El cielo prometido

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Trotsky descansando tras debatir con un comunista español.

Eficaz antídoto para el virus colectivista que aqueja a cada nueva generación de indocumentados con tendencia a la utopía es este trepidante ensayo biográfico sobre Caridad Mercader, la madre del asesino de Trotsky, que ha armado con criterio mixto de reportero, pensador y memorialista el filósofo Gregorio Luri (Azagra, Navarra, 1955).

Su trabajo se inscribe en el género de la quest de no ficción: narración lineal con intercalaciones en primera persona que dan cuenta de los obstáculos que presenta la búsqueda o de sus avances -muchas veces por medio de fuentes de primera mano, algunas vivas-, lo que confiere veracidad y amenidad al relato. Pero Luri no se limita a reconstruir la peripecia del linaje Mercader, sino que juzga sus consecuencias morales con honestidad. Intenta comprender la íntima motivación ética y psicológica de sus biografiados, al tiempo que ejerce la crítica de una militancia que ampara el crimen como necesario instrumento de la historia.

Ante según qué hechos no cabe el decoro deontológico de la distancia. La obra de Luri combina el rigor documental más exigente (nos sumerge en las mil sectas de la escolástica roja) con la reflexión moral para derribar mitos funestos que hoy rebrillan y alumbrar verdades incómodas, como que la burguesía fue la vanguardia ilustrada de la revolución comunista, y no solo su víctima. Caridad del Río, como Fidel Castro, como tantos, fue una burguesita nacida en la Cuba española que se casó con un próspero industrial catalán llamado Pablo Mercader, al que dio cinco hijos y después se los arrebató, embarcándolos en una militancia fanática que redistribuyó el dolor por el mundo a la vez que se cebaba con sus propias biografías. Fue una Medea moderna en quien arde la ideología en vez del amor. Pero el precio de la felicidad personal (o ajena) ha de ser irrelevante para un agente de la Historia.

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20 junio, 2016 · 11:46

PSOE: una distopía

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Einstein calculando la vida del PSOE.

Einstein no anticipó la III Guerra Mundial, pero sabía que en la IV se lucharía con palos y piedras. No sabemos quién será el causante de las terceras elecciones, pero nos tememos que a las cuartas concurrirá directamente la CEDA contra el Frente Popular, si es que no se presentan Cánovas y Sagasta o los partidarios de la Beltraneja versus los de Isabel. Tal es la infame regresión que experimenta la política en España, y en realidad en toda Europa.

No es necesario haberse tragado a un adivino para ensayar algunas conjeturas verosímiles, partiendo del hecho entrañable de que España ha vuelto a partirse en dos bloques simétricos de mutuo rechazo. Por la izquierda, el 26-J certificará el sorpasso en votos y escaños de la alianza radical-populista sobre una socialdemocracia desalentada. Esa misma noche los albaceas del naufragio agradecerán a don Sánchez los servicios prestados. Decir que Iglesias será presidente es una exageración, porque de él se exagera todo, hasta la riqueza que piensa redistribuir, cuando la especialidad de esa casa siempre fue el reparto de la ruina. El PSOE jamás votará sí a la investidura de Iglesias por repugnancia personal, incompatibilidad programática y orgullo partidista. O bien Iglesias, aun ganando, entrega al PSOE la Presidencia a cambio del poder real en la coalición, o bien el PSOE se abstiene para que Rajoy emprenda una legislatura minada. En la oposición, Susana Díaz pugnará por evitar lo inevitable, que es la escisión de las dos almas socialistas: la moderada emigrará a C’s y la nostálgica del puño en alto será bien recibida en Podemos. Con el tiempo la sigla pervivirá como fuerza regional en Andalucía, Castilla, Extremadura. Y en España quedarán tres partidos nacionales: derecha, centro e izquierda. PP, C’s y Podemos. Nunca hubo mercado para cuatro, la verdad.

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20 junio, 2016 · 11:32

Qué fue de la renovación en el PP

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El abuelo, los hijos, los nietos.

Si las elecciones de diciembre se plantearon en buena medida como la lucha generacional entre el viejo bipartidismo y los dos partidos emergentes, la presente campaña discurre por los cauces clásicos de la ideología machadiana, según la cual una de las dos españas ha de helarnos el corazón, aunque sea junio. De ello tiene mucha culpa el vertiginoso envejecimiento de Podemos y Ciudadanos, cuya frescura se escurre por el sumidero de la sobreexposición mediática y acusa la frustración por el bloqueo institucional en que consistió la XI legislatura.

El desprestigio de la nueva política parece relajar aquellas exigencias de renovación en el PP que hasta hace no mucho copaban la opinión pública. Lógico: si el discurso de los demás envejece, la imagen de Mariano Rajoy no es que rejuvenezca (por mucho merengue que se aplique al himno) pero ya no canta tanto como antes. Sin embargo, el comprensible cierre de filas hasta el 26-J no significa que la necesidad de una renovación haya quedado definitivamente sofocada.

