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Las naturalezas muertas de Mariano Rajoy

Nacionalismo catalán, según Eddie Hopper. Artur Mas va de rojo.

Nacionalismo catalán, según Eddie Hopper. Artur Mas va de rojo.

Si la legalidad internacional ha ingresado en el dominio del oxímoron con las últimas travesuras de Putin por el Mar Muerto, las travesuras de ERC-CiU por la parte noroccidental del Mar Mediterráneo pretenden extender el manto pardo de la paradoja a la legalidad nacional. El diputado Alfred Bosch, afectado por una ptosis palpebral que no creemos a salvo de ciertas metáforas, tomó el primero la palabra esta mañana en el Congreso y le espetó a Mariano Rajoy Brey, presidente del Gobierno de España según todas las disposiciones vigentes:

–¿En qué se basa usted para asegurar que impedirá la votación del 9 de noviembre?

Pues en la ley, claro, contestó Rajoy. El otro soñaba que le dijese los tanques, a poder ser con rancho de paella para todos y el clan Tejero al megáfono, pero don Mariano es el donjuán de los silencios políticos, aquel por quien se inventó la expresión de matar callando. Entonces, Bosch, desde la ranura visual que le está permitida, volvió a la carga en procaz mixtura de lírica y amenaza, de Lorca a Corleone en un abrir y cerrar de ojos (y disculpen la maldad):

–Verde que te quiero verde. Ponga el semáforo en verde, que lo tiene siempre en rojo y encima va empujando. Haga una propuesta. En Cataluña hay millones de personas esperando, y si no cambia el semáforo puede provocar un accidente. Nosotros siempre cruzamos en verde, pero si el semáforo no cambia ya encontraremos un paso de cebra.

Así hablaba el bravo Bosch, de tremolante penacho. Rajoy, conductor de pueblos, ni siquiera se dignó a dirigirle la “mirada torva” con que Homero suele anticipar una resuelta paliza. Clavó la vista en el folio y leyó su respuesta con desgana oceánica, escuchando el gozoso crepitar del jarro frío sobre la brasa insurgente, también llamada Tabarrón Catalán (¡TC!):

–Usted pretende saltarse la Constitución, y eso sí que es un semáforo en rojo. Yo quiero que sigamos juntos, compartiendo la misma historia como venimos haciendo desde hace siglos. Y no quiero una Cataluña empobrecida y fuera de Europa. No se lo merece. Ni siquiera se lo merece usted –apostilló, en postrera concesión a la tribuna.

La mujer de Hopper lamentaba la oscuridad creadora en la que su marido se abismaba de pronto, rachas desoladas de mutismo y cavilación. “A veces hablar con Eddie era como tirar una piedra a un pozo”. Rajoy no sabe pintar noctámbulos acodados en barras melancólicas, pero solo en un tosco sentido real. En el plano figurado, en cambio, ya empezamos a vislumbrar el mentón de Artur Mas en el ángulo del lienzo que ocupa la mujer de rojo, alma embarrancada por la desatención, solitaria y rebelde porque el mundo la ha hecho así, porque nadie la ha tratado con amor. ¿Es Cataluña la naturaleza muerta de Rajoy? ¿No suena el nacionalismo como una eterna viuda quejumbrosa?

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19 marzo, 2014 · 19:17

Carta esperanzada a Jesé Rodríguez

Ánimo, Jesé.

Ánimo, Jesé.

Querido Jesé:

Los médicos todavía no se explican cómo lograste ponerte en pie y dar un paso. Si la rodilla se vencía hacia dentro, la pierna dolorosamente suelta. Pero querías caminar porque aunque ya sabías que estabas lesionado –tú mejor que nadie lo sabías, y también la gravedad de la lesión– todavía no lo querías aceptar. Te debatías por volver al campo. Y viendo eso, uno no puede quedarse con tus goles importantes al Valencia, o al Barça, o al Athletic; uno se queda ante todo con esa voluntad terca de caminar aún estando quebrado.

Esa es la actitud que te mantendrá sereno ahora, en la dura travesía cuyo final ya empieza a vislumbrar tu compañero Khedira. Tienes derecho a desahogarte, a rebelarte, a esparcir algunas cenizas de tu temperamento volcánico; pero yo en tu lugar no lo haría. Necesitas toda tu energía para volver perfecto en pretemporada.

Pretemporada. Qué lejos queda ahora, cuando se acercan a toda velocidad los días de fuego del calendario, las citas para la gloria o el fracaso, el clásico, el otro clásico en una final de Copa, las eliminatorias calientes de Champions, el horizonte del alirón en Liga… En definitiva, el gran examen que evaluará una andadura hasta ahora ilusionante. Ilusionante sobre todo para ti, que llevabas registros no vistos en un debutante desde Raúl.

