Cuando Verne anticipó el terrorismo contemporáneo

[Ayer, viernes 19 de abril, se presentó el tercer número impreso de Jot Down en la librería Tipos Infames de Madrid. Dicho número acoge generosamente este ensayo sobre la debilidad literaria y la fortaleza ficcional de Julio Verne, una de cuyas anticipaciones más originales -piensa uno- no fue otra que el terrorismo contemporáneo. Lo reproduzco aquí ahora por si sirviera para abrir un apetito más amplio de esta golosina]

Estaremos todos de acuerdo en que Julio Verne no es un gran escritor, un artista inmortal. El artista inmortal debe legar algo de su peculiar talento al arte que eligió practicar, alterando para siempre su decurso en alguna exquisita medida, hacia algún caprichoso meandro. Verne no inventó el estilo indirecto libre ni el monólogo interior, ni perfeccionó el perspectivismo psicológico, ni domeñó un estilo propio y brillante, ni dotó a sus historias de hondas repercusiones morales, ni armó un mundo vasto y sutilmente interconectado, ni modeló un personaje arquetípico que antes no existiera y que después continuara sirviendo de significativo espejo a los hombres o mujeres que leen para entender lo que les pasa. Las novelas de Verne no enriquecieron la historia de la literatura. Pero sí la de la ficción. Y mucho.

Si aceptamos la dicotomía fundamental de Pla, hay una literatura de observación y otra de imaginación. La primera se dirige a la realidad y asume modestamente su límite descriptivo, aunque Pla consideraba esa modestia la más ardua brida, el entrenamiento más exigente, el mérito más artístico al que podía aspirar la mentirosa vanidad del escritor, y tenía razón. La segunda abre su campo ingente a temperamentos fantasiosos, de poco escrúpulo y mucho hartazgo de este mundo que se les queda irreparablemente pequeño. Estas personas, estos escritores, no tienen tiempo –ni capacidad- para el adorno del arabesco ni el calado de la perspectiva: les arde la pluma en la mano imaginando no lo que no ha pasado pero podría pasar, que es la definición aristotélica –realista- de literatura, sino lo que jamás podría pasar de ningún modo, y qué importa. Saben sin embargo que la literatura de evasión no lo justifica todo en la mente calenturienta del creador, porque para evadirse hace falta que el lector se reconozca en ciertos tipos y caracteres, así como debe tender con facilidad las analogías necesarias entre El País de Nunca Jamás y el suyo propio, o la ficción no funcionará.

No nos referimos ahora a la capacidad alegórica de Kafka cuando idea la peripecia disparatada –y sin embargo creíble, horriblemente real para muchas personas del siglo XX- de un comerciante de telas de 23 años que amanece convertido en insecto y es despreciado –justamente porque es creído- por sus padres y por su hermana. Hay una verosimilitud en La metamorfosis, un pacto de lectura que evita que el lector cierre el libro al concluir la primera página exclamando con cerrilidad empirista: “Ningún hombre se convierte en cucaracha, no me lo creo”. El lector sabe que el autor quiere decirle algo a condición de que asuma lo inasumible, y sigue leyendo, y acaba descubriendo -vaya si lo acaba descubriendo- que Kafka dice la pura verdad. Pero eso es porque Kafka no es un escritor fantástico, sino un realista alegórico y un psicólogo puntilloso. De hecho los intentos alegóricos de los escritores de pura imaginación, como el señor Tolkien, suelen acusar una pobreza de detalles alarmante: el bosque queda muy aparente, pero como te fijes en un solo árbol se descoyunta el cuadro entero ante tus ojos.

