Antes de comenzar la batalla, el valido dispuso con cuidado una botella de agua en la mesa de su escaño como invocando la resistencia psicológica de Nadal. Iba a necesitarla frente a las baterías de la oposición, cargadas de razón fiscal, municionadas por la sucesión de escándalos que apuntan a Félix Bolaños como muñidor de una amnistía empantanada y corrosiva que cae sobre la calidad democrática de España como el ácido sulfúrico sobre la piel de un bebé.
Un designio cruel ha querido enfrentarme al documental sobre la génesis de We are the world y a la final del Benidorm Fest con pocas horas de diferencia. Caprichos del dios salvaje del algoritmo. El himno de 1985 contra la hambruna en Etiopía siempre me ha resultado incomestible, como nuestros tomates a Ségolène Royal. La letra es una redacción escolar -ahí se ve la mano de Michael Jackson– y la melodía cae como una melaza espesa sobre los tímpanos de su víctima hasta colapsarlos por completo. No cabe descartar que We are the world haya provocado más guerras de las que ha evitado. Pero el documental sobre el hito formidable de su grabación -una sola noche agotadora, una constelación de genios mitológicos currando juntos gratis como dóciles becarios- me ha reconciliado con el tema. Ahora lo oigo sereno.
Excelentísimo señor Álvaro Redondo Hermida. Tres días en la vida de un hombre dan para mucho. En tres días un pagano puede escuchar la voz de Dios, como Saulo camino de Damasco. O puede jurar amor eterno a una mujer apenas entrevista, como le sucedió a Dante al topar con Beatriz en Florencia. O puede destruir su reputación ante los ojos de todos los españoles, empezando por sus compañeros de carrera, que no dan crédito al cambio obrado en su criterio jurídico entre el 26 y el 30 de enero, fecha en que se reunió con su superior jerárquico, primer fiscal general reprobado por desviación de poder.
Aún no sé si me cae mejor Pablo Iglesias o Carles Puigdemont: saldré de dudas al final de esta legislatura. Naturalmente ambos líderes encarnan proyectos odiosos para cualquier español que aprecie la convivencia, la libertad y la democracia. Pero en su solitaria resistencia al abrazo letal de Pedro, en su casta negativa a ofrecerse en la cama redonda de saldo y neón donde ya retozan Otegi y Junqueras, brilla un rasgo de carácter que valoro:la rebeldía de quien señala la desnudez del emperador. Precisamente porque nadie ha embaucado tanto como Iglesias o Puigdemont, los dos están vacunados contra los susurros del gran seductor. Son dos radicales libres, inasequibles a la corrupción de su ideal, por más totalitario que ese ideal resultara en la práctica. Viajan atados al mástil de sus naves a la deriva, sordos al hechizo de las sirenas socialistas, que cantan más alto que ninguna criatura del país.
Sigo con interés la evolución de la guerra civil ideológica en el seno de la izquierda occidental. Y no puedo evitar tomar partido por las voces que se alzan contra el secuestro del progresismo por parte de la ideología woke. Cada vez se pronuncian con mayor claridad y menos miedo, y al hacerlo desatan la ira cancelatoria de las patrullas de la identidad, y al sufrir su persecución desenmascaran eficazmente la naturaleza reaccionaria del movimiento woke,quod erat demonstrandum. Tampoco es casualidad que el protagonismo de esta lucha emancipatoria recaiga últimamente sobre el coraje de ciertas pensadoras, antes que pensadores, porque la variante queer del wokismo pone en tela de juicio la posibilidad misma de la condición femenina: cuestiona la existencia biológica de la mujer.
Cumplió Junts su amenaza y tumbó la ley de amnistía porque no era lo suficientemente integral, es decir, lo suficientemente humillante para la democracia española. Ahora el partido de Pedro tendrá que sentarse otra vez en la Comisión de Justicia, con el dilatador puesto, para que pasen por el esfínter del articulado la alta traición, el terrorismo malo, las evasiones de los Pujol y una remesa de pinganillos con traducción simultánea al ruso. Si Irene Lozano hubiera trabajado para Dostoievski, en lugar de Crimen y castigo habría titulado Poder y amnistía.
Lo advirtió hace dos décadas don Pasqual Maragall en el diario sanchosférico de la mañana, de la tarde y de la noche: «Madrid se va». Y efectivamente, en este tiempo Madrid se ha ido. Pocas noticias tan simbólicas del adelantamiento como la Fórmula 1, que Cataluña solo podrá retener a costa de una inversión pública adicional al amparo del dopaje financiero que detrae el separatismo de su rehén monclovita. Y ni así está claro que puedan convivir ambos premios.
Será cosa del tópico (o no), pero lo cierto es que la política gallega es enemiga de la rotundidad y reacia a las sorpresas. Premia la constancia, la presencia y la moderación. Y castiga a los extremos, a los paracaidistas y a los candidatos de laboratorio. Eso explica las encuestas positivas de Alfonso Rueda (PPdeG), pero también la persuasiva piel de cordero de Ana Pontón (BNG), las pobres expectativas de José Ramón Gómez Besteiro (PSdeG), los negros augurios de Marta Lois (Sumar) y la irrelevancia total de Álvaro Díaz-Mella (Vox).