Se despueblan los guindos

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Infantería.

Confesaré un secreto regocijo en medio de este desastre. Como otros llevan un diario de la pandemia -algunos terapéuticos, la mayoría víricos-, yo llevo una contabilidad privada de las deserciones mediáticas en el sanchismo. Cada día cae una nueva palada de muerte y de ruina sobre nuestras confinadas cabezas y cada día anoto yo una nueva baja en la fiel infantería del poder. Años de sacerdotal entrega al periodismo de opinión me han avezado la sensibilidad para detectar las sutiles señales del desamor de tertulia, los tímidos repliegues del fervor tuitero. Uno llega a desarrollar un oído de delfín para captar los ultrasonidos que anuncian una mutación en la opinión pública, la señal que autoriza la defección y decreta que ya no es de fascistas criticar a este Gobierno. Hacerlo incluso desde la tele, que es donde abrevan las masas horizontales y por tanto donde más se sienten las presiones verticales. La veda ha debido de abrirse ya, porque las ovejas que se creen pastores empiezan a balar en consecuencia.

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20 abril, 2020 · 11:05

Una respuesta a “Se despueblan los guindos

  1. Froilán Sevilla Martínez

    En los últimos días, muchos ciudadanos, y todos los medios de comunicación salvo los más incondicionales al Gobierno, nos hemos sentido amenazados en nuestras más elementales libertades por un premeditado intento de confundir crítica con bulo. Esta clara pulsión totalitaria no es más que la evolución lógica de un proceso de largo alcance: tras la lucha contra la crítica al Gobierno está su miedo a la pérdida de un relato que la izquierda ha dominado en los últimos años, es la punta de un iceberg que aspira a minar la libertad de expresión y desarrollar la coerción social tras la imposición de una perspectiva dominante. El objetivo es claro para cualquier político: dominar el discurso mediático para construir un relato favorable, que solo está conectado con la verdad en la medida en que interese; los ciudadanos debemos tener la suficiente formación para poner muchos límites a esa intención.
    Los mayores cambios en las percepciones y en los trasfondos conceptuales, que luego sustentan cambios políticos, se logran a través del manejo de la información, mediante una “lluvia fina” de mensajes que van calando imperceptiblemente. Es un proceso de asimilación progresiva, que va impregnando nuestra concepción del mundo. Se trata de construir una conciencia de grupo que genere un sentimiento de que se está en el lado correcto.
    Sin duda Podemos fue la fuerza política capaz de capitalizar y canalizar el resentimiento del ciudadano hacia los continuos desmanes de la clase política, a pesar de unos posicionamientos teóricos totalitarios y muy desfasados, que han llevado a la ruina social y política donde se han desarrollado. Pero tuvieron un enorme éxito en desvirtuar el sentido de las palabras y los debates, y generar una dialéctica maniquea, simplista, que nos ha llevado a la degradación política actual, donde todos los partidos venden mensajes a una parroquia cada vez más radicalizada.
    La irrupción de Vox, que comenzó destapando para muchos ciudadanos algunas falacias del relato dominante, lejos de servir para contrarrestar esa dinámica, la ha justificado e intensificado. Introduciendo de paso nuevos motivos de discordia. En este sentido, habría que preguntar a Vox, algo que debería ser muy inquietante para todos los ciudadanos: ¿a dónde nos habría llevado este Gobierno sin los contrapoderes de las comunidades autónomas y, sobre todo, de la Unión Europea? Es cierto que para la construcción del relato no era imprescindible esta escisión del PP, pues llegó a tildar la gestión de Mariano Rajoy como de extrema derecha, cuando para los estándares europeos solo se podría calificar como de centro; pero algunas de las diatribas de Vox se lo ponen demasiado fácil al discurso de la corriente dominante.
    La creación de Ciudadanos, y antes UPYD, fueron expresiones de un planteamiento lógico, el de oponer a la radicalidad el centrismo y la renovación de la clase política (que era también uno de los productos que vendía Podemos); pero errores estratégicos han malogrado estos proyectos.
    La esencia de esa política de confrontación está en simplificar el debate, de manera que sólo haya dos posiciones y dos visiones, y no múltiples. De ahí es más fácil saltar del objeto del debate a las personas: de nuestros argumentos a “nosotros”. Y de ahí a nuestros sentimientos. Y los que no comparten nuestras ideas, no son de los nuestros, no comparten nuestra visión ni nuestros sentimientos. Y por tanto, son odiosos. Y en esa ridícula política del odio nos hemos instalado. Este ha sido el gran éxito de Podemos.
