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¡Ha dicho nazi!

«¡No te vayas, Jordi!»

Numerosos analistas que comparten el propósito y los argumentos de Felipe González en su primera epístola a los catalanes discrepan en cambio de su analogía entre el golpe de Estado posmoderno o en diferido que programa Artur Mas y «la aventura alemana o italiana de los años treinta del siglo pasado». González sabe que esa analogía siempre emite un destello demasiado intenso, cegador, que opaca irremediablemente el tono gris apropiado a una argumentación madura. Podría haberla evitado. Y sin embargo sólo se limitó a matizarla añadiendo una adversativa estrictamente formal: «Pero nos cuesta expresarlo así por respeto a la tradición de convivencia de Cataluña».

¿Por qué no se ahorró la analogía totalitaria? Entre las muchas razones que podemos aducir -la conocida facundia del personaje, su irresistible condición de ornato chino, el mero descuido tropical-, no cabe descartar la obvia: comparó el nacionalismo catalán con aquel nacionalismo alemán o italiano porque, objetivamente, presentan elementos comunes: una identidad territorial fuerte, una propaganda ubicua y pública, un líder providencial, una aspiración segregacionista, una concepción excluyente de la cultura propia y, finalmente, un lebensraum de Països Catalans que incluye pedazos homologables de Francia, Aragón, Valencia o Baleares; doctrina del espacio vital que ha sido formulada recientemente por un conseller de Justicia. No tienen en común las juventudes armadas ni las cámaras de gas, por supuesto; pero ya Aristóteles definió la analogía como predicado «en parte igual y en parte diferente».

Sucede que en la opinión pública se ha instaurado la llamada Ley de Godwin, cuyo enunciado reza: «A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno». Basta invocar a Godwin para cercenar un debate perfectamente pertinente, explotando la vergüenza del hallado reo de analogía hitleriana.

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Teletipo en Servimedia sobre La granja humana

Entrevista en Cope Canarias sobre La granja humana

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1 septiembre, 2015 · 11:01

La legislatura cuaresmal de Cristóbal Montoro

"Pero qué me está contando, majadero".

«Pero qué me está contando, majadero».

El día en que don Cristóbal Montoro terminó de defender los que -dicen- serán sus últimos Presupuestos Generales del Estado, después de haber confeccionado nueve, vino a coincidir caprichosamente no solo con la Tomatina de Buñol, sino también con el aniversario de Puerto Hurraco. La primera es una cita señalada en rojo en el calendario de la jarana nacional; el segundo, una efeméride negra en la mejor tradición del tremendismo goyesco. Sin embargo, el color que corresponde a la clase de batalla que ha librado Montoro es el gris. El gris ceniza.

Don Cristóbal no es un hombre de negro como los de la troika, porque estos no dan razón pública de sus actos sibilinos pero vinculantes, mientras que la locuacidad del ministro normalmente desata el pánico primero en sus asesores de comunicación, y solo después en el resto de contribuyentes. Fue Wert el que a lo bardo de Orihuela declaró que se crecía en el castigo como el toro -ahora sabemos que se asemeja más al tórtolo-, pero el que ha llevado de verdad al toro en el apellido y la conducta ha sido don Cristóbal. Morlaco cárdeno, con resabios, de derrota imprevisible y no apto para torear a menos que se pague pronto la paralela (Messi) o forme uno parte del clan Pujol… hasta que Pujol dejó de ser el estadista del Majestic y rompió en padrino investigable por lo fiscal y por lo territorial.

En las sesiones de control de esta legislatura Montoro solía ser el ministro más interpelado junto con el propio Wert o Gallardón; de los tres no solo es el único que permanece, sino también el más temido por el resto de colegas de gabinete. Su mejor aliada allí es Soraya Sáenz de Santamaría, y con eso está todo dicho; su crítico más afilado: Margallo, que no pierde ocasión de menospreciarle en la intimidad del Consejo de Ministros, o de airear entre periodistas que Montoro le está investigando. A él. Al ministro de Exteriores. «Eso es porque quería la cartera de Hacienda», aseguran desde el Ministerio. Pero a don Cristóbal las críticas de los enemigos (los compañeros de partido) o de los meros adversarios (como ese emisor de «mandangas» que a su juicio es Pedro Sánchez) le rebotan como chinas sobre el amianto. Este jienense de 65 años hizo una oposición aproximadamente liberal al socialismo, pero al ocupar su despacho en diciembre de 2011 recibió un sobre lacrado que decía: «Sabemos lo que vas predicando. Ahora harás lo contrario. Ajustarás lo nunca ajustado y subirás impuestos que no sabías que existían. Creerás en un solo dios llamado techo de déficit. Y serás salvo. Firmado, Angela«.