Verne, por volver al tema, no es un artista inmortal, ni sus aventuras permiten más de un nivel de lectura, pero sí es un escritor de imaginación que ha pasado a la posteridad. Su campo no fue la fantasía neta sino ese territorio intermedio que la teoría de los géneros viene a denominar, mejor que ciencia ficción, ficción anticipatoria, género en el que luego brillarían Bradbury o Huxley con plenitud de rango literario. Verne sabía que escribía inocentes disparates, pero al mismo tiempo se hacía la ilusión de que la ciencia un día haría posibles algunas premisas inasumibles de sus tramas. Fue un positivista entusiasta y cerrado, influido por la escuela cientista liderada por su compatriota Comte, aquel filósofo tan loco que fundó la Sociología y que de tanto oponer la ciencia a la fe acabó fundando una religión laica atrincherada en dogmas positivos cuyo sumo sacerdocio ejerció él mismo, por supuesto. Las ficciones de Verne presentan esa misma fe paradójica y adanista en el poder taumatúrgico de la ciencia, y podemos disculparle, porque la biografía de Verne corre paralela al estallido tecnológico posterior a la primera Revolución Industrial, y todo ingenio mecánico parecía factible, y faltaban aún décadas para que el mito del eterno progreso saliera en forma de pavesas humanas por las chimeneas de Auschwitz. Fueron factibles su submarino, su helicóptero, su nave espacial para ir a la luna. En cuanto a la máquina del tiempo, seguimos trabajando en ello, porque como drástica solución a la crisis igual sale más barata que la aniquilación del Estado de Bienestar.

Verne era viajero y curioso, y su sincero y trabajado interés por la ciencia preconizó la figura del novelista-documentalista, que fía la verosimilitud de sus historias a una solvente impostura del crédito que aureola al rigor científico. Este tipo de novelistas no suelen conquistar los manuales de literatura, pero sí los corazones de sus banqueros. Verne, en todo caso, escribía mejor que Michael Crichton, porque la decadencia educativa es global y también ha afectado a los autores de best sellers. Verne es un novelista muy dueño de los recursos que exige la maestría narrativa, y yo aún creo –bien que no sé por cuánto tiempo- que un preadolescente de hoy es muy capaz de disfrutar leyendo con La isla misteriosa como yo lo hice en los lejanos años dorados de mi púber condición. Recuerdo perfectamente la nítida felicidad que me deparó aquella lectura. Y por eso creo que Verne no tiene ninguna necesidad de ser Cervantes o Joyce para acreditar un sillón orejero en el palco de la historia universal de la ficción.

Hemos afirmado que ningún personaje de Verne conquistó la dimensión del arquetipo novedoso, y es verdad. No tenía pulso don Julio para construir lo que su paisano Gustavo Flaubert construyó durante los cinco años de redacción de Madame Bovary, digamos. Pero si alguno de sus personajes logra trascender la planitud del tipo aventurero o científico, gentleman o rufián, pecador terrible o santo redimido, siendo una mezcla difusa y esotérica de todos ellos, ese es sin duda el capitán Nemo. El propio Verne se dio cuenta de que su criatura submarina reclamaba más protagonismo del que le había brindado el mero timón del Nautilus en 20.000 leguas de viaje submarino, así que lo recuperó para La isla misteriosa, donde tiene un cameo absolutamente estelar que redondea su estatura de personaje con relieve, atribulado, torvo, heroico o antiheroico en función de quien le mire y, en una palabra, moderno.

El Nemo que nos interesa es el de la segunda novela citada, el Nemo crepuscular y equívoco que confiesa su desgraciada y vengativa biografía a Ciro Smith y el resto de sus compañeros náufragos. Nótese que en La isla misteriosa Verne otorga el liderazgo del grupo humano no al marino Pencroff –y mucho menos al periodista Spillet, en un sabio ejercicio de realismo-, sino a Smith, un ingeniero defoeano gracias a cuyos enciclopédicos conocimientos la estancia de los náufragos en la inhóspita isla se vuelve a ratos un punto por encima de “confortable”, aunque cuatro por debajo de “molicie en el spa”. Es el científico pronóstico de una erupción volcánica realizado por Smith lo que lleva a los protagonistas a emprender la huida de la isla amenazada y a topar en ella con el Nautilus, fondeado en una cueva submarina bajo el volcán, y con su sombrío y solitario capitán. Nemo presiente que le llega su hora, que el volcán no es sino el instrumento natural elegido por una Justicia sobrenatural para cobrarse el castigo a su vida inconfesable, y es entonces cuando el vencido capitán del orgulloso Nautilus narra a sus fascinados huéspedes el secreto de su identidad, en unos de los clímax más memorables de toda la novelística de Verne.

