
Lampard en el Chelsea.
Parece ser que el Chelsea desea que Frank Lampard sea su entrenador. Cuando me enteré, no me sorprendió. Y cuando no me sorprendió, me sorprendí de que no me sorprendiera. Lampard fue un famoso jugador del Chelsea y es una perfecta incógnita como entrenador. El Chelsea es un club al que sus recientes triunfos ubican en la élite del fútbol europeo: está por tanto obligado a procurar seguir ganando títulos. Y está al parecer convencido de que Lampard es el entrenador idóneo para cumplir con esa obligación.
No podemos culpar al Chelsea de que se fije en Lampard, como no podemos culpar al Barça de que se fijara en un Guardiola por contrastar, o al Atleti de que se fijara en un Simeone al cual sólo el coraje se le suponía, o al Madrid de que se aferrara al genio de la volea de Glasgow para escapar de la pizarra mojada de Benítez, un técnico con fama de técnico y nula capacidad de empatía, razón por la cual cuando llegó todos le exageremos el pedigrí madridista. Y lo hicimos porque el relato de nuestros tiempos lo exige. Hoy se reclama el ser, no el saber. Por eso gana Trumpy por eso durante unos años van a perder todos los candidatos que se presenten a las elecciones con exceso de competencia. El resentimiento ha convertido el mérito en un demérito, pero no tiene por dónde atacar los colores de una camiseta. Nuestros colores.





Queríamos ver al Madrid en Cornellà para confirmar si el David de Tabarnia, que esta temporada ya ha tumbado a Barça y Atleti, se enfrentaba a un Goliath creíble como el que prometía el reciente reencuentro de la BBC con la pegada perdida. Pero Cristiano se había quedado en casa y, en lugar del tiburón, Zidane apostaba por la economía colaborativa del centrocampismo y sus finos estilistas, que es como tratar de suplir un gran banco con la fusión de varias cajas: una estrategia voluntariosa aunque arriesgada. Pero eso hizo Luis de Guindos y ahora vicepreside el Banco Central Europeo.
Se dice que nos encaminamos a una edad dorada de la censura, y quizá sea cierto, pero solo porque venimos de una edad dorada de la libertad. La censura nace de la libertad en el mismo sentido en que la primera causa del divorcio es el matrimonio. El amor se nos rompe de tanto usarlo, y la libertad ejercida sin coste termina aburriéndonos y echándonos a los apasionados brazos de la servidumbre. La carrera de Santiago Sierra cuenta la historia de un hombre libre empeñado en dejar de serlo por un instante y cobrar por el efímero sacrificio. Necesita para ello la colaboración del público, como los magos: necesita la azafata con lentejuelas de la susceptibilidad y, en los éxitos más sonados, que el empresario le cierre el teatro. Necesita desesperadamente que alguien impresionable, en algún lugar, le coarte. Planea esmeradas provocaciones que le reporten el infinito placer que experimenta no cuando es libre, sino cuando es censurado; o al menos cuando lo parece, pues es en la publicidad donde reside el negocio. A nadie se le escapa la naturaleza masoquista de su pulsión, pero el dolor queda paliado por las riadas de dinero que amasa en el proceso gracias al lucrativo escándalo de los burgueses. Es un mecanismo muy antiguo, pero no ha perdido eficacia. La censura en Arco ha sido, sin duda, su obra maestra.