Dice Arbeloa que la adversidad es amarga pero nunca estéril. Así es. En la rueda de prensa previa al partido fatal explicaste lo mucho que has aprendido durante los meses que llevas en el primer equipo. Ahora sí vas a crecer de verdad. Fíjate en lo primero que declaró Ancelotti al conocer de boca de los periodistas tu diagnóstico: “A mí me pasó lo mismo a su misma edad”. No añadió “y no me ha ido mal” porque don Carlo es hombre modesto, pero la conclusión ya la sacas tú. Aún tienes muchos títulos que ganar y, si ganamos alguno este año, será también tuyo con todos los honores debidos a tu esfuerzo y a tus goles.

Ahora descansa. Lee con calma todos los mensajes de apoyo del madridismo que te quiere y que te espera. Algunos contienen lecciones útiles. Otros traen vaticinios irrefutables: volverás y serás grande. Convéncete de que esto que te ha pasado es la baza que el destino se reserva para convertir una buena carrera en una carrera mítica. Porque para ello se necesita lo mismo el don del talento que el temple de hierro que proporciona el sacrificio. El primero ya lo tenías; el segundo lo desarrollarás en estos seis meses. Y por eso, cuando vuelvas, serás mejor de lo que fuiste.

Ya casi oyes los aplausos, la grada atronando tu nombre. Ya queda un día menos para tu regreso.

(La Lupa, Real Madrid TV, 19 de marzo de 2014)

La locución aquí, a partir del 16.50.

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Lecciones que desaprender

Consecuencias de chocar con Cristiano.

Consecuencias de chocar con Cristiano.

El partido empezó sin que Schuster hubiera reconocido públicamente que era imposible ganar al Madrid, como manda la tradición, y después de eso ya no se encontró el canon en ningún momento. Y los cánones, para este equipazo, son los de la goleada probable. Ganó el Madrid, por supuesto, pero no como debía haberlo hecho. Esta semana hay que empezar por entrenar el pase de la muerte, don Carlo, y por desaprender el tiro al muñeco.

Vi el Madrid-Málaga en una taberna flamenca, con hilo musical de Mercé a Morente en lugar de locución Prisa, y la narración del juego ganó tanta exactitud lógica como expresividad emocional. Asombra lo bien que marida el quejío con un despeje de Varane, un penalti no pitado de Carvajal o una zancadilla sobre Bale. De ese tributo al folclore quiso participar Ancelotti alineando a Isco, héroe local. Nunca lo hiciera. El malagueño no solo anduvo desactivado y tímido todo el encuentro sino que decidió cuestionar su delicado crédito de falso nueve fallando a lo grande un mano a mano ante Willy Caballero. La afición le reconoció el gesto aplaudiéndolo a rabiar cuando fue sustituido. El chaval necesita diván, pero sabemos que es muy bueno.

El Madrid jugaba raro, inconexo, dubitativo. Cierta aflamencada improvisación. Contaba con la ventaja de que el Málaga jugaba peor. Pero presionaba y robaba, circunstancias que empezaron a inquietar al técnico italiano, que hubo de levantarse del banquillo y ponerse a dar órdenes con la mano derecha. Y amenazaba incluso con sacarse la izquierda del bolsillo, aunque al final la sangre no llegó al río.

Cristiano marcó un golazo de esos suyos indefendibles, todo individualismo poderoso que provoca grietas en la santa pizarra del táctico. Si no tiene hueco para tirar, tapado por tres defensas, se lo crea y dispara. Y gol. Eso es el fútbol, que diría Beckenbauer.

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16 marzo, 2014 · 13:30

Marcelo: sin etiquetas, por favor

Marcelo: el caos productivo.

Marcelo: el caos productivo.

Cuando uno teclea Marcelo en Google, enseguida salta la Wikipedia a tratar de cumplir con la ardua función de clasificarle: “Marcelo Vieira da Silva Júnior –conocido simplemente como Marcelo– es un futbolista brasileño del Real Madrid C.F. de la Primera División de España. Juega principalmente de lateral izquierdo aunque también ha sido alineado como extremo e interior…”, etcétera. Y ya desde esta segunda frase comprobamos los problemas que encuentra la Wikipedia para etiquetarle. Asegura que Marcelo juega principalmente de lateral izquierdo, pero se apresura a añadir que puede jugar de extremo, e incluso de interior, y se para ahí por no tener que constatar que este Marcelo en mitad de un partido también se desempeña como media punta, y que no pocas veces ha marcado goles que exigen la habilidad de un delantero puro.