«Mi experiencia es que el trabajo conjunto entre generaciones distintas ha ayudado a cambiar puntos de vista de unos y otros», explica Andrea Levy, que junto con sus tres compañeros cumple un año en la directiva nacional. «Nosotros quisimos hacer ver al presidente la necesidad de introducir un discurso más social y de multiplicar la presencia en los medios, y creo que en buena medida el presidente nos ha hecho caso. Se hace más calle y menos mitin, y el partido exhibe mayor desenfado mediático». A cambio, se benefician de la experiencia. Levy reconoce cierto desconcierto en la noche electoral de diciembre: no sabía qué iba a pasar. «Rajoy nos reunió y nos explicó su escenario, razonándolo con datos. Y se ha cumplido punto por punto. Eso tranquiliza».

¿Suponen Levy, Casado, Maillo y Maroto una renovación real del partido o aportan, como afirman numerosos analistas, un mero barniz de juventud sobre una maquinaria anquilosada? «El presidente sí confía en nosotros. Tampoco hemos cometido ningún error garrafal en este año como para que deje de hacerlo. Él no quiere que nos mimeticemos con lo que había, sino que espera que propongamos formas distintas de hacer», comenta Levy. Darle una vuelta a las formas sin cambiar el fondo: esto es lo que les pidió Jorge Moragas, quien a menudo ejerce de correa de transmisión entre los vicesecretarios y Moncloa, y es considerado casi un vicesecretario más, sobre todo en la gestión de temas sectoriales. ¿Envidias? «Toda novedad crea una cierta alteración, pero más que enfrentamientos yo hablaría de fricciones. Nosotros no estamos en la lucha por la sucesión», zanja la vicesecretaria de Estudios.

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Reportaje de escritores que escriben sobre escritores que amaron el fútbol, en donde a uno le tocó Fontanarrosa

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19 junio, 2016 · 13:32

Bienaventurados los fieles

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«¡Ramón, que no fue en Lepanto!»

La fidelidad al propio estilo es una norma de gran prestigio entre los aprendices de escritor, entre los trompetistas de jazz y entre los equipos de fútbol que profesan el tiquitaca. En cambio los economistas, con Keynes a la cabeza, son más partidarios de adaptar su opinión a las circunstancias; por no hablar de los profetas de la nueva política, en la que la coherencia está tan valorada como la castidad en un Erasmus. Y sin embargo en ocasiones los fieles acaban heredando el reino de los cielos, o al menos los octavos de final de la Eurocopa. Y con el liderazgo del grupo casi asegurado.

España fue idéntica a sí misma en todo menos en su frustrante unocerismo. Contra los turcos los goles les fueron dados a los españoles en pago de su sostenida ejemplaridad. Morata fue Villa al fin, vio premiado ese fútbol suyo hecho de voluntad y ángulos rectos, torpe y generoso como un pívot, agónico como un Sánchez Vicario del remate. La habilidad la pone Silva, la profundidad es cosa de Alba y Juanfran, la seguridad viene blindada por Busquets. Qué decir de Piqué, que cerró una modélica primera parte subiendo a la boca de gol. Pero es que todos estuvieron bien contra una Turquía que no era precisamente la que mancó a Cervantes, digámoslo todo.

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18 junio, 2016 · 13:12

La dieta de la alcachofa

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Un hombre feliz.

Parece que a los españoles no les emociona que a don Mariano le emocione un campo de alcachofas. En cambio debería emocionarles la carta a sus padres de una bióloga molecular cuya pupila desaguaba orinocos al cierre de cada capítulo de Espinete, lo cual no le impide integrar la generación más preparada de la historia, lo cual no le impide votar a Unidos Podemos. Desde luego cada quien se emociona con lo que puede, pero entre las moléculas populistas y las alcachofas tudelanas uno considera más noble conmoverse ante las segundas. La química sentimental del gabinete del doctor Iglesias de momento ha deparado un revival de Llach y un documental de Aranoa, mientras que la agricultura mediterránea inspiró las Geórgicas de Virgilio y las odas al beatus ille de Fray Luis, a quien sin sospecharlo cita don Mariano cuando confiesa: ‘Ya me gustaría a mí vivir en el campo’. Para combatir el sobrepeso telecrático don Mariano nos propone la dieta de la alcachofa.

La diferencia entre la emoción podémica y la emoción marianista es que la primera está sostenida por la expectativa y la segunda se apoya en la realidad. En Rajoy habita ese instinto materialista de la provincia que desconfía de los ideales abstractos. Algo se ablanda dentro de él cuando acaricia la tierna cabeza de una alcachofa española que terminará en la boca de un comensal neoyorquino, viaje fabuloso que la globalización ha despojado de misterio. La bióloga podemita, en cambio, cuando sale del laboratorio se entrega a platonismos tan vagos como ‘valores’, ‘principios’, ‘ola de cambio’, ‘ilusión’ y un improbable sorpasso que la ‘I+D+i’ le va a infligir a ‘la juerga’ en España. Semejante fe en la política revela una simpleza dramática como la que ha descubierto Richard Ford en los votantes de Trump: ‘Intentaría hacer sus vidas más llevaderas, si pudiera. Les falta el consuelo de la imaginación. Y las novelas pueden aportar eso’. Claro que pueden: un adulto es precisamente alguien que distingue una novela de un programa electoral.

