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Volver al boxeo

Hace poco que han dejado de temblarme los dedos, así que aprovecharé para contaros este día gozoso de regreso a los entrenos de boxeo en el Metropolitano. Si habéis pegado al saco con cierto método alguna vez reconoceréis ese párkinson puntual que os agita las manos tras el ejercicio como si acabaran de daros un susto tremendo. Es un temblor satisfactorio, hemingwayano, que nos recuerda que nos hemos comportado como hombres, empleándonos agresiva y tenazmente contra algo que en el fondo está dentro de nosotros mismos.

Después de seis meses en que apenas falté al gimnasio, tres días a la semana de duro aprendizaje que nunca nos enseña apenas nada -el boxeo es una disciplina complejísima, una mezcla de ajedrez, crimen y coreografía que exige de nuestro cuerpo y de nuestra mente cotas de destreza prácticamente inalcanzables-, al concluir marzo tuve que dejarlo. Acababa de lograr que me echaran de Intereconomía pero de momento no que me pagaran por ello, así que decidí suspender prudentemente cualquier gasto de tiempo y dinero hasta tanto reconstruyese una rutina productiva. Hoy tengo cobrada parte de la indemnización, establecidas algunas colaboraciones y aparte está la red del paro y la esperanza, que es lo último que se pierde justo antes que los lectores. Escribo, leo, cubro plenos en el Congreso, veo El ala oeste, tuiteo, facturo, bebo con los amigos e incluso con periodistas, cocino pescado al microondas y gasto dinero con mi novia. Sólo me faltaba volver a boxear para ajustar a satisfacción la horma de mis días.

Ha sido muy grato comprobar que los chicos no me habían olvidado. Jero se ha alegrado de que volviera a ponerme bajo su carismática dirección y los compañeros se han acercado a preguntar por mi ausencia. Muchos empiezan las clases de boxeo pero pocos perseveran más allá del primer mes, y en el gym al final siempre éramos los mismos, el mismo reconocible núcleo de tarados. Siendo de los nuevos, yo ya había sido golpeado lo suficiente como para ganarme el dulce derecho a la camaradería que Chesterton circunscribía al macho humano, ese sentimiento fraternal que tanto atrae a las mujeres y que tanto envidian porque a su especie caníbal le ha sido vedado. Al asomarme al cuadrilátero ha sido conmovedor chocar de frente con aquella agria vaharada a sobaquina insumergible, inembalsamable, encostrada en las paredes como una última capa de invisible gotelé, efluvio que ya habíamos olvidado junto con la risa de la infancia y el tacto del primer beso y otras cosas hermosas de la vida. Ha sido aún más gratificante aguantar casi hasta el final el entrenamiento con Ramón de pareja, que tiene más envergadura y más ritmo. Tampoco andaba rápido de piernas por una inflamación absurda en el empeine derecho: fue una patada que me propinaron el sábado jugando al Futbolín Humano durante una despedida de soltero en Segovia. Y sin embargo, pese a que alguna serie se me atrancaba, contra todo pronóstico he efectuado la de esquiva-gancho-croché-derecha con apreciable fluidez, visto lo visto. Al saco ya no he llegado entero, la camiseta chorreando, las sienes martilleándome como si tuviera un xilófono en el cráneo. Pero el fondo ya lo cogeré de nuevo. Lo importante era volver.

Bustos y Gistau entrenando en el Metropolitano, noviembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Bustos y Gistau entrenando en el Metropolitano, noviembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Volví en el metro con Gistau, que lleva ocho meses boxeando sin parar y ya ha adoptado envidiables automatismos. Se sujetaba a la barra del vagón mientras charlábamos sobre su salida de El Mundo y su flamante incorporación a ABC; de haberse producido un frenazo, estoy casi seguro de que la barra metálica se habría combado.

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¡Ay, Carmela!

Se prevé que en la tarde de hoy, cuando el carro de Faetón, hijo de Febo, emprenda ya en el cielo el descenso incendiario de su parábola cotidiana, un coro de luchadores prodemocráticos asedie la sede de la soberanía nacional pertrechada de consignas de Gramsci o en su defecto de palos de tundir lomos y lomos de reposar palos. Dijo Pascal que el hombre es una caña pensante, pero el esqueje autóctono del perroflautismo bolivariano prefiere la dialéctica inflexible del palo a la más ambivalente de la caña. No vas a darte a la mayéutica con un antidisturbios.