Uno de esos goles lo marcó el domingo contra el Levante. Primero amagó al defensor con una finta elástica que solo está al alcance de caderas brasileñas, y después sacó el interior de su pie menos bueno para imprimir la rosca perfecta que deposita delicadamente el balón en la red lateral del palo largo, tan lejos de Keylor Navas. Es un gol que debería haber marcado un atacante especializado, pero que marcó un defensa. O alguien que nos empeñamos en catalogar como defensa. Porque Marcelo, haciendo estas cosas, desafía la etiqueta que le reservan las enciclopedias y las pizarras de los periódicos. A falta de mayor exactitud habremos de convenir en que Marcelo es un lateral inclasificable, que no hay otro como él y que fracasarán cuantos laterales traten de imitar lo que él hace, porque la alegría de su caos productivo no se aprende.

A Marcelo, cuando vino al Madrid hace ya ocho años, se le comparó apresuradamente con Roberto Carlos porque era brasileño y porque jugaba de lateral zurdo. Hay que ver cómo nos gusta poner listones mitológicos a los recién llegados al Madrid. La mayoría no pueden saltarlos, claro, salvo Cristiano Ronaldo que los va saltando todos en fila y uno encima del otro. Pero algunos son capaces de resistir la comparación con un antiguo mito a fuerza de talento, entrega y tenacidad. Marcelo, y es hora de decirlo ya, tiene margen para terminar prestando al Madrid el mismo rendimiento acumulado que prestó Roberto Carlos. Le falta una asistencia en la final de la Champions como la que Roberto cedió a Zidane, pero no mucho más.

Cuando el partido se atasca, llamad a Marcelo. Cuando las ideas se agotan, llamad a Marcelo. Cuando la defensa rival parece impenetrable, llamad a Marcelo. Cuando la táctica no da resultado, cuando el contrincante te tiene donde él quería, cuando suena la hora del todo o nada, alzad la voz y llamad a gritos a Marcelo. Y algo pasará.

A otros corresponde la seriedad y la colocación milimétrica. Al Madrid le da Marcelo fantasía por banda y sonrisas en el vestuario. Y un jugador así no tiene ni precio, ni corsé, ni etiqueta.

(La Lupa, Real Madrid TV, 13 de marzo de 2014)

La locución aquí, a partir del 58:00.

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El ancho nombre del feminismo

Echávarri, el milicianismo que no cesa.

Echávarri, el milicianismo que no cesa.

Nos gustan las sesiones de control rutinarias, casi cenicientas. El debate sobre el estado de la nación concede un relumbre excepcional: pero el parlamentario y el cronista labran su oficio desventurado en días como hoy, sin historia, sin otro aliciente que la disciplina de partido, roturando como bueyes mudos el sendero trillado de la democracia. Nos gusta esa postal apacible como de espigadoras de Millet gastando culo sobre el escaño en vez de pellejo sobre el azadón.

Por no estar no estaba ni Soraya, que prefirió un desayuno informativo. Con buen criterio, pues ahí no tiene a una tocaya apuntándole con el dedo, discutiéndole así sea torpemente su poder. Rajoy eligió un tono de sosiego que quizá sea solo fastidio de tener que dar explicaciones. Rubalcaba continuó en cambio la estrategia estrenada en el gran debate: una agresividad voluntariosa, forzada, enternecedora, a cuenta de la reforma educativa de Wert que vino precedida de un grito sarcástico desde la bancada pepera: “¡Ánimo Freddy!”

–Ustedes han pasado del “solos contra todos” al “deprisa, deprisa, que viene la oposición”. Es una chapuza. Reúnase al menos, señor Rajoy, con sus comunidades autónomas y pare este insensato calendario. Aprovechan la crisis para atacar la educación…

A tal punto llegaba la desgana de don Mariano que acusó a Rubalcaba de estar instalado en el inmovilismo. ¡Rajoy, que ha hecho del inmovilismo un apéndice a El Príncipe de Maquiavelo! Tiene mucha razón en recordarle a don Alfredo que las únicas leyes educativas que han regido en este país han sido socialistas, y que la calidad educativa no depende del dinero, pues España invierte bastante más por alumno que la media europea y Pisa sigue retratando al zoquete nacional. Pero, hombre, presidente, usted no puede pronunciar la palabra inmovilismo. Es como si Putin denuncia el movimiento (de tropas).

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12 marzo, 2014 · 18:00

El diván de Montalbán

MVM y su hijo, DVS, en la hora del esplendor en la hierba.

