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La belleza de la derecha

Louis Auchincloss en el registro de Yale del año 1939.

Louis Auchincloss en el registro de Yale del año 1939.

Hace poco los curiosos muchachos de Arsuaga extrajeron de la Sima de los Huesos un fémur de cuatrocientos mil años cuyo análisis de ADN arrojó una conclusión asombrosa: pertenecía a un homínido más siberiano que burgalés. Hasta ahora en Atapuerca se creía haber encontrado básicamente casquería neandertal, individuos peor o mejor representados de la especie heidelbergensis. Pero resulta, dicen los chicos de Arsuaga, que la familia humana se dividió en dos ramas hace un millón de años, y que la fetén alumbró neandertales y sapiens mientras que la lerda siguió dando indocumentados documentados en norte de Rusia y norte de Burgos. El descubrimiento complica las cosas, enreda el árbol familiar y establece científicamente la verdad del torero: no solo hay gente pa tó, sino que la hay al mismo tiempo en el mismo planeta.

Creíamos que la historia de la evolución humana venía regida por un patrón de progreso lineal que iba enderezando al mono hasta erguirlo completamente para alcanzar cierta manzana por consejo de una mujer tentada por un ofidio, y ello antes de doblar al hombre otra vez sobre un ordenador de oficina según enseña el famoso chiste. Pero Atapuerca nos muestra que en el mundo convivieron especies distintas con distinto grado de sofisticación genética. Es decir, que la humanidad es en primer lugar gradual, y en segundo lugar tan sincrónica como diacrónica. Hubo un tiempo en que se podía ser más o menos humano no por educación sino de mero nacimiento, y en que los linajes pugnaban darwinianamente entre sí para pasar de la prehistoria a la historia pero a la vez eran exponentes cabales de su linaje particular, gorilesco o lampiño.

En Atapuerca ya se daba por tanto uno de los principales rasgos de la democracia: las minorías. La democracia es simultaneidad de estadios evolutivos dispares. Umbral definía Madrid por su simultaneísmo, por su generosidad para albergar a la vez a tontos y a listos, a carrozas y a dandis emprendiendo en el mismo barrio su acción contradictoria. Bien, pues ese simultaneísmo va a resultar muy viejo, de hecho connatural a lo humano desde su albor, y abre debates insospechados. ¿Cómo es posible que ante la reciente muerte de Nelson Mandela unos humanos entonasen la alabanza al ángel ido y otros de su misma especie lo despachasen como criminal? Pues porque ya que no la genética, sí la formación, las lecturas, la dotación neuronal estratifican incesantemente a la humanidad en minorías de desigual sofisticación, como ha sucedió siempre según sabemos ahora por los sabuesos de Arsuaga. Y no nos preguntaremos si el aborto de un feto neandertal habría sido más legítimo, por más inhumano, que el de un feto sapiens, aunque podríamos especular bizantina y deliciosamente al respecto puesto que ambas especies coexistieron hasta que el sapiens, inexplicablemente, se impuso a su pariente bruto hace quinientos mil años. Antes incluso de la Transición y de sus ancianos periodistas.

Exactamente lo mismo ocurre en la historia de la literatura y del arte en general. En arte no existe el progreso lineal: los frescos bajomedievales de Giotto no quedan superados por el descubrimiento de la perspectiva renacentista. Poseen un valor en sí mismo, ejemplifican una cima del espíritu humano en su tiempo, sí, pero también emocionan a ojos venideros. Hoy, mal cobijados bajo ese gran paraguas permeable que es la posmodernidad, la coexistencia de especies literarias es una realidad delirante. Hay gente escribiendo novelas exactamente igual que como las escribía don Alejandro Dumas —¡y recibiendo premios por ello!— y hay, supongo, oscuros y eternos becarios experimentando en su buhardilla con las vanguardias y los estilos del mañana. Y hay una infinidad de matices intermedios.

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29 enero, 2014 · 14:34

El formol delicioso de Julio Camba

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Parece una paradoja que el auge editorial de Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid, 1962) coincida con la ruina del periodismo tradicional, amén del cincuentenario de su muerte que se conmemoró el año pasado. Asombra la vigencia de la prosa cambiana en su estilo y en sus temas, sancionada por el favor de nuevas generaciones de lectores que descubren al gran genio español del columnismo del siglo XX ahora que cualquier bloguero con pretensiones se llama a sí mismo columnista. Pero quizá no sea tan paradójico el resurgir de Camba (a quien hace diez años nadie leía ni reeditaba en este país) en tiempos críticos para el periodismo, porque es conocida la facultad selectiva de las crisis para expurgar únicamente lo mejor con cierto ánimo de reivindicación. Y Camba no sólo es de lo mejor que le ha pasado a la historia del periodismo español, sino de lo mejor que podría sucederle a su futuro.

La editorial sevillana Renacimiento, con un primor ya reconocible, publica ahora las crónicas escritas por Julio Camba entre 1912 y 1915, siendo corresponsal en Alemania para La Tribuna primero y para el ABC de Torcuato Luca de Tena después:

–Pero si yo no sé alemán.
–Eso no importa, lo hará usted muy bien –le contestó el fundador de ABC.

Camba, que venía de cubrir las corresponsalías más excitantes de Londres y, sobre todo, de París, encaró Berlín con una desgana que la siempre fina ironía de sus artículos deja traslucir perfectamente. «Yo soy el hombre menos alemán del mundo», declaraba, y aunque pasó allí dos años y escribió algunas de las mejores crónicas de su vida periodística, nunca llegaría a encariñarse de lo germánico. Regresó aliviado a Madrid en los inicios de la Gran Guerra, aunque él dijo que volvía por aprensión de sabiduría, porque empezaba a notarse «síntomas así como de ir adquiriendo un criterio científico para todas las cosas» y él no quería defraudar a sus amigos castizos del café volviendo del país de Kant hecho un sabio de levita.

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29 noviembre, 2013 · 17:52

¿Hay que acabar con las series de TV?

No veas tanta serie y vente el Gem con Al.

