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Ruta Quijote III: ¡A los molinos!

"Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento..."

«Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento…»

Sobre el otero que domina la llanura sin límite se levanta el Santuario de la Virgen de Criptana, adonde seguramente peregrinó más de dos veces Sara Montiel, no tanto por virgen como por criptanense. La hija más ilustre para el skyline más inmortal e inmortalizado de Castilla: los diez molinos de viento que coronan el espinazo de la sierra, a cuya falda nace el luminoso barrio blanco de Albaicín, y bajando, bajando, se derrama el pueblo entero. Se sopesó conceder a Sara el título oficial de undécimo molino de Criptana, pero se optó finalmente por encerrar su legado en Culebro, nombre del molino que custodia el Museo Sara Montiel.

A los molinos por fin me dirigí una mañana fundente de junio, sudando la cuesta arriba y echando el bofe en el polvoriento ascenso. Hice una parada en el Pósito Real, almacén de grano del siglo XVI que ofrece una portada plateresca y unos muros de mampostería y sillar que ya no se estilan para almacenar grano ni cualquiera otra cosa. Solo esa añeja profesionalidad renacentista justifica la solidez del edificio, cuyo interior hace las veces de sala de exposiciones, aunque la estructura en madera original vale bastante más que los voluntariosos trabajos del diletantismo comarcal. Tiene, eso sí, una estancia dedicada a hallazgos arqueológicos donde se exhiben denarios de la época de Cicerón y curso legal en aquella Hispania, amén de vasijas, ánforas y hasta cuchillos de sílex de la edad de piedra. Y en otra habitación se muestra una pequeña réplica del retablo policromado de cinco cuerpos que dio lustre a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

-Es que se quemó en la guerra -me informa la encargada.

Hombre, hombre. Se quemó. Qué delicioso uso impersonal del verbo. Creo yo que va siendo hora de contar la historia no solo con sus predicados, sino también con sus sujetos. Lo digo porque cultivo hace años la afición de visitar iglesias de España -y de Italia cada vez que puedo-, y en todas las que fueron víctimas del comecurismo incendiario gastan ese coqueto «se quemó» folletos y letreros, guías y audioguías. Ya sabemos que no las quemó Franco, señora: puede usted decir quién fue, que no vamos a abrir un debate cainita ahora por eso. O quizá hay locos que lo siguen abriendo, yo qué sé, y por eso persiste el eufemismo.

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5 agosto, 2015 · 11:23

Que vienen los literales

Las manos de la literalidad tomando el rábano por las hojas.

Las manos de la literalidad hispánica tomando el rábano por las hojas.

Algunos alcazareños se me han cabreado tras leer el capítulo que a su pueblo dedica mi serie quijotesca. Sabía que ocurriría, porque conozco bien el localismo irreductible del español, impasible ante la destrucción programada de su nación pero capaz de levar milicias populares contra el temerario que les toque la cuna. La razón de que Cataluña no vaya a independizarse de España es que nadie, ni en Castelldefels ni en Rota, sabe muy bien de qué habla cuando habla de España. El enemigo es un puro espectro burocrático. Otro gallo cantaría si Mas dirigiera sus aspavientos contra La Puebla de Almoradiel, o contra Ribadesella, o contra Caravaca de la Cruz. Ahí sí iba a tener esa guerra con la que fantasea. Pero con palos y piedras.

Esta susceptibilidad disparatada en lo tocante a la patria chica se le revela a cualquiera que insinúe que Santa Coloma de Alcafrán no es la viva imagen del edén en su estación florida. En nuestra idiosincrasia jamás cuajó un patriotismo nacional homologable a Europa -ni espadón ni acomplejado-, porque su plaza sentimental estaba ocupada por un demencial instinto terruñero, herencia terca de reinos levíticos y taifas estancas. España es así, y si parece unirse en los mundiales es solo porque nos permite mandar una cámara a Fuentealbilla a ver cómo lo vive el paisanaje de Andrés.

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5 agosto, 2015 · 11:04

Ruta Quijote II: Orgullo y humor del hidalgo

Alcázar de San Juan: el niño y el caballero.

Alcázar de San Juan: el niño y el caballero.

Me recibe Alcázar de San Juan con las campanas de la iglesia de Santa Quiteria tañendo de pura curiosidad: quieren comprobar que no se han derretido. Santa Quiteria es una iglesia barroca ma non troppo, de ese primer barroco que se llamó clasicista (en La Mancha hasta el barroco es austero). En la cercana plaza del ayuntamiento hay apostados un rocín y un asno, y adivinad quiénes están subidos encima. Una creciente obsesión por la iconografía quijotesca me obliga a parar el coche en mitad de la travesía, bajar dejando el motor encendido, tirar cuatro fotos al conjunto escultórico y volver corriendo al coche, temeroso de entorpecer el tráfico. Pero detrás no viene nadie.

