Monago o la oposición de la bellota

Yo no sé de qué sirve que Obama lidere el mundo libre si los países que vivimos a su imperial amparo no tomamos ejemplo. El presidente de Estados Unidos dispone de un completísimo servicio de documentación ciudadana –otros lo llamarán de espionaje– que le permite vedar de forma preventiva el acceso de individuos indeseables a las instituciones democráticas, y en cambio este pobre cronista, a todas luces inofensivo, fue esta mañana retenido por los probos funcionarios de las Cortes españolas durante un cuarto de hora como si uno llevase el intestino petado de bellotas de hachís, cuando ahí están mis cuentas en Facebook y en Twitter para descartar otro peligro que la escritura de artículos desenfadados y alguna foto pintoresca de despedida de soltero.

Cuando estimaron que mi ingenuo sentido del humor no representaba una amenaza para el súbito idilio que tienen puntualmente declarado Rajoy y Rubalcaba, me dejaron pasar. Y en cierto modo todavía debo agradecerles que me ahorraran así la pregunta de Foro Asturias y sobre todo de Duran Lleida con las que ha dado comienzo la sesión de control.

Cuando llegué, el dinosaurio todavía estaba allí. No es el modo más protocolario de referirnos a Rubalcaba, pero el hecho es que el longevo líder socialista trata de reinventarse en la coincidencia con Rajoy a mayor gloria de su esforzada pose de estadista. Rajoy, como me decía uno de sus estrategas esta mañana, no necesita en absoluto la mano tendida de Rubalcaba, pero la agarra a falta de agarrar de las solapas a Aznar o a Monago, que son su verdadera oposición.

–Hay una coincidencia en los objetivos. Estoy de acuerdo con usted en la posición común que debemos trasladar a Bruselas. Coincido con usted en el problema del crédito… –así salmodiaba don Mariano, en un obsceno espectáculo de pactismo que tan lejos se encuentra de nuestras tradiciones más acendradas.

¿Y cómo pretende el PP que Rajoy se parezca a sus gobernados, si rehúsa a la que puede el entrañable cuerpo a cuerpo con la izquierda y castiga a la derecha liberal con la más humillante de las indiferencias? Sólo Sáenz de Santamaría se presenta solícita cada miércoles a la función de poli malo del Gobierno, en simétrico papel al de Soraya Rodríguez, que ya se pega ella por su jefe. Yo no sé qué tiene que decir el feminismo a propósito de esta delegación de la violencia dialéctica en las mujeres que practican el líder del PP y el líder del PSOE. Desde luego no queda muy caballeroso, pero son tiempos muy locos, qué quieren ustedes.

–Señora vicepresidenta, la austeridad es un fracaso. Hemos visto cómo la televisión en Grecia se ha quedado en negro; ustedes también están llevando a España al negro. A este Gobierno le hace falta una vicepresidencia económica. Los estudiantes no tienen para matricularse. Ustedes están llevando a los españoles al empobrecimiento y a la exclusión…

Sáenz de Santamaría replica con el gran mantra gubernamental del momento, que es el no rescate de España. En retórica llamaríamos a esto la estrategia del lítote: el lítote es una figura que persigue establecer una afirmación indirecta a través de la negación de su opuesto. Por ejemplo, para dejar bien claro lo buena que está Megan Fox en un ámbito elegante, diremos: “La verdad es que a Megan Fox no la echaría de mi cama”. Del mismo modo, cuando Soraya enfatiza constantemente el rescate que no se produjo, desliza que España va bien sin decirlo. Y por si el aserto todavía queda demasiado sutil, remata con un golpe de esos que en boxeo están prohibidos:

–Su jefe acaba de hablar de la necesidad de fijar posiciones comunes: coordínese un poco con él.