    La estrategia se ha basado en conseguir que los impulsos bondadosos de los ciudadanos se logren relacionar con ideas políticas que supuestamente sean el remedio a lo que nuestra percepción rechaza. Los ejemplos son muy variados: pasar de la repulsa por un desahucio a revolucionar el sistema inmobiliario y financiero; de la aversión a la pobreza a admitir ideales que han llevado a la miseria donde se han implantado; del miedo a la incertidumbre a las más que discutibles certezas de estado; del amor a las tradiciones propias al independentismo no limitado por las leyes; del desamparo de los refugiados a una utopía de desregulación de la inmigración; de la violencia contra mujeres a normas que rompen su igualdad jurídica con los hombres; de la pena por la muerte de un animal a los intentos de prohibir la caza; etc. La conexión entre percepción y solución propuesta es simplista y contraproducente, pero con suficiente publicidad ha mostrado que es relativamente fácil lograr que los sentimientos anulen el razonamiento lógico. En las cuestiones económicas, el esquema encuentra un camino directo gracias a la arraigada envidia al que tiene más, algo que ha sido magníficamente explotado en toda la historia de los movimientos marxistas.
    Como resultado de un proceso bien dirigido, la opinión pública ha llegado a digerir de forma natural cuestiones que analizadas fríamente, resultarían increíbles: la identificación de la generalizada corrupción política con un único partido; la desacreditación de cualquier postura crítica con la inmediata calificación de extrema derecha o fascismo; que se ha rescatado “a la banca” y no a los pequeños ahorradores; que se pueden hacer políticas de gasto olvidándose de las de generación de riqueza; que es ético endilgar la deuda a nuestros hijos o nietos mientras se abusa de la palabra sostenible; que es una buena opción gobernar España aliándose con los que preconizan su ruptura; que se puede cambiar el Código Penal para favorecer retroactivamente al los que se lo han saltado; que se puede poner a políticos a dirigir la Fiscalía General del Estado o el CIS sin que la imparcialidad de estos organismos resulte afectada; la recurrente apelación a episodios de hace ya casi un siglo para polarizar las posturas y alentar tensiones, reduciendo la colosal tragedia de la guerra civil a un conflicto en que los malos pretendían exterminar a los buenos; y así un largo etcétera.
    Recientemente dos factores han hecho acelerar enormemente el ritmo de esta maquinaria propagandística bien engrasada: la necesidad de incluir a Podemos en el Gobierno y la llegada del coronavirus. Esto ha forzado tanto el ritmo que el proceso de progresiva manipulación se les ha atragantado incluso a algunos de los que eran más incondicionales. Soportar a estas alturas que hemos tenido una gestión de la pandemia entre las más eficaces pero con los peores resultados tanto sanitarios como económicos es un acto de fe excesivo hasta para los más fervientes devotos, y solo los mejor subvencionados lo pueden resistir. Pero este error, con todo lo trágico que es, no es lo más importante. Si no tomamos conciencia del proceso que estamos viviendo, el Gobierno, tras forzar algunos límites y replegarse ante la contestación, intentará el control de la opinión pública de otras formas.
    El dominio del relato ha logrado que triunfen en el imaginario colectivo interpretaciones cuando menos sesgadas, y casi siempre contrarias a las que resultan de un análisis reposado. Todas ellas tienen en común el afán de polarizar, de construir enemigos a los que el imaginario colectivo pueda fácilmente atribuir todas desgracias. Incluso se va logrando que triunfe un sectarismo que hace que lo complementario se tome como opuesto, en una búsqueda incesante de confrontación. En lugar de aprovechar sinergias positivas y de mejorar los mecanismos de engranaje entre unas y otras esferas, se busca oponer, contraponer cualquier cosa: lo público a lo privado, aunque en realidad dependan mutuamente; la educación pública a la concertada y la privada, a pesar de que al resultar estas mucho más baratas para la Administración permite destinar más recursos a la pública; oponer los empresarios, como acérrimos enemigos, a los obreros, olvidando que aportan en el proceso productivo capital, iniciativa e innovación que a la postre permiten crear y mantener el empleo; etc. Por la parte de los derechos, se ha logrado asentar como idea difusa que es posible un bienestar sin esfuerzo, o que la capacidad financiera de las administraciones públicas está limitada solo por las injustificadas ansias de recorte de algunos grupos políticos. La bonanza de las recientes décadas ha asentado la peligrosa idea de que la prosperidad se logra sin sacrificios.