¿Podría la cultura replantar a nuestros ígneos antisistema en el sembrado institucional de las cañas pensantes? Depende de qué cultura, claro. El sábado pasado acudí al Teatro Reina Victoria para ver el musical ¡Ay, Carmela! -y no negaremos de momento que un musical sea cultura, aunque existe controversia académica al respecto-, cuyo desaforado sesgo republicano, en el sentido guerracivilista del republicanismo, yo daba por descontado sin necesidad de haber visto la película de Carmen Maura y Andrés Pajares. El musical ofrece un montaje ágil, música militar, pasodobles raciales, histrionismo cómico, énfasis melodramático como para que un churrero meta el palo y cobre diez metros de porra azucarada y, en definitiva, todo el bagaje sentimental del antifranquista a posteriori que es doctrina en vigor del establishment cultural español desde 1975, si no desde los primeros exilios de poetas. Yo todo esto lo presumía y no me alteró lo más mínimo, y lo pasé perfectamente bien. Habiendo nacido en 1982 y completado un cierto ciclo vital de lecturas contradictorias y viajes al fondo de la noche, uno contempla el apasionamiento ideológico como en el zoo las piruetas automatizadas de los delfines cuando no las pajas desvergonzadas de los babuinos, sin que tampoco acreditemos templanza como para prologar a Marco Aurelio. De hecho a veces me gusta piruetear en el agua; de lo otro no vamos a hablar ya.

Donde sobra corazón suele sobrar tragedia, Carmela.

Donde sobra corazón suele sobrar tragedia, Carmela.

Pero hubo un momento especialmente álgido del musical que me dio que pensar. Fue cuando un trío de trágicos caricatos -un franquista, un fascista y un nazi- ejecuta al unísono un número musical para el que demandó inocentemente el concurso de las palmas del público; detecté entre el respetable un rechazo pavloviano a seguir la orden, así fuera en plausible beneficio del espectáculo y la interactividad, esa lacra de los musicales. Pero las palmas solo tímidamente se arrancaron. En cambio, minutos después, cuando comparece Carmela arrebatada y envuelta literalmente en una tricolor –rojo, gualda, morado-, al público de toda edad le costó sujetarse en el asiento y prorrumpió en un brioso acompañamiento aderezado de vítores que salían del hondón de la conciencia de bando que en este país echa raíces coriáceas, de una longevidad desesperante, transmitida de padres a hijos. Por la otra acera lo mismo, ojo. Con lo saludable que es cambiar de bando de vez en cuando; y más, causar baja de todos y recortarse en solitario contra el crepúsculo, para el que pueda.

En el improbable caso de que el activista púber fuera al teatro, y de que se metiera a ver ¡Ay, Carmela! en el Reina Victoria –en la mismita Carrera de San Jerónimo-, dada su proverbial impresionabilidad habría salido derecho de allí a asediar el Congreso igualmente, pero al menos pertrechado de alguna munición ideológica. El drama de estos asedios quincemistas es que ya no los justifica la pátina cultural de un manifiesto decimonónico, una razón histórica o una adhesión sentimental a causa cierta. Aunque no sé si en esa carencia está el drama ciego de todas las revoluciones.

Hermanas en armas, que dirían los Dire Straits.

Hermanas en armas, parafraseando a los Dire Straits.

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¿Quién es Hughes?

La identidad del joven columnista Hughes es uno de los misterios mejor guardados del articulismo español contemporáneo. Sólo unos pocos elegidos -y el periódico ABC, que es el que le paga- estamos en el secreto y en disposición de aseverar que se trata de un hombre de carne y hueso, capaz de ingerir chupitos como el más pintado. En prensa Hughes fue primero un sombrero, muy parecido a la boa que tragó un elefante en El principito. Era un sombrero que firmaba unas contracrónicas maravillosas en La Gaceta, adonde le trajimos Maite Alfageme y yo, que tuve que ir a Valencia a buscarlo con la excusa de un reportaje sobre Camps, y de la farra inaugural de nuestra amistad contraje una fiebre que duró seis días. Era enero de 2012. Aquel verano logramos que Hughes dejara el sombrero por una foto tamaño carné, y meses después nos lo robaba el ABC, con impecable criterio. Si llega a deponer el seudónimo hoy quizá estaría en el Post.

Bustos y Hughes en la Plaza de Tribunal, primavera de 2012.

Bustos y Hughes en la Plaza de Tribunal, primavera de 2012.