El convento de Santa Clara me dará cobijo esta primera noche. De convento quedan el nombre y la disposición de las habitaciones, que sigue el orden cuadrangular de un patio que debió de ser claustro. Del silencio claustral tampoco queda nada: suena Tom Petty a buen volumen, y por ser él se perdona la profanación. En una estancia anexa al convento hay un taller de escritura. Lo han denominado, contra todo pronóstico, Escuela de Escritores Alonso Quijano.

Alcázar duerme la siesta a la hora en que salimos a patearlo, pero la duerme sin la heroicidad que Clarín achacó a Oviedo. Nos cruzamos con lugareños que gastan sandalia y tirantes, muy lejos ya de los recios españoles de hábito y armadura que hicieron noble este municipio. Quien no quiera ver en esta degeneración indumentaria un fin de la raza, es su problema.

El Museo del Hidalgo ocupa una modélica casa solariega del siglo XVI, cuyas estancias se disponen en función del patio central («núcleo irradiador de la convivencia», diría don Íñigo Errejón). Nos gusta la etimología de la palabra hidalgo porque no puede ser más elocuente de nuestra psicología colectiva: el hijo de algo, un noble sin alcurnia demasiado documentada, venido a menos, seguramente empobrecido y nostálgico, pero resistiéndose heroicamente a ser asimilado, diluido en la masa anónima. Esto es un español. Si, según Pla, el catalán es un animal que añora, el español vive para reivindicar su ascendencia en línea recta hasta la pata del Cid («No sabe usted con quién está hablando», sueña con poder advertir el español cuando le contrarían); de donde se deduce la sugestiva idea de que el catalán no es más que una exacerbación sentimental de lo español. Un quijote, o sea. No por nada Cervantes escoge, para Damasco final de su andante caballero, la playa de la Barceloneta.

Alcázar es una villa de fundación romana, donde se han encontrado mosaicos del siglo IV, y a la vez un epítome del disparate urbanístico, que ha sembrado el municipio de adefesios en vertical. La burbuja inmobiliaria no deja de tener su punto de quijotada. El pueblo regala algunos anacronismos conmovedores, como llamar a un taller de zapatería Don Pisotón, u ofertar lápidas fúnebres «de auténtico mármol castellano» a pie de calle: dos tiendas de tumbas en menos de un kilómetro, descubrí. Esta naturalidad con que se nos recuerdan las postrimerías es un vestigio de funebrismo barroco, creo yo, cuando nada nos hacía más ilusión para pisar papeles que una calavera humana.

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4 agosto, 2015 · 14:35

Hesíodo en la Costa Brava

Viñeta de Pachi Idígoras en la misma edición de EL MUNDO.

Viñeta de Pachi Idígoras en la misma edición de EL MUNDO que esta columna, feliz coincidencia.

Uno no estaba allí cuando los griegos miraban a las estrellas y urdían con ellas una cosmogonía que los enraizara en este mundo. Tampoco cuando Hesíodo recopiló esas leyendas y les dio sentido narrativo. Pero uno, periodista al cabo, siempre ha querido presenciar un momento así: atestiguar el nacimiento de la intuición en el genio que funda las raíces simbólicas de una comunidad, normalmente por el procedimiento de vincular el linaje de su tribu con el de los dioses inmortales. Porque el instinto humano es hereditario, no democrático.

Los dioses finalmente me han escuchado, otorgándome la contemporaneidad de Jordi Bilbeny, el Hesíodo de Arenys de Mar, que está trazando ante nuestras temblorosas pupilas la genealogía cultural de una nación talentosa hasta el abuso, y por ello oprimida, saqueada en sus exponentes más conspicuos por la vecina castellana, alpargatera y cejijunta. Cervantes, Teresa de Ávila, Colón, la bandera useña y quién sabe si el movimiento de las mareas -no por nada las homenajean cada 11-S- son todos productos del feraz volksgeist catalán. Es cuestión de tiempo que Bilbeny descubra que el Real Madrid fue diseñado en La Masía. Que por algo Bernabéu es apellido catalán.

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4 agosto, 2015 · 14:15

Mi ruta de don Quijote. Honda es Castilla (I)

El caballero ya armado en el patio de su venta-castillo, desafiando al cielo de Castilla.

El caballero ya armado en el patio de su venta-castillo, desafiando al cielo de Castilla.