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12 junio, 2013 · 18:33

Mantengan sus máquinas por debajo de los 233 °C

Me pongo a escribir cuando acaba de anunciarse el logro de células madre embrionarias a partir de un adulto; o sea, la Piedra de Rosetta de la clonación terapéutica. Representa, por supuesto, una noticia trascendental. La ciencia avanza que es una barbaridad. Los científicos, claro, se muestran orgullosos, pero es un orgullo que nuestra tecnificada sociedad de consumo tiene vedado a los humanistas. Sencillamente porque los humanistas van quedándose sin público ante quien enorgullecerse.

El admirable paradigma del hombre del Renacimiento, dominador de las ciencias tanto como de las letras, cuyo privilegiado enciclopedismo pudo datarse aún en los albores del siglo XX –pienso por ejemplo en el doctor Marañón-, hoy no sólo no es plausible sino que además resulta indeseable. ¿Para qué sirve un físico que haya leído a los clásicos grecolatinos? Únicamente para escribir artículos que solo leerán otros físicos que se preguntarán para qué sirve leer a los clásicos grecolatinos. Si aplicamos esta lógica rasa de un debelador pragmatismo a la universidad obtenemos como resultado el Plan Bolonia, que garantizará la extensión y la profundidad de la ignorancia humanística por toda Europa, donde ayer nacieron el Renacimiento y la Ilustración. La consecuencia la refleja el mercado con su inclemencia habitual: los licenciados de letras se mueren de hambre.

Y la cosa no queda ahí sino que, gracias a la perversa noción de gratuidad que ha instaurado Internet, irá a peor. Pero si vamos a ponernos distópicos, invoquemos a un profesional. ¿Quién no recuerda la siniestra cota de temperatura a la que arde el papel desde que Ray Bradbury la usara como título de su descorazonadora novela? Pues sí: los libros arden exactamente a 451 grados fahrenheit, lo que equivale a 233 grados Celsius. Pero Bradbury no era un bestsellerista de ciencia ficción. Su estilo seco, limpio y preciso, capaz de originales estallidos de adjetivación, no ofrece historias exóticas para aliviar las ganas de evasión del personal, que también, sino que ante todo le participa una preocupación inquietante por el reverso tenebroso que una tecnología desembridada depara a una comunidad teóricamente feliz.

La celestial Julie Christie en la adaptación cinematográfica hecha por Truffaut.

La celestial Julie Christie en la adaptación cinematográfica de Truffaut.

Esa novela emblemática de 1953 en que los bomberos queman libros por orden del gobierno para prevenir toda emergencia de espíritu crítico en sus gobernados es el desarrollo de un relato previo titulado “Los desterrados”, incluido en un volumen de cuentos que Bradbury publicó en 1951 bajo el título de El hombre ilustrado. El relato sitúa en Marte a un puñado de escritores clásicos que se han exiliado porque en la Tierra se ha decretado la quema general de todos los libros; cuando el último ejemplar de un autor se consume, ese autor queda simétricamente reducido a cenizas ante los ojos horrorizados de sus colegas de exilio. Edgar Allan Poe trata de liderar una revuelta contra los bárbaros autos de fe de los terrícolas, que acaban de amartizar para seguir quemando libros en el planeta rojo. Poe se persona en casa del huraño Dickens para pedirle apoyo:

–Hace un siglo, en la Tierra, en el año 2020, proscribieron nuestros libros. Oh, algo horrible. Destruir así nuestras obras… (…) Hemos pasado un siglo entero en Marte, esperando que la Tierra se ahogara a sí misma con el peso de sus sabios, y las dudas de sus sabios. Y ahora vienen a arrojarnos de aquí, a nosotros y a nuestras tenebrosas creaciones, y a todos los alquimistas, brujas, vampiros y espectros que, uno a uno, se retiraron al espacio. La ciencia infestó la Tierra, sin dejarnos finalmente más salida que el éxodo. Ayúdenos, señor Dickens. Habla usted con mucha elegancia. Lo necesitamos.

