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Reivindicación de Pedro Luis de Gálvez a través de sus úlceras, sables y sonetos

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Se llamaba Pedro Luis de Gálvez y una vez -dicen- paseó por Madrid el cadáver en cajita de su bebé nonnato para excitar la lástima y el bolsillo de la horrorizada parroquia de las tabernas. Fue expulsado del seminario, huyó de un padre cristiano y sobrevivió como chapero de marqueses. Recorrió España a pie viviendo de la tierra y tapándose con las estrellas. Probó el ajenjo en el Moulin Rouge y encandiló a Apollinaire al punto de que el francés escribiera de él una biografía. Se ganó a pulso un papel en Luces de bohemia y fascinadas citas de Baroja, Carrere, Ruano o Max Aub, y aun el mismo Borges ya ciego todavía recitaba algunos de sus versos y recordaba la noche en que Gálvez le llevó a conocer el ultraísmo de mancebía.

Fue encarcelado por antimonarquismo pudiéndolo evitar solo para escribir un talentoso libro sobre la rata con la que intimó en la trena, indultado a petición de Mariano de Cavia y requerido por los mejores diarios apenas unas semanas antes de defraudarlos, dada su incapacidad vocacional para resistir los demonios de la vagancia y el morapio. Combatió en el ejército de Albania durante la guerra del 14 con Turquía, llegando a grado de generalísimo, y cubrió como corresponsal el desastre del Barranco del Lobo mientras se sacaba un sobresueldo chuleando a su mujer entre la soldadesca, hasta que finalmente su Carmen se enamoró de un capitán de infantería que le dio por ella dos mil pesetas, o de eso presumía.

Operó en la Puerta del Sol, perfeccionando mañas extractivas sobre académicos y obispos hasta un punto de excelencia que habría deparado, con El arte del sable, una cumbre canónica de la literatura picaresca de no ser porque acaba recurriendo al refrito y al relleno tipográfico. Emigró a Barcelona donde triunfó como comediógrafo solo después de trabajar como aeronauta, oficio al que renunció el día en que hubo de ser rescatado del Mediterráneo por un golpe de viento que desató la canasta del globo aerostático. Se arrejuntó con Teresa, que le dio más hijos, y a la que verdaderamente quiso. Fue editor de Rubén Darío y tutor de su bastardo Rubenito. Asustó a Ramón, que le había expulsado de Pombo, cuando resurgió en el 36 en mono de obrero y con dos pistolones al cinto, convertido en jefe de una milicia sindicalista a la que Miquelarena, Baroja y Cortés-Cabanillas atribuyen a la ligera crímenes de sangre que incluyen a Muñoz Seca en Paracuellos, pero que los indicios más sólidos desmienten con casi total probabilidad.

Fue fusilado por Franco en 1940, previo consejo de guerra al que no logró convencer de que su militancia roja había tenido más de farsa y supervivencia que de responsabilidad fáctica, pues había salvado la vida de escritores nacionales como Ricardo León -del que había sido negro- o Carrere, y hasta del portero Ricardo Zamora, al que sacó de la Modelo. Y finalmente escribió algunos de los mejores sonetos del primer tercio del XX, pese a que no fueron recogidos en ninguna antología hasta que Andrés Trapiello, espeleólogo de las armas y las letras, publicó su Negro y azul.

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La inexistencia frustrada del humor argentino

El rostro de un genio.

El rostro de un genio.

Este artículo sobre Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952) llega para llenar un vacío, con otro. Versará sobre un autor desconocido por méritos propios, alguien que un día se propuso escribir la autobiografía perfecta de un desconocido: aquella que terminamos de leer sin saber exactamente si el protagonista es él o cualquiera de los demás. Llegó a acumular tal número de noticias faltantes sobre sí mismo que su gloria nunca se supo, y en adelante nunca sería posible terminar de ignorarlo, de tal manera que ni siquiera somos capaces de equivocarnos sobre él con algún acierto.