Y don Cristóbal asumió su ardua encomienda con fervor de neófito. Se convirtió en una mezcla original de recaudador transilvano, podador ultraortodoxo y parlamentario sanguíneo con ribetes de matonismo. Es en la tribuna o el escaño donde Montoro ahoga al dócil tecnócrata y deja que emerja el castizo espontáneo con muchas cuentas pendientes. Y es entonces cuando los periodistas deben aparcar sus juicios sumarísimos por discrecionalidad tributaria, injerencia política o vocación orwelliana y concederle la gratitud que merece todo pintoresco surtidor de titulares. ¡No habrá salvado Montoro tertulias plúmbeas de monotema económico en virtud de un exabrupto jubiloso! «A priori no parece el hombre con el carácter adecuado para llevar a cabo la misión que se le encomendó. Sus intervenciones públicas a menudo complican más el ya impopular mensaje del ajuste. Pero tiene una ventaja: no le importa caer antipático. Nunca se imaginó su cara en un cartel electoral. Y eso en política da mucha libertad», cuenta un ex alto cargo del Gobierno. Una libertad suicida, si se quiere. Pero de lo más práctica.

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Cortesías

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27 agosto, 2015 · 11:41

La granja humana: la crítica de Santos Sanz Villanueva en El Cultural

La página en papel.

La página en papel.

[Reproduzco a continuación la generosa crítica que a Santos Sanz Villanueva le ha merecido mi libro en El Cultural. Espaldarazos así le animan a uno a seguir juntando letras]

El treintañero Jorge Bustos (Madrid, 1982) tiene como bagaje principal un columnismo reflexivo, sin prejuicios, nada estridente y pertrechado con saberes humanísticos raros en nuestros días. A ello se suma el crítico literario de muchas lecturas, templado y sólido. Ambos rasgos confluyen en La granja humana. Fábulas para el siglo XXI, un sabroso rosario de artículos periodísticos de carácter unitario que hacen una interpretación moral de nuestro inquietante presente político; tan actual que en el libro encontramos tanto los imprescindibles dii maiores, los Mariano Rajoy, Pedro Sánchez o Pablo Iglesias, como los comparsas de la picaresca nacional, Bárcenas o el pequeño Nicolás. En sus páginas aparecen la derecha y la izquierda en su impronta más reciente, la vieja política (en epígrafe de obvia resonancia orteguiana) y la política atenta al futuro, los trujimanes del bipartidismo y los «Robespierres posmodernos». A todo ello el autor da un agudo repaso bajo un ingenioso paraguas: aprovecha la fabulística clásica (Esopo, Fedro, Samaniego, Iriarte…) y moderna (Monterroso, Kafka, Schopenhauer…) para iluminar por analogía los comportamientos contemporáneos.

Bustos rescata las populares historias de la lechera, la cigarra y la hormiga, las ranas que piden rey, la zorra y la liebre, el león y el ratón, la zorra y las uvas, la liebre y la tortuga, el burro flautista, y otras hasta medio centenar largo, y establece ilustrativos paralelismos con fenómenos públicos actuales. Arranca con un repaso a manifestaciones varias de la demagogia. Sigue un examen de la corrupción en su magnitud política pero también como forma común de degeneración moral. Continúa analizando la crisis del bipartidismo derivada de un mal estilo de hacer política. Habla a continuación de los deberes de los ciudadanos. Y cierran el bestiario apuntes no políticos que se fijan en la cultura o el propio periodismo.

El primer mérito de Jorge Bustos es la valentía de abordar los espinosos asuntos que entran dentro de un programa de reflexión social tan amplio. Su postura general es la de un ejercicio de ecuanimidad que se autoexige contemplar las razones a favor y en contra del motivo enjuiciado y aducir la consecuente postura personal. Dos notas definen su actitud independiente. Una reside en ignorar la trampa de lo políticamente correcto. Así lo hace en cuestiones tan delicadas como el feminismo o el debate entre libertad e igualdad. La otra, auténtico sostén de su pensamiento, es una desafección clara de la postmodernidad, a la que atribuye un relativismo moral en las antípodas de la sociedad regida por sólidos principios que él respalda. A partir de estos criterios reparte zurriagazos sin cuento, denuncia incongruencias de la vida pública y censura cegueras y egoísmos, pero siempre sin hacer sangre, con ironía y desparpajo.