El cuento acaba mal, como exige la distopía fetén. En ese mismo volumen Bradbury nos habla de estereoperiódicos montados sobre un casquete que pasa de página cada tres parpadeos; de casas inteligentes cuyas mesas segregan el desayuno ya preparado; de una esposa amantísima que para demostrar amor a su marido astronauta desconecta, la víspera de cada viaje interestelar, todos los aparatos y le cocina por sí misma, lo que sugiere un interesante silogismo: a más primitivismo, mayor humanidad. Recorre el libro una desconfianza cerval hacia la tecnología, igual que en la odisea espacial de Arthur C. Clarke. Cuando la ciencia infesta la Tierra, dice Bradbury, fuerza el exilio del humanismo, no admite mezclarse con él como propugnaba la vieja Ilustración. La epigenética incorporará evoluciones físicas adaptadas al nuevo medio enteramente audiovisual: quizá nos crezcan los ojos y los oídos y se nos afinen las yemas de los dedos y perdamos del todo la habilidad verbal. Y entonces ni siquiera resultará descifrable un texto de Bradbury que permita a un futuro lector improbable murmurar: “No podemos decir que no nos lo advirtieran”.

(Revista Leer, número 243, Junio 2013)

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11 junio, 2013 · 14:36

¿Hubo cordobeses cultos en la Edad Media?

Maimónides en la judería cordobesa.

Maimónides en la judería cordobesa.

Acaban de echar el cierre las jacarandosas casetas de la Feria de Córdoba que en este mayo he conocido por primera vez. Córdoba es una ciudad milagrosa, más discreta que Sevilla y más honda que Granada, celosa de su centro imponente de cal cristiana y arena mora, recorrida por mujeres de una belleza cruel y mitológica. El displicente carácter cordobés obedece, creo yo, a la añeja conciencia de un linaje demasiado glorioso como para necesitar publicidad, blasonado por estoicos de la pluma o del estoque desde Séneca hasta Manolete, por filósofos heterodoxos como el rabino Maimónides y el musulmán Averroes, por poetas como Luis de Góngora o el admirable Ibn Hazm, quien nos legó este impresionante cántico a la libertad individual –les madruga en unos cuantos siglos el ideal emancipatorio, renacentista e ilustrado, a Giordano Bruno y a Juan Jacobo Rousseau– cuando se enteró de la quema pública de sus obras en la taifa de Sevilla:

Dejad de prender fuego a pergaminos y papeles,
y mostrad vuestra ciencia para que se vea quién es el que sabe.
Y es que aunque queméis el papel,
nunca quemaréis lo que contiene,
puesto que en mi interior lo llevo,
viaja siempre conmigo cuando cabalgo,
conmigo duerme cuando descanso
y en mi tumba será enterrado luego.

Corría el siglo XI, y Córdoba perdía la capitalidad económica, cultural y política del mundo conocido al compás de la decadencia de la dinastía omeya y la quiebra correlativa del califato, que se disgregó en taifas autónomas y vulnerables para alborozo de los reconquistadores cristianos. Ibn Hazm era hijo de un ministro de Almanzor, había llegado a visir y no quiso o no pudo adaptarse a los nuevos tiempos, que es lo que haría cualquier tertuliano avisado de nuestros días con el cambio de color de una legislatura. Su defensa del legitimismo omeya, apellido que había patrocinado durante el esplendoroso siglo X una edad pocas veces igualada de refinamiento cultural, le acarreó el dictamen de heterodoxia primero y la orden de destierro después, como suele pasar siempre que adviene un revolucionario resentido a arrellanarse en el cojín de tus padres, tipo miliciano del 36 en el Barrio de Salamanca. Cuando Ibn Hazm comprendió que de obstinarse en la política acabaría entregando el cuello al alfanje, decidió torcer por la filosofía, el derecho y la poesía amatoria, para enhorabuena de la Filología: confeccionó El collar de la paloma, híbrido de tratado filosófico sobre el amor, memorias y antología lírica que forma una de las cumbres más incontestables de la literatura medieval. En ella vemos compilado el saber humano disponible en la aristotélica Córdoba de su tiempo, que no es la Córdoba de las Tres Culturas ni falta que le hace, porque la cultura nunca es una ósmosis colectiva ni homogénea: no existe algo así como Cultura Uno saludando por el zoco a Cultura Dos; existen los individuos cultos cultivándose unos a otros. Hazm lo era y por cierto que pagó el precio.

