria: si se puede hacer humor y poesía con el cáncer.

En Deconstrucciones hago de mí mismo bajo el nombre de Winston: un escritor sentencioso y misántropo que no cree en casi nada salvo en que hay gente que no merece vivir. Los diálogos los imprevisamos sobre la marcha. Creo con todo que no quedaron mal. Y en todo caso nos reímos mucho. Yo salgo en el 27:27 y en el 1:08:08. Es una cosa bastante disparatada, aviso:

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Nat Tate (1928-1960). El enigma de un artista americano

Pollock o la rocanrolización del arte.

Pollock o la rocanrolización del arte.

Nat Tate nunca existió, pero ese detalle no impide que se llegaran a pagar más de 9.000 euros por un dibujo atribuido a él con el título Puente n° 114. Este librito primorosamente editado por Malpaso es una brillante travesura con la que William Boyd (Accra, Ghana, 1952) transitó el género inverso a la non-fiction novel de Capote: se trata de una quest o búsqueda biográfica… de ficción. Harto de la impostura intelectual y del fetichismo de la mercancía que dominan el mercado del arte y lo convierten en una secta críptica para horteras inflacionarios, Boyd decidió inventarse a un pintor del expresionismo abstracto americano años 50 sobre la plantilla maldita de Pollock, arquetipo por el que se derrite esa izquierda caviar neoyorquina retratada por Tom Wolfe o Woody Allen. Cuanto más autodestructivo el artista, mayor la adoración. La rocanrolización del arte.

Boyd publicó este texto en 1998 sin revelar el engaño y, con la complicidad de tipos como Gore Vidal o David Bowie, logró convocar a lo más cool de la intelectualidad de Manhattan en casa del mandarín duchampiano Jeff Koons para homenajear al falso Tate. Picaron todos los invitados, incluyendo Julian Schnabel o Paul Auster y señora. Pero a los pocos días un periodista especializado descubrió el pastel y el bochorno de los mandarines se tornó satisfacción en el travieso Boyd, que no obstante lamentó que hubiera durado tan poco la comedia.

Pero es que basta con leer el libro -y con haber leído libros en general- para adivinar que Tate es una invención, de tan canónica. Boyd disfrutó sembrando sutiles exageraciones a lo largo de una clásica historia de malditismo: el padre desconocido, la madre ligera de cascos, la orfandad redimida por un matrimonio potentado, el padre adoptivo de tendencias homosexuales, el niño prodigio retraído, la escuela de pintura y los primeros compañeros de oficio, la promiscuidad entre críticos y galeristas o entre pintores y galeristas o entre pintores y críticos, el alcohol a raudales, el glamour de las fiestas, el choque epifánico, el proceso de alcoholización y autoodio, la quema de las obras -solo sobrevive una calculada docena-, el suicidio por ahogamiento en el Hudson -lo que explica que nunca se encontrara el cuerpo- y la apoteosis final a cargo de unos pocos diletantes que murmuran: “Siempre se van los mejores”. Nada falta.

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