Y es que en ese instante Verne consigna la más estupefaciente –y menos halagüeña- de sus anticipaciones: el terrorismo antioccidental. Nemo cuenta a los boquiabiertos náufragos que él es en realidad el príncipe Dakkar, hijo de un rajah indio que fue criado en Europa, donde no pudo asimilarse lo suficiente como para olvidar la vesania colonialista padecida por su familia. Nemo confiesa odiar todo lo que Inglaterra representa; detesta el imperialismo inglés que ha sojuzgado a su pueblo con mano de hierro durante décadas ominosas, del mismo modo que un etarra alimenta su odio asesino a España inventariando agravios a su pueblo, con la diferencia de que el colonialismo inglés está documentado históricamente. Narra el capitán a continuación el asesinato de su mujer y de su hija a manos de los sedicentes portadores de la civilización. Y explica cómo desde ese momento planeó la construcción del Nautilus como arma de destrucción masiva al servicio de su sed de venganza. La voz de Nemo parece enronquecerse cuando describe su pasión oceanográfica como un pretexto honorable para cultivar secretamente su misión terrorista: servirse de la superioridad tecnológica del Nautilus –el primer submarino de la historia- para perjudicar a Inglaterra en las batallas navales libradas al alcance del letal ingenio subacuático, o para directamente hundir con toda su tripulación aquellos barcos en cuyo mástil ondeara el nefando pabellón de San Jorge. (Incluso comparte Nemo, o mejor dicho Dakkar, formación británica con los yihadistas del 7-J londinense, nacidos ya en suelo inglés). Pero la carrera criminal de Nemo, cuya desproporcionada reacción a los abusos cometidos contra los suyos él había justificado toda su vida, toca a su fin y en el momento decisivo del balance el fanatismo se quiebra y deviene lucidez contrita. En señal de arrepentimiento y voluntad postrera de reparación, Nemo entrega el botín de sus rapiñas a Ciro Smith y a los demás supervivientes con el encargo de que inviertan tales riquezas en obras de caridad cuando arriben a tierra firme.

Tratándose del final del primer terrorista, el estallido autodetonado del Nautilus bajo el Puente de Londres con su capitán dentro –lo de los calzoncillos ya es opcional- habría resultado mucho más verosímil. Pero, señores, no olvidemos que Julio Verne era tan sólo un escritor de ciencia ficción.

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20 abril, 2013 · 17:01

La farsa perpetua de Yoko Ono

¿Abuelita entrañable o se trata de otra performance?

¿Abuelita entrañable o se trata de otra performance?

Hace unos días el nombre de Yoko Ono saltó a los teletipos españoles, siempre portadores de desgracia pero quizá demasiado tiempo a salvo de tan insidiosa presencia. Todos hemos coreado en el fragor de alguna báquica despedida de soltero eso de “¡La culpa de todo la tuvo Yoko Ono!”. Se trata de un himno dolorido y acusatorio en protesta por la separación de los Beatles, que probablemente no necesitaban la intromisión de una artista conceptual japonesa para justificar el completo hartazgo que se profesaban unos a otros a esas alturas de éxito desaforado. Lo inobjetable es que Ono firmó su mejor obra el 20 de marzo de 1969, día en que se casó con John Lennon en Gibraltar, dejando el listón del braguetazo internacional tan lejos del suelo que solo Tita Cervera pudo superarlo años después. Se calcula en 800 millones de dólares la fortuna amasada por la heredera única del mítico cantante tiroteado por un lector excesivamente identificado con los desequilibrios de Salinger.

–En este momento, algunas personas están tratando de hacer dinero fácil, y mientras tanto arruinan el futuro de este país, mediante una cosa llamada fracking.