Otro cordobés culto de quien la editorial Renacimiento de Sevilla acaba de publicar su obra más célebre, Guía para descarriados, fue el judío Maimónides, que vivió un siglo después que Ibn Hazm y al que el judaísmo considera el único rabino posbíblico parangonable a los autores del Viejo Testamento. Maimónides fue teólogo, filósofo, médico prodigioso y amigo de Saladino, pero lo que de verdad le caracterizó fue la lectura de Aristóteles, que le persuadió de la bondad del uso de la razón más allá de lo razonable en su tiempo. El fanatismo almohade invadió en 1148 la Córdoba otrora ilustrada, forzando a la familia de Maimónides a fingirse conversos al Islam y a cambiar de provincia andaluza cada tanto, no bien se atisbaban moros en la costa. Como judío en un Al-Ándalus mahometano e inteligencia de primer nivel, Maimónides dominaba el árabe tanto como el hebreo, el Corán tanto como el Talmud. Pero eso de meterse a exégeta coránico bajo el escandaloso presupuesto de la armonía entre fe y razón no gustó nada a los almohades, más partidarios de la literalidad pura, que siempre es el partido que toman los tontos. La comunidad hebraica más ortodoxa no se privó tampoco de anatematizar esa Guía para descarriados que propone al judío vacilante el uso resuelto de la razón natural para todos los ámbitos de la vida no intervenidos por el dogma de fe. Por el contrario los cristianos –en concreto la escolástica– sí valoraron en lo debido los esfuerzos de Maimónides hacia un sincretismo plausible entre aristotelismo y religión que no mucho después aprovecharía Tomás de Aquino con los monumentales resultados sabidos. Huyendo de los almohades fijó Maimónides residencia en Almería, y en ella cobijó a su admirado Averroes, cuyas tesis helenizadas tampoco despertaban digamos un entusiasmo paroxístico entre sus hermanos musulmanes. Y ahí tienen ustedes al moro más listo conviviendo con el judío más inteligente para edificación del cristiano más sabio y a escondidas del régimen más lerdo, que finalmente obligaría a Maimónides a exiliarse a Egipto.

Todas estas aventuras intelectuales y algunas más sucedieron en Córdoba en los albores del segundo milenio de nuestra era. Ahora que alborea el tercero queremos decir que la inteligencia y el conocimiento, al contrario de lo que piensan los pedagogos de progreso, no constituyen metas garantizadas al término de la carrera lineal de la historia, como tampoco constituirán nunca etapas superadas el dogmatismo y la intolerancia, porque la historia no es lineal y se repite como farsa. Queremos decir también que civilizaciones ha habido muchas, y religiones importantes tres, pero cultura sólo hay la que construyen los hombres solos doblados de codos sobre los libros clásicos. Queremos decir por último que el autodidactismo es la gimnasia crónica del hombre libre, y que sin ir más lejos Twitter está infestado de almohades.

(Publicado en Suma Cultural, 10 de junio de 2013)

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Defenderé la casa de mi padre

Un jurado bruselense presidido por la señora Anni Podimata ha resuelto otorgar ex aequo el premio del Parlamento Europeo a la hueste prodemocrática de Ada Colau por un lado y a la Real Academia de la Lengua Vasca por otro, y yo creo que la señora Podimata no podía haber alcanzado un fallo más atinado, ni juntado dos candidaturas mejor hermanadas en la persecución de un ideal común.