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3 agosto, 2015 · 14:15

Alcaldes de Altamira

Sima de los Huesos.

Ascensor evolutivo de la especie detenido.

Enternece que se les llame nueva izquierda cuando sus primeros dos meses de poder los retrotrae aproximadamente al estadio magdaleniense de la evolución, cuando nos empoderábamos pintando bisontes en el techo de Altamira. Y no nos referimos ahora a lo rupestre de su indumentaria (aunque al parecer Kichi se ha comprado ya su primer traje, y no sé por qué el Ibex no ha repuntado de gozo celebrándolo), ni al escaso refinamiento de su protocolo y dicción, ni a que se muevan en bici, lo que no deja de ser un alarde tecnológico respecto de la mula; sino al hecho entrañable de que los Kichi, Colau, Carmena, Ferreiro o Ribó se empeñen en gobernar en un plano puramente simbólico, altamirano, infantil. Una cabecita real en una caja, un consistorio que abre su balcón al pueblo, unas pellas traviesas en la misa del patrón, un callejero por renombrar.

Si la derecha descuida o ignora el principio empático del genuino liderazgo, nuestro populismo zurdo sustituye directamente la gestión por el gesto, el futuro por la nostalgia, la representación por el revanchismo y -pronto- el equilibrio presupuestario por el regadío ideológico. Programa este compartido por Artur Mas, en quien el chamán enajenado se ha impuesto al tecnócrata resentido de un modo ya irreversible. Que su lista de país integre a burgueses acomplejados y a antisistema con ambición en un mismo delirio identitario no puede escandalizar a Duran: nacionalismo y populismo casan tan dulcemente como tres por ciento y concejal de CiU.

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Cortesía de Arcadi Espada

Cortesía de un lector de La granja humana

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De la pata de Filipo

Filipo, un Millán-Astray con más astucia.

Filipo, un Millán-Astray con más astucia.

Todos los veranos, con la terca frecuencia con que gotea una estalactita, don Arsuaga y sus sabuesos encuentran un fragmento de rótula o una esquirla de omoplato o un escafoides simiesco que nos sirve, ya que no para salar la sopa, al menos para animar el debate sobre nuestros orígenes. Pero el descubrimiento de este año ha sido francamente fenomenal: nada menos que la rodilla alanceada de Filipo de Macedonia. A uno le parece que esta noticia no ha gozado del eco que merece, y sobre todo que no ha ocupado la sección adecuada, que no es la de Cultura sino la de Política. Quizá el público esté ya tan habituado al éxito rastreador de don Arsuaga que no repara en las lecciones politológicas que pueden extraerse de este hallazgo.

Filipo fue el hombre providencial que liquidó la democracia ateniense, sistema de gobierno que no reaparecería sobre la faz de la tierra hasta veinte siglos después cuando Jefferson, Tocqueville y Washington, todos ellos ídolos intelectuales de Artur Mas. Para liquidar la democracia el caudillo macedonio contó con la inestimable colaboración de las propias polis griegas, sumidas en luchas de clase y pugnas coloniales para desesperación de Demóstenes, que se desgañitaba avisando de que si Filipo no les encontraba unidos cuando sus temibles falanges (una muralla de infantería formada por 16 filas de soldados y flanqueada por escuadrones de caballería, que aplanaba literalmente al adversario) entraran por la puerta, su preciada libertad saldría por la ventana.

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Reseña de La granja humana para el boletín de Liberías Troa

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Paradoja de la playa virgen

Playa virgen. O Benidorm, tanto da.

Playa virgen. O Benidorm, tanto da.

A usted le gustarán sin duda las playas vírgenes. Lo virgen gusta en general por alguna razón que se me escapa y que seguramente tiene que ver con lo atávico, algo como el platonismo de un mono sucio que en todo caso no renunciaba a la pureza. A la caverna platónica de nuestro tiempo la llamamos publicidad, una de cuyos sectores más activos es el que se ocupa del veraneo, cuyo marco fetén será siempre la playa virgen. Todo lo que no sea perderse por un arenal impoluto y despoblado es como quedarse en Madrid. Si usted no exhibe ‘selfie’ en playa virgen este verano, es usted un ‘lúser’. Y lo sabe.