Así de seria se muestra Yoko Ono en la página de la asociación AAF (Artists Against Fracking), que la contestataria nipona lidera y que reúne a celebrities como Robert De Niro, Alec Baldwin, Lady Gaga o Susan Sarandon. Todos ellos extremadamente preocupados por el dichoso fracking o fractura hidráulica, una técnica de explotación del gas natural embalsado bajo tierra mediante agresivas inyecciones de productos tóxicos que contaminan el suelo y liberan gases de efecto invernadero. Si hay algo que aborrece una estrella de Hollywood, aparte de los inspectores insobornables de timbas nocturnas, son precisamente los gases de efecto invernadero, como es sabido. El filisteísmo de las compañías de fracking causó en Yoko Ono un insomnio atroz, resistente incluso a la dulce melodía de Imagine, de modo que se puso al frente de la AAF, los ecos de cuya actividad soteriológica han llegado recientemente hasta Europa Press.

¿Es el activismo la manera que encontró Yoko Ono de combatir la condición descaradamente vicaria de su prestigio artístico? Todo apunta a que sí. La oriental señora de Lennon pasará antes a la historia del arte por recibir el abrazo corito de su cónyuge en aquella portada de álbum que por la pieza EX-IT que se exhibe en el calatrávico vientre de cetáceo valenciano o Ciudad de las Artes y de las Ciencias. Uno no es un experto en música y es justo consignar la buena acogida que entre la crítica especializada merecieron algunos de sus discos, sobre todo los de los noventa, libres de la inevitable sospecha acerca de su valía personal que lastraba los trabajos realizados en colaboración marital. Con esa inquietud renacentista propia de una sacerdotisa de la vanguardia –algo que en La Mancha resumirían así: “No te digo y te lo digo ”–, Ono también editó libros de dibujos y películas de arte y ensayo, siempre exponentes del más desatado experimentalismo. “Llegó a componer canciones que sólo existían en su mente, organizar conciertos en que el público tenía que imaginar por sí mismo la música que oía”, reza la Wikipedia, sin añadir la coda que sería de esperar: “Y ese mismo público fue luego el que acabó fundido con la lava de un volcán por el que se tiraron formando una ordenada comandita milenarista, tras donar sus ahorros al fundador”.

Lo presumible es que Yoko Ono, al averiguar en un día epifánico que no tenía talento, se pasó primero al conceptismo críptico para disimular la carencia y se entregó luego al activismo de progreso para seguir disimulándola sin perder plaza en el candelero de la cultura pop. La farsa perpetua, o sea.

Confesemos de una vez que no nos cae simpática Yoko Ono como no nos cae simpático el farsante en general y el artístico en particular. Sucede que el lenguaje de la crítica artística se ha encriptado hasta tal punto –un fenómeno muy parecido al que experimentó el lenguaje financiero, y con idénticos fines: la estafa a través del eufemismo– que el público se halla en un completo estado de indefensión frente a los abusos que se perpetran periódicamente en santuarios bufos como ARCO, que llamándose ferias usurpan la honestidad del título a eventos tan sinceros como la feria vacuna de Torrelavega, donde a las piezas se les puede mirar el diente para que no le timen a uno. No todo el arte contemporáneo es estafa, el arte contemporáneo es procesual y consagra antes la experiencia que el objeto, lo conceptual se dirige a la conciencia antes que a los sentidos, etcétera. Lo sabemos. Pero para protestar contra la guerra, Picasso pintó el Guernica. Para protestar contra el fracking, Ono monta una asociación y llama a los colegas. Que es lo que hace cualquier presidente de comunidad de vecinos.

(Publicado en Suma Cultural, 19 de abril de 2013)

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Una espada atravesará tu alma

La coincidencia es prodigiosa. Supongo que alguien más se habrá dado cuenta, aunque no vamos a levantarnos a mirarlo. Me refiero a la imagen restallante, conmocionada y conmovedora, que le ha valido el Pulitzer al fotógrafo Manu Brabo -esa b insidiosa, como la z de Letizia, pero igualmente legal-, segundo español en ganar uno de esos copetudos galardones que dan en Columbia. El primero fue otro fotógrafo, Javier Bauluz. Siempre dio España mejores pintores que escritores.