Hughes es un escritor de periódicos que ha inventado muchas cosas, entre ellas el mourinhismo, criatura terrible que nunca devoró a su creador, como les sucede a los gregarios. Hughes crea cosas sin parar porque tiene el don wildeano del individualismo irreductible, y todo lo que tiene éxito, aunque sea invención suya, enseguida le parece una horterada. Una fachenda, que diría Pla. No se siente cómodo en un pelotón de más de dos, lo cual le obliga a ir siempre de escapado. No es problema porque tiene pulmones de sobra para ello. Escapándose de continuo, pedaleando sobre ese fraseo copulativo de imágenes siempre novedosas, de adjetivaciones no dichas -porque Hughes padece una aversión genética, finísima, al puto lugar común, aunque sea un lugar común de la semana pasada-, sacando ventaja del sectarismo por su espíritu liberal ancho y perfecto, ha ganado la condición de columnista de culto, aunque él, melancólicamente, quisiera serlo popular. Como si la miel se hiciera para la boca del asno.

La revista digital Unfollow acaba de publicarle esta suave sátira sobre el boyante, omnímodo oficio de tertuliano. Es exactamente el cuento que sobre el particular escribiría hoy Miguel Mihura:

LA TOS DEL TERTULIANO

Ildefonso Alamares estaba en un momento dulce. Además de escribir sus columnas, colaboraba en varias tertulias políticas en radio y televisión. Incluso le llamaban para participar en Tertulias Plurales, que era donde más pagaban. Cierto es que estas tertulias tenían sus riesgos. Un día Pilar Gramola le mordió un pie. En otra ocasión, un antagonista le interrumpió tantas veces que tardó una hora en construir su primera frase.

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Una espada atravesará tu alma

La coincidencia es prodigiosa. Supongo que alguien más se habrá dado cuenta, aunque no vamos a levantarnos a mirarlo. Me refiero a la imagen restallante, conmocionada y conmovedora, que le ha valido el Pulitzer al fotógrafo Manu Brabo -esa b insidiosa, como la z de Letizia, pero igualmente legal-, segundo español en ganar uno de esos copetudos galardones que dan en Columbia. El primero fue otro fotógrafo, Javier Bauluz. Siempre dio España mejores pintores que escritores.

Brabo cubrió la guerra civil de Siria y capturó uno de esos momentos que en las guerras se encadenan con la negligencia de lo rutinario, pero que sacados de su contexto de ferocidad burocrática, es decir, llevados al punto de vista de los hombres en paz, adquieren súbito rango de icono. Cuántos milicianos caerían abatidos en parecida pose de martirio blanco a la de aquel que cazó Capa en Cerro Muriano, teorías de la manipulación aparte. Y es que eso es la guerra: el hábito de la barbarie; y el periodismo de guerra ha de ser su desautomatización, su individuación doliente o exaltante. Por eso es el mimado a la hora de los galardones: porque nunca habrá noticia más importante que la desarmante naturalidad con que los hombres aniquilan a otros hombres. Incluso a otros niños.

La Piedad de Manu Brabo.

La Piedad de Manu Brabo.

La coincidencia de la que hablo remite al célebre aserto de Wilde según el cual la naturaleza imita al arte, y no al revés. Todo en la fotografía de Brabo evoca -cómo no verlo- a la Pietà de Miguel Ángel, que representa la realización artística del dolor en abstracto, en estado puro. Las figuras, las causas, los efectos. Incluso la composición piramidal del grupo, las líneas paralelas de las piernas exangües, el brazo derecho que pende sin vida, la flaccidez oblicua de las cabezas de las víctimas -la de Cristo se vence a la derecha, la del niño a la izquierda-, el regazo que recoge el cadáver formando entre las rodillas que apuntan al espectador un embalse de sufrimiento. Wilde diría que esta analogía es plausible porque Miguel Ángel fijó primero el arquetipo estético del dolor por pérdida violenta de un ser querido, y en esta categoría archiva luego inevitablemente el espectador su visión del desconsuelo hecho realidad documentada.

La Pietà de Miguel Ángel.

La Pietà de Miguel Ángel.

Hay sin embargo diferencias de intensidad entre el arquetipo artístico y la realidad palpitante (o mejor dicho: la realidad que palpitaba hasta hace tan poco, que esa traumática privación es la que retrata el fotógrafo). Miguel Ángel, neoplatónico al fin, esculpe a una doncella serena que sujeta cualquier rictus de histeria; la cuota de verosimilitud trágica la cubre la mano izquierda de la Virgen, que se abre como inquiriendo una razón imposible: tratando de explicar, literalmente, el sindiós. El hombre que en la foto de Brabo sostiene a su hijo muerto se agarra a él con ambas manos y baja la cabeza descompuesta por el dolor pero sin aspaviento excesivo, porque cuando se sufre de verdad el teatro sobra.

