El presidente ha empezado a aburrirse de unas vacaciones tan largas. Pensó que tantas semanas seguidas de descanso en el palacete canario del rey Hussein eran exactamente lo que su matrimonio y su persona -no necesariamente por este orden- precisaban para mitigar los sinsabores del curso político y reponer fuerzas con vistas al padre de todos los otoños calientes. Pero agosto arrastra despacio sus horas sin relieve, cortas de emoción, escasas de desafíos a la altura de su carisma.
El presidente del Gobierno lleva ya unos días de descanso en La Mareta y el suave ritmo canario empieza a tomar el control de su cuerpo. De su alma también lo tomaría, en caso de tenerla. Su mandíbula ha dejado de considerarse zona tensionada, como habría sucedido en cualquier capital si la ley de vivienda funcionara. No recuerda ya el último día que se puso una corbata, acaso la manera más cómoda de luchar contra el cambio climático. Cada mañana se hace unos largos en la piscina dejando la mente completamente en blanco, técnica que aprendió de Patxi López. Cada tarde prueba un vino nuevo de La Geria: le gusta el malvasía frío y seco, como son sus mensajes de Whatsapp desde que Marruecos le clonó el teléfono. Y cada noche se pone un par de capítulos de alguna de sus series favoritas, todas de intriga política: House of Cards, Baron Noir y Vota Juan.
Esta vez el presidente se ha propuesto disfrutar de La Mareta como nunca. Ha sido un curso político muy duro. Han condenado a su fiscal, a su hermano y a algún otro gran desconocido para él. Han procesado a su esposa e imputado a su faro moral, que no es precisamente su esposa sino Zapatero. El fascismo avanza por todas partes, reflexiona el último líder del progresismo europeo y buena parte del americano; razón de más para apurar cinco semanas de ocio reparador en el coqueto palacio que Hussein de Jordania regaló a Juan Carlos I. «En septiembre volveré como nuevo para plantar cara al golpismo judicial, mediático y político. Queda mucho partido», piensa Pedro Sánchez.
Plantear un pacto de Estado contra la Emergencia Climática nos parece muy precipitado, tal y como están las cosas en este país. Es verdad que España arde por sus cuatro costados con una virulencia nunca vista, si bien diremos lo mismo el año que viene, cuando España vuelva a arder puntualmente como no habíamos visto antes, y lo mismo ocurrirá el año siguiente. Porque España lleva décadas bravamente afianzada en la política y cobardemente prófuga de las políticas.
Todos los problemas mentales se parecen, pero cada familia se los trata a su manera. Las familias pobres solían tener párroco y las burguesas hace tiempo que van al psicólogo, pero solo los millonarios pueden permitirse una bruja gallega o un curandero indio. Del Ibex al consejo de ministros, no pocos privilegiados han cedido a la tentación esotérica en busca de alivio a su incertidumbre, como si los oráculos aún vinieran de Delfos y no de Silicon Valley. Se sorprenderían ustedes del escaso crédito que concita el racionalismo entre la clase dirigente. Se gastan fortunas para sacudirse un mal de ojo sobre una camilla de masaje mientras los salmodian en arameo, o para atraer la rentabilidad de una inversión de riesgo en el cubil de un futurólogo con más labia que videncia. Es como si las mañas perfectamente terrenales que les permitieron acumular dinero o poder ya no sirvieran para conservar la posición una vez conquistada. A partir de cierta altura el vértigo se intensifica tanto que a algunos ya solo los sujeta la superstición.
Me topé con esta sentencia en las redes: «Si la clase obrera supiera de política tanto como de fútbol sería invencible». Es difícil analizar una opinión en la que todo está mal: contexto, texto y subtexto. Intentémoslo por si hay más de un español que la comparte.
Parece que tendremos ir haciéndonos a la idea de que un presidente del Gobierno acabe condenado por corrupción. Que acabe incluso durmiendo en la cárcel, despojado de todos sus abalorios zambianos. El proverbial atasco de causas en la Audiencia Nacional provocará que la sentencia no llegue antes de un lustro, pero cuando llegue tendremos que afrontar la paradoja (solo aparente) de que precisamente el más moralista de nuestros expresidentes vaya a ser el primero en ingresar en prisión, veremos si solo o en compañía de sus hijas.
Dicen que esta sensación durará poco. La unidad, el desenfadado patriotismo, la alegría que se filtra por las grietas del muro que levantan diariamente para dividirnos. España como un puño apretado que se agita espontáneamente en Bilbao y en Sevilla, en Sabadell y en Toledo, en Tenerife y en Orense. Las pantallas gigantes -por eso las temen los nacionalistas hispanófobos- han funcionado como un dispositivo cívico y político, más que tecnológico: toda la estéril especulación de España como problema, el famoso concepto discutido y discutible de nación queda resuelto cuando el pueblo se reúne a gozar y sufrir sin intermediarios con los jugadores que lo representan. Pero es verdad que esas pantallas ahora serán desmontadas. Y dados los antecedentes es legítimo preguntarse si tantas hermosas imágenes de felicidad compartida son flores del día del triunfo que han de secarse mañana. ¿Cambió algo la primera estrella, bordada en 2010? ¿Cambiará algo la segunda, 16 años después?