Carta a Leopoldo María Panero

Muerte y locura siempre juntas.

Muerte y locura siempre juntas.

[Reproduzco a continuación, por si fuera oportuno, una contraportada de La Gaceta del verano de 2012 que escribí bajo los efectos del primer visionado de El desencanto. Descanse en paz, ahora sí, este pobre hombre]

Ilustre depósito de insania, maldito poeta más bien que poeta maldito. Llevas, declaraste, el suicidio escrito en tu destino y sin embargo hasta en matarte has fracasado tan inequívocamente como en la ostentación de la cordura. Ahora ya te tomas la autodestrucción a sorbos tan espaciados que tu muerte va a terminar por parecer convencional. Pero en la hora del adiós habrás cumplido al menos el dicterio sabio de tu hermano Michi: “En la vida se puede ser de todo menos un coñazo”.

Así que la esquizofrenia vino a ser una manera como otra cualquiera de combatir el aburrimiento, que es la placenta pringosa en que flota nuestro sonrosado primer mundo, singularmente el ambiente familiar en que te criaste. Entre los artistas no resulta una excepción la tipología del demenciado y del dipsómano, frecuentemente comunicadas entre sí, y en esos casos siempre nos preguntamos si es que la locura y el alcohol son el insano tributo que impone fatalmente la genialidad. No digo que la botella no ayude a atenuar la hiperestesia, y sin embargo ha habido demasiados genios que madrugaban para ir a la oficina y ayudaban a sus hijos con los deberes como para cebar aún más el prejuicio expiatorio que lleva a las masas a preferir las estrellas de rock escandalosas sobre las sanas, porque el ara hedonista de Winehouse sublima el desorden sobrellevado de nuestros deseos reprimidos. ¿El juicio sobre la calidad de la obra? Quedó relegado desde que los dandis ofrecieron la propia vida como una de las bellas artes.

–El escritor que me pertenece por completo es mucho más feliz, porque ¿hay más dulce locura que la suya, ya que sin trabajo y sin pasar las noches en claro escribe rápidamente todo lo que piensa, lo que acude a la punta de su pluma y lo que sueña, sin otro gasto que un poco de papel? Perfectamente sabe él que cuantas más locuras escriba más ensalzado será por la multitud, es decir, por los ignorantes y por los tontos.

Así hablaba la Locura por mano de Erasmo mucho antes de la sociedad del espectáculo y la rebelión de las masas. Rapsoda frenopático, yo no creo que seas feliz –porque no estás del todo loco–, pero sí que tu elevación a mito se debe a esa estridente opacidad que te nidificó en el seso antes que a la calidad de demasiados de tus poemas. Y no es la locura la que te atormenta en el manicomio, sino probablemente los raptos de lucidez que te advierten de que no escribes tan bien y de que ya no escribirás mejor nunca más. Eso es lo que llevó a Hemingway a tomar la escopeta.

No descanses aún. Aprovecha para versificar en ese intervalo de suministro eléctrico que sucede a la tiniebla del cortocircuito, cuando los ojos se te contraen hasta el fondo, privados de brillo, y tu rostro parece una agrietada concavidad donde está a punto de sentarse el ángel negro. Has vivido guerreando contra partes escindidas de ti mismo que no se diferencian del infierno, que son los otros. Y morirás defendiendo la última neurona averiada del avance de cal que secará uno a uno los gimientes manantiales de tus metáforas.

(La Gaceta, 24 de agosto de 2012)

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