MVM y su hijo, DVS, en la hora del esplendor en la hierba.

El hijo único de Manuel Vázquez Montalbán firma en propia declaración este «acto de expiación paternofilial» que cae sobre el indefenso ataúd de su padre como un último perno inclemente, desmañado, comido por óxidos varios y compatibles: el arrasador complejo de inferioridad, el ajuste de cuentas freudiano, el arranque sentimental, el memorialismo cainita, la autocompasión patética, el desahogo contra terceros, el comentario político, el acceso lírico, el brindis al sol felliniano y hasta alguna parrafada de sintaxis madura. Todo ello cabe y se sucede sin concierto en estos Recuerdos sin retorno que le han dejado publicar a Daniel Vázquez Sallés, contra el que no tenía uno nada antes de leer su libro.

El autor, quizá por encargo lucrativo, quizá animado de una generosidad filial en la efeméride del primer decenio sin el padre de Pepe Carvalho, afronta la escritura de una obra que debiera por íntimas razones haber observado un proceso más serio de elaboración, un propósito más claro de destino o, al menos, debiera su desnortado autor haber contado con una piadosa asistencia editorial, así sea por la limpia memoria del patriarca. No es que Vázquez Montalbán salga malparado de estos recuerdos filiales, ni tampoco más explorado de lo que ya estaba por el propio autobiografismo solapado de Montalbán, ni elucidado en sus posibles incoherencias, como esa de ser a un tiempo terca ama de llaves del comunismo español y teórico pionero del nuevo gourmet de clase media-alta. El delicado género de la carta al padre, para ser literatura de observación y no documentalismo de niño perdido, exige la afirmación de una nueva personalidad mediante la reivindicación orgullosa, o bien el ajusticiamiento a lo Kafka; pero la obrita digamos compuesta por el vástago de Manuel Vázquez Montalbán no hace ni una cosa ni la contraria: explota desde la portada el apellido paterno para acabar endilgándonos la confesión más idiosincrásica que original de un varón barcelonés en plena crisis de los cuarenta, hijo de padre talentoso a quien el cielo y la genética se negaron a transmitir el don, dóciles al inflexible aforismo: Quod natura non dat, Salmantica non præstat.

El texto vale como documento elocuente del tema del padre no intencional. Si Vázquez Sallés se propuso emprender un paseo proustiano por el tiempo compartido, en la práctica sólo se lame las heridas de una vida marcada (para bien y) para mal por el hierro de un papá titánico, castrante. Así los Panero. En este caso, el relato en primera persona traslada la voz de un hombre aplastado por la relevancia del destinatario al que se dirige. Unas veces lo defiende de un Arcadi Espada o un Vidal-Folch implacables con los turistas del ideal. Otras veces le reprocha su incapacidad para el cariño, o la existencia vicaria a la que la fama del padre tiene condenado al hijo: «En este planeta de los simios, no soy el puto mono de feria al que pueden lanzar cacahuetes cada vez que recuperan sus historias de la puta mili». Desde luego, si el autor aspira a un reconocimiento propio que suelte amarras con las prebendas dinásticas, no lo conseguirá con ese lenguaje.

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11 marzo, 2014 · 12:13

11-M: hito y tabú

Portada del número 250 de la revista LEER, marzo de 2014.

Portada del número 250 de la revista LEER, marzo de 2014.

Cuando el gene­ral De Gau­lle deci­dió al fin depo­ner la lucha y reco­no­cer el dere­cho de Arge­lia a su inde­pen­den­cia, se cuenta que uno de sus ase­so­res más recal­ci­tran­te­mente beli­cis­tas pro­testó: “¡Se ha derra­mado dema­siada san­gre!” A lo que el gene­ral res­pon­dió, en pala­bras de már­mol: “Nada se seca tan pronto como la sangre”.

Se cum­plen diez años del aten­tado terro­rista que derramó más san­gre en la his­to­ria reciente de Europa. Ocu­rrió un 11 de marzo de 2004, en Madrid, a tres días de unas elec­cio­nes gene­ra­les. Y en torno a la trá­gica efe­mé­ride, el perio­dismo se dis­pone a pre­sen­tar su pri­mer borra­dor de la his­to­ria, más cer­cano ya de la his­to­ria que del borra­dor. Por­que los pla­zos de la his­to­rio­gra­fía, su pro­ver­bial exi­gen­cia de pers­pec­tiva, se acor­tan cada vez más a tono con el vér­tigo evo­lu­tivo de la época, con lo que el 11-M ya es un hito historiable.

