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Ya es Navidad en la Copa del Rey

¿Se dice Xátiva o Játiva? Aquí no queremos faltar a nadie y menos en el puente de la Constitución. Queremos mostrar como mínimo el mismo respeto escrupuloso por las minorías del fútbol que acreditó Ancelotti viajando a la comarca de los naranjos con impecable terno y pulquérrimo corte de pelo. Así engalanado no se le deberían negar a don Carlo miramientos con la Copa. Por lo demás, con Cristiano sancionado en aquella noche de Walpurgis de Clos, míster Ancelotti sacó a los canteránidas como pedían la prensa y la ocasión, y los canteránidas no respondieron como exigían su orgullo y nuestra vergüenza.

Debimos adivinarlo todo desde el sentido minuto de silencio por Madiba, cuya memoria es capaz de neutralizar incluso la rivalidad más deportiva. Hagan la prueba en casa: en mitad de una discusión con su santa deslicen Mandela y todo pitote quedará piadosamente amortizado, efecto que no lográbamos con Manolo Escobar, vaya usted a saber por qué.

El césped del campo del Xátiva es artificial como el de la liga de medios en Canal (Maracanal para los asiduos), y comparecía oscuro como la cúpula de la Agencia Tributaria por efecto de esas insidiosas briznas de caucho negro con que vamos regando el piso de casa al quitarnos las botas. Por supuesto, eran titulares Jesé y Morata, dos nombres que en boca de contertulio no pueden ir separados, igual que Rosa Díez y Albert Rivera.

Había en el partido un aire tan obvio de amateurismo que suponemos se estarían licuando de gozo los genuinos amantes del fútbol, esos que trascendieron la categoría de juego hace mucho manteniéndose a la vez supersticiosamente lejos de la noción de espectáculo, a resultas de lo cual enjuician la competición en función perpetua del nivel de renta de los contendientes. Esta visión economicista, marxiana, es la que les llevará a aplaudir secretamente el empate del Madrid con el Xátiva como un triunfo de la lucha de clases hacia su equiparación. Bueno, eso y el antimadridismo.

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8 diciembre, 2013 · 13:50

Ancelotti, el italiano tranquilo

La ceja que ondula el camino.

La ceja que ondula el camino.

Cuando se anunció el fichaje de Carlo Ancelotti, fue el madridismo el que enarcó la ceja primero. Por supuesto que se le conocía, incluso se le valoraba vagamente, pero veníamos del ardor guerrero de Mourinho y se nos proponía la placidez mediterránea de Carletto. Los medios que creían haber ganado una guerra corrieron a bautizar al italiano como el Pacificador. Ancelotti hizo como que no se enteraba de nada, colocando la ceja un metro por encima del fuego mediático, y empezó a trabajar con fineza sobre la cuidadosa base dejada por su antecesor.

Hoy, el Madrid está clasificado como primero de grupo en Champions, está a tres puntos en Liga de un Barça en descomposición, promedia tantos goles a favor como en la mejor temporada de Mou y cuenta con una plantilla versátil y engrasada por las rotaciones que le permite apalizar al rival también sin Cristiano Ronaldo, del que se llegó a decir que con Carletto no volvería  ser el mismo.

Así que esta Navidad imaginamos al bueno de Carlo sentado en su sillón de orejas, paladeando una copa de Vega Sicilia y reposando la mano sobre la testa lanuda de su perro labrador, caso de que lo tenga, mientras murmura como Hannibal: “Me gusta que los planes salgan bien”.

No habrán salido bien hasta que nos lleve a la Cibeles, claro, pero no se puede negar que el balance es esperanzador. Las críticas, por supuesto, llegan con la regularidad acostumbrada tanto desde el Frente Popular de Judea como desde el Frente Judaico Popular. Que si todavía el Madrid no ha ganado a ningún equipo de entidad. Que si el dibujo táctico es demasiado cambiante y confunde a los hegelianos del pizarrín. Que si no pone a los canteranos, que si los pone demasiado. La olímpica ceja de Ancelotti sobrevuela todas estas objeciones y cuando al fin baja, baja con nieve, que son las canas de la experiencia de un hombre de fútbol con más callo que mano de pelotari. A Ancelotti será difícil cabrearle por otra cosa que por un despiste defensivo de sus centrales. Ha tratado con Berlusconi, con Abramovich y con un jeque de los de sandalia y turbante. No es que haya visto arder naves más allá de Orión: es que probablemente las ha apagado varias veces.