Veamos. El conspicuo galardón, rezan sus bases, se concede «a personas u organizaciones excepcionales que luchen por los valores europeos, promuevan la integración entre ciudadanos y los Estados miembros o faciliten la cooperación transnacional en el seno de la Unión». ¿Y qué duda cabe acerca de la excepcionalidad del euskera, cuya raíz lingüística se sigue buscando allende el Cáucaso, como acerca de la excepcionalidad del escrache, cuya raíz jurídica se sigue buscando allende el Código Penal? No cabe dudar tampoco de que la Plataforma de Afectados por la Hipoteca difunda valores europeos, porque Europa ha contenido y contiene valores de todo tipo, desde los valores cándidos de Francisco de Asís a los valores pelín exigentes de Robespierre, y tal es la vocación contenedora de Europa que se la conoce también como Viejo Continente. A lo largo de la historia cada cual lo ha ido llenando de los contenidos que ha estimado oportunos, del mismo modo que un becario voluntarioso llena de contenidos su blog balbuciente; otra cosa es que les quieran dar un premio a una prosa de becario o a una plataforma de acoso.

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9 junio, 2013 · 19:02

Mi cameo en ‘Manu’, de Jabois

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, un fragmento del nuevo dietario que acaba de publicar Manuel Jabois (Manu, Pepitas de calabaza, 10 euretes de nada), que presentó el pasado 1 de junio en la librería Tipos Infames de Madrid y que anda estos días luminosamente disponible en la Feria del Libro. Lo reproduzco con la descarada vanidad que me causa su cariñosa mención y con el deseo de promover su venta, si es que ello está al alcance de mis pulmones. Publicaré una reseña de Manu -a quien conozco personalmente, y ese niño moreno y asombrado ha nacido para conductor de pueblos- en el número de julio de la Revista Leer. Entretanto brindo este aperitivo por lo que me toca, y me toca mucho, porque en Jabois yo no distingo al amigo cordial del autor que me enseña cosas en cada texto. Por lo que respecta a la veracidad de lo narrado, por supuesto, no cabe dudar de una sola coma.]

(…) Nos fuimos a Madrid de nuevo, esta vez para firmar en la Feria del Libro con los jóvenes de Libros del KO. Tres de las personas que más me ayudaron fuera de Galicia estuvieron allí ese fin de semana: Elvira Lindo, Alfonso Armada y David Gistau. Con Gistau comimos varios, entre ellos Jorge Bustos, por el que siento una veneración contracultural desde que se presentó en Pontevedra para conocerme como si yo fuese Salinger y me negase a salir de mi escondrijo; bebimos licor café y cuando parecía que nos íbamos a liar a copazos cogió su macuto y se fue corriendo.

-¿Pero ya está? –le pregunté.

-Sí, sí. Si yo he venido a conocerte, nada más.

El calientapollas me dejó volviendo a casa a las once de la noche muerto de vergüenza sin saber qué decirle a Ana.

-Va a pensar que soy un aburrido, Jorge, quédate un poco más, no me hagas esto.

-Qué va, qué va, me esperan en otro lado.

-Qué es, ¿otro columnista?

-No me lo hagas más difícil, Manuel.

El taxista, que acariciaba de vez en cuando el crucifijo del espejo, estaba alucinando.

-Esto parece una cita por Internet que ha salido mal, Jorge, no me jodas.

Tanta prisa tenía por alejarse de mí que al llegar a la estación y ver que había salido el tren, le pidió al taxista que lo llevase a la siguiente parada, que está a cuarenta kilómetros. Persiguiéndolo, persiguiéndolo, lo mismo le alcanzó coger el vagón para los últimos dos kilómetros.