No veas tanta serie y vente el Gem con Al.

Es significativo que uno de los portales más célebres y visitados por los espectadores piratas (valga la redundancia) de nuestro país se autotitule Series Yonquis. El nombre es de una eficacia publicitaria innegable entre españoles, tan tenaces en el liderazgo europeo del consumo de drogas como en la ostentación del farolillo rojo de los informes educativos. Solo que la droga de las series también puede ser educativa.

La ficción, efectivamente, es una droga para el hombre, y no solo para el hombre español, como lo prueba esta edad dorada del género serial que despuebla Hollywood de guionistas y actores, más atraídos por la ambición narrativa de las series que por el efímero relumbre de los largometrajes, y que ha obligado a todos los periódicos digitales a abrir blogs especializados en el análisis de series, blogs que son seguidos y comentados con profusión de neologismos camino ya del arcaísmo como friki o spoiler.

Que la ficción no es un lujo sino una necesidad es una verdad antigua que justificó la emergencia de los aedos y rapsodas del mundo clásico, de los dramaturgos del Siglo de Oro e incluso de los monologuistas del Club de la Comedia. El IVA al 21% puede obstaculizar su satisfacción, pero no extirparla, y si nos lo suben al 91% volveríamos a la linterna mágica y a las cajas de guiñol en la plaza.

Las series cumbre de las cadenas yanquis –amén de yonquis– AMC o HBO nos proveen ciertamente de una sofisticación dramática desconocida hasta la fecha. Sin considerarse uno un yonqui fetén, un colgao irredimible de la sorkinina (Aaron Sorkin, autor de El ala oeste entre otras) o la simonina (David Simon, autor de The Wire entre otras), he de reconocer que los mejores ratos de pantalla –incluyendo la de cine y hasta la del chat con top models- que he experimentado en los últimos tres años se los debo a este puñado de títulos gloriosos: Los Soprano, The Wire, Mad Men, Breaking Bad, El ala oeste de la Casa Blanca, Deadwood, House of Cards y alguna más. No muchas más porque no me he aventurado mucho más allá de estas grandes obras que los amigos me encarecían con razón. También he curioseado en otras producciones a mi juicio fallidas, como The Newsroom y Boardwalk Empire, aunque no es difícil encontrar en ellas momentos de verdadera maestría cinematográfica.

Si la ficción es droga, habrá mierda buena y mierda mala, y ustedes disculpen el argot del lumpen. La mierda antecitada es muy buena, posee todos los principios activos del más puro psicotrópico artístico. Meta azul del mismo Heisenberg de Breaking Bad, de hecho. Si a ustedes no les suenan estos nombres y estas ficciones, ustedes están fuera de su tiempo (cosa que tampoco es ningún drama, oigan). Siempre he creído que de haber continuado hasta hoy las bulliciosas tertulias en los cafés literarios, los Valle-Inclán y los Gómez de la Serna se juntarían hoy para comentar los episodios de estas series que constituyen sin duda la manifestación estética más importante e idiosincrásica de principios del siglo XXI, del mismo que la novela lo fue en el XIX, el ensayo en el XVIII, el teatro en el XVII y la poesía en el XVI.

Ahora bien. En la fiebre de las series, como en la del oro, afloran paladas de cuarzo, feldespato y mica por cada pepita áurea. Como adicción que es, el visionado compulsivo de series exige una enorme cantidad de tiempo y la oferta es inacabable. Ahora que viene el frío la adicción empeora, recluye a sus víctimas en el interior rancio de sus pijamas durante findes enteros, agarrota sus músculos, irrita sus córneas. Hay que medir muy bien si el beneficio espiritual compensa el sacrificio corporal, porque no está nada clara la ventaja.

La serie es una amante posesiva que nos quita de pasatiempos tan acreditados como el amor, el deporte o la lectura. ¡Antiguallas!, aducirán los frikis. Puede ser, puede ser. Pero no estamos seguros de que la sustitución del paseo serrano con la novia por el atracón de capítulos de Homeland –serie que me resisto a empezar a ver, porque se me acumulan tristes los libros en la estantería– representa un signo de progreso y modernidad. Más bien la conversación solipsista y fanática del devorador de series nos hace a veces el patético efecto del paletillo taurino que todo lo compara con el toro y su mundo, y cada situación de la vida le parece anticipada simbólicamente por el giro de culo de un mozo de espadas amigo suyo. Yo sostengo, más que nada por mis amistades, que se puede ser perfectamente moderno asistiendo a corridas de toros y perfectamente medieval rindiendo pleitesía a los diálogos de Sorkin.

Lo peor de las series, incluso de las buenas, es que proporcionan una cultura exclusivamente visual, de escenas memorables y personajes magnéticos. No es poco. Pero no es suficiente. Se ha dicho tanto, y sobre todo lo han dicho tantos cursis que produce alipori repetirlo, pero es que es verdad: el desarrollo del homo sapiens sapiens viene caracterizado por la sutileza creciente de su capacidad de abstracción, cifrada en el lenguaje verbal. Una persona que ve buenas series y lee buenos libros es un ejemplar sano y cabal del sapiens sapiens. Una persona que ha sustituido los buenos libros por las buenas series es un espécimen cojeante de la especie. Una persona que sustituye las buenas series por las series españolas es una anomalía genética que hace llorar a Darwin sobre el cuaderno de notas de Mendel.

¿Hay que acabar de una vez por todas con las series de televisión como con una lacra social cualquiera? Umm. Quizá la lacra no haya exhibido aún toda la obscenidad de su poder deletéreo; quizá el enclaustramiento catódico que fomenta no deba motivar el mismo rechazo social que la jeringuilla en el antebrazo. Todo se andará. Ya verán ustedes. Y los que dentro de un par de décadas sobrevivamos a la plaga con los cerebros limados pero aún hábiles podremos escribir el guión definitivo sobre cómo las series de televisión fueron nuestra Movida y sembraron de cadáveres intelectuales las añoradas pandillas de la juventud, cuando el lado salvaje de la vida se caminaba sin salir del cuarto, embutido en un pijama.