De Mourinho se contaban batallas campales en el vestuario a base de latas de Red-Bull, y de Guardiola se dató el distanciamiento con Messi a raíz de un capricho infantil de Coca-Cola. De Ancelotti, como mucho, se podrá escribir que se le ha derramado la tila. Ha conquistado un punto de su exitosa carrera en que se puede permitir algo revolucionario: la naturalidad. Si el equipo ha jugado mal y le piden autocrítica, responde que sí, que ha jugado mal. Si tiene que reconocer que le salió mal un cambio, lo reconoce. Y cuando hay que ponerse serio para defender a su jugador de la payasada de Blatter, se pone serio. A un tipo así solo puede vencerle el fútbol.

En El hombre tranquilo, John Wayne le aclara a Maureen O’Hara: “Entre nosotros no habrá puertas ni cerrojos, Mary Kate, excepto los que tú pongas en tu mezquino corazón”. La afición del Madrid puede ser tan caprichosa como una pelirroja irlandesa, pero no pondrá puertas ni cerrojos en su corazón al hombre tranquilo que la devuelva a la edad del esplendor en la hierba.

(La Lupa, Real Madrid TV, viernes 6 de diciembre de 2013)

La locución aquí, a partir del 16:45

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La toalla de Wert

No sé cómo le habrá sentado a mi amigo Gistau que el ministro más odiado del país le cite en acto oficial, rodeado por Soraya Sáenz de Santamaría, Gallardón, Fátima Báñez y Jesús Posada. Una cosa es que al PP nunca le haya interesado fundar su propia bodeguilla de escritores y otra que te mencione el mismísimo Wert a traición:

–Me hace gracia que, en un país en que no hay mucha afición por el boxeo, quitando a David Gistau, se hable tanto de tirar la toalla, que yo creo que mucha gente no sabe lo que quiere decir. Yo tiro la toalla, generalmente con cierto desorden, al salir de la ducha, que es el único sitio donde la tiro.

Wert es el héroe de una epopeya personalísima que se llama la Wertíada y que persigue no tanto la españolización de los niños catalanes –pues aquí lo único españolizable es Diego Costa, y sin consenso– como la remontada en algunos puntos del Informe Pisa, a ver si en próximas ediciones conseguimos desmarcarnos de Letonia. La tarea no es pequeña y ya desmoralizó a otros más idealistas que él, desde Jovellanos a Larra, y por eso nos explicamos que le pregunten por el peso insoportable de su toalla. El problema de Wert es que su asistente en la esquina es Mariano Rajoy, y Rajoy no detiene una pelea (¡ni la empieza!) aunque el rostro de su púgil entone una oda a la tumefacción. Sobre todo si lo pide la prensa.

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5 diciembre, 2013 · 11:46

Gareth Bale, el caballero claro

Bale, el caballero claro.

Bale, el caballero claro.

Un vejo dicho inglés asegura que el fútbol es un deporte de caballeros jugado por villanos, mientras que el rugby es un deporte de villanos jugado por caballeros. Pero los ingleses, que suelen tener razón casi siempre, no habían contemplado la posibilidad mixta: la de un jugador de fútbol que antes lo fue de rugby, y que por tanto es un perfecto caballero practicando un deporte perfectamente caballeresco. Ese hombre único es Gareth Bale.

Al principio de su carrera, nunca mejor dicho, el fibroso chico de Cardiff descubrió que podía correr los 100 metros lisos en 11,4 segundos, y no solo eso: descubrió que mientras lo hacía resultaba difícil tirarle al suelo. Con ambos descubrimientos era lógico que se aficionara al rugby, pero por suerte para el Madrid se cruzó en su camino un profesor de educación física providencial que le reclutó para el teórico deporte de los caballeros: el fútbol.