En Madrid hubo revancha y no paré de meterle copas por la boca hasta que se dobló sobre sí mismo a las puertas del Matadero y tuvimos que recogerlo entre varios. Madrid, también, me procuró la amistad de Israel Vicente, que me regaló dos entradas para San Isidro para ir con Ana. Pero a Ana el calor de Madrid le complicaba por momentos la salud, acarreando de un lado a otro la barriga a tontas y a locas pendiente de nuestros caprichos, y terminamos Jorge y yo bebiendo cerveza y haciéndonos fotos en el tendido mientras Israel, no sabíamos desde dónde, nos espiaba, pues de vez en cuando enviaba mensajes riñéndonos (si bien ninguno como el primero, cuando me hizo ver que salía el cuarto toro de la tarde y aún no estaba en mi localidad; había ido a saludar a San Sebastián de los Reyes al mismísimo Alsina, que me deprimió un poco por joven: los jóvenes en general, cuando destacan tanto, provocan profundas depresiones incluso a los que aún son más jóvenes. “Ya nunca podré ser locutor estrella”, le dije a Ana a la vuelta, “ni futbolista, ni ministro, ni corrupto; y mira Bustos con treinta: ni columnista voy a poder ser”).

Jabois y uno en Las Ventas, junio de 2012, en la desenfadada actitud que describe el relato.

Jabois y Bustos en Las Ventas, junio de 2012, en la desenfadada actitud que describe el relato.

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Volver al boxeo

Hace poco que han dejado de temblarme los dedos, así que aprovecharé para contaros este día gozoso de regreso a los entrenos de boxeo en el Metropolitano. Si habéis pegado al saco con cierto método alguna vez reconoceréis ese párkinson puntual que os agita las manos tras el ejercicio como si acabaran de daros un susto tremendo. Es un temblor satisfactorio, hemingwayano, que nos recuerda que nos hemos comportado como hombres, empleándonos agresiva y tenazmente contra algo que en el fondo está dentro de nosotros mismos.

Después de seis meses en que apenas falté al gimnasio, tres días a la semana de duro aprendizaje que nunca nos enseña apenas nada -el boxeo es una disciplina complejísima, una mezcla de ajedrez, crimen y coreografía que exige de nuestro cuerpo y de nuestra mente cotas de destreza prácticamente inalcanzables-, al concluir marzo tuve que dejarlo. Acababa de lograr que me echaran de Intereconomía pero de momento no que me pagaran por ello, así que decidí suspender prudentemente cualquier gasto de tiempo y dinero hasta tanto reconstruyese una rutina productiva. Hoy tengo cobrada parte de la indemnización, establecidas algunas colaboraciones y aparte está la red del paro y la esperanza, que es lo último que se pierde justo antes que los lectores. Escribo, leo, cubro plenos en el Congreso, veo El ala oeste, tuiteo, facturo, bebo con los amigos e incluso con periodistas, cocino pescado al microondas y gasto dinero con mi novia. Sólo me faltaba volver a boxear para ajustar a satisfacción la horma de mis días.

Ha sido muy grato comprobar que los chicos no me habían olvidado. Jero se ha alegrado de que volviera a ponerme bajo su carismática dirección y los compañeros se han acercado a preguntar por mi ausencia. Muchos empiezan las clases de boxeo pero pocos perseveran más allá del primer mes, y en el gym al final siempre éramos los mismos, el mismo reconocible núcleo de tarados. Siendo de los nuevos, yo ya había sido golpeado lo suficiente como para ganarme el dulce derecho a la camaradería que Chesterton circunscribía al macho humano, ese sentimiento fraternal que tanto atrae a las mujeres y que tanto envidian porque a su especie caníbal le ha sido vedado. Al asomarme al cuadrilátero ha sido conmovedor chocar de frente con aquella agria vaharada a sobaquina insumergible, inembalsamable, encostrada en las paredes como una última capa de invisible gotelé, efluvio que ya habíamos olvidado junto con la risa de la infancia y el tacto del primer beso y otras cosas hermosas de la vida. Ha sido aún más gratificante aguantar casi hasta el final el entrenamiento con Ramón de pareja, que tiene más envergadura y más ritmo. Tampoco andaba rápido de piernas por una inflamación absurda en el empeine derecho: fue una patada que me propinaron el sábado jugando al Futbolín Humano durante una despedida de soltero en Segovia. Y sin embargo, pese a que alguna serie se me atrancaba, contra todo pronóstico he efectuado la de esquiva-gancho-croché-derecha con apreciable fluidez, visto lo visto. Al saco ya no he llegado entero, la camiseta chorreando, las sienes martilleándome como si tuviera un xilófono en el cráneo. Pero el fondo ya lo cogeré de nuevo. Lo importante era volver.