(Publicado en Suma Cultural, 9 de noviembre de 2013)

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El otro Wilde

Hector Hugh Munro, el afilado Saki.

Hector Hugh Munro, el afilado Saki.

Oscar Wilde no estuvo solo en la dramática contienda contra la era victoriana. A su lado peleó con gloria poco reconocida el caballero británico Hector Hugh Munro (Birmania, 1870 – Francia, 1916), por sobrenombre Saki, el más afilado cuentista británico de entresiglos y uno de los talentos más sutilmente divertidos del ámbito anglosajón junto con el estadounidense O. Henry. El celebrado Wodehouse debe tanto al magisterio cómico de Saki como el añorado Tom Sharpe, que en junio de este mismo año decidió morirse en Gerona al constatar el decepcionante retraso de la recuperación o de la independencia, una de dos. Antes de morir, sin embargo, dejó escrito: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado, querrás empezar otro; y cuando los hayas leído todos, jamás los olvidarás». No creo que se puede recompensar mejor la entrega de un escritor al juicioso mandamiento de Sainte-Beuve: «Leed cosas grandes, escribid cosas agradables».

Saki leyó a los grandes ironistas de su tradición cultural, de Sterne a Swift, y escribió unos cuentos gratísimos de leer que bien leídos no están exentos de amargura íntima ni de aullido social. Lo que me gusta de Saki es que no necesita operaciones exhaustivas como las de William Makepeace Thackeray (otro inglés nacido en la India) para abrir en canal a la sociedad eduardiana. Con tres incisiones muy localizadas pone la moral porcina de una marquesa a chorrear sangre boca abajo. Sus cuentos van al grano tras una ambientación impresionista y mantienen unas constantes estructurales y temáticas cuya reiteración obsesiva no preocupa en absoluto al autor. Y lo que es más importante: tampoco al lector.

Tenéis varias ediciones. Yo he manejado los Cuentos Completos en Alpha Decay y las Crónicas de Clovis en Valdemar, aunque hay algunas otras fruto de un feliz, y reciente, redescubrimiento editorial. Las piezas narrativas de Saki suelen estructurarse en torno a una escena de corte teatral, en donde los diálogos y las descripciones psicológicas canalizan el veneno de la sátira costumbrista: conversaciones en salones de mansiones londinenses o coloniales, fiestas o clubes de bridge. Aristócratas de afilado ingenio y pícaros arribistas alternan golpes de florete dialéctico abrumando al lector-espectador que asiste a un despliegue sintáctico y verbal deslumbrante. Los vicios de clase —la hipocresía, la avaricia, las maniobras del gorrón o la pesadez del charlatán— son satirizados sin piedad, con el efecto multiplicador que se logra envolviendo la carga vitriólica en elegantes capas de referencias indirectas y elaboradas perífrasis y comparaciones. El estilo relampagueante de las comedias wildeanas, vamos.

Se trata de una literatura que toma a los lectores por inteligentes. Exige un paladar medianamente distinguido para apreciar tanto un enredo endiablado como un moroso dibujo de caracteres, una erudición exótica, una nota macabra y una sintaxis sin miedo a la subordinación. De los ingleses siempre sorprende un poco esa simultánea aptitud para el escándalo y la permisividad, caras de la misma moneda de la civilización. Fue el puritanismo victoriano el que condenó a Wilde, pero solo después de llenar durante años los teatros que representaban sus obras. Al final parece que el único precepto absoluto es el que promulgara en mármol Michi Panero: «Lo único que no se puede ser en esta vida es un coñazo». Ni Wilde ni Saki aburren jamás.

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6 noviembre, 2013 · 13:40

El repóquer de ases del periodismo español

Se trata de un juicio muy personal, pero yo creo que el periodismo español tuvo en la primera mitad del siglo XX cinco grandes nombres. Tuvo más, claro, y podemos discutir la inclusión en ese canon decantadísimo de otros nombres (Gaziel, Foxá, Corpus Barga) que estos: Julio Camba, Josep Pla, Manuel Chaves Nogales, César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. Dos gallegos, un catalán, un madrileño y un andaluz. Si hay que quedarse con cinco, yo no creo que quepan otros nombres que estos, reservando a Azorín para la estricta literatura. Creo también que ningún articulista español de la segunda mitad del siglo XX se les equipara, aunque se acerquen (cada uno a su distancia) Alcántara, Umbral, Vázquez Montalbán, Campmany, Ullán, quizá Vicent y algún otro.

Camba desde su suite del Palace.

Camba desde su suite del Palace.

Es una bendición que tres de esos cinco grandes se hayan puesto de moda. Nunca es tarde si la dicha es buena, y no va uno a incurrir en ese papanatismo invertido de los adolescentes que dejan de escuchar a su grupo indie favorito en cuanto empieza a llenar estadios: nosotros no renunciaremos a seguir devorando reediciones de Camba solo porque ahora, gozosa y paradójicamente para autor tan sibarita, su articulismo se haya vuelto mainstream. Hace una década nadie leía a Camba en este país, nadie lo reeditaba, nadie lo compraba y solo lo citaba en sus artículos de ABC Ignacio Ruiz Quintano, que se pasó un tiempo quemándose las pestañas en hemerotecas de tinta muy previas a lo digital para espigar antologías de artículos en la editorial Luca de Tena, libros magníficamente editados en tapa dura –y prologados por la gran cambóloga Almudena Revilla Guijarro– que han tenido una venta miserable. Por aquellos artículos de Ruiz Quintano llegué yo, adolescente, a pedir a los Reyes Magos lo que encontraran de Camba, que para eso eran magos, aunque no lo suficiente para traerme otra cosa que la vetusta antología de Austral, la cual devoré alucinado. Luego he seguido comprando todo título cambiano que hallaba en librerías de viejo y hoy, por fin, ya no hace ninguna falta dejarse 40 euros en polvorientos colmados librescos porque todos publican a Camba, y todos lo celebramos. En estos momentos, de hecho, estoy leyendo Alemania, la selección de crónicas berlinesas y muniquesas que publicó Julio Camba en 1916, y como si fueran de ayer mismo. El volumen lo edita la editorial sevillana Renacimiento con primoroso acabado, a tono con la prosa del interior.