No quiero fijarme hoy en la facilidad goleadora de Bale –siete goles en nueve partidos de Liga–, ni en su versatilidad ofensiva, ni siquiera en su clase para servir suavemente un centro a la misma cabeza de Cristiano o Benzema. Hoy quiero fijarme en su honestidad deportiva, en su generosidad en el campo, en su silencio tras ser zancadilleado, en su fútbol gallardo y viril de la mejor tradición británica. Si Christian Bale, el actor que encarnó a Batman, ejerce de caballero oscuro, la personalidad limpia de Gareth Bale le convierte en un caballero claro, un jugador de una pieza donde no caben la trampa ni el capricho del divo. A diferencia de otro fichaje rutilante con el que se le compara inútilmente tanto por rendimiento como por actitud, Bale no necesita fingir agresiones tremendas para sacar ventaja de su juego, o para saciar una íntima vocación de comediante. Más bien al revés: cuando en los inicios del partido contra el Valladolid llovió sobre el galés una sucesión de agarrones, pataditas y empujones, Bale apenas dirigió al árbitro un discreto alzamiento de cejas. A continuación se ponía en pie rápidamente y volvía a encarar la portería contraria. Así es como se logran los hat-tricks. Entrega y orden, potencia y control. Así es como juega al fútbol un caballero británico.

Cuando no está marcando goles o dándolos, Gareth Bale ha declarado que hace una cosa: dedicarse a su mujer y a su hija y ver partidos de rugby por la tele. Bale sabe, como sabía don Vito, que un hombre que no está con su familia no puede ser un hombre. Estudia español dos horas tres veces por semana, lo que seguramente es más de lo que puede decir un niño de Gerona, y le gusta el jamón. La modestia que destacan de él sus compañeros, y que está favoreciendo una integración meteórica en la a veces espinosa plantilla blanca, la aprendió de su padre, conserje de colegio. Todo en la vida de Bale es de una claridad sin artificios que refuta el prejuicio economicista generado por su fichaje y ajeno a su voluntad.

El Bale oscuro ajustando cuentas con la prensa deportiva.

El Bale oscuro ajustando cuentas con la prensa deportiva.

A todo caballero que se precie no le pueden faltar dragones y Bale los ha tenido en forma de crítica apresurada, de burda mentira sobre su estado de salud o de diagnóstico delirante en boca de gurú desfasado. Este tipo de dragones los ha vencido Bale galopando con serenidad hacia el área rival y retornando con el yelmo del portero atravesado en su pica. En la mesa redonda del rey Cristiano se ha sentado ya el caballero Lanzarote, procedente de Gales, y el ciclo de su leyenda solo acaba de comenzar.

(La Lupa, Real Madrid TV, 3 de diciembre de 2013)

La locución aquí, a partir del 45:00.

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Otra paliza del Madrid, qué pasa

Ahora que se despacha a los rivales con palizas más o menos humillantes detecto en cierto madridismo zelote una defección hastiada, una huelga de entusiasmo, como si solo se pudiera ser genuinamente del Madrid en estado de furia batalladora contra algo, en especial contra el propio equipo: su plantilla, su staff técnico, su directiva. A uno que no lo busquen en ese tendido 7 del ceño esculpido. Yo, perdonadme, disfruto inocentemente viendo ganar al Madrid aunque sus goles no resulten proyecciones fácticas de fuegos declarativos en rueda de prensa. Al mismo Valladolid que lo puso tan difícil el año pasado este sábado se le metieron cuatro, y no voy por ello a entregarme al hipo de la elegía, aunque tampoco he descorchado cava catalán. Lo que digo es que como Ancelotti gane todo, todavía hay quien deberá celebrarlo en la intimidad, peregrinar a una Cibeles de cartón piedra armada a toda prisa en el salón para que fuera no decaiga su imagen de cimarrón impenitente, de anti vocacional.

En fin, fue el partido de la hernia ridiculizada por el primer hat-trick en el Madrid de su presunto propietario. Fue un partido de parejas también, un encuentro binario. La cámara enfocaba a Cristiano y a Irina en la grada y a continuación sacaba a Chendo y a Casillas en el banquillo. En el campo empezaban a encajar sus bolillos Isco y Benzema, asistidos por Xabi y Modric (qué bueno es Modric). Todo era cosa de dos salvo Ramos, que suele bastarse a sí mismo incluso para fallar tres remates seguidos que le sirvieron para reivindicar compromiso y desmentir portadas. Florentino miraba el móvil para seguir la cotización mercantil de Ramos tras cada cabezazo. Di María andaba inquieto, que es como más nos gusta, y artilló la izquierda para el centro o el disparo con loable terquedad sin premio.