Brabo cubrió la guerra civil de Siria y capturó uno de esos momentos que en las guerras se encadenan con la negligencia de lo rutinario, pero que sacados de su contexto de ferocidad burocrática, es decir, llevados al punto de vista de los hombres en paz, adquieren súbito rango de icono. Cuántos milicianos caerían abatidos en parecida pose de martirio blanco a la de aquel que cazó Capa en Cerro Muriano, teorías de la manipulación aparte. Y es que eso es la guerra: el hábito de la barbarie; y el periodismo de guerra ha de ser su desautomatización, su individuación doliente o exaltante. Por eso es el mimado a la hora de los galardones: porque nunca habrá noticia más importante que la desarmante naturalidad con que los hombres aniquilan a otros hombres. Incluso a otros niños.

La Piedad de Manu Brabo.

La Piedad de Manu Brabo.

La coincidencia de la que hablo remite al célebre aserto de Wilde según el cual la naturaleza imita al arte, y no al revés. Todo en la fotografía de Brabo evoca -cómo no verlo- a la Pietà de Miguel Ángel, que representa la realización artística del dolor en abstracto, en estado puro. Las figuras, las causas, los efectos. Incluso la composición piramidal del grupo, las líneas paralelas de las piernas exangües, el brazo derecho que pende sin vida, la flaccidez oblicua de las cabezas de las víctimas -la de Cristo se vence a la derecha, la del niño a la izquierda-, el regazo que recoge el cadáver formando entre las rodillas que apuntan al espectador un embalse de sufrimiento. Wilde diría que esta analogía es plausible porque Miguel Ángel fijó primero el arquetipo estético del dolor por pérdida violenta de un ser querido, y en esta categoría archiva luego inevitablemente el espectador su visión del desconsuelo hecho realidad documentada.

La Pietà de Miguel Ángel.

La Pietà de Miguel Ángel.

Hay sin embargo diferencias de intensidad entre el arquetipo artístico y la realidad palpitante (o mejor dicho: la realidad que palpitaba hasta hace tan poco, que esa traumática privación es la que retrata el fotógrafo). Miguel Ángel, neoplatónico al fin, esculpe a una doncella serena que sujeta cualquier rictus de histeria; la cuota de verosimilitud trágica la cubre la mano izquierda de la Virgen, que se abre como inquiriendo una razón imposible: tratando de explicar, literalmente, el sindiós. El hombre que en la foto de Brabo sostiene a su hijo muerto se agarra a él con ambas manos y baja la cabeza descompuesta por el dolor pero sin aspaviento excesivo, porque cuando se sufre de verdad el teatro sobra.

Él también entiende ahora la amarga profecía que el viejo Simeón (Lc 2,35) le hizo en el templo a María cuando Jesús era tan solo un niño, como todos los niños de las guerras: «Y a ti, mujer, una espada te atravesará el alma».

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La ilusión de vender periódicos

Manuel Jabois, aquí de cuerpo entero, pasó fugazmente por Madrid para arreglarse la barba. Precisamente ese día lo había consagrado yo a talarme la melena, con lo que la cita para intercambiar experiencias capilares pareció obligada. Cenamos al tibio crepúsculo de Madrid, que será su Madrid muy pronto, prontísimo. Su primer cometido consistirá en desmentir la condición mitológica que le aureolea, pues por aquí ya cuchicheaban sobre él como los escoceses sobre el ictiosaurio de Ness, solo que en este caso la criatura existe, e incluso se arregla la barba. Ya les dije a Manuel y a Ana que pueden contar con mis pugilísticos brazos para la mudanza. Espero que Ana no se tome la declaración -puramente retórica, nacida de la expansión sentimental- al pie de la letra. Buenas son las mujeres.

Bienvenidos. Se os aguarda para rendir la capital. Tomaremos los rehenes que sean necesarios.