Él también entiende ahora la amarga profecía que el viejo Simeón (Lc 2,35) le hizo en el templo a María cuando Jesús era tan solo un niño, como todos los niños de las guerras: «Y a ti, mujer, una espada te atravesará el alma».

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La ilusión de vender periódicos

Manuel Jabois, aquí de cuerpo entero, pasó fugazmente por Madrid para arreglarse la barba. Precisamente ese día lo había consagrado yo a talarme la melena, con lo que la cita para intercambiar experiencias capilares pareció obligada. Cenamos al tibio crepúsculo de Madrid, que será su Madrid muy pronto, prontísimo. Su primer cometido consistirá en desmentir la condición mitológica que le aureolea, pues por aquí ya cuchicheaban sobre él como los escoceses sobre el ictiosaurio de Ness, solo que en este caso la criatura existe, e incluso se arregla la barba. Ya les dije a Manuel y a Ana que pueden contar con mis pugilísticos brazos para la mudanza. Espero que Ana no se tome la declaración -puramente retórica, nacida de la expansión sentimental- al pie de la letra. Buenas son las mujeres.

Bienvenidos. Se os aguarda para rendir la capital. Tomaremos los rehenes que sean necesarios.

***

Recuerdo vívidamente la impresión lingüística -yo he sido un niño de impresionabilidad lingüística, y lo sigo siendo- que me causó la lectura de la primera crítica taurina. La firmaba Vicente Zabala Portolés en ABC, y me ganó para siempre esa parla ultratécnica pero llena de color, a caballo exacto entre lo científico y lo popular, decantación del miedo y la pericia acumulados por los toreros y por la afición durante siglos. Aquí, una magnífica muestra de mi amigo Márquez. Si la actual crónica política -con su abuso de la prosa teletipesca- profesase la misma riqueza expresiva y parecida atinencia a la precisión, los periódicos se seguirían vendiendo.

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Kermesse roja en Alcalá y fascismo de lujo en El Pardo

Está Madrid de un guapo subido una vez que ha estallado la primavera, a pesar de la manifa dominical de rigor. Las manifestaciones han sustituido en las sociedades secularizadas a las misas, de modo que el rito de paso semanal lo cumple el hombre de occidente repitiendo lemas en lugar de salmos responsoriales. Hoy, 14 de abril, la manifa debía celebrarse en favor de la república, naturalmente. Por la calle de Alcalá, entre Sol y Cibeles, unas falanges de tiernos ninis con un sentido de la coralidad digno de mejor causa voceaban consignas perentorias, rabiosamente ajustadas a la coyuntura histórica de España: «¡Partido bolchevique, le pique a quien le pique!», «Madrid se-rá la tumba del fascismo», «¡No pasarán!», «¡A, an-ti, antirrevisionistas!» y otras de pareja pertinencia y densidad conceptual. Me infiltré algo por entre el optimismo marcial de los camaradas, con cuidado de no atropellar ni a los veteranos artríticos del antifranquismo ni a las púberes canéforas del nuevo guevarismo, cuyo marcado rouge de labios resulta indiscernible del de las fans de Crepúsculo, y no podía evitar sonreír con ternura y aun contagiarme de indignación generacional, porque no hay derecho a que estas melancólicas expansiones constituyan el único ocio a que la crisis nos aboque. Estas kermesses heroicas continuarán mientras las autoridades se obstinen en penar el botellón.

Futura zamarra de La Roja.

Futura zamarra de La Roja.

Sabemos que hay dos clases de fascismo, el fascismo y el antifascismo, que la elección ya va en el gusto y temperamento de cada cual, y uno venía de todos modos vacunado de fascismo a secas porque pasó el sábado en El Pardo, el único palacio real de los cinco que hay entre Madrid y Segovia que aún no había visitado. Confieso una querencia natural hacia los palacios, el lujo refinado, las paredes ensedadas, el mármol pulido, los candelabros rococós, los frescos neoclásicos, los tapices flamencos, los camafeos de marfil, las mesas de malaquita, los techos estucados, las cómodas con reloj de bronce sobredorado y la vida aristocrática en suma, aunque temo no ser en nada de esto demasiado original. Pese a haber nacido con clara vocación de príncipe, fácticamente desgrano mis días en un piso céntrico de 30 metros sin calefacción. No se puede tener todo: el deseo y la realidad. En estos momentos, de hecho, he vuelto a constiparme y la nariz me gotea sobre el puto teclado.

English: Royal Palace of El Pardo, Madrid, Spa...