La crónica periodística, el artículo literario, el reportaje narrativo a lo Chaves Nogales se han convertido en un género editorial de masas (las masas magras que queden por ahí comprando libros), tras décadas durmiendo un sueño de desprestigio del que solo despertaba editorialmente algún apellido de exotismo eslavo como Kapuscinski. La broma macabra es que a medida que los jóvenes estudiantes de periodismo descubren la sedosa textura de la ironía cambiana, el sistema educativo se obstina en inculcarles “aptitudes y destrezas” más robóticas que humanísticas. La buena noticia es que esto ya pasaba en 1932, año en que el maestro de Vilanova de Arousa publicó La ciudad automática, donde se recoge su crítica del igualitarismo educativo en ciernes:

“Lo probable es que salga usted de la escuela con el cerebro tan atrofiado como si lo hubiese tenido en la propia prensa de los incas; pero si la escuela no ha conseguido idiotizarle a usted del todo, la Universidad se encargará del resto. Luego vendrán los periódicos, las conferencias y los clubes de lectura, y a los veinticuatro o veinticinco años no tan sólo estará usted incapacitado para pensar de un modo distinto al de los demás, sino que hasta su misma cabeza, al adaptarse a las tres o cuatro ideas generales que el Estado metió dentro de ella, habrá tomado la forma y el aspecto de todas las otras”.

Todavía si esa formación jíbara sirviera para encontrar trabajo en un mercado congruentemente jibarizante, nos resultaría más difícil criticarla. Hoy que ni siquiera el talento asegura un puesto en el oficio, se puede llorar a gusto y sin consuelo, que es el llanto zarzuelero y fetén. De todos modos escribir es llorar en España de toda la vida, como acuñara Larra y desarrollara Agustí Calvet, alias Gaziel, que retrata así a la clase periodística española: “Eran, por lo general, una especie de anfibios: menestralía de la pluma, bohemia de la baja intelectualidad, bachilleres frustrados, licenciados sin reválida, estudiantes pobres, fracasados de innumerables oficios; gentes, en fin, sin alas todavía para volar más alto, o que, al fallarles las que tenían ya crecidas, se refugiaban, como en una sala de espera o en un asilo, bajo el sórdido cobertizo del periodismo, alzado en plena intemperie y abierto a todo el mundo”. Y concluía: “La dificultad básica seguía siendo la misma: la carrera del periodismo estaba desprestigiada porque no daba para vivir”. La cita es de principios del siglo XX, y aunque a principios del XXI el oficio se ha refinado hasta dar nombre a una carrera y a varios máster, el resultado vital para la mayoría es de una sordidez perfectamente homologable.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Pero mientras lloramos leemos a los cinco grandes, que sí disfrutaron de la cotización de su pluma (llegarían todos a estar entre los mejor pagados de su tiempo), cada uno de ellos con su estilo propio aunque amparados en una misma concepción resueltamente personalista del periodismo, que practicaron como una disciplina fáctica de la literatura. La obra de los cinco grandes reivindica la necesidad del estilo y la originalidad de la mirada, que son el haz expresivo y el envés imaginativo de una misma hoja, la hoja de la personalidad del hombre que enfrenta el mundo. Esto no quiere decir que mintieran, ni siquiera que adornaran sin necesidad, porque cuando se posee la sabiduría del adjetivo lo sustantivo no solo no queda opacado sino que brilla con más fuerza. Eran periodistas porque se ocupaban de la actualidad y eran escritores porque poseían la competencia intelectual y artesanal del escritor. Hoy urgiría recomendar el olvido de tanta directriz académica, de tanto dicterio purista a cargo del sanedrín de la objetividad –esa fábrica de teletipistas sin alma ni lecturas–, para prescribir en su lugar el retorno a ese viejo nuevo periodismo nuestro si hubiera mercado para el producto de semejante simbiosis. Ideológicamente, además, los cinco militaron en un republicanismo burgués cuya causa, por la vía de los hechos, no tardó mucho en traer el desencanto primero y el horror después a sus almas insobornablemente liberales, inevitablemente civilizadas. Yo pienso que, más allá de tareas de supervivencia coyuntural como el espionaje profranquista de Pla en Marsella o de poses dandis como el monarquismo estético de Ruano, todos se reconocerían hondamente en las primeras líneas del luminoso prólogo de A sangre y fuego en las que Chaves fijó el programa de esa anhelada Tercera España que solo el advenimiento de las clases medias permitiría instaurar:

“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeñoburgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio –como dicen los marxistas–, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionado periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. (…) Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo”.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Aparte de esto, que tanto nos suena a la letal “fachendería” denunciada por Pla en tantas de sus páginas, cada uno es de su padre y de su madre. En esta misma revista ya traté del singular arte de Camba, su inconfundible método inductivo que parte de la observación paradójica y se desliza siempre con humor finísimo hasta la conclusión sorpresiva, brillando especialmente en la estampa sociológica, artículos pulidos como diamantes de inteligencia. También glosamos aquí el individualismo irreductible y la preceptiva de la inteligibilidad de Josep Pla, un estilo menos intelectual y más pictórico, más mediterráneo, más sensorial, pero que como el de Camba solo a fuerza de disciplinada depuración alcanzó esa engañosa naturalidad que vibra y nos cautiva (el barroquismo es la primera tentación en la que cae el que rompe a escribir).