Del profundo desconocimiento en que existía vinieron a sacarlo dos genios dotados de un talento quizá más precioso que el de escribir bien: el talento de reconocer el verdadero talento. El primero fue Ramón Gómez de la Serna, que ya en 1927 mantenía correspondencia con Macedonio, cuyas piezas delirantes leyó en las revistas de vanguardia de la época con la instantánea adhesión que prende el hermanamiento estético: la rara confluencia de tonos, estilos y caracteres a ambos lados del Atlántico. Cuando Ramón se exilió a Buenos Aires le buscó enseguida para seguir cultivando en persona la coherente amistad entre dos de los grandes incoherentes de las letras españolas; dos talantes seducidos fatalmente por la ingenuidad seria de los problemas. «Macedonio es el gran hijo primero del laberinto espiritual que se ha armado en América, y hace metafísica sosteniéndola con arbotantes de humorismo, toda una nueva arquitectura de metafísica que, como se sabe, solo es arquitectura hacia el cielo», escribió Ramón en el obituario a su amigo ido.

Esa nueva arquitectura de la prosa argentina, esa metafísica bienhumorada de Macedonio la explicó luego con más detalle Borges, para quien la escritura de quien fue su primer maestro (junto a Cansinos Assens) niega el yo por esconderlo de la muerte, supremo escándalo que asquea a los temperamentos vitalistas. «Yo por aquellos años lo imité hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura. Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. (…) Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el rojo en términos de otro color». Así le despidió el autor de Ficciones un mes después de su muerte.

Y así, sobre los elogios de dos genios se alzó una cierta resurrección editorial del nombre genesíaco en la primera vanguardia argentina. Hoy, mientras la fama de Cortázar —que tanto le imitó— no mengua, la del primero de la saga del irracionalismo literario y la invención de géneros híbridos dormita en un letargo seguro, apenas interrumpido por un quijote o un pedante. Lo cual no deja de ser apropiado a su vida de solitario de mate y guitarra, soñador en gabán raído de éxitos que nunca llegaron.

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Los domingos de un burgués en París

Maupassant, azote de burgueses.

Maupassant, azote de burgueses.

“Llamo burgués a todo el que piensa de un modo vil”. Así acotaba Flaubert el espécimen favorito sobre su mesa de disección literaria, y la misma fobia pavloviana heredó su discípulo más aventajado y sin embargo amigo devoto, Guy de Maupassant (Dieppe, 1850 – París, 1893). En 1880 el maestro del cuento naturalista francés acaba de publicar Bola de sebo y, animado por ese primer éxito, el periódico Le Gaulois le publica los diez capítulos de la vida de Patissot que conforman esta nouvelle concebida sin otro propósito que el de fustigar la mediocridad de la clase burguesa. Patissot es un funcionario prototípico y pequeñoburgués sin conciencia, herencia de los Bouvard y Pécuchet del maestro, hombre mesocrático sin maldad y sin grandeza que va ascendiendo en la función pública merced a la pura acumulación de trienios y a una camaleónica sensibilidad para averiguar por dónde sopla el viento y colocarse a favor. Algo tan español, por otra parte. Tan universal, posiblemente.

Se trata de una novelita-marco donde la trama se reduce a la yuxtaposición de estampas que sirven al autor para lucir mejor el ridículo sociológico de su antihéroe: Patissot ligando torpemente con mujeres, Patissot aprendiendo a cazar, Patissot pretendiéndose intrépido aventurero, Patissot poniéndose de perfil en un debate político… Como en la novela flaubertiana, cada personaje encarna un arquetipo y cada situación ofrece una lectura moralizante sin perseguirlo directamente, pues en ese caso estaríamos ante una novela de tesis. El genio desabrido y punzante de Maupassant, ácrata y misógino, se muestra aquí todavía descompensado y primerizo pero ya poderoso. La pintura de ambientes y caracteres, el ritmo ágil y el estilo antirretórico, la plasticidad descriptiva, el costumbrismo afilado se perfilan ya como las peculiares armas literarias que le ganarán la fama futura. A cambio, aquí aún lastra su fórmula cierto exceso discursivo, tentación doctrinaria del joven Maupassant que todavía debe descubrir cómo rellenar de carne verosímil, de palpitación humana, una criatura de ficción antes de zarandearla como un pelele.

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15 julio, 2014 · 10:02

A Muñoz no le gusta Ruano

Escribe hoy Antonio Muñoz-Molina, de la Real Academia Española, un artículo de fondo en El País en el que se pregunta y no se explica el «sostenido prestigio» de César González-Ruano como modelo de columnistas. Es uno de esos artículos tórpidos y contraproducentes que contribuyen a afianzar el nombre que tratan de combatir. Uno no dedica largos artículos a renegar de un nombre que no pesa y a Muñoz Molina le pesa una fascinación ya confesada que los ruanistas entendemos perfectamente, aunque la sobrellevamos sin tanto trauma y con desprejuiciada gratitud hacia el maestro. Porque el magisterio de Ruano, quien no fue admitido en la Academia durante el franquismo, incluso es reconocido desde el titular por Muñoz Molina, quien ha sido admitido como académico durante la democracia.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio es hoy el escritor de referencia de la literatura española engagée –incluso, con Javier Marías, de la literatura española a secas–, y sus artículos de fondo aúpan a un Catón de Jaén sobre el púlpito seguro, paternal, del democratismo impecable. Puede que sea un novelista irregular pero se toma su trabajo en serio. Demasiado en serio en ocasiones. Fruto de ese tremendo compromiso con la salud moral del cuerpo sociológico nació su ensayo Todo lo que era sólido, por ejemplo, que contiene no pocos aciertos analíticos, quizá por la cercanía de los hechos diagnosticados, a la manera de los economistas que profetizan brillantemente el pasado. No es talento común, de todas formas. Pero cuando se abre el foco, cuando se enjuicia severamente el siglo XX desde la atalaya vip del inocuo siglo XXI, es fácil incurrir en indignaciones gratuitas, hasta que no quede sin rasgar una sola vestidura.

Los argumentos por los que jamás ningún columnista español –mucho menos los jóvenes, generación preparada y demócrata– debiera seguir citando a Ruano son tan conocidos que parece que todavía no nos hemos levantado del Café Teide o del Comercial y seguimos cuchicheando sobre los veladores cada vez que don César aparece por la puerta y se acerca a la barra a pedir recado de escribir. La oportunidad la brinda ahora la reciente publicación de El marqués y la esvástica, el reportaje revelador pero fallido con el que Plàcid García-Planas y Rosa Sala se propusieron tasar el grado de colaboracionismo nazi de Ruano en el París ocupado. Reconocen no haberlo logrado aunque aportan las actas de una de tantas sentencias sumarísimas que dictaron contra Ruano los aliados una vez liberada Francia por «inteligencia con el enemigo». Con toda la ecuanimidad de la que fui capaz reseñé esa obra en El Cultural, señalando aciertos y errores, y durante el proceso mantuve una grata correspondencia con los autores, que no me dejarán mentir. Más tarde, durante cierta mañana lisboeta del pasado mayo, tuve ocasión de charlar sobre el libro con Miguel Pardeza, experto ruanólogo, y ambos convinimos en la sorpresa que nos causaba esta repentina campaña contra un autor que, por lo demás, pervive exclusivamente por el aprecio cimarrón, irreprimible, de sus duraderos lectores, pues no ha gozado de reediciones, simposios, ni chiringuitos subvencionados como tantos otros del bando correcto de las armas y las letras. Antes al contrario: bastó El marqués y la esvástica para que la Fundación Mapfre retirara de inmediato el nombre vil a uno de los premios más prestigiosos del articulismo patrio. El mismo, por cierto, que Muñoz Molina ganó en 2003 y cuyo importe no ha devuelto todavía, en coherente corolario a su furor moral.

Nuestro académico reconoce que a un escritor no debemos medirlo por su talla moral, pero después de decirlo se apresura a hacerlo. Yo entiendo que desde Platón se haya vuelto muy difícil para la mente humana separar la ética de la estética, al hombre de la obra, pero hay que intentarlo. ¿Dejaremos de ver las películas de Woody Allen si las denuncias de acoso a su propia hija se revelaran ciertas? Al fin y al cabo Thomas Mann confesaba que se había enamorado de su hijo de 14 años al verle en bañador, pero luego no fue a su entierro. Kingsley Amis sólo se interesó de verdad por su hijo Martin cuando detectó en él a un competidor literario, como contaba Luis Alemany en una magnífica pieza de El Mundo en la que también hablaba de César Vallejo y los abortos inducidos de su mujer, Georgette. O de Pablo Neruda, quien sobre su fervor estalinista se desentendió de su única hija, enferma de hidrocefalia y perdida en la Holanda nazi. O de Octavio Paz, que se esforzó en no darse por enterado de que a su hija la violaba uno de sus tíos maternos. Los escritores –los artistas en general– integran frecuentemente una raza de hijos de puta, no lo vamos a descubrir ahora. Y viceversa: con los buenos sentimientos de Coelho no es que se haga precisamente buena literatura, según sentenció Gide. El de Úbeda cita a Céline, Drieu La Rochelle o al Nobel noruego Hamsun (¿por qué no remontarse a Quevedo, acreditado antisemita, o a Garcilaso, intolerable belicista?) e intenta puerilmente trazar una línea roja entre su filofascismo y el de Ruano con el argumento de que los tres primeros actuaban por convicción mientras que Ruano lo hacía por pícara venalidad. Que el gran articulista madrileño era un monstruo de vanidad y nada le importaba fuera de sí mismo no pienso rebatirlo; sin esa patología, por lo demás extensible a tanto escritor sin su prodigioso talento natural, quizá no hubiera cristalizado un estilo tan propio, tan «modélico», por citar a don Antonio. Como ya escribí, mucho menos peligroso es un mercenario vanidoso que un fanático de la idea, porque al primero lo podemos desactivar con dinero.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

En los momentos del artículo en que Muñoz Molina no está abroncando a Ruano por mala persona, se vuelve sobre su escritura y lucha contra ese objeto de su fascinación inalcanzable, insistiendo una y otra vez en que la prosa de Ruano no amerita otro valor que una retórica vacía, fascistona, campanuda y falsa; razones todas ellas que, de ser ciertas, habrían dado ya con los delicados huesos de Ruano en el olvido. Como eso no sucede, la intelligentsia se cabrea. Pero de prosa retórica, hinchada y hueca nada de nada, don Antonio. Ha leído usted poco (o mal) a Ruano, aunque sí lo suficiente para acusar la admiración que reprime y combate como infección vergonzante. Yo desafío a cualquier lector a que tome los artículos costumbristas de Ruano de los años cincuenta o sesenta y juzgue si no pulsan la pura realidad con mucho más calado –por no hablar de la elegancia– que la plaga de analistas políticos que trajo la partitocracia, altavoces de sigla de ortopédica sintaxis. Sobre todo, emplazo al lector a que lea Mi medio siglo se confiesa a medias y busque ahí un ápice del engolamiento que infesta, qué diría yo, por ejemplo Beltenebros.

Confesaré, porque esto es España y me conozco el paño bobo, que no soy un fascista. Aunque ese es un título que siempre te adjudican los demás para apearte, por ejemplo, de una tertulia. Yo, aunque lector de Ruano (al que sin complejos asocié a mi tribuna en Zoom News) soy demócrata sin aspavientos. Lo son también Raúl del Pozo o Antonio Lucas, quienes no tuercen tampoco precisamente por el fascismo pero escribieron hace no mucho sendas columnas en defensa no del hombre, sino de la obra, como ha de ser. Hace cuatro años tuve el honor de ser el destinatario de un artículo que publicó Ignacio Ruiz Quintano en ABC en torno a la misma recurrente polémica que nos ocupa. Yo creo que bastaría con que Muñoz dijera que no le gusta Ruano –aunque le gusta más de lo que desearía–, o que nos advirtiera de que lo leyéramos pero no tratáramos de imitarlo en casa, sin tener que verse obligado a prescribirnos lo que conviene al bien de nuestra democrática alma.

Quizá no sea prudente por mi parte escribir este post, siendo uno lo que es y don Antonio tan importante. Pero de Ruano aprendí también que de vez en cuando hay que escribir lo que a uno le dé la real gana.

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Paraíso inhabitado, de Matute

Ana María Matute, de niña.

Ana María Matute, de niña.

[Ha muerto una gran escritora, y el mundo literario, tan cicatero con ella durante los duros inicios, se ha volcado merecidamente en su honor de su primera memoria a la última. De lo que yo tengo leído de Ana María Matute, que no es casi todo ni mucho menos, hay cosas que me gustan bastante y otras muy poco. Perdonadme si desafino del coro, pero no conservo más texto sobre ella que la reseña de Paraíso inhabitado, su última novela, que me encargaron en enero de 2009. Honradamente me pareció una parodia ya de sí misma. Esto es lo que escribí]

Paraíso inhabitado
Ana María Matute
Destino. Barcelona (2008). 400 páginas

La última entrega de la octogenaria Ana María Matute (Barcelona, 1925), la más laureada de las escritoras españolas, consiste en una rememoración de la infancia de la que no sabemos la proporción exacta de autobiografía, aunque se antoja mucha. Esto no debiera importar, salvo en el caso de que la novela imite demasiado el género de memorias. El libro cuenta en primera persona apenas dos o tres años de la infancia de la protagonista narradora, Adriana, que “nació cuando sus padres ya no se querían” y se refugia en la fantasía libresca, en la compañía de las chicas del servicio y en el amor de trágico fin que experimenta por un vecinito del bloque. Si fuéramos comunistas, diríamos que esta obra despide un denso tufo burgués, y nos preguntaríamos qué interés puede tener la infancia y el primer amor idílico de una niña enclaustrada en su piso con tres criadas (nada menos), adonde no llegan apenas ecos de la dramática –esto sí– situación social que acompañó los estertores de la Segunda República. Como no somos comunistas, diremos simplemente que Matute tiene todo el derecho artístico a escoger el escapismo como tema… pero no a escapar de la evolución de su propia disciplina, la novela. Delibes ha contado historias parecidas en el ámbito rural, pero con mucho mayor calado dramático e innovación técnica; Capote es un genio del punto de vista infantil, porque acredita el encanto de una mirada original. Matute, en nuestra humilde opinión, adolece de abierta cursilería en algunos pasajes, abusa de los diminutivos y de un pueril simbolismo –el Unicornio por la inocencia, los Gigantes por los adultos– y peca de imprecisión constante: “sentí algo que”, “percibí como si”, “no sé por qué pero intuí que”. Una novela, y más con las expectativas que genera su autora, debe responder a un propósito más rico que el de una exposición personal de recuerdos melancólicos. O al menos, debe justificarlos por un arduo conflicto argumental, una prosa de poderosos recursos –aunque la autora conserva su estilo preciso y ordenado– o una penetración psicológica sobresaliente.

Se ha saludado esta obra –por ser de quien es– como una obra maestra; lo sería si se tratase de aplicar la fórmula proustiana al mundo interior de una niña española de preguerra, no de seducir al lector del siglo XXI.

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España bien vale un partido

La foto de la bendita excepción a una regla triste: la de las identidades compatibles. La distribuyó EFE y fue tomada (en Viena) en 2008.

La foto de la bendita excepción a una regla triste: la de las identidades excluyentes. La distribuyó EFE y fue tomada (en Viena) en 2008.

«La comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos»: la puntería de este aserto de Eric Hobsbawm puede probarse perfectamente en el campo de pruebas del fútbol español, teatro de identidades siempre en conflicto que ha analizado con académico rigor Alejandro Quiroga Fernández de Soto, profesor en Newcastle y Alcalá de Henares y autor de varios trabajos sobre historia contemporánea de España.

Mucho ha tardado la investigación universitaria en elevar el fútbol a categoría de estudio serio. De hecho, este es el primer ejemplo acabado que conozco, muy alejado del tono banderizo, informal, adocenado y agotador que caracteriza este boom editorial de libros de fútbol que estamos viviendo a rebufo comercial del Mundial de Brasil. Pero lo cierto es que el fútbol constituye una manifestación sociológica de primerísimo orden, tan significativa de nuestro tiempo como la moda o el cine; es quizá la mayor industria de ocio y consumo del planeta, en ascenso constante desde los años veinte del siglo pasado; y es también un poderosísimo canal de propaganda masiva y de construcción nacional. La anomalía era no haberlo estudiado antes. Como dice el autor, «a través de los comentarios futbolísticos, los medios de comunicación han reescrito en los últimos años las narrativas sobre la identidad española». Lo que es España y sus pedazos, o lo que creen ser, o lo que aspiran a ser y no son: todo ello ha quedado en las hemerotecas, retratado en el discurso deportivo que bajo distintos regímenes ha formado y deformado a los españoles, deseosos de identificarse con once personas cuyos nombres conocen y cuyo triunfo o fracaso sienten como historia viva y símbolo propio.

Mediante un escrupuloso rastreo de materiales eminentemente periodísticos, el profesor Quiroga va componiendo el retablo evolutivo de la identidad española desde el origen de la selección nacional de fútbol hasta su brillante presente, pasando por sus tribulaciones legendarias. Hablar de fútbol es una forma de hablar del estado de la nación, en España y en el mundo, e incluso quizá sea la forma más directa de hacerlo en este país atravesado de complejos y suficiencias históricas que, cuando no se exalta, se odia, y viceversa, o a la vez. Así, asistimos primero a lo que el autor denomina «la narrativa de la furia y el fracaso» que a todo aficionado no demasiado joven le resultará familiar: esa ambivalencia apasionada y fulminante que llevaba a los medios, del nodo a El País, a celebrar una épica clasificación para cuartos de final y a deplorar unos días después la enésima eliminación vergonzosa e inevitable. Este estereotipo idiosincrásico que bascula del coraje a la fatalidad dominó el relato del periodismo español –y hasta el extranjero, que se ha mecido cómodo durante décadas en el tópico de la furia roja y el quijotismo individualista de los españoles– durante todo el siglo XX, y solo cedió ante la creciente sofisticación del juego del equipo nacional a principios del siglo XXI, culminada con el ciclo triunfal de 2008 a 2012: dos Eurocopas y un Mundial.

El libro repasa los pocos pero resonantes hitos de que pudo aprovecharse la propaganda franquista para explotar su idea retórica de una España corajuda y heroica, cuya hazaña fundacional fue la plata en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920, gesta que la selección española celebró por las calles de Irún, Bilbao y San Sebastián con inequívoca adhesión local. Más tarde, de hecho, el franquismo aplaudiría el coraje ancestralmente vinculado a la raza vasca como quintaesencia de la «furia española». Esos pocos hitos gloriosos fueron el gol de Zarra en Maracaná en 1950, que dio a la selección su primer paso a semifinales de un Mundial y que motivó un telegrama caluroso de Franco por haber vencido a la Pérfida Albión; el triunfo en la Eurocopa de 1964 nada menos que contra la Unión Soviética, con todo el Bernabéu dando vivas al Caudillo y el nodo vendiendo la gesta como la consabida cruzada anticomunista; o el pírrico pero emotivo 12-1 contra Malta, que no era más que un partido de repesca, pero que sirvió para actualizar el mito de la furia española entre los andares titubeantes de la naciente democracia. A su vez, se evocan como mojones inolvidables del fatalismo nacional la cantada de Arconada ante Francia en 1984, el codazo impune de Tassotti a Luis Enrique en 1994 o el robo arbitral en el Mundial de Corea de 2002, entre tantos otros.

El autor acierta a desmontar con datos algunos mitos persistentes, como el pretendido madridismo de Franco, quien en realidad explotaba propagandísticamente lo mismo las Copas de Europa del Madrid que los triunfos de Bahamontes, Ángel Nieto, Manolo Santana o Paquito Fernández Ochoa. Lo mismo, apunta bien Quiroga, hizo luego la democracia, con Zapatero fotografiándose con «La Roja» en La Moncloa y prometiendo un ministerio de Deportes, o Rajoy acudiendo a Gdansk al debut de España en la Eurocopa de 2012 horas después de anunciar el rescate financiero del país. Especial interés revisten los capítulos que analizan los conflictos identitarios asociados al fútbol en Cataluña y el País Vasco, vehiculados a través de dos clubes que se pretenden más que clubes y lo consiguen: el Barça y el Athletic de Bilbao, el único equipo del mundo que todavía alinea únicamente a jugadores vascos o criados en clubes vascos, apelando a un anacrónico «etnorromanticismo», dice el autor, que quizás hubiera que llamar racismo a secas.

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17 junio, 2014 · 13:38

Algodoneros. Tres familias de arrendatarios

James Agee, reportero.

James Agee, reportero.

“O se hace literatura, o se hace precisión o se calla uno”, se equivocaba Ortega. Porque la literatura, si no es precisión, no es literatura. Una falacia muy asentada en la tradición periodística española encuentra incompatibles el estilo rico y el escrúpulo documental, la prosa frente a los hechos, cuando lo cierto es que sin una alta competencia idiomática quedan sin registro muchos matices de lo real. Cuando el trabajo verbal y la fidelidad fáctica coinciden en el mismo reportero sabemos que estamos ante un gran escritor, aunque haga literatura de observación. Lo fue James Agee (Knoxville, 1909-Nueva York, 1955), formado en Harvard, poeta laureado, Pulitzer póstumo de novela con Una muerte en la familia. En 1932 se colocó de redactor en la revista Fortune, la misma que vetó la publicación del largo reportaje sobre los algodoneros de Alabama que le había encomendado en 1936 y que se publica ahora en España un año después de haber visto la luz por primera vez en Estados Unidos.

Tras rehacerlo varias veces para volverlo más vendible, Agee se rindió y confinó el manuscrito definitivo al cajón donde lo halló su hija pequeña en 2003. Reutilizando aquel material sí logró publicar en 1941 Elogiemos ahora a hombres famosos, hoy un clásico del periodismo americano, pero la crónica original e inédita es esta que tituló Algodoneros. Su prologuista afirma que el motivo de la censura es un misterio, pero uno se lo explica perfectamente: se trata de una lectura explosiva, sostenida por un tono de furiosa serenidad, de incendiado laconismo que va detonando la indignación social en el lector sin ceder ni por una sola frase a la demagogia. Esto lo más extraordinario y lo más natural a la vez: que la potencia de la denuncia de Agee, su fuego moral arde en la pura, descarnada pero amena descripción de la jornada, el alojamiento, la comida, la ropa, la salud, el trato con los negros o los terratenientes de tres familias miserables de aparceros sureños en los años 30, cuando la Gran Depresión venía a agravarse por la abyección estructural, secular y propia, del esclavismo del Sur.

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16 junio, 2014 · 20:55

Mi Banville

Banville, gran estirpe literaria de Irlanda.

Banville, gran estirpe literaria de Irlanda.

[La concesión del Príncipe de Asturias de las Letras a John Banville me invita a recuperar una reseña de la que se considera su obra maestra, El mar. La escribí en octubre de 2006. Por entonces yo trabajaba como crítico literario de la agencia Aceprensa, que en 2002 me había fichado con 19 años, edad imborrable en que vi por primera vez mi nombre impreso en una publicación. Releyendo la reseña, creo que no he cambiado mi opinión sobre el gran prosista irlandés, más allá de algún exceso de ortodoxia fruto de un candor juvenil. La ofrezco a continuación por si fuera de interés.]

El mar
John Banville
Anagrama. Barcelona (2006). 219 págs. T.o.: The Sea. Trad.: Damián Alou.

 John Banville (Irlanda, 1945) pasa por ser uno de los más grandes estilistas contemporáneos en lengua inglesa. Su obra ha merecido elogios de autores como Magris o Steiner, y eso es toda una garantía. Con El mar ha ganado el Premio Man Booker 2005, uno más para su colección de galardones. Lo único malo de Banville es, justamente, no ser aclamado como un gran novelista, sino como un gran prosista, que lo es.

El mar es una novela proustiana en procedimiento y temática: Max, el protagonista-narrador, que acaba de sufrir la pérdida de su mujer Anna, se retira a una pensión de un pueblo costero donde pasó un inolvidable verano adolescente para buscar el consuelo de la memoria. Allí, veraneando con sus padres, conoció a la familia Grace –madre, padre, hijos y niñera– y recorrió todas los típicas estaciones de la iniciación amorosa. El relato avanza en primera persona alternando tres tiempos narrativos: el pasado remoto de aquel verano iniciático; el pasado reciente de la convivencia con su esposa y posterior agonía; y el presente de su estancia meditativa en la casa junto a la casera –que resulta ser la niñera de los Grace– y un estrafalario coronel que se revelará lleno de humanidad. Las transiciones entre una materia y otra son constantes y suaves, en analogía simbólica con el movimiento marino, lo que es una muestra más de la sabiduría narrativa de Banville, quien emplea así el mismo recurso de identidad escritura-naturaleza que ya utilizara Virginia Woolf en Las olas. Banville sin embargo es un decidido posmoderno: lo que en la inglesa era una poética de los sentidos, para él es un círculo que se perpetúa en los laberintos del nihilismo. De nuevo tenemos un protagonista derrotado por la vida, sin creencias ni certezas, que cuenta su mera perplejidad existencial. Sin embargo, en los arrebatos en que deplora la pérdida del amor de su esposa –su único medio de conocerse y realizarse a sí mismo– vislumbramos una posibilidad de redención, de sentido vital, a través del amor, lo mismo que en su amistad final con el coronel, que le salvará la vida cuando menos atención esperaba de él, y también en el rescate que le sobrevendrá por parte de su olvidada hija.

Es revelador que todos los elogios de la crítica se circunscriban a su magnífico estilo, que sin duda lo merece: elegancia con llaneza, precisión implacable en las descripciones, originalidad y sorpresa en las metáforas… un verdadero estilista, sí. Es cierto que Banville no tiene una propuesta de valores demasiado sólidos. En algunas partes de la novela se deja llevar por el sensualismo tópico adolescente y la misma tópica animadversión a la oscurísima y represora educación católica recibida, aunque es demasiado sutil para cargar la mano en ninguno de los dos casos. Puede decirse, pese a todo y en resumen, que ha escrito una de sus novelas más esperanzadoras, pues en su feliz final deja entrever, a faltar de otras cosas, la perenne necesidad humana de un afecto generoso. Y con un gran prosa.

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