El Pardo, sede de reyes. (Wikipedia)

Al coqueto gusto dieciochesco de su arquitectura une El Pardo su emplazamiento bucólico como el cazadero real que fue y la reserva de monte mediterráneo que sigue siendo, cuyos gamos hemos visto tantas veces desde el tren, aplastando alborozados la nariz contra la ventanilla, de camino al colegio o de regreso de la redacción. Pero El Pardo justifica decididamente la curiosidad cuando se repara en el dato de que Francisco Franco, el general que ganó la guerra, fijó allí su residencia durante 35 años. La visita guiada te enseña el despacho de Franco, el comedor del consejo de ministros de Franco, la alcoba de Franco -con reclinatorio para súbitos rezos poscoitales, imaginamos-, la televisión de Franco -un soberbio ejemplar analógico de 1956 donde comparecerá el pelazo de Hermida si lo encendemos-, el baño pequeñoburgués de Franco. Y en realidad nada de eso era de Franco sino de la monarquía, que está representada en cada centímetro pintado de pared, lo cual efectivamente no parecía incomodar demasiado a Franco, que fue allí un intruso de confortable duración debido al respeto atávico que infunde en este país el eterno concepto de cojonudismo, sea color verde oliva, negro sotana o -más fehacientemente- morado bin laden.

Agustín de Foxá, a quien se deben algunas estrofas del Cara al sol, dejó escrito: «Lo que menos le perdono al comunismo es que me impulsara a hacerme falangista».

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Entrevista a Ignacio Ruiz Quintano: «En vez de gastar mi tiempo con un psicoanalista o con un tertuliano lo gasto editando en el blog cosas de amigos»

Usted fue unos de los primeros en dar al mourinhismo un calado profundo, visible y público a través de sus artículos en el diario ABC. ¿Fue y sigue siendo una decisión arriesgada de nadar a contracorriente?
R.- Ojalá hubiera contracorrientes en España. Yo no he conocido ninguna. Quizás entre el 77-82, por “dejadez administrativa”, pero me pilló muy joven. El personaje de Mourinho en el Madrid me atrajo desde el principio por lo que tenía de agitación en medio del muermo zapateril de la época. Mourinho irradia inteligencia, y la inteligencia siempre ha sido subversiva en España, donde se cotiza más el listillo.

Ignacio Ruiz Quintano, Catalina Luca de Tena y Enrique Ponce en Bilbao, agosto de 2011.

Ignacio Ruiz Quintano, Catalina Luca de Tena y Enrique Ponce en Bilbao, agosto de 2011.

2) ¿Hasta qué punto se siente involucrado en estas guerras, casi teológicas, entre antis y pro mourinhistas?
R.- Soy incapaz de declararme en guerra. No por pacifismo, que no me gusta, sino por pereza. ¿Guerra contra quién? ¿Contra el pipero que aplaude la expulsión de Adán en el Bernabéu porque se lo han dicho en la radio? Ni hablar. Ceno fuera de casa todos los días. Casi siempre con los mismos amigos. A veces aparece un bobo y empieza a soltar bobadas de José Mourinho o de Enrique Ponce o de Julio Camba o de Hernán Cortés, y entonces me levanto, pago mi parte, y me abro.

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11 abril, 2013 · 10:33

El hombre y la tierra, el hincha y la pipa

Estuve en el zoo el sábado y llegué tan exhausto a casa que me dormí la goleada del Madrid. Lástima, porque las analogías zoológicas habrían brotado luego con alguna exuberancia. Las camaleónicas córneas de Özil, la estampida bisonte de Cristiano, las correrías como de suricato motown de Marcelo, las espaldas plateadas de Khedira, los coletazos reptilianos de Higuaín, el pelaje antropológico de Alonso, el zigzagueo ungulado de Di María y así. Con la enorme diferencia de que el Madrid no es un zoo, como lo ven los periodistas acreditados a la entrada del recinto, sino una reserva donde la pulsión silvestre se trata de preservar con entrenos a puerta cerrada, como lo ve Mou.

Inside of Santiago Bernabeu Stadium.

El Bernabéu: zoológico invertido. (Wikipedia)

El zoo, por lo demás, ofrece una serie de antítesis aparejadas entre conservación y languidez, entre el recreo del visitante y el tedio del visitado, entre los helados que toma el homo sapiens y los cacahuetes o pipas que reserva a los bichejos. Sucede que esta dialéctica fundamental entre animales superiores e inferiores -ley de la selva la llaman- a menudo se invierte en el Bernabéu, que adopta así la fisonomía de un zoológico asténico en donde las estrellas doctamente asilvestradas de Mourinho, en movimiento pirandelliano, se vuelven atónitas a su público para verle rumiar frutos secos con los músculos desangelados de la cautividad. La bestia compadeciendo a su dueño.

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