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1 diciembre, 2013 · 13:59

Las productivas cicatrices de Blas de Lezo

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Dejaron de apodarle Patapalo para empezar a llamarle Mediohombre por un mero prurito de exactitud. Sintió de niño una vocación original: sujetar las costuras oceánicas de un imperio demasiado tirante, y logró morir sin que se le rompiera ninguna, suturándolas con la propia piel cuando fue necesario. Y lo fue desde muy pronto: a los 15 años, habiéndose enrolado voluntariamente para luchar por su rey en la Guerra de Sucesión, un cañonazo le seccionó la pierna izquierda. No es uno de esos bautismos que animan a continuar en la carrera laboral escogida, pero Blas pensó que sí, que todo lo contrario. Se hizo una pata de madera, siguió en el servicio y le nombraron alférez por la serenidad mostrada durante la hemorragia.

A los dieciséis atacó su primer barco inglés, el Resolution. Lo dejó envuelto en llamas rojas cuyo reflejo danzaba en su rostro mudo de satisfacción, ardiente de orgullo, estampa hermosa y trágica que le ganó para siempre como le ganaría al pintor Turner después. Al año siguiente empezaría a especializarse en asedios pero por la parte de dentro, la de la resistencia victoriosa, porque el poderío de la armada en que sirvió menguaba al ritmo proporcional en que crecía el de los enemigos de España. A Blas de Lezo en todo caso vencer con superioridad numérica le parecía una ordinariez, una burocracia marcial desprovista de gloria. Así que hizo de la necesidad virtud en cada puerto infame en que fue sitiado por los barcos de la pérfida Albión, que se morían por acertarle con el plomo en la cabeza y no en esas prescindibles extremidades. Recién superada la adolescencia, defendió el fuerte de Santa Catalina en Tolón, Francia, donde una esquirla de metralla estalló en su ojo izquierdo, vaciándolo como un bombón de licor. Le dijeron que ya había demostrado suficientes cojones, pero él replicó que todavía estaba precalentando. Al poco ascendió a teniente de navío y después a capitán de fragata.

Lezo había nacido en Pasajes, por entonces una aldea guipuzcoana entregada al Cantábrico como el cosechador a su mies, y se relacionaba con el mar con la naturalidad de las criaturas míticas de Homero: no mediante el inquieto dominio de un patrón, sino mediante la facilidad nativa del anfibio. En pleno océano el capitán Lezo siempre jugaba con ventaja.

A los 25 años le encontramos defendiendo el puerto de Barcelona, ciudad que, como sabemos y nos recuerdan a su manera creativa los historiadores de cámara de Artur Mas, no acató la llegada de la casa borbónica. El joven capitán, leal a Felipe V, luchó en el asedio de la Ciudad Condal acercándose tanto a las defensas que recibió un mosquetazo en el antebrazo derecho aquel mismo 11 de septiembre de 1714. Pacificada Barcelona marchó a arrebatar Mallorca a los ingleses, que se le rindieron sin pegar un tiro. La contrapartida de la cesión de Gibraltar tuvo que inflamar de vergüenza el pecho del marino vasco –ya le iban quedando poca partes del cuerpo que inflamar–, pero Lezo era un hombre de honor y acató su nueva misión: limpiar de piratas el Mediterráneo español, apretar las tuercas a caciques díscolos y, de vez en cuando, ya por pura afición, capturar barcos ingleses. Se ganó a pulso el Toisón de Oro.

Los de su cuadrilla, allá en el norte, adonde se había recogido brevemente para recuperarse de sus heridas, lo bautizaron con sorna escasamente épica: Anka-mortz. “Medio-hombre”, en euskera. Pero le quedó cuerpo suficiente para mantener a raya a los corsarios ingleses y holandeses o a los piratas berberiscos que depredaban los barcos españoles bien cargados en Indias y camino de Sevilla. Luego el rey lo mandó al Caribe a poner orden. Se casó en Lima con una criolla y tuvo siete hijos, a los que hizo menos caso que a sus barcos, obviamente. Ganó 22 batallas y no perdió ninguna. La sola mención de su nombre en un salón inglés se consideraba de mal gusto, y en una taberna de marineros equivalía directamente a un ejercicio de satanismo. Todos atribuían a un pacto fáustico la invencibilidad de aquel español menoscabado y febril que se burlaba de las condiciones objetivas de la superioridad militar.