Manuel Chaves Nogales es el tercero de los cinco que tampoco está ya necesitado de reivindicación –sí lo estaba cuando Andrés Trapiello lo rescató como modelo de lucidez contra el sectarismo en Las armas y las letras–, y hoy la industria reedita sus libros y agavilla sus reportajes a tal ritmo que amenaza con no dejar nada por descubrir a los filólogos del futuro, y ustedes disculpen el ejercicio de historia-ficción. Dos muchachos rendidos a la creciente aureola de Chaves andan pidiendo aportaciones financieras por internet para poder estrenar un devoto documental sobre el reportero sevillano que ya ha ganado algún premio en festivales de provincias y que a buen seguro nos encantará. La fascinación por Chaves se explica no solo por razones políticas, con todo el morbo que tiene entre nosotros el descubrimiento de un Abel entre tantos Caínes, sino también periodísticas: resulta que a la chavalería se le ha estado dando la tabarra con el New Journalism y aquí teníamos a un tipo que lo hacía antes y mejor, aunque fuera sobre toros. ¿A qué género pertenece Juan Belmonte, matador de toros, la obra maestra de Chaves Nogales? Unos dicen que es una biografía novelada; otros se fijan en el método y concluyen que se trata de una larga entrevista reportajeada; hay también quien señala el título como precursor de la non-fiction novel, el género campanudamente formulado por Truman Capote y Tom Wolfe. La respuesta correcta es: ¿qué demonios importa? El libro trata solo de hechos reales, pero tamizados por la capacidad literaria de un superdotado del idioma que ejecuta una recreación vívida y magistral. Lo importante es que ese libro nos habla de la edad de oro del toreo y de la vida de un matador legendario con una carga de verosimilitud y hondura humana profundamente emocionante. Otro tanto logró Pla con Vida de Manolo, sobre el pícaro escultor catalán Manuel Hugué. Un gran periodista es aquel que es capaz de comunicar esta sensación al lector con la materia y el protagonista adecuados.

Pero en el repóquer de ases del periodismo español aún hay dos que están pendientes de documentales, reediciones y pertinentes alabanzas: César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. De ambos se encuentran obras en librerías especializadas y en anaqueles de viejo, pero no es ni mucho menos suficiente. No hay proporción aún entre la contribución periodística de estos dos genios y su reconocimiento editorial y mediático. Las razones para el silencio las adivinamos, claro: ambos fueron firmas triunfantes bajo el franquismo, y aquí y ahora ese es triunfo difícil de perdonar, por exclusivamente literario que sea. Pla tuvo la fortuna de topar con la idolatría de Vergés, que redimió su nombre en Destino, y el pasado anarquista de Camba contrapesa su deriva conservadora y queda muy atractivo en la solapa. Chaves, ya hemos visto, tuvo la clarividencia de instalarse en una tercera vía hoy mayoritaria. Pero Ruano y Wenceslao no cuentan con abogados solícitos, y eso que ambos rechazaron los cariños o cargos del organigrama franquista, algo que no puede decir el fundador y director del periódico que más credenciales de democracia y de periodismo ha repartido en la historia reciente de España.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wenceslao Fernández Flórez es el maestro imbatible en la crónica parlamentaria de raíz satírica: incisivo hasta la temeridad en tiempos de caciques, con esa distancia justa para garantizarse la independencia pero sin alejarse tanto que parezca desentenderse de lo que sucede en las Cortes, conjura la facilona tentación de la enmienda a la totalidad de la “casta política” que hoy se practica con cobarde fruición para sustraerse a etiquetas de bando y atraerse un aplauso demagógico. En Impresiones de un hombre de buena fe o en Acotaciones de un oyente está la mejor crónica política –brillante, sintética, corrosiva, descacharrante– que se puede hacer del sistema parlamentario, el de Romanones y el de ahora, porque los resortes atávicos del poder y sus pretextos no han progresado desde Tucídides o Tácito. Semejante exposición al calor político, si ahora da pena, entonces daba miedo, y al cabo una guerra de cazurros fanatizados pilló a nuestro gallego en pie de culpable burguesía: será el socialista moderado Julián Zugazagoitia, ministro de Negrín, quien le facilite en 1937 la salida del Madrid rojo y con ello su salvación. Cuando al término de la guerra la Gestapo detiene en París a Zugazagoitia y lo entrega a la justicia militar de Franco, Fernández Flórez da la cara testificando a favor del reo, pero su intercesión choca con la mezquindad irredimible de un régimen victorioso en plena represión y Zugazagoitia es fusilado, hecho que marchita para siempre cualquier fe en la política del antiguo cronista parlamentario.

En un movimiento común a los cinco ases aquí reunidos a excepción de Chaves –que moriría enseguida en el exilio londinense de Fleet Street–, al inaugurarse la posguerra Fernández Flórez prefirió no escribir más de política. Fruto de esa decisión son sus deliciosas crónicas futbolísticas (De portería a portería) y taurinas (El toro, el torero y el gato) entre otras, y eso sin saber ni de toros ni de fútbol. Con el tiempo, el quejido de la morriña se le hizo insoportable y se acabó enclaustrando en su fraga coruñesa de Cecebre como Pla en su masía de Llofriu, entregado a la escritura de comedias, guiones y novelas entre la mágica animación del bosque gallego, tan receloso de los honores literarios del régimen como de los afanes clandestinos de la intelectualidad subversiva. Y así como Pujol visitó a Pla en su masía, también Fraga acudiría a la fraga de Cecebre ávido de esa propaganda de honorabilidad que la política ha buscado siempre en la cultura para blanquear sus manchas. Al menos Pujol y Fraga creían en el poder blanqueador de la literatura; los políticos de ahora prefieren fotos con deportistas.

Miguel Pardeza es director deportivo del Real Madrid y experto ruanólogo, y yo creo que debería aprovechar el cargo para promocionar a Ruano, que declaró en un artículo sobre Bernabéu: “Hasta quienes no tenemos nada que ver con el fútbol, estamos insobornablemente reunidos en torno al Real Madrid”.