Y sin embargo la virginidad resulta poco práctica para muchas cosas, que ahora no detallaré. Lo virgen es complicado, improbable, sospechoso. Pero, sobre todo, lo virgen no es virgen. Tuve una vez un jefe que, para deslizar sutilmente la afición a la sodomía -real o metafórica- de un político que le caía mal, solía decir: «Ese tiene el culo más visitado que la Casa de la Pradera». Pues bien: no hay nada más visitado que una playa virgen. Su reclamo es tan poderoso que nadie desea quedarse sin pisar una playa virgen, desvirgada desde el mismo momento en que la poseen los turistas ávidos de virginidad. Uno, que aún no es insensible a la presión publicitaria, ha visitado algunas playas vírgenes muy recomendadas y nunca encontró tantos problemas para clavar su sombrilla. Edenes atestados, las playas vírgenes son como la discreción, que se desvirtúa en cuanto la detectan.

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Cortesía: José María Marco habla de La granja humana en un vídeo de Libertad Digital.

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La troika meada

Tertulianos en la época buena de Grecia.

Tertulianos en la época buena de Grecia.

Para hablar de Grecia nadie mejor que Platón, que era un tipo de tertuliano algo más riguroso que nosotros. En un pasaje del ‘Gorgias’ nos presenta a su héroe, Sócrates, acusado de corromper a la juventud, es decir, de enseñar a sus alumnos a no comulgar con las ruedas de molino de los sofistas que mandan en la polis. Sócrates sabe que su criticismo es un peligro para la democracia, pero él es más amigo de la verdad que del consenso:

– Me juzgarán como juzgarían unos niños a un médico acusado por un pastelero. ¿Cómo podría defenderse en estas circunstancias el acusado si el acusador se dirigiera a los niños diciéndoles: «Este hombre os ha hecho con frecuencia mucho daño, os somete a tormentos y os tortura, os obliga a beber jarabes amargos, os somete a regímenes estrictos, mientras que yo os preparo las comidas más sabrosas y más variadas». ¿Cómo podría defenderse un médico en esta situación?

Que la democracia es un tribunal de niños (los votantes) que han de elegir entre un médico (la troika) y un pastelero (Syriza) no lo digo yo, sino el propio Tsipras al convocar este referéndum: aceite de ricino sí o no: elegid, niños. Y qué van a elegir: mucho mejor pasteles que ricino, dónde va a parar.

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Cortesía: reseña de la presentación de La granja humana por un asistente (¡y lector!)

Entrevista (¡a pillar!) en Voz Pópuli por La granja humana

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La Pantoja según Hegel

Dientes, dientes.

Dientes, dientes.

Ningún caso tan instructivo para el estudio político y social de España como el de la reclusa Isabel Pantoja. El Sanedrín de la Deontología Periodística y sus insomnes monaguillos, entrañable colectivo que prefiere purgar el periodismo a practicarlo, arruga el morro cuando lee el nombre Pantoja en periódicos considerados serios. Pero a uno le falta pureza de origen para militar en esa guardia de la noche que defiende el muro de Woodward y Bernstein -mal símil, porque en esa guardia de hecho suelen acabar los bastardos-, así que he analizado el asunto pantojil con toda seriedad. Hasta el punto de destilar en cinco puntos el comportamiento histórico del español medio, según la dialéctica hegeliana.

1) Fulanismo. España es -o era- un país de toreros y flamencas por razones de pura excelencia: el culto al individuo sobresaliente. Esta reverencia es tan antigua como la Ilíada, donde no luchan ejércitos anónimos sino héroes con nombre y habilidades singulares. La cultura mediterránea, que atestiguó la milagrosa excepción de la democracia ateniense -tan efímera-, propende más bien a la búsqueda de suprimus inter pares, sea un espadón decimonónico, sea un padrino de Sicilia. Sea, en el ámbito cuché, una figura del toreo o «la más grande» tonadillera. Sea, y aquí me confieso español, el carisma avasallador de un Mourinho. Algunos sociólogos han bautizado esta pulsión fulanista como psicología nacional del acaudillado, rasgo que explicaría la considerable placidez con que Fernando VII restauró el absolutismo o la envidiable longevidad que permitió a Franco morir en su cama. Por eso Rajoy no conecta con sus gobernados: porque su crédito como caudillo equivale al de Iglesias como gestor equilibrado. Si según Borges el nombre es arquetipo de la cosa, Isabel Pantoja ocupa ella sola todo un encaste de la raza, y sus rendidos admiradores morirán con ella.

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Cortesías: (atinada) reseña de La granja humana en Letras Libres

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