Aquí el debut de mi sección de curiosidades literarias que se emitirá todos los jueves a partir de las 11.20 en Herrera en COPE. Inauguramos El Parnasillo con el insulto literario, ese género en desuso que convendría recuperar.
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Modestia en la galaxia
Un madridista sabe que ha llegado el verano porque los varones de la especie se sienten legitimados para mostrar los pies y porque Florentino trae un fichaje gordo; incluso caro. Que este agosto solo hayamos visto lo primero, más allá del drama estético que comporta, debe hacernos reflexionar. En el Madrid no hay variaciones pequeñas sino cambios de paradigma, así que el verano de 2015 marcará el hito en que la noticia dejó de ser el jugador que viene y pasó a serlo el jugador que se fue o no llegó. Una galaxia de supernovas cede a una de agujeros negros. ¡Lo que habría hecho Galileo con una rotación de Benítez!
El mayor agujero negro del mercado estival lo ocasionó Iker, cuya salida ha sido la más cacareada de nuestro tiempo junto con la de Grecia. La comparación no es gratuita: de los poetas elegíacos de Casillas como de Grecia subía un mismo lamento: «¡Con lo que nos ha dado!» El Ikexit finalmente sí se consumó, aunque termina quedándose en la UE gracias a Lopetegui primero y a don Vicente después, que está determinado a seguir alineándolo como portero titular de la Selección siguiendo un mandato constitucional no escrito, como ese de que a La Moncloa va el candidato de la lista más votada. Antes se rompe el segundo que el primero.
Fábula de Karim y Bolt
Adoro esa foto en la que Usain Bolt posa con su camiseta blanca junto a Karim Benzema. Es la fábula de la liebre y la tortuga, y en la fábula ya sabemos quién gana.
En el debut liguero contra el Sporting al Madrid le faltó el último pase, que es la especialidad de la casa: la ratatouille del chef Karim. Pero para aprender a cocinar se necesita tiempo, lentitud, afecto y el descomunