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Hemiciclo Price

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La democracia balbuciente.

Ni cuando la proclamación de Felipe VI recuerdo una ebullición parecida. Los periodistas mal que bien nos conocemos todos, pero por el patio del Congreso pululaban caras nuevas que sonreían para el selfie y que, por descarte, solo podían ser diputados emergentes. El Parlamento más plural de la democracia ha abierto sus escaños a toda la ancha policromía de la España real, donde como sabía el torero hay gente pa tó.

Ya no se podrá decir eso de que no nos representan, porque los que lo gritaban en el vallado ahora pueden desarrollar su original cosmovisión del trabajo parlamentario desde su mismo estreno, esos segundos warholianos en que prometieron el cargo. «Nunca más un país sin su gente ni una España sin sus pueblos». Se conoce que hasta hoy el país era el centro de un donut, no tenía ni gente ni pueblos, ni nada. Un páramo de puertas giratorias, era.

Cuando alguien lo apuesta todo a la transparencia acaba exhibiendo sus partes menos airosas. La ropa se inventó por respeto a nosotros mismos y a los ojos del prójimo, y el protocolo democrático lo mismo. Ahora a los españoles nos representan demasiado, y a lo peor alguien ahí fuera nos esté mirando. Alguien que nos presta dinero, incluso. Este hemiciclo enseña ya más que la Pedroche.

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13 enero, 2016 · 16:11

El abrazo que no une

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Nos abrazamos o no.

Me acerqué ayer al Congreso para recibir ‘El abrazo’, el cuadro de Juan Genovés que alcanzó categoría de icono -reconciliación pictórica- durante la Transición. Allí estaba el pintor, allí los dirigentes de IU que propusieron traerlo desde el Reina Sofía, allí también los diputados del PP que, desde su mayoría en la Mesa del Congreso, admitieron la sensatez de la propuesta. ¿Y acaso no es buena idea que un panegírico de la concertación política cuelgue de las paredes del Parlamento español en el preciso momento en que con mayor patetismo se manifiesta la incapacidad de los partidos para reeditar consensos? Llegué y vi a Cayo Lara y a Willy Meyer, y también a Ignacio Gil Lázaro y a Jesús Posada. El arte unificando a las dos Españas: parecía posible.

Me acerqué al lienzo con la curiosidad virgen de quien por edad no lo vio nunca reproducido en ciclostil clandestino, rebajado a la condición de octavilla de combate. Porque lo fue, y por eso su otro nombre es ‘Amnistía’. La pintura es la instantánea de un gran escorzo de cordialidad, un grupo de anónimos que nos dan la espalda porque abrazan a otros a quienes no vemos. Me recordó enseguida a la escultura de Antón Martín que conmemora a las víctimas del ataque ultraderechista al bufete de Atocha. Pero este monumento es una melé mal resuelta y el cuadro, en cambio, conserva inocente su emoción. Las muestras de efusividad se suceden con el desorden de lo espontáneo, como si más que una paleta se hubiese utilizado una cámara al hombro. Ningún rostro resulta reconocible porque, a diferencia de la escuela historicista, al artista le importa enfatizar la acción y no el sujeto; por eso el encuadre está aberrado, sorprendiendo a los protagonistas en una calle abstracta sugerida con un fondo marfil que resalta los contornos definidos de las personas: una página en blanco sobre la que los españoles escribirán el futuro en libertad.

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Los reyes me trajeron a Stefan Zweig y yo lo llevé al Parnasillo, para regocijo de Herrera: mantuvimos un admirativo diálogo sobre Viena

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8 enero, 2016 · 12:16

España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00

Del turno al Twister

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Don Mariano hace amago de cubrirse: llega la nueva política.

Transcurría la tarde y el pueblo hablaba, pero a decir verdad no se le entendía. Unos decían una cosa y otros la contraria en proporciones inconciliables, y el fantasma del señor Victor D’Hondt se las vio y se las deseó para ordenar el guirigay. El gráfico de las israelitas presentaba una correlación de fuerzas imposible y todos empezamos a disponer el espíritu para el luto por el bipartidismo y para la paciencia ante unas eventuales elecciones con la primavera.

Que España es ingobernable ya lo sabía Amadeo de Saboya cuando nada más pisar su reino le mataron a Prim y le declararon una guerra carlista. Duró en el trono dos años, cifra que no le garantizamos al próximo presidente del Gobierno. Después de don Amadeo llegó el turnismo, o sea, el bipartidismo de Cánovas y Sagasta, época que se recuerda como la de mayor estabilidad política en España hasta 1978. Hoy riega el suelo la espuma del cava electoral, pero cuando cierre el bar del adanismo aquí muchos van a añorar la geometría clara y confiable de la alternancia PP-PSOE. La Bolsa la que más, y la prensa la que menos.

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Análisis de la noche electoral en COPE

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21 diciembre, 2015 · 14:16

A la búsqueda del centro político después de Suárez

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Buscando el centro.

Cuando Aristóteles situó la virtud en el medio no se declaraba centrista. Cuando ubicó el valor a medio camino entre la temeridad y la cobardía, afirmaba una virtud sin ambigüedades, que es la propia de los hombres valerosos. Pero sentó un precedente espacial para pensar lo abstracto. Dibujó el primer mapa de la ética. Y por tanto también de la política.

Casi tres de cada cuatro españoles se ubican entre el centro-izquierda y el centro-derecha según el último CIS. Así ha sido desde la Transición. Pero en la actual campaña electoral los líderes de una izquierda y una derecha más definidas tachan a los centristas de calculada equidistancia a fin de captar el máximo número de votos. ¿Por qué atacar al centrismo si siempre se ha dicho que las elecciones se ganan por el centro? «Es que estas elecciones pueden ser las primeras que no se ganen por el centro», explica Pablo Simón, analista de Politikon. «El centro es una medida oscilante entre el 3 y el 6, en una escala en que el 1 es la extrema izquierda y el 10 la extrema derecha. España se ubica en el 4,5-4,7, un poquito más a la izquierda, según las encuestas. Sin embargo parece que el 20-D muchos votantes elegirán al PP para distinguirse del centro puro, o a Podemos para alejarse del centro-izquierda». Por eso la estrategia de Rajoy pasa por asegurar la parte conservadora de su electorado, dando por perdido el centro que le arrebata Ciudadanos. Y por eso también parece que pervivirá un partido de nicho tan puro como IU, pues tiene un vínculo muy fuerte con su votante, al que avisa de que Podemos no es de fiar: no es rupturista de verdad.

El centro puede ser muchas cosas. Desde aquel que se declara apolítico al centrista informado, consciente. «Un centrista ateo votará a C’s, y uno creyente más bien al PP. Muchos jóvenes se declaran de centro para evitar posicionarse, para rehuir la polaridad. Valoran sobre todo la transversalidad. El eje que manda ya no es izquierda/derecha sino viejo/nuevo», dice Simón, pese a que los viejos etiquetan incansablemente a los nuevos para fijarlos en el eje ideológico. En política uno no es tanto cómo se presenta sino cómo te presentan.

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20 diciembre, 2015 · 11:14

Crisis de la república

37366_1.jpgHablar de la lucidez de Hannah Arendt (1906-1975), como de la de Aron o Camus, se ha convertido en un estereotipo, pero lo es hoy porque no lo fue ayer. No lo fue en absoluto. Hoy el sintagma «banalidad del mal» es manejado con naturalidad por columnistas que acaso jamás abrieron un libro de Arendt, pero en su día aquella idea causó escándalo en la comunidad académica biempensante (que no ha evolucionado lo suficiente, por desgracia) y condenó al ostracismo a quien, enviada a Jerusalén como cronista del proceso de Eichmann, se limitó a registrar -y a tratar de interpretar luego- lo que veía: no a un monstruo notorio sino a un funcionario aséptico del terror. Un humano, demasiado humano.

La autora de ese monumento exegético del siglo XX que es Los orígenes del totalitarismo, a diferencia de su maestro y amante Heidegger, nunca se permitió demasiadas dosis de abstracción: nunca pensó al margen de la coyuntura sociopolítica, e incluso de la actualidad más reporteril. Esta aguda aptitud para combinar periodismo y filosofía vuelve a brillar en estos ensayos políticos que la editorial Trotta reedita bajo el pertinente título de Crisis de la república. Se compone de cuatro piezas que analizan, al hilo de la publicación de los papeles del Pentágono, el rol de la mentira en política, materia en la que América empezaba a perder la virginidad que Europa perdió hace siglos; el concepto de desobediencia civil a propósito del movimiento por los derechos civiles o contra la guerra de Vietnam; la legitimidad o no de la violencia como partera del progreso. El libro se cierra con una jugosa entrevista en la que Arendt responde con provocadora paciencia a las preguntas escandalizadas de un periodista que portavocea la corrección política de 1972, año de la primera edición del libro.