Según Manuel Alcántara –cuyo prólogo a la reedición de las memorias de Ruano, me dijo una vez Garci, era el mejor que había leído en su vida, y yo coincidí con él–, este Lope de Vega de la columna publicó a lo largo de los años más de 30.000 artículos a una media de tres por día en los veladores del Café Gijón o del Teide; artículos siempre perfectos, por lo demás. Eso aparte de los 80 libros de todo género. Esa producción descomunal que hoy solo está disponible en las beneméritas antologías de la Fundación Mapfre debiera ser la Biblia del articulista español. Umbral hizo lo que pudo por transparentar su magisterio en columnas que, leído Ruano, aclaran mucho ese misterio umbraliano del dandismo y de ese famoso costumbrismo lírico, entre el humorismo y la melancolía. El propio Francisco Umbral, en ese revelador memorial de vida y formación que es Trilogía de Madrid (1984), se hacía ya la misma pregunta que nosotros ahora, sin explicarse el ostracismo tenaz que pesa sobre el genio: «Vuelven todos, vuelve Ramón incluso, pero no vuelve César». Campmany escribió a su muerte el mejor obituario del siglo XX español, celebrando el don de éxito y la condena de caducidad que marcan la vocación del columnista: “Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar”.

Eso pudo decirlo Campmany, que ganó buen dinero con la pluma, porque ha habido añadas buenas donde el periodismo, ejercido con talento descollante, granjeaba una posición desahogada y un alto respeto. Esos tiempos acabaron, y a la ruina hemos de añadir la cerrilidad del objetivismo dogmático o bien la mesocracia del periodismo placentario, esos gregarios correveidiles de teletipo o del total que camuflan su incultura de objetividad y su servidumbre política de exactitud declarativa. Ya dirigían el cotarro cuando negaron a Ruano el carné de prensa. La respuesta del periodista madrileño, olímpico talento refractario a capillas, llena de consuelo a insumisos:

“Ya es cómico que se discuta si uno es o no un profesional. Cuarenta años de no vivir más que de escribir y para escribir ¿admiten dudas? Pues parece que sí, cuando nadie le discute su profesionalidad a un desdichado que infla telegramas o a un fotógrafo. Me piden que pruebe no sé qué cosas. No estoy dispuesto a probar nada. Si tienen redaños para negarme la condición de profesional, para ellos la perra gorda. No daré un paso. Les emplazo a todos esos robaperas para dentro de unos años. A ver si se habla de ellos o de mí. Periodistas mediocres, matalones, caciques de vía estrecha, cortan el bacalao. ¡Que lo corten! Uno no come bacalao, sino salmón”.

Pardeza con Ruano, en un montaje que debería repetirse más a menudo.

Montaje de Pardeza con Ruano, una afición que debería ponerse de moda ya.

Ruano tenía el don de la frase perfecta, como lo tenía Fitzgerald, pero además sabía dónde mirar y lo había leído todo, y lo había vivido todo. El articulista madrileño instituyó un periodismo lírico (mas siempre claro) y resueltamente autobiográfico que no se nos ocurre reclamar como norma, pero sí al menos como excepción, credencial que hoy se le niega por culpa de un deslinde antinatural y ruinoso entre literatura y periodismo. En los tiempos en que uno manufacturaba informaciones efímeras en un periódico me animó mucho encontrar esta cita de las memorias de Ruano, evocando su época de reportero puro e izquierdoso en El Heraldo –¡Chaves era su redactor jefe!– bajo la amenazante censura de Miguel Primo de Rivera: “Por aquella temporada [1927] yo hice uno de mis mayores esfuerzos periodísticos. Interviuvaba a todo el mundo, escribía artículos, firmaba largos reportajes… ¡Y qué poco en realidad me interesaba todo aquello! Pero era el momento del esfuerzo. Había que situarse, que ganar un nombre que ya aplicaría después a otras cosas más de mi gusto, y había también que ganar dinero, puesto que vivía a cuerpo limpio sólo de mi pluma”. Más tarde se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín –¡y corría el 1940!– porque debía despachar a diario por telégrafo “aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada”.

La personalidad es el gran valor, es la filigrana que confiere al naipe del as su supremacía en un juego en que también debe haber sotas, reyes y cuatros de bastos. No se trata por tanto de gustar a todos, sino de reivindicar, para lo que quede del periodismo del siglo XXI, la estirpe anarcoburguesa, liberal de corazón y estilizada de Ruano, de Fernández Flórez, de Chaves Nogales, de Pla y de Camba.

(Publicado en Suma Cultural, octubre de 2013)

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La bendita levedad del ser

No está claro si La insoportable levedad del ser es una novela ensayística o un ensayo novelado, pero no dudamos de que su condición limítrofe de relato erótico-político sometido a constante glosa filosófica deparó un clásico de la narrativa posmoderna que nuestro Javier Marías habría querido escribir, si Marías pudiera ser Kundera.

Un drama vital siempre puede expresarse mediante una metáfora referida al peso. Decimos que sobre la persona cae el peso de los acontecimientos. La persona soporta esa carga o no la soporta, cae bajo su peso, gana o pierde. Pero ¿qué le sucedió a Sabina? Nada. Había abandonado a un hombre porque quería abandonarlo. ¿La persiguió él? ¿Se vengó? No. Su drama no era el drama del peso, sino el de la levedad. Lo que había caído sobre Sabina no era una carga, sino la insoportable levedad del ser.

He aquí el párrafo que da ese famoso título a la novela, título que a su vez lleva desde 1984 (año de la publicación) barnizando de culturalismo los artículos de los columnistas más amigos de la paráfrasis que de la lectura. El campo semántico de la obra entera está surcado con metáforas de peso y ligereza, de liviandad y gravidez, dentro del régimen simbólico que Gilbert Durand llamaría diurno o vertical. Durand fue junto a Northrop Frye uno de los grandes nombres de la mitocrítica, escuela que reaccionó contra los excesos cartesianos del estructuralismo para reivindicar el poder significante de la imaginación. Siguiendo a Jung, Bachelard o Lévi-Strauss, el sagaz profesor Durand sistematizó bajo el llamado «régimen diurno» de la imaginación un esquema de símbolos que se organizan en variedades excluyentes y antitéticas: luz-oscuridad, alto-bajo, fuerza-flaqueza, naturaleza-cultura, etcétera, dicotomías que el imaginario colectivo tiende a situar en ejes de positividad y negatividad. El método de Durand resulta de lo más útil para la crítica iconológica de cualquier obra de arte, y también para fijar eso que llamamos el «mundo propio» de un escritor en función de su preferencia por metáforas luminosas o sombrías, violentas o lánguidas, urbanas o selváticas y así.