***

Recuerdo vívidamente la impresión lingüística -yo he sido un niño de impresionabilidad lingüística, y lo sigo siendo- que me causó la lectura de la primera crítica taurina. La firmaba Vicente Zabala Portolés en ABC, y me ganó para siempre esa parla ultratécnica pero llena de color, a caballo exacto entre lo científico y lo popular, decantación del miedo y la pericia acumulados por los toreros y por la afición durante siglos. Aquí, una magnífica muestra de mi amigo Márquez. Si la actual crónica política -con su abuso de la prosa teletipesca- profesase la misma riqueza expresiva y parecida atinencia a la precisión, los periódicos se seguirían vendiendo.

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Tú a Boston y yo con la Pantoja

Lo malo del periodismo parado es que el espíritu crítico no se aviene al estatismo y se amarga en el reproche incesante no ya de los hechos, sino de la cobertura que el periodismo activo dispensa a los hechos, y así no hay modo de descansar y de esperar la muerte. Causaron cierto bochorno en amigos míos periodistas –parados, claro, si es que aquel sustantivo no incurre ya en pleonasmo seguido de este participio- los reflejos artríticos, estatuarios, ficticios en suma demostrados por Televisión Española al respecto del atentado de Boston, del que los contribuyentes tuvieron noticia mayormente a través de los programas nocturnos de deportes y las tertulias de la TDT. Lo que es la cobertura se escogió una especialmente opaca, para entendernos, que lo mismo podía haber debajo un atentado que un regimiento de legionarios atracándose de puré de patatas cocido en los fogones de Master Chef.

Del atentado no sabemos pero de las protestas tuiteras sí debió de enterarse el director Julio Somoano, quien al día siguiente destituyó a su subdirectora bajo la peregrina excusa de un mail en que ella denuncia la ideologización de la cúpula de TVE. Uno, oigan, de ser Somoano habría esperado a que la mujer dijese una mentira para justificar el despido, más que nada por apurar la vocación de servicio a la verdad que ha de guiar al ente público. Me gusta particularmente escribir esta palabra, ente, con sus reminiscencias de metafísica tomista, participio de presente del verbo ser que inventaron los escolásticos para definir lo que está siendo. Que no siempre coincide con lo que está pasando.

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17 abril, 2013 · 11:58

Kermesse roja en Alcalá y fascismo de lujo en El Pardo

Está Madrid de un guapo subido una vez que ha estallado la primavera, a pesar de la manifa dominical de rigor. Las manifestaciones han sustituido en las sociedades secularizadas a las misas, de modo que el rito de paso semanal lo cumple el hombre de occidente repitiendo lemas en lugar de salmos responsoriales. Hoy, 14 de abril, la manifa debía celebrarse en favor de la república, naturalmente. Por la calle de Alcalá, entre Sol y Cibeles, unas falanges de tiernos ninis con un sentido de la coralidad digno de mejor causa voceaban consignas perentorias, rabiosamente ajustadas a la coyuntura histórica de España: «¡Partido bolchevique, le pique a quien le pique!», «Madrid se-rá la tumba del fascismo», «¡No pasarán!», «¡A, an-ti, antirrevisionistas!» y otras de pareja pertinencia y densidad conceptual. Me infiltré algo por entre el optimismo marcial de los camaradas, con cuidado de no atropellar ni a los veteranos artríticos del antifranquismo ni a las púberes canéforas del nuevo guevarismo, cuyo marcado rouge de labios resulta indiscernible del de las fans de Crepúsculo, y no podía evitar sonreír con ternura y aun contagiarme de indignación generacional, porque no hay derecho a que estas melancólicas expansiones constituyan el único ocio a que la crisis nos aboque. Estas kermesses heroicas continuarán mientras las autoridades se obstinen en penar el botellón.

Futura zamarra de La Roja.

Futura zamarra de La Roja.