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14 diciembre, 2015 · 17:41

La cuchara de Albert Rivera

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La perfecta simetría.

Ustedes habrán jugado en alguna boda aburrida a sostener una cuchara por su centro de gravedad: la cuchara se balancea a izquierda y derecha sobre su dedo, pero no termina de decantarse porque entonces caería con estrépito y su pareja rezongaría que no se le puede sacar de casa.

Albert Rivera sujeta la cuchara de la intención de voto como nadie en España: su dedo marca el centro exacto como el de Colón las Indias, y el electorado español sigue esperando que el cubierto se le decante por algún lado. Espera en vano. Rivera es un equilibrista que habla sin papeles y pisa sin red, y no hay modo de desequilibrarle.

Lo intentó nuestro director, David Jiménez, dándole la mala noticia de que EL MUNDO no respaldaría su candidatura -ni ninguna otra- porque este diario apoya propuestas y no siglas. Tardó segundos Rivera en refutar que eso fuera una mala noticia, porque él cree en la libertad de prensa. Casi nos agradece la falta de respaldo. Los reflejos son la primera condición del táctico.

Pero lo original del líder de C’s es que hace táctica con la estrategia: electoralismo con medidas a largo plazo como el pacto de Estado por la Educación. En el manual retórico del centrista no ha de quedar afirmación sin matiz: «No soy muy de himnos y banderas pero sí pido respeto». O bien: «Odio la guerra pero odio más el terrorismo».

Se trata de anular la bipolaridad clásica de la política española, lo que le permite distinguirse no sólo de los viejos partidos, sino también de Podemos: «Ellos proclaman que el miedo cambia de bando; yo no quiero ni miedo ni bandos». Y si las elecciones se ganaran sólo por el centro, como se cacarea, Rivera sería presidente; pero nos maliciamos que en España tiene aún Goya mucho que pintar.

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Hoy, en El Parnasillo de COPE, el mediocre autor de La Marsellesa que sufrió un rapto de genialidad

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19 noviembre, 2015 · 13:16

«La ironía total lleva al nihilismo»

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El clasicismo aporreando al tertuliano-centauro. Museo de Historia del Arte, Viena.

La entrevista tuvo que hacerse en tres sesiones, en tres bares de tres hoteles de Madrid, pues coincidió con la publicación en El Mundo de una conversación con Montoro, con firma en un recuadro del entrevistado, y, claro, durante tres días su móvil no paró de echar humo: llamadas de la redacción, llamadas del ministerio, llamadas de las televisiones… Sirva lo anterior no como composición de modo ni de lugar ni de tiempo, en todo caso de personaje: Jorge Bustos, un periodista que lo mismo es capaz de un scoop que hace moverse el suelo del partido en el Gobierno que de llegar al punto final de una columna sin esfuerzo aparente, que de frecuentar las tertulias del prime time sin parecer un tertuliano, que de estrenarse como autor -y aquí va la razón de esta entrevista- con un libro de ensayo. Un libro que huye del recurso facilón del refrito recopilatorio, del manual de autoayuda del que solo se alimenta de galletitas chinas y de frases de almanaque, del comentario a mil fotos en blanco y negro de Steve McQueen y Audrey Herburn, del relato nostálgico de uno que aprendió a escribir en los cuadernos de caligrafía Rubio. La granja humana, en fin, lecciones amenas de Filosofía -y de Política, y de Literatura, y de Sociología…- profunda.

 -Quien llegue a su libro por sus columnas y, al revés, a sus columnas por su libro, ¿se llevará una sorpresa o verá en el trayecto una lógica continuidad?

-No debería llevarse una sorpresa, creo. El libro pretende conectar con el género canónico del ensayo, de más aliento que la columna, y la columna es, a su vez, un subgénero del ensayo. El resultado de esos dos vectores son los ensayitos de tres o cuatro páginas de los que está compuesto el libro, en el que he tratado de huir de cierta tendencia al academicismo aplicando el tono ligero del columnista pegado a la actualidad.

 -¿Cree haberlo logrado?

-En un primera versión del libro no. Porque cuando me llaman para hacerme el encargo, enseguida pienso en Ariel como la gran editorial del mundo académico y fijo en mi cabeza un lector ideal al que me quiero dirigir, un catedrático campanudo cuya aprobación debo merecer. Cuando enseño en Ariel lo que llevo escrito, me dicen que lo rehaga. En su momento, me cabreé bastante. Pero ahora entiendo la labor benéfica del editor.

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18 noviembre, 2015 · 12:15