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Los cuatro machos alfa de la literatura mundial -Pynchon, McCarthy, Roth, DeLillo- a examen en el Parnasillo de COPE

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17 junio, 2016 · 16:35

Y don Mariano llegó al fútbol

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«Ya me habéis jodido el Italia-Bélgica».

Aunque del debate dependía el reposo eterno de los huesos de Pericles, apetecía pasarse al Italia-Bélgica por aquello que exclamó Aleixandre una mañana nevada: «¡Qué gran día para escribir un poema al verano!». Porque la poesía, como la política española, es una invitación a la melancolía.

El debate presentaba una novedad clamorosa: se llama Mariano Rajoy, un político no demasiado joven pero con un prometedor recorrido en televisión. Apareció en plató con las manos detrás de la espalda y oteó el horizonte, buscando niños. Cuando descubrió que en su lugar había tres periodistas, solicitó a los presentes que hiciesen el favor de respetar la lista más votada, de modo que llegáramos todos a tiempo de ver la repetición de los goles. Llevaba corbata, claro, al igual que Sánchez y a diferencia de Iglesias y Rivera, que reivindicaban una de las esencias más consistentes de la nueva política: el sincorbatismo.

Enseguida se metieron en la harina del empleo, y Rajoy trazó la autocomplaciente parábola que va de la herencia zapateril a la recuperación marianista. Fue una intervención más sólida de lo que quizá sus adversarios esperaban, y se desató entonces el previsto tres contra uno; previsto en primer lugar por Rajoy, a quien el Congreso le tiene bastante habituado a la acometida plural. Por momentos recordó al orador irónico de la tribuna en la réplica: fue eficaz desmontando el catastrofismo y hasta se revolvió cuando le echaron encima la corrupción. Se crearon ejes de animadversión reveladores: el de Rivera contra Iglesias, el de Iglesias contra Rajoy -a Sánchez solo le dirigía murmullos bíblicos-, el de Sánchez contra la pinza.

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14 junio, 2016 · 11:40

El proceso del señor Ñ

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Iniesta, donde nace el sentido.

Todos coincidimos en que el partido contra los checos fue, efectivamente, kafkiano. Pero la esencia de lo kafkiano no está -como podría creerse- en La metamorfosis, porque eso supondría que La Roja amaneció ayer convertida en algo distinto de sí misma y la verdad es que vimos lo de siempre. La obra que realmente define lo kafkiano es El proceso, que desarrolla una causa tan minuciosa como absurda, tan racional como insignificante, y ahí España bordó el término: esa burocracia de pases sin remate, ese tiquitaca intransitivo, esa reiteración del casi pero tampoco. El fútbol de España es procesual, como muchas manifestaciones del arte contemporáneo donde lo importante es la materia y no la figuración. La ocasión y no el gol.

Morata encarna muy bien esa pasión ciega de la voluntad, ese esfuerzo tan centrado en marcar que acaba llevándose al linier por delante o rematando al muñeco a pase milimetrado de Silva. Todo el sentido nacía en Iniesta, toda frustración en Cesc y Nolito. El centrocampista del Chelsea se ha vuelto conservador y ahora, según se aproxima al área, más que asistir se dedica a defender las pensiones; también algún balón que se colaba dentro en la segunda parte, seamos justos. Una España rentista por momentos, estática en su hidalguía de gloria pasada, como si la victoria se rifara en uno de esos sondeos de popularidad que gana Garzón.

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14 junio, 2016 · 11:34

Los mártires de Pulse

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Tristeza arcoiris.

No nos engañemos: los han matado por ser gays. Porque les gustaba el sexo equivocado y encima tenían el descaro de no esconderse. El terrorista ha elevado a los 50 asesinados de Orlando a la condición de mártires de la causa arcoriris, pero ellos no querían ser mártires de nada. Estaban en un pub, habían salido a divertirse. Así que no sólo les han quitado la vida sino también el arduo privilegio de la normalidad: les han devuelto de golpe y para siempre el estigma social que durante décadas habían luchado por sacudirse. Ahora serán recordados como los mártires de Pulse, porque la muerte violenta exige siempre un significado simbólico en el relato de una comunidad. Aunque sea injusto con los propios muertos.

Así actúa siempre el terrorismo, y por eso nunca se libra contra él una guerra convencional, en la que uno adopta voluntariamente la defensa de una causa de civilización y asume el coste quizá fatal de la batalla. El fanático te reduce a lo que cabe por el angosto enfoque de su ojo vidrioso. De un poeta, de un deportista, de un cantante nada ha de importar su condición sexual al ciudadano de una sociedad abierta; para el fanático, en cambio, es lo único que importa. Y esa brutal reducción de la persona humana es la segunda muerte que han padecido los chicos de Pulse, Orlando.

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13 junio, 2016 · 11:34