Sabemos que hay dos clases de fascismo, el fascismo y el antifascismo, que la elección ya va en el gusto y temperamento de cada cual, y uno venía de todos modos vacunado de fascismo a secas porque pasó el sábado en El Pardo, el único palacio real de los cinco que hay entre Madrid y Segovia que aún no había visitado. Confieso una querencia natural hacia los palacios, el lujo refinado, las paredes ensedadas, el mármol pulido, los candelabros rococós, los frescos neoclásicos, los tapices flamencos, los camafeos de marfil, las mesas de malaquita, los techos estucados, las cómodas con reloj de bronce sobredorado y la vida aristocrática en suma, aunque temo no ser en nada de esto demasiado original. Pese a haber nacido con clara vocación de príncipe, fácticamente desgrano mis días en un piso céntrico de 30 metros sin calefacción. No se puede tener todo: el deseo y la realidad. En estos momentos, de hecho, he vuelto a constiparme y la nariz me gotea sobre el puto teclado.

English: Royal Palace of El Pardo, Madrid, Spa...

El Pardo, sede de reyes. (Wikipedia)

Al coqueto gusto dieciochesco de su arquitectura une El Pardo su emplazamiento bucólico como el cazadero real que fue y la reserva de monte mediterráneo que sigue siendo, cuyos gamos hemos visto tantas veces desde el tren, aplastando alborozados la nariz contra la ventanilla, de camino al colegio o de regreso de la redacción. Pero El Pardo justifica decididamente la curiosidad cuando se repara en el dato de que Francisco Franco, el general que ganó la guerra, fijó allí su residencia durante 35 años. La visita guiada te enseña el despacho de Franco, el comedor del consejo de ministros de Franco, la alcoba de Franco -con reclinatorio para súbitos rezos poscoitales, imaginamos-, la televisión de Franco -un soberbio ejemplar analógico de 1956 donde comparecerá el pelazo de Hermida si lo encendemos-, el baño pequeñoburgués de Franco. Y en realidad nada de eso era de Franco sino de la monarquía, que está representada en cada centímetro pintado de pared, lo cual efectivamente no parecía incomodar demasiado a Franco, que fue allí un intruso de confortable duración debido al respeto atávico que infunde en este país el eterno concepto de cojonudismo, sea color verde oliva, negro sotana o -más fehacientemente- morado bin laden.

Agustín de Foxá, a quien se deben algunas estrofas del Cara al sol, dejó escrito: «Lo que menos le perdono al comunismo es que me impulsara a hacerme falangista».

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Espada y la venenosa faloides de la leyenda

«La memoria de los diplomáticos europeos que trataron de salvar la vida de las comunidades judías cuajó por esa película. Se trata del mérito de La lista de Schindler y del cine de la historia, en general. La otra cara del mérito son los problemas que tiene cualquier escritor cuando vuelve sobre un hecho que el cine ha narrado y comprueba con desesperación que escribir es corregir»

Esta declaración de intenciones colada in medias res resume tanto el tema como la intención del laborioso libro que acaba de publicar Arcadi Espada. Durante cinco años, el periodista barcelonés, que se ha ganado a pulso la personalización terca del escrúpulo en el discernimiento entre fiction y faction, ha indagado en la gloria poco esclarecida que corresponde a un reducido grupo de inequívocos franquistas, capitaneados por el embajador Ángel Sanz Briz, que se jugó la vida por salvar la de millares de judíos durante el invierno caníbal que en 1944 desató el terror en la capital húngara, gobernada por asesinos de razas y asediada por criminales de clases. Por ese infierno minuciosamente recreado por el cine se movieron Sanz Briz y su equipo de justos –la secretaria Elisabeth Tourné, el abogado húngaro Zoltán Farkas y el judío italiano Giorgio Perlasca– y por aquel escenario semivelado se mueve, separando la leyenda de los hechos, la navaja de Espada para hacer aflorar una verdad histórica mucho menos provocadora de lo que parece: que hubo virtud no ya bajo el franquismo, sino directamente en su nombre. A estas alturas de trayectoria –heredera del talante antisectario de un Chaves Nogales–, al autor le importa poco contradecir la historiografía oficial antinazi que en toda Europa –no sólo en España– ha patrimonializado la izquierda, aunque ello le acarree la incomprensión de los que viven cómodos en la estricta simetría.