El imaginario pesadez-levedad articula simbólicamente la novela dialéctica de Kundera. Los personajes padecen el sovietismo como carga, sueñan con aviones como una liberación, entienden el peso de la persona amada como ese cauce de dominación recíproca que es el acto sexual. Es un texto poco estructurado, que fluye en meandros alegóricos y se embalsa en lagunas de reflexión, y que pasa del tono cenagoso del existencialismo a los burbujeantes rápidos del humor procaz. Pero no se trata de una novela de tesis, sino de tesis (en plural). Al punto de que muchos de los breves y numerosos capítulos en que se divide cada parte del libro podrían funcionar perfectamente como ensayos autónomos, sobre la idea del eterno retorno nieztscheana o la ontología de Parménides de Elea, si bien sus conclusiones acaban reapareciendo luego para interpretar los giros imprimidos al destino de los personajes. Kundera es un novelista-filósofo, como lo eran Unamuno o Pirandello, y nos ofrece las coyunturas dramáticas de sus criaturas no para conmovernos sino para hacernos pensar. La pareja protagonista está formada por una mujer que no sabe responder a la opresión vital de la Praga soviética salvo con la entrega abnegada a su amado Tomás, un médico e intelectual disidente que acredita un coraje ético abstracto enfrentándose al régimen y siendo castigado por ello, pero cuya incapacidad empática lo convierte en un «mujeriego épico», un coleccionista compulsivo de amantes que no puede detener su carrera de infidelidades por mucho que sepa que están destruyendo a Teresa. La pareja de secundarios la forman Sabina, pintora de espíritu libre —tan libre que su propia ligereza acaba condenándola a la incapacidad para el compromiso, al aventurerismo de la traición constante, a la insipidez existencial que da título a la obra— y Franz, que en el picadero de la sofisticada y excitante Sabina se siente liberado de su insoportablemente convencional esposa Marie-Claudie.

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6 octubre, 2013 · 13:41

No intentéis hacer lo de Salinger en casa

Pynchon visto por Los Simpsons.

Pynchon visto por Los Simpsons.

En una sociedad que profesa la religión de los quince minutos de gloria warholianos no hay peor herejía que el anonimato voluntario. El éxito de las redes sociales se explica fácilmente: es la alquimia tecnológica que otorga al fin el premio de una fama efímera a la banalidad cotidiana del hombre y la mujer mesocráticos, anodinos, mediocres, ahogados en el bullicio deshumanizador de la gran ciudad. Hay la promesa de una breve proyección del ego al alcance de todas las cuentas. La búsqueda de una personalidad propia empieza a no ser un requisito de maduración vital sino el contenido exportable de un blog. Por eso sorprende tanto que las personalidades verdaderamente poderosas, las que manan originalidad y talento de un modo natural, opten por la reclusión obsesiva y la intimidad a cal y canto.

Pero quizá no debiera ser tan sorprendente; quizá la vulgaridad propenda necesariamente al exhibicionismo como lenitivo de la insoportable levedad del ser. Quizá el silencio y la excelencia se celen mutuamente, como parece probar la historia de la genialidad humana, lo que no libra al discreto de la sospecha de que en realidad no tiene nada que decir.

Sea como fuere, se anuncian novedades librescas que involucran a Jerome David Salinger y a Thomas Pynchon, los dos últimos grandes reclusos y malditos de las letras estadounidenses si exceptuamos al suicida David Foster Wallace, cuyos inéditos últimamente proliferan de un modo que pone en peligro la sacral condición underground del autor de La broma infinita. Salinger resucita con fuerza en Estados Unidos, donde acaba de publicarse The Private War of J.D. Salinger (en España la publicará Seix Barral bajo el título genérico de Salinger), una biografía de 698 páginas que ha llevado nueve años y 1,5 millones de dólares de trabajo a sus autores, Shane Salerno y David Shields. Salerno es también responsable de un documental sobre la vida del legendario autor y del anuncio más esperado de las letras anglosajonas, según el cual Salinger (Nueva York, 1919 – New Hampshire, 2010) dejó instrucciones medio cabalísticas para dar a la imprenta cinco manuscritos a partir del quinto año de su muerte y durante los cinco siguientes. Eso supone que entre 2015 y 2020 verán la luz La familia Glass, una colección de cinco relatos protagonizados por la mítica familia de Franny and Zooey; otra colección de cuentos que bajo el título, The Last and Best of the Peter Pans (Lo último y lo mejor de los Peter Pans) contiene al parecer nuevas historias sobre los mismísimos Caulfields, con presencia del inolvidable narrador de El guardián entre el centeno; un manual de Vedanta, corriente del hinduismo en donde recaló definitivamente tras su paso por el estoicismo de Epicteto y el budismo zen; y por último dos nuevas novelas: una inspirada en su corta relación con su primera esposa, Sylvia Welter, y otra basada en sus traumáticas experiencias durante la Segunda Guerra Mundial, en la que participó a partir de 1942, portando el manuscrito a medias de El guardián entre el centeno y sentándose a aporrear la Olivetti en mitad del caos como en la Primera Guerra Mundial hiciera otra alma atormentada y genial que parió entre trincheras el Tractatus: Ludwig Wittgenstein. A ver cómo escribimos ahora obras maestras en esta Europa tan pacífica.