Ancha es Castilla, pero sobre todo es honda. Sobre la estepa rubia, interrumpida por una geometría verde de viñedos y olivares, planea un cielo infinito: el cobalto prometedor de todos los veranos. Arriba la estela de un avión se desmigaja en grumos parecidos a cabezas de coliflor, y entre penachos de gasa las nubes más cuajadas toman una cualidad tridimensional, como si condujésemos el coche bajo un fresco abovedado de Luca Giordano. Nada, salvo el fluir de las rayas discontinuas, ocurre entre el techo y el suelo de La Mancha. Hasta los molinillos iberdrolos, pese a su chillona modernidad, necesitan del viento para mostrar vida, movimiento, historia en marcha; pero comparecen tan quietos como todo lo demás: si el Espíritu sopla donde quiere, en Castilla y en verano desde luego no ha querido.

En un paisaje así sucede que el tiempo se represa -porque el tiempo, como saben los novelistas, no se percibe sin su huella en el espacio-, toma cuerpo, se adensa y gravita hasta abrir una brecha magnética por la que se precipitan todas las angustias coyunturales del viajero. La Mancha engorda la conciencia de quien la recorre, ahondándola, de modo que este empieza dejar un surco invisible a su paso: es un peso nuevo con el que carga, el peso del tiempo castellano, que a veces puede hacerse tan plomizo que obligue al viajero a detenerse del todo, aunque no quiera. Pero a detenerse en un siglo anterior. A esta sensación quizá se refería Unamuno cuando acuñó el concepto de intrahistoria.

Este viajero se propone parar a finales del siglo XVI y principios del XVII, en concreto. Por ahí andaré. Marcará mi camino un empeño quijotesco: seguir los pasos del ingenioso hidalgo en su doliente andadura castellana, entre la ruta que reformuló Azorín y el itinerario turístico que astutamente propone la Junta de Castilla-La Mancha. A Azorín lo ficha El Imparcial y al poco tiempo su director, Ortega Munilla -padre del filósofo-, lo manda a recorrer pluma en mano los escenarios de la novela de cuya publicación se cumplían entonces 300 años. La España de Azorín no había cambiado demasiado respecto de la de Cervantes, de modo que Ortega le dio ánimos, instrucciones y un revólver pequeñito: «Va usted a viajar solo por campos y montañas. En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene ese chisme por lo que pueda tronar».

Ahora EL MUNDO lo manda a uno -que cuenta los mismos 32 años que contaba Azorín cuando se puso en ruta- a repetir la aventura cuando se cumplen cuatro siglos de la publicación de la segunda parte del Quijote. Pero a uno, que evidentemente no es Azorín, nadie le ha dado un revólver, ni pequeño ni grande, sino una cámara de media tonelada que más que intimidar a posibles asaltantes sospecho que los atrae como la luz a la polilla. Yo la balanceo en todo caso con fiera expresión, decidido a probar que el impacto de un teleobjetivo sobre el cráneo puede ser tan doloroso como el de una botella de vodka. Pero no creo que haga falta, porque he comprobado que por las aldeas que fatigó la triste figura del héroe no merodean turbas de yangüeses ni cuerdas de galeotes, sino enjambres de japoneses con cámaras mejores que la mía, y las ventas en que el ilustre loco veló sus armas o se repuso de un mojicón hoy ofrecen wifi gratis.

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3 agosto, 2015 · 14:29

La granja humana: la crítica de Santos Sanz Villanueva en El Cultural

La página en papel.

La página en papel.

[Reproduzco a continuación la generosa crítica que a Santos Sanz Villanueva le ha merecido mi libro en El Cultural. Espaldarazos así le animan a uno a seguir juntando letras]

El treintañero Jorge Bustos (Madrid, 1982) tiene como bagaje principal un columnismo reflexivo, sin prejuicios, nada estridente y pertrechado con saberes humanísticos raros en nuestros días. A ello se suma el crítico literario de muchas lecturas, templado y sólido. Ambos rasgos confluyen en La granja humana. Fábulas para el siglo XXI, un sabroso rosario de artículos periodísticos de carácter unitario que hacen una interpretación moral de nuestro inquietante presente político; tan actual que en el libro encontramos tanto los imprescindibles dii maiores, los Mariano Rajoy, Pedro Sánchez o Pablo Iglesias, como los comparsas de la picaresca nacional, Bárcenas o el pequeño Nicolás. En sus páginas aparecen la derecha y la izquierda en su impronta más reciente, la vieja política (en epígrafe de obvia resonancia orteguiana) y la política atenta al futuro, los trujimanes del bipartidismo y los «Robespierres posmodernos». A todo ello el autor da un agudo repaso bajo un ingenioso paraguas: aprovecha la fabulística clásica (Esopo, Fedro, Samaniego, Iriarte…) y moderna (Monterroso, Kafka, Schopenhauer…) para iluminar por analogía los comportamientos contemporáneos.