Entonces el rey Jorge II se hartó. Utilizó el pretexto de la oreja de Jenkins –un contrabandista británico apresado y desorejado por un guardacostas español– para reunir la flota más numerosa de la historia naval, duplicando a la Invencible y superada solo por el desembarco de Normandía, y la envió al Caribe con una hoja de ruta, como se dice ahora, muy claramente expresada al almirante plenipotenciario Edward Vernon: “Conquista toda América y acaba con el imperio español”. Una tarea así debía empezar en Cartagena de Indias, el principal puerto de la América española, plaza estratégica del comercio transatlántico. Vernon enfiló hacia Cartagena con nada menos que 195 naves y unos 23.600 efectivos de tropa y marinería, incluyendo una aplicada delegación de macheteros jamaicanos y 4.000 soldados de reemplazo al mando de Lawrence Washington, hermanastro del famoso presidente yanqui. Ahora bien: al frente de la defensa de Cartagena se encontraba Mediohombre con seis barcos y unos 3.000 hombres en la fortaleza, incluyendo 600 indios flecheros y una fueraborda para remolcar sus huevos de comandante general. Vernon, con gentileza british, le mandó una carta a Lezo diciéndole que ya había tomado Portobelo en Panamá, que iba para allá y que hiciera el favor de no oponer resistencia no fuera a ser que alguien resultara herido. Lezo, desde sus seis barcos y una guarnición desvencijada, contestó exactamente esto: “Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía”. Y ya estaba armada.

Amaneció el 13 de marzo de 1741. Lezo, verdadero Napoleón de mar, preparó la defensa apuntando los cañones de sus buques hacia las estrechas bahías que dan acceso a la ciudad, embudo en el que quedó encajada la formidable flota de guerra británica, que no dejaba de cañonear los fuertes del puerto. Los españoles trataban de repeler el fuego desde las baterías de tierra, a las que se sumaban los cañones de los barcos equipados por el comandante Lezo con artillería de bolas encadenadas que multiplicaban el destrozo causado a los cascos de los buques británicos. Vernon echó el resto: bombardeó Cartagena durante 16 días a razón de 62 disparos la hora, dicen las crónicas. El estrago fue terrible. Entonces Lezo tomó una decisión en apariencia desesperada: quemó las naves, como Cortés. Hundió sus propios barcos a la entrada del canal para obstruir el acceso marítimo a la ciudad, con lo que ganó un tiempo precioso para organizar la resistencia en los fuertes. Cuando los barcos de Vernon, después de remolcar los restos de la exigua flota española, lograron entrar en la bahía, un entusiasmo prematuro se apoderó del almirante inglés, que envió una corbeta a Inglaterra para que llevara la noticia de su victoria, dándola por hecha. En Londres incluso acuñaron moneda para celebrarlo: en ellas se grabó la efigie arrodillada del archienemigo Blas de Lezo, rendido ante Vernon. Aquello fue la madre de los whisful thinking.

Seis centenares de españoles aguantaban en el castillo de San Felipe, una fortaleza literalmente inexpugnable de frente. Los ingleses trataron de acometerlo por la espalda atravesando la selva, donde contrajeron toda clase de infecciones mortales. Las bajas se redoblaron cuando llegaron a la línea de tiro elevada de la guarnición del castillo: el ingenioso Mediohombre había ordenado cavar un foso alrededor de la muralla, de modo que las escalas con las que la tropa británica pretendía el asalto resultaron cortas y los escaladores quedaron a merced de los resistentes, que los tirotearon a placer. La moral inglesa se derrumbó y Lezo, dándose cuenta, lo aprovechó saliendo de la madriguera y guiando el ataque total sobre la retirada enemiga. En primera línea de batalla se vio entonces a una suerte de derviche enfebrecido, cojo, tuerto y manco, disparando con su único brazo y saltando sobre su única pierna, una pesadilla dantesca grabándose en el inconsciente colectivo inglés. Vernon ordenó la retirada a los barcos y desde ellos asedió durante un mes entero el castillo, bombardeándolo con desesperación rabiosa, pero no logró rendirlo. El pabellón de San Jorge contaba ya más de 5.000 bajas, sus barcos se habían convertido en hospitales y para evitar que cayesen en poder español algunos fueron hundidos, pues les habían matado a la tripulación. Vernon comprendió que debía regresar a Inglaterra y asumir ante el rey la humillación total de la derrota. “God damn you, Lezo!”, cuentan que gritó desde la cubierta del barco en que huía.