El 11-M es, de hecho, el hito con­tem­po­rá­neo que marca un punto de infle­xión en la his­to­ria de España, pues cam­bió muchas más cosas, en el tiempo de un país y en el espa­cio de su con­cien­cia colec­tiva, que el puro des­ga­rro ori­gi­nal, pri­vado: la vida talada de 200 fami­lias. El aten­tado fija el 2004 en las enci­clo­pe­dias como la muerte de Franco fija 1975: con la misma emble­má­tica tras­cen­den­cia. Ahora es cuando lo empe­za­mos a ver, y a leer.

Y sin embargo la san­gre derra­mada en aque­llos tre­nes, como sabía De Gau­lle, está más seca que nunca. Si su noti­cia se halla ya lo sufi­cien­te­mente lejos como para pro­pi­ciar la sere­ni­dad del pri­mer aná­li­sis his­tó­rico, el res­coldo de su trauma social sigue aún dema­siado vivo en nues­tra memo­ria, que reac­ciona al enfren­ta­miento anual con la masa­cre cada vez menos, cada vez más silen­cio­sa­mente, de hecho con un rechazo camu­flado de has­tío –incluso de fas­ti­dio– ante las imá­ge­nes con­sa­bi­das recor­da­das por el enésimo docu­men­tal. El 11-M empieza a adqui­rir en la memo­ria colec­tiva los incon­fun­di­bles con­tor­nos del tabú. Más ade­lante tra­ta­re­mos de expli­car por qué la inco­mo­di­dad que pro­duce el 11-M no obe­dece solo a con­tro­ver­ti­das razo­nes polí­ti­cas, a car­gan­tes teo­rías mediá­ti­cas de la cons­pi­ra­ción, a la incle­mente rueda de la actua­li­dad que sepulta incluso los hechos más tre­men­dos; no solo es eso, que tam­bién. Noso­tros pen­sa­mos que el 11-M es ante todo un tabú socio­ló­gico, un temor supers­ti­cioso que apa­reja un giro en la men­ta­li­dad del pue­blo, sin­gu­lar­mente en la de los jóve­nes de mi gene­ra­ción, y que explica en buena medida el nuevo volks­geist de esta España pos­trada, cri­sis aparte. El 11-M es una con­va­le­cen­cia negada por el enfermo.

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Convocatoria para mi tuit-entrevista de mañana.

Una cosa que se llama storify, o resumen de tuits que pautaron la entrevista.

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10 marzo, 2014 · 15:06

El Madrid y lo carnavalesco

Bajtín, teórico ruso del carnaval que no cesa.

Bajtín, teórico ruso del carnaval que no cesa.

De los equipos de Caparrós se predica irresponsablemente cierta fama de correosos que partidos como el de hoy obligan a revisar. Se venían diciendo cosas como que el Levante es el equipo que mejor defiende cerca de su portero, Keylor Navas, guardameta muy notable con nombre biónico. Entre biónico y espanglis. El caso es que la concentración defensiva de un equipo, su cualidad correosa, debería acreditarse antes que nada en las jugadas a balón parado, y ni así. Se alzó Cristiano en el minuto 11 sobre el plano terrestre, subió hasta que tuvo de las centrales la visión cósmica de Sandra Bullock en Gravity y cabeceó desde la lontananza para batir a Keylor. Cabezazo estratosférico, otro gol marciano del portugués.

A Cristiano le habían hecho antes una falta que quedó impune y eso aquilató la eficiencia de su respuesta, como siempre sucede. Solo hay una persona a quien le alimente tanto la injusticia como a Cristiano: un profesor universitario marxista.

El partido se presentaba como un duelo de mascadores de chicle: el calmoso prensado de Carletto contra el frenesí mandibular de Caparrós. Enseguida comenzó el asedio del Madrid al área presuntamente amurallada del Levante, con Bale y Carvajal (rezamos para que su lesión quede en poco) repartiéndose la banda derecha como dos señoras educadas en la cola de caja, y con Di María inaugurando por la derecha su irritante recital de acometidas ciegas, corregidas por la lucidez de Marcelo. Solo terminó una cosa bien el argentino en todo el partido y fue el córner botado al espacio aéreo de Cristiano en el primer gol. Por lo demás, y pese a su voluntarioso despliegue, confundió siempre la pertinencia del pase con la del tiro y viceversa, y cuando enmendaba sus errores recuperando el balón enseguida se aplicaba a perderlo y corría a recuperarlo para luego perderlo en un bucle de improductividad infinito y enojoso. Al menos corre, eso sí.

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10 marzo, 2014 · 14:40