
Cuando este miércoles vi a Antonio Pelayo bajando por via Frattina, con su traje de raya diplomática y dos periódicos bajo el brazo -el Corriere y La Repubblica-, me sorprendió que no llegara acompañado de Audrey Hepburn y Gregory Peck. Me había citado a las once y media en la terraza de su cafetería favorita, no lejos de la majestuosa escalinata de la plaza de España. Yo pedí un capuchino. Él fue directamente a la barra y regresó con un plato de canapés y una generosa copa de prosecco. El desayuno de los maestros.