Bustos rescata las populares historias de la lechera, la cigarra y la hormiga, las ranas que piden rey, la zorra y la liebre, el león y el ratón, la zorra y las uvas, la liebre y la tortuga, el burro flautista, y otras hasta medio centenar largo, y establece ilustrativos paralelismos con fenómenos públicos actuales. Arranca con un repaso a manifestaciones varias de la demagogia. Sigue un examen de la corrupción en su magnitud política pero también como forma común de degeneración moral. Continúa analizando la crisis del bipartidismo derivada de un mal estilo de hacer política. Habla a continuación de los deberes de los ciudadanos. Y cierran el bestiario apuntes no políticos que se fijan en la cultura o el propio periodismo.

El primer mérito de Jorge Bustos es la valentía de abordar los espinosos asuntos que entran dentro de un programa de reflexión social tan amplio. Su postura general es la de un ejercicio de ecuanimidad que se autoexige contemplar las razones a favor y en contra del motivo enjuiciado y aducir la consecuente postura personal. Dos notas definen su actitud independiente. Una reside en ignorar la trampa de lo políticamente correcto. Así lo hace en cuestiones tan delicadas como el feminismo o el debate entre libertad e igualdad. La otra, auténtico sostén de su pensamiento, es una desafección clara de la postmodernidad, a la que atribuye un relativismo moral en las antípodas de la sociedad regida por sólidos principios que él respalda. A partir de estos criterios reparte zurriagazos sin cuento, denuncia incongruencias de la vida pública y censura cegueras y egoísmos, pero siempre sin hacer sangre, con ironía y desparpajo.

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3 agosto, 2015 · 14:15

No le toquéis ya más

Economía. What else?

Economía. What else?

Al parecer los estrategas electorales del PP -allá donde estén nos estarán mirando- han decidido «humanizar» a Rajoy. Había faraones en Egipto con ambiciones más modestas. Suponemos que Mediapro ya habrá pujado por los derechos de retransmisión de la hazaña. Pero a nosotros, que no nos gusta la telerrealidad, nos parece que llamar Mariano a Rajoy, o multiplicar a última hora sus contactos con periodistas, o televisar su chapuzón en un río gallego no es la forma de recuperar al votante de derechas, aunque desde luego sí lo es de inmolarse ante los humoristas de izquierdas.

Hace unas semanas me encontré en los alrededores del Congreso a un destacado asesor monclovita. Cuando le pregunté por el célebre manejo marianista de los tiempos, me contestó: «Lo que importa es la gestión. Hoy coges un mono, lo vistes y fabricas una candidatura en dos meses». Me quedé pensando que si ésa es la opinión que impera en La Moncloa, no hace falta excavar mucho más para explicar la pérdida de dos millones y medio de votos el pasado 24 de mayo.

Es posible que aquella cita marcara el fondo electoral del PP. Algunas encuestas señalan ya un rebote, lo que probablemente se deba más a los deméritos de los emergentes, quemados en la hoguera de una expectativa insostenible. Rajoy no es que no se haya quemado explicando la recuperación: es que ni siquiera se ha bronceado. Y ahora pretenden meterle en una cabina de rayos UVA para la boda de diciembre.

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3 agosto, 2015 · 14:06

La grulla atómica

La mano del hombre enturbiando el esplendor del girasol manchego.

La mano del hombre enturbiando el esplendor del campo de girasol manchego.

Todo el mundo sabe que la energía nuclear es de derechas, como los toros, el petróleo y los ministerios de defensa. Así que a nadie le puede extrañar que la ola de ternurismo roussoniano que bate España se proponga devolver al contribuyente al estado de naturaleza, edén previo a la explotación capitalista en la teología de Marx. Y aunque don Page no da la cara de un Rousseau, sino más bien de Sancho Panza en su Barataria, ha decidido ampliar el paraíso de la grulla en 24.000 hectáreas, con la correspondiente sorpresa de los vecinos, quienes no sospechaban que llevaban toda la vida habitando semejante vergel. Mediaset ya se plantea rodar el próximo Supervivientes en Villar de Cañas.

Se ventila aquí una derivada graciosamente literal del adanismo de la izquierda, que ya no sólo cree haber venido a estrenar una democracia sino un ecosistema completo.

– ¡Pero si todo el pueblo quiere el ATC!, se desespera el alcalde, que sería el primer mutante en caso de accidente.

Calle, hombre, no se ponga escrupuloso. ¿Qué puede importar la democracia cuando se trata de salvar el planeta? La democracia es fetén cuando se ejerce en la plaza Sintagma, pero cuando se ejerce en Villar de Cañas es un puto engorro. Vas a comparar un poblachón manchego -éste sí- con el romántico glamour de la Acrópolis.

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31 julio, 2015 · 13:09