Así que se ha declarado el cerco total al enigma salingeriano, y sus innumerables lectores –¿quién no ha fantaseado con la muerte de Salinger para tener acceso por fin al inédito más precioso de su cajón blindado de Cornish, New Hampshire? – nos beneficiaremos de ello. Otra cosa, como bien apuntaba en Tercera de ABC del 9 de septiembre el crítico Juan Ángel Juaristo, es que vaya a resolverse “el supuesto misterio de su personalidad, cuando probablemente no haya nada que resolver”. La neurosis siempre es enigmática, pero más allá de la obvia estrategia publicitaria que late en este boom Salinger –y del que participó lucrativamente su propia hija Margaret cuando en aquella biografía parricida reveló que su padre ingería su propia orina y que no le compró aquel osito rosa que tanto le gustaba– estamos de acuerdo en que la opción radical por el enclaustramiento, aunque puede llamar la atención del público general, ni necesita claves hermenéuticas inconfesables ni hace más interesante a un escritor. Salinger figura en la historia de la literatura por haber alumbrado una forma nueva y eficacísima, insuperable, de narrar la ambigüedad conmovedora que sacude el corazón humano en su estadio adolescente; también por haber engendrado narraciones de una potentísima carga metafórica bajo su aparente costumbrismo, y por retratar la genialidad psicológica de una familia de superdotados. Y creo que esas virtudes estrictamente literarias son las que sostienen el éxito de Salinger, como se sostiene el prestigio de todos los raros que Vila-Matas reunió en su ya clásico Bartleby y compañía. Por el libro desfilan los genios de la escritura que un día prefirieron no hacerlo pero que para entonces ya habían conquistado la gloria, o su renuncia no sería noticia.

Thomas Pynchon (Nueva York, 1937) no está muerto todavía pero como si lo estuviera. La más reproducida de sus fotografías, a falta de otra cosa, lo viste de marinero durante el servicio militar. Y no hay mucho más, aunque se sabe que vive y pasea por Manhattan. Sus 76 años de vida sólo han dado para ocho obras: la octava, The Bleeding Edge, acaba de salir del horno y al parecer es una novela ambientada en la Nueva York de los meses previos al 11-S y del pinchazo de la burbuja de las “punto.com”. La fobia social de Pynchon, que ya publicó otra novela –Vicio Propio, en vías de ser adaptada al cine por otro raro, Paul Thomas Anderson– hace tres años, no conlleva el mutismo radical de Salinger, quien sólo rompió su encierro para conceder una entrevista telefónica a The New York Times en 1974: «Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer». Claro que la comparación entre ambos genios neoyorquinos puede antojarse apresurada: “Mientras uno optó por meterse en una platónica gruta en New Hampshire, el otro se hizo escurridizo, ilocalizable”, distingue con lucidez Antonio Villarreal en un artículo reciente.

Sea cual fuere la forma y el grado que adopte la misantropía, no creemos que se trate precisamente de un rasgo escandaloso en un escritor, cuyo oficio exige soledad como el de periodista exige ruido. Los casos en este mismo siglo son demasiado numerosos y relevantes como para considerar el de escritor furtivo un paradigma extravagante: Rulfo, Onetti, Cormac McCarthy –que concede una entrevista cada diez años–, la Nobel Elfriede Jelinek, la eterna candidata Joyce Carol Oates, nuestros Carmen Laforet y Sánchez Ferlosio y un largo etcétera de eremitismo temperamental. La dolencia no es privativa del escritor: tenemos documentados casos sonoros entre artistas de todo género; incluso entre los talentos del séptimo arte, que es el arte popular por definición, topamos con el divismo inaugural de Greta Garbo o la manía de clandestinidad de Terrence Malick. El mayor guionista de Los Simpsons, John Swartzwelder, es otro huraño célebre al que quizá por eso mismo –por una como empatía de antipáticos– le hizo Pynchon el favor incalculable y bienhumorado de prestar voz a su propia caricatura en dos capítulos de la aclamada serie televisiva. También los grandes empresarios contraen en ocasiones la enfermedad de la discreción absoluta, siendo Amancio Ortega el icono paradigmático; aunque quizá aquí el morbo se limita al deseo pancista de que nos cuente cómo amasó su fortuna.

Ahora bien. Hemos de aconsejar al aprendiz literario que no intente hacer esto en casa. El bartlebysmo –sin duda el más sofisticado de los esnobismos– sólo funciona en los medios cuando el protagonista ha hablado alto y claro con anterioridad. El silencio sólo es atractivo cuando el que calla ha contado lo suficiente como para que sepamos que aún tiene mucho que contar.

(Publicado en Suma Cultural, 21 de septiembre de 2013)

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Martín de Riquer, que buen caballero era

Solo el más grande cervantista vivo podía morir dejando a su último auditorio estas palabras:

–Me extraña que les interese que hablen de mí.

“Llaneza, Sancho, que toda afectación es mala”, aconsejaba el de la Triste Figura a su infatigable escudero en una de esas ocasiones del libro en que Cervantes habla directamente por boca de su loco personaje. Y por eso el mejor lector que Cervantes tuvo en el siglo XX español y que era Martín de Riquer –Martí en la intimidad–, con la verdadera modestia del sabio, no se explicaba que la presentación de su biografía concitase alguna expectación.

Uno tuvo la suerte de cursar una asignatura semestral en Filología que se llamaba, sencillamente: “Cervantes”. Seis meses hablando exclusivamente de Cervantes, y en concreto del Quijote, en el año además del cuarto centenario de su publicación. Me hice con la edición canónica de Martín de Riquer, cuyo aparato crítico estaba sabiamente dosificado para instruir sin abrumar, y leí entera la novela de novelas en 15 días. Se habla tanto del Quijote que no se lee ya, y sin embargo cuando se lee enseguida se explica uno lo mucho que se habla de él, y todavía le parece muy poco. El Quijote justifica una vida dedicada a su estudio como la de Riquer, a quien ahora se entierra en su Barcelona natal con 99 años cumplidos y en medio de la bárbara ignorancia –cuando no premeditado desprecio– que la figura del gran filólogo catalán merece a la intelligentsia catalana, parece que irreparablemente entregada a la construcción mítica de una nación. ¿Por qué no presumir de que el mayor cervantista del mundo fuera catalán? Porque no era nacionalista, claro. Había leído demasiado como para eso.

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19 septiembre, 2013 · 14:36