No vamos a cometer el error de tomarnos a broma las sentencias de don Manuel Castells porque don Manuel Castells ha declarado un patrimonio de cuatro millones de euros, y alguien con cuatro millones de euros no puede ser un bromista. A don Castells hay que tomárselo por tanto muy en serio, sobre todo cuando desaparece, porque eso significa que se ha retirado a producir una sentencia solemne que pronto bajará de su académico caletre y se abrirá paso por entre esos carrillos de hámster de biblioteca de Sociología.
El duelo mayor entre Sánchez y Casado perdió interés en la sesión de control en favor del combate entre subalternos. En la esquina roja, camisa carmesí a juego con su fantasía años 30, el púgil madrileño Pablo Manuel Iglesias, potro de Galapagar; en la esquina azul, gomina de las grandes ocasiones (electorales), el pegador murciano Teodoro García-Egea, enterrador de mociones. Pablo saltaba al cuadrilátero para llevar la pelea a las trincheras de nuestros abuelos y reivindicar orgullosamente el comunismo. Teodoro esperaba en las cuerdas protegido por la guardia alta de Isabel Díaz Ayuso. Una pinza que a ambos beneficia.
Igual que Arcadi no puede evitar que le caiga simpático Puigdemont, yo no puedo evitar que me caiga simpático Pablo Iglesias. Me gusta la gente valiente, sobre todo cuando está equivocada. Y detesto a los que opinan o actúan solo después de haberse cerciorado de que sus opiniones o sus actos contarán con el aplauso general. Iglesias se hizo comunista cuando el Muro ya había caído, se puso a combatir a Franco cuando Franco ya había muerto y fundó un partido para impedir la Transición cuando la Transición ya se había hecho. Se refugió en el gobierno de un hombre al que profesa un sincero desprecio intelectual, y no ha sido capaz de disfrutar de su dulce e inexorable degeneración en casta cuando no hay nada más fácil en esta vida.
Cuentan que fue un pueblo ardiente que corría delante de los toros o los mataba con un trapo, una espada y dos cojones. Pero se odió tanto a sí mismo quehoy es un pueblo gélido, silente, sueco, que solo se permite un paréntesis de alborozo norcoreano cuando su presidente esboza un mohín de disgusto hacia su vicepresidente.
-¿Lo habéis visto, españoles? Ha torcido el gesto. Lo ha torcido, yo lo he visto. ¡La ruptura con Iglesias está más cerca!
Y en este comentario de comadrona maltratada que ama a su maltratador se resume la opinión publicada del país. El sanchismo es un patriarcado tan subliminalmente asumido que ya todos nos conducimos como víctimas marcadas a cintazos, suspirando por la leve caricia del humo de otra bomba de Iván Ivánovich para correr a los brazos nervudos de nuestro galán. De acuerdo, nos miente a la cara, nos chulea el bolsillo, hemos muerto de covid como muy pocos, nos arruinamos mejor que nadie. ¡Pero su progresismo es tan apuesto! Qué astucia, qué manejo del puñal, nada le altera, ni centenares de muertos al día ni un ERE en El Corte Inglés ni los pelos del moño en el Código Penal ni la calle en llamas. ¡Qué hombre! Y que no se queje la oposición: nuestro presidente afirma que en España los conservadores también tienen cabida. ¡Si incluso al tercer día condenó la violencia! ¿Qué más se puede pedir?
Si tiene razón Madariaga, el español contempla la política como una obra de teatro -hoy escribiría como una serie de Netflix-, mero espectador de protagonismos, antagonismos y giros dramáticos que no le interpelan directamente si no es para aplaudir o abuchear, cuando no para devolverlo a su natural estado de indiferencia. Eso explica que Franco muriera en cama, que el 23-F lo pararan las élites, las mismas que habían tejido la Transición de la ley a la ley, y que el personal solo saliera a manifestarse contra los golpistas cuando sus élites le garantizaron que exhibir pancartas no comportaba coste personal alguno. Puede que esta lanar condición no hable muy bien del coraje de una sociedad civil cuyo activismo más fogoso hoy quizá se reserve al youtuber andorrano, pero a cambio tenemos otras cosas. No somos gente violenta, por ejemplo, descontando los brotes hormonales de criaturas con tara, tradicionalmente niños de papá vasco o catalán.
Aunque me pagan por dar mi opinión, hoy debo darles a ustedes una información. Estoy en disposición de informarles de que el Gobierno es una pesadilla y de que la oposición es un desastre. No se trata de un juicio caliente sino de una gélida constatación. Esta clase de generalizaciones antipolíticas a menudo emboscan la cobardía o la pereza mental del opinador, pero ya no le quedan a uno fuerzas para ponerse a escrutar santas excepciones a la causa general. Solo se me ocurre un nombre que no ha decepcionado a nadie que se hubiese parado a analizar con honestidad su origen, su método y su mensaje: Pablo Iglesias.
Doña Carmen Calvo compró la semana pasada el voto de don Íñigo Errejón a cambio de 50 millones para estudiar la implantación de la semana de cuatro días laborables. ¿Por qué 50 millones exactamente? Si se trata de transformar a los españoles en daneses, pocos millones me parecen; y si se trata de sumar a Errejón al excitante ejercicio del capitalismo de amiguetes con cargo al contribuyente, me parecen demasiados.
Por la mañana Sánchez alabó el sentido de Estado de Abascaly por la tarde caía la bomba B sobre el marianismo: B de Bárcenas y de caja B. Como el mundo no deja de girar, es posible que a los votantes más tiernos de Vox el apellido Bárcenas los conduzca antes al cantante de Taburete que a un tesorero. Quizá son los mismos que aplaudieron la censura de Santi contra el Gobierno socialcomunista y aplauden también que el día del decretazo de los fondos europeos Santi se convirtiera en tesorero del Gobierno socialcomunista, todo ello sin dejarse un ápice de patriotismo por el camino.
San Valentín es un proxeneta centroafricano comparado con la clase de amor ciego que vincula a Vox con sus bases, razón de que Abascal no necesite trabajar en el Parlamento para mantener la llama viva. Cualquier decisión aleatoria o garrafal será saludada como una nueva jugada maestra, al más puro estilo raholo. Este entusiasmo invariable me recuerda al epitafio sulfúrico que Gore Vidal vertió sobre la tumba de Truman Capote: «Con su muerte, Capote imprime un interesante giro a su carrera». Claro que a Vidal lo movía la maldad y al voxero a menudo la candidez, que tiene menos disculpa.