Porque En nombre de Franco logra acreditar que hubo «franquistas buenos»: heroicos, de hecho. Que Sanz Briz fue uno de los primeros diplomáticos europeos en alertar con un detallado y puntual informe de la puesta en marcha de la Shoah cuando nadie aún le daba crédito. Que, amparado oficialmente por la cadena de mando que, a través del falangista Javier Martínez de Bedoya, llegaba hasta el mismo ministro de Exteriores, Francisco Gómez-Jordana, usó la condición neutral de España en la contienda para expedir pasaportes españoles a judíos húngaros en trance inminente de deportación a los hornos nazis. Que la jerarquía franquista, evidentemente, no impulsó esta estrategia projudía por meras razones de humanidad, sino por cálculo político, pues su respaldo a las gestiones salvíficas de Sanz Briz se hizo más expreso según crecía la evidencia de que el Eje perdería la guerra. Que Sanz Briz abandonó la legación con el permiso del Gobierno español ante el riesgo cierto de muerte que corría cuando los rojos –a los que había combatido en la guerra civil española– entraran en Budapest, tras asegurarse que 2.295 judíos se hallaban sanos y salvos al día de su partida. Que su sucesor en la embajada, Giorgio Perlasca, continuó la labor salvadora y más tarde quiso atribuirse en los periódicos y en sus libros todo el mérito, encaramando su propia figura sobre la supuesta cobardía del español huido, cuya elegancia personal le impidió en vida blasonar de su gesta y cuya memoria no ha conocido el enaltecimiento debido hasta la publicación de este libro.

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12 abril, 2013 · 13:55

El coherente martirio del cantautor llamado Rodríguez

¿Por qué nos fascina la figura del músico Sixto Rodríguez que el oscarizado documental Searching for Sugar Man acaba de propulsar a los anaqueles más altos del culto pop? ¿Es su biografía o la perfección mítica de la historia -la búsqueda y hallazgo del genio perdido- lo que nos cautiva? ¿Es cierto eso de que el tiempo acaba canonizando a los mejores, que la impostura no se puede sostener, que el talento termina reclamando por sí solo su justo podio? ¿Son los estragos de la publicidad imprescindibles para fundamentar lo mismo una fama que un desprestigio, incluso que un cronopio? ¿Quién es el genio real, el héroe o su exégeta: Belmonte o Chaves Nogales, Aquiles u Homero?

Desde que vi la película no puedo dejar de escuchar las canciones de Rodríguez (Detroit, 1940), cuya efímera carrera musical se ciñe a dos discos, Cold Fact (1970) y Coming from Reality (1971), tan notables en su estricta aportación musical y literaria como estrepitosamente orillados por las mieles del éxito industrial. Con una poderosa excepción: la aldea sudafricana, que se mantuvo extraña e irreductiblemente fiel a las canciones de aquel desconocido cantautor folk de resonancias hispanas y procedencia yanqui hasta elevarlo a la categoría de Bob Dylan del apartheid en una era aún previa a la globalización digital. Rodríguez es, efectivamente, un letrista excepcional y un melodista de primer orden, una apostura icónica y una voz barrial más honesta aún que la de Springsteen. “Lo tenía todo para triunfar”, repiten una y otra vez en la película. Y sin embargo el tipo nacido para superestrella ha vivido como albañil en Michigan toda su vida, ajeno al éxito acotadísimo que cosechara en Sudáfrica, compatibilizando su curro en la obra con la licenciatura de Filosofía, la crianza de tres hijas y una frustrada carrera política por el ala izquierda, como corresponde a todo cantautor protesta que se precie. Ahora es famoso, claro, y aún sale de gira por ahí, pero el hecho cierto es que ya es tarde; que el éxito merecido le ha llegado cuando ya no podía disfrutarlo, y que su historia apuntala con extraña singularidad todas las dudas planteadas en el primer párrafo.

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12 abril, 2013 · 13:09