
Aldea.
España se ha llenado de paletos. Asistimos a la apoteosis cateta y proclamamos el dogma de la inmaculada concepción de tu terruño, que ya tenía hacienda propia y comisarios lingüísticos vigilando patios cuando desembarcaron los putos fenicios. La izquierda plurinacional y la derecha imperial se postran ante el nuevo ídolo, sea una virgen muy rezada por Isabel de Trastámara o un fetiche tallado por guanches en taparrabos o por astures que meaban al pie de un tejo, y el único partido que combatía el nacionalismo centrífugo sin caer en el centrípeto pena en el infierno, según se ha hecho aquí toda la vida con la herejía liberal. La antigua sede de la soberanía degenera hacia la yuxtaposición de terruñistas con boca de fraile y alma de banquero, sus manos en la masa anémica de un Estado narcotizado por el gorigori del santo progreso, tendido en el catre de San Jerónimo como una eslava de trata. A la ansiedad existencial que provoca la globalización se suma el repliegue identitario que fomenta la burbuja digital y esto, que ocurre en todo el mundo, en España lo empeora un diseño constitucional que puso en los nacionalistas la fe del cornudo y la llave del gobierno. Ahora, viendo a las amantes elevadas a legítimas, no hay comarca que no envidie el mismo trato. Y el epígono de Rinconete con ojeras que preside pero no gobierna trata de aguantar en Moncloa abrazando naciones como si fueran farolas. Cuando acabe su obra ya no va a hacer falta que el cantón de Cartagena declare la guerra al de Murcia porque la batalla irá por barrios, Chamberí contra Malasaña y así, por no hablar de Vallecas. Seremos como Javier Espinosa sin salir de casa. Así lo quiere el progreso desde que la unidad es un invento del fascismo y la Revolución Francesa fue hija de Franco. Quien por cierto escribió en su despedida: «Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la patria». Pero la momia de Mingorrubio, pese a echárselas de centralista, no nos dejó dicho cómo casar la exaltación de lo múltiple con el mantenimiento de la fortaleza de la etcétera.

Que la investidura de Sánchez se pacte en Lledoners no puede escandalizar a nadie, porque lo propio de las bandas es hacer negocios en el trullo. El Joker de Moncloa está a punto de concretar el chiste más macabro en la broma infinita de su vida pública. «¡Pero salvó al PSOE del acecho de Podemos!», cacarean las pedrettes, incapaces por amor de entender que el precio que ha pagado su gallo por mandar en la izquierda es la titularidad del corral. El PSOE acabó de morir un martes de noviembre de 2019, cuando su secretario general abrazó al epígono leninista de Anguita para abrirle la puerta del Consejo de Ministros. Ahora un condenado a 13 años por sedición otorgará a Sánchez la gracia de unos meses más de insomnio en su colchón, pero el protagonismo pasará al vicepresidente Iglesias, que devorará diariamente en las teles a su presa. Será una legislatura furiosa y estéril que solo culminará un proyecto, activado el día que Sánchez reconquistó Ferraz: la destrucción de la socialdemocracia española. Su legado.