Aún reunió valor para amenazar al español por carta: “Hemos decidido retirarnos para volver pronto a esta plaza después de reforzarnos en Jamaica”. Lezo respondió para los oídos de la Historia: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir”.

El comandante de los seis barcos había derrotado al almirante de los 195. Los ingleses no volvieron a desafiar la integridad del imperio español hasta Trafalgar. Sin embargo, Inglaterra se acabaría portando más generosamente con el vencido en Cartagena de Indias que España con el vencedor. Vernon fue expulsado de la marina, pero finalmente se le enterró en Westminster con un epitafio eufemístico, pues la humillante batalla fue eliminada de los libros de historia ingleses por orden de Jorge II. A Blas de Lezo, en cambio, se le acusó de temeridad en su defensa numantina de Cartagena, su virrey le denunció ante la Corte y acabó perdiendo el favor real. Murió meses después de la batalla, en Cartagena, pobre, traicionado y sin reconocimiento, víctima de la peste generada por los cuerpos insepultos de los ingleses que abatió. Su tumba no consta en emplazamiento conocido, como pasa con la de Lope, Cervantes o Velázquez. Una tradición muy nuestra, que dice Reverte.

Para paliar esa injusticia, el Museo Naval cuenta todos estos hechos en una exposición inaugurada por el ministro Morenés que se mantendrá abierta hasta el 13 de enero. Aunque la muestra está siendo la más visitada de cuantas ha organizado este museo, yo no me atrevería a hacer una encuesta callejera sobre la figura de Blas de Lezo en el Paseo de la Castellana. Tampoco es que importe mucho, esto es España. Y no parece que los ingleses vayan a hacer la película. En la ósmosis pacifista en que flota por defecto toda sociedad primermundista, la biografía del mayor marino de la historia militar española no puede aspirar a despertar aficiones más concurridas que la filatelia o los juegos de rol con dado poligonal. Que Lezo fuera guipuzcoano e imperialista español tampoco es fácil de casar con el atribulado presente de nuestras estrictas, cejijuntas etiquetas.

Pero la dura realidad es que son los hechos de armas los que configuran la historia del mundo. América entera, de Tierra de Fuego a Groenlandia, hablaría hoy inglés sin la aptitud para hundir barcos ajenos de tipos como Blas de Lezo y Olavarrieta. Y cuando mañana un licenciado español de letras cruce el Atlántico para conferenciar sobre Borges, o para doctorarse en García Márquez, o bien ocupe una suculenta plaza en el Instituto Cervantes de Nueva York, que no se llame a engaño: su carrera profesional será posible gracias a los miembros que Mediohombre sacrificó en combate en el siglo XVIII.

(Publicado en Suma Cultural, 30 de noviembre de 2013)

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Carta abierta a Álvaro Arbeloa

Querido Álvaro:

Vaya noche la del miércoles, amigo. Vaya Lepanto a tu medida, contra los turcos y en la armada de Juan de Austria, sobrenombre del poderoso almirante Xabier Alonso Olano. Ya habrás visto por la tele la manera punk en que tu amigo Xabi enloqueció de júbilo en la banda cuando batiste a Iscan con un empalme suave, acompañado como un muletazo. Y el tendido en pie, claro, ese tendido indescifrable que te ha hecho sufrir y que contra el Galatasaray se entregó a tu desagravio pendiente y unánime.

Mientras vuelve CR los marca Arbeloa.

Mientras vuelve CR los marca Arbeloa.

Eres un hombre de temperamento marcial, leal y fiable como castellano viejo. Y como a los buenos soldados, el valor que se te presupone jamás es defraudado. No prodigas la fantasía del zigzag como Marcelo, pero tampoco regalas el espacio que hay detrás de tu espalda ni a tu padre. Tus errores, cuando los tienes, se amplifican con lupa, no la mía sino la de los viejos y ya casi entrañables enemigos de tu militancia mourinhista. Yo no recuerdo un jugador más perseguido, ridiculizado, ninguneado y vejado por la prensa deportiva de este país en mis 30 años de vida y madridismo. Cualquier otro se habría calado las Ray-Ban, agarrado el trolley en Barajas y sacado a pasear la peineta castellana: os va a aguantar la madre que os parió, bastardos. Pero Arbeloa se queda a luchar con la pata sobre la calavera que hay al pie del cañón, apretando los dientes, soportando el fuego. Y un día, que fue el miércoles pasado, sales de la trinchera, recorres todo el campo, llegas hasta el cuartel general del enemigo y te traes la bandera dando aullidos. Marcaste uno, casi marcas dos, provocaste un penalti no pitado y diste una asistencia. Hasta los locutores más fríos se derritieron.

Y esto no es fácil, Álvaro. El Madrid es una trituradora de espíritus apocados, y hay jugadores con más calidad que tú que han salido de aquí camino del psiquiátrico para los restos. Pero supongo que el apellido Arbeloa desciende de los marañones que subían con la armadura puesta al cráter del volcán a recoger azufre para hacer pólvora de arcabuz. Deberías anunciar chalecos de kevlar, y no cosméticos. Mi amigo Hughes ha escrito que eres el jugador antisilbidos, porque cuando más dispuesta está la parte torva de la afición a pitarte, más sereno entregas el balón al compañero.

Consumada la gesta dijiste ante el micrófono que “el público sabe mucho”. Tú sabes y yo sé que eso es muy generoso de tu parte, pero también que un jugador de fútbol pertenece a su afición, y debe afrontar el odio y el amor con la mandíbula prieta. Te lo recuerdo ahora que en tu cabeza hay nubes blancas porque la tormenta volverá en cualquier momento. Cuando eso pase, recuerda también la noche en que batiste a los turcos, y esta gratitud nuestra que algunos no cambiaremos por una cintura tropical o por un discurso más acomodaticio. Muchos te consideran capitán sin brazalete, y no lo llevas porque lo tienes impreso en la piel como los estigmas en los santos.

(La Lupa, Real Madrid TV, viernes 29 de noviembre de 2013)

La locución aquí, a partir del 20:10.

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El formol delicioso de Julio Camba

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Parece una paradoja que el auge editorial de Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid, 1962) coincida con la ruina del periodismo tradicional, amén del cincuentenario de su muerte que se conmemoró el año pasado. Asombra la vigencia de la prosa cambiana en su estilo y en sus temas, sancionada por el favor de nuevas generaciones de lectores que descubren al gran genio español del columnismo del siglo XX ahora que cualquier bloguero con pretensiones se llama a sí mismo columnista. Pero quizá no sea tan paradójico el resurgir de Camba (a quien hace diez años nadie leía ni reeditaba en este país) en tiempos críticos para el periodismo, porque es conocida la facultad selectiva de las crisis para expurgar únicamente lo mejor con cierto ánimo de reivindicación. Y Camba no sólo es de lo mejor que le ha pasado a la historia del periodismo español, sino de lo mejor que podría sucederle a su futuro.

La editorial sevillana Renacimiento, con un primor ya reconocible, publica ahora las crónicas escritas por Julio Camba entre 1912 y 1915, siendo corresponsal en Alemania para La Tribuna primero y para el ABC de Torcuato Luca de Tena después:

–Pero si yo no sé alemán.
–Eso no importa, lo hará usted muy bien –le contestó el fundador de ABC.

Camba, que venía de cubrir las corresponsalías más excitantes de Londres y, sobre todo, de París, encaró Berlín con una desgana que la siempre fina ironía de sus artículos deja traslucir perfectamente. «Yo soy el hombre menos alemán del mundo», declaraba, y aunque pasó allí dos años y escribió algunas de las mejores crónicas de su vida periodística, nunca llegaría a encariñarse de lo germánico. Regresó aliviado a Madrid en los inicios de la Gran Guerra, aunque él dijo que volvía por aprensión de sabiduría, porque empezaba a notarse «síntomas así como de ir adquiriendo un criterio científico para todas las cosas» y él no quería defraudar a sus amigos castizos del café volviendo del país de Kant hecho un sabio de levita.

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29 noviembre, 2013 · 17:52