    ¿Cómo se puede llegar a manipular tanto la conciencia pública? A lo largo de la Historia de la humanidad hay muchos ejemplos, en sociedades de cultura no siempre escasa. Cuando se consigue cambiar racionalidad por visceralidad, análisis por sentimientos, cuando se logra establecer una dialéctica de buenos y malos, de “los tuyos y los míos”, el terreno ya está irremediablemente abonado para la credulidad y para un manejo más fácil de las masas.
    En esta fase de dura crisis integral (sanitaria, social y económica), el intento de hacernos creer que la “verdad oficial” es siempre la correcta no debería sorprendernos en un partido cuyo líder lo ha expresado con claridad en múltiples ocasiones. Y tampoco en un presidente al que no le ha importado hacer exactamente lo contrario de lo que prometió en campaña, con tal de mantener el poder. Que en el proceso se pierda la confianza de los ciudadanos en sus instituciones no es el menor de los problemas, como tampoco que no seamos conscientes de cuanto esto supone como paso hacia la erradicación de la libertad de expresión. De la lucha contra el supuesto bulo a la propagación única de un gran bulo oficial hay una línea demasiado delgada.
    Estas notas no constituyen ningún posicionamiento partidista ni son en absoluto una oda a la oposición moderada al Gobierno, presa de sus miedos, de su falta de ideas, de su pérdida de relato y de su general mediocridad. Y mucho menos a la oposición extrema, tan conveniente a su pesar para el sustento del maniqueo relato del Gobierno.
    Esta no es una cuestión de izquierdas y derechas, sino de ideas más o menos totalitarias, que solo pueden ser aceptadas desde un sentimentalismo inducido políticamente. No solo estamos asistiendo a una crisis sanitaria sin precedentes. Al hilo de la misma, estamos asistiendo al intento de socavamiento de cuestiones absolutamente troncales, esenciales en nuestro ordenamiento jurídico, organización social y bienestar.
    Solo puede ayudarnos una política centrada, que deje de alentar fantasmas del pasado y que piense en el futuro, ajena al mundo conceptual del enfrentamiento como medio para alienar a las masas y que priorice en la gestión la anticipación a los problemas previsibles, y la responsabilidad de gestores suficientemente formados y capacitados para esa labor. Es difícil de conseguir en esta (in)cultura instantánea en que vivimos, en la que importa más el aparentar que el ser o el hacer. Las energías gastadas por los políticos en propaganda no se emplean en gestión, y además la selección de los dirigentes está más en función de su manejo del relato que de su valía profesional en otras facetas.
    Casi para finalizar, una mala noticia: Podemos o Pedro Sánchez no son desde luego el origen del problema, sino uno de sus síntomas. El hecho de que en buena parte del planeta se haya polarizado la política en los últimos años hace pensar en un fenómeno global y no español. Sin duda, la difusión instantánea de información no ha ido acompañada por un incremento parejo del conocimiento de los ciudadanos, y ha permitido que afloren aspectos que no nos gustan de la naturaleza humana, y mucho menos de las masas. Entre otros efectos, sin conocimiento no se puede diferenciar a expertos de charlatanes. Paradójicamente, al romper la tecnología muchas barreras se ha visto reforzado nuestro atávico tribalismo; la abundancia de información nos hace seleccionar, y escogemos la de nuestro entorno conceptual más próximo. El acervo cultural y los líderes de cada país explican las diferencias en un proceso común.
    Es fundamental que como ciudadanos desarrollemos una suspicacia instintiva hacia discursos políticos que pueden resultarnos atractivos porque aluden a la satisfacción de nuestras apetencias o a la reparación de nuestras ofensas, pero que en el fondo son simplificadores y maniqueos. Debemos tomar conciencia de ese peligro y de que, por nuestra propia naturaleza, un sentimiento inicial puede llevarnos a admitir, con tiempo y un buen diseño, cosas absurdas que planteadas al principio del proceso hubiésemos abominado. Tenemos el deber individual de no ceder a mensajes simples, de intentar potenciar los valores y sentimientos positivos, y de mejorar nuestra comprensión del mundo y de la naturaleza humana, única forma de integrar sin demasiados daños colectivos la facilidad de acceso y transmisión de información.

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