Bustos y Gistau entrenando en el Metropolitano, noviembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Bustos y Gistau entrenando en el Metropolitano, noviembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Volví en el metro con Gistau, que lleva ocho meses boxeando sin parar y ya ha adoptado envidiables automatismos. Se sujetaba a la barra del vagón mientras charlábamos sobre su salida de El Mundo y su flamante incorporación a ABC; de haberse producido un frenazo, estoy casi seguro de que la barra metálica se habría combado.

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Salvad el Senado

Del legado político de Zapatero nos acordamos a diario, pero nos acordamos especialmente en días como ayer en que se celebró un pleno del Senado. Zapatero fue una vez al Senado y lo vio tan tristemente hueco que quiso llenarlo de contenido, y pudiendo llenar aquel vacío con las motos acrobáticas de Red-Bull o los animosos leones marinos del Zoo Aquarium, eligió llenar la Cámara Alta de provectos senadores cabreándose a lo largo de prolongadísimas sesiones parlamentarias convenientemente televisadas, a ver si así los tertulianos dejaban de cacarear que el Senado no sirve para nada y que hay que suprimirlo, con el dramático coste que tan bárbara decisión depararía a las arcas del Estado, obligado a subvenir los internamientos de sus senatoriales señorías en lujosos asilos repartidos por las 17 autonomías. Porque en algún sitio habrá que meter a los senadores si el Senado chapa, oigan.

Pero pese a las proverbiales buenas intenciones de Zapatero, que nadie se atreverá a discutir, el Senado no ha logrado equipararse al Congreso en interés mediático, no digamos ya en interés ciudadano. No hace mucho, cuando los esforzados quincemistas luchaban por la democracia en los alrededores de la Cámara Baja -bien que prefiriendo enseñar las tetas a recitar capítulos de Montesquieu, pero ése es otro tema-, los senadores contemplaban en sus tabletas aquellas vistosas cargas policiales y les acometía una envidia cainita:

—¡Míralos! ¡Siempre igual! Asaltemos el Congreso, asaltemos el Congreso… ¿Y el Senado, qué? ¿Quién se acuerda del Senado? —se lamentarían por entonces los senadores en límpido castellano, sin necesidad alguna de pinganillo autonómico para entenderse.

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5 junio, 2013 · 11:59

El señor de los banquillos

[Reproduzco, por si fuere oportuno, la crónica de mi única rueda de prensa con Mou cubierta para La Gaceta. Se publicó el 14 de octubre de 2011. Fue la vez que más cerca he estado de Mourinho. No descarto, por supuesto, estarlo más un día. Si la crónica tiene interés es porque refleja un estado de la relación del periodismo hacia Mou aún previo al napalm, la calumnia que algo queda, la venalidad inflamada del gañoterismo lerdo y la caza del salmón con bomba de racimo multimedia. Ya se intuía que todo acabaría mal, pero aún se guardaban las formas y la presencia de Mou generaba más expectación que saliva pavloviana. Aún se hacían preguntas deportivas y aún no salía Karanka. Se percibía de hecho una natural complicidad en el gran tinglado: por entonces todos cumplían más o menos con su papel. Por eso pertenece al umbrío ámbito de la psicopatología hispana la causa por la que José Mourinho acabó excitando sólo lo peor de la prensa deportiva mayoritaria, cuando debió haber motivado piezas antológicas de periodismo Mailer. Adiós, querido Mou. Gracias y hasta pronto, señor de los banquillos.]

En esta sala, el puto amo.

En esta sala, el puto amo.

Para alguien como uno, que ya celebraba los goles del Madrid chapoteando en el líquido amniótico, que simpatiza irremediablemente con los caracteres soberbios y punzantes –si van apuntalados por el talento– y que de hecho considera el mayor error de Felipe II no haber ubicado la capital del Imperio en Lisboa, asistir por primera vez a una rueda de Mou viene a ser como poder elegir ministerio para Gallardón. Medité pasarme la noche de la víspera releyendo a Clausewitz y abrillantando mi Beretta, y el compañero Tenorio me advirtió oportunamente: “Tienes el kit en mi cajón: machete, lata de anchoas, brújula, linterna y botiquín”.

Enfilo el Polo hacia Valdebebas, que sólo se distingue del Muro de Berlín porque no hay alambre de espino, no descartemos que Mou lo haga instalar esta temporada. Qué barbaridad, oigan, aquello parece el Pentágono. Se lo comento a un par de colegas con los que peregrino hacia la sala de Prensa, una vez que el patrullero de guardia ha confirmado nuestras identidades periodísticas y nos sube la barrera, ya cerciorado de que ninguno de los tres somos Pito Vilanova.

—¿El Pentágono? Qué va, hombre, ojalá. El Pentágono por lo menos desclasifica papeles cada 10 años. Aquí como mucho pega una rajada por Twitter Iván Campo mucho después de haber abandonado el club.
Guti sí que era un tío que se vestía por los pies —tercia el segundo—. Si algo no le gustaba, lo decía. Aunque llegara tarde al entreno y de resaca…
—Transparente no es el adjetivo que uno asociaría al Madrid, no… Ah, y otra cosa que es culpa de Mourinho: ¿cuándo va a dejar de hacer este pu… calor?

El gremio del periodismo deportivo engaña mucho, porque la simpleza aparente de tanto titular obvio –democracia obliga– contrasta en el trato corto con un sarcasmo ágil, una camaradería afilada que te gana enseguida. En la sala los reporteros ponen en común las preguntas que van a hacerle a Mou para no repetirse, rememoran aquel partido en El Molinón que retransmitieron de resaca, se preocupan por el ERE anunciado en la empresa de un colega o comentan un artículo de Gistau.

—¿Hará mucho frío en Bosnia? —inquiere un inteligente reportero de los que viajan siempre con el equipo.
—La verdad es que es fácil meterse con Valdano, pero… ¡qué difícil decírselo a la cara, con lo elegante que va siempre! —manifiesta un locutor radiofónico.
—A riesgo de parecer impopular, he de decir que he hojeado la novela de Pepe Mel y no parece del todo mala… —informa un tercero.

Una azafata uniformada que ríete de Carbonero me pregunta si quiero preguntar. Le contesto que aún no estoy preparado, gracias. Una suerte de regidor dispone luces y sillas con mucho ringorrango y se asegura de que todos los periodistas están en sus puestos. La verdad es que aquello se antojaría una liturgia algo ridícula si olvidáramos la sentencia de Shankly: “Para algunas personas, el fútbol es una cuestión de vida o muerte. Pero es mucho más importante que eso”.

Aparece Mourinho. Camiseta de jugar y chándal. Sorprendentemente, no invade la sala el característico olor a azufre del que van previniéndonos los hare krishna del Gandhi de Sampedor. Me he sentado bien centradito y me clava los ojos: no le suena mi cara, claro. A la primera pregunta –si sacará “el equipo de siempre”– ya empieza por parar y templar: “No sé cuál es el equipo de siempre”. Y prosigue administrando su metódica, teatral sentenciosidad indomeñable. Apenas gesticula, le basta la voz. Responde ensimismado, la mirada perdida salvo cuando un nuevo reportero toma el micro, momento en que le clava los ojos al modo de inyecciones preventivas de epidural. Al que trata de provocarlo, lo deja sin respuesta; al que le plantea una cuestión inteligente, le concede una adicional. Disimula la satisfacción que le produce el amor que acaba de declararle otro rockero, Noel Gallagher. “Hay gente que te aprecia y gente que te detesta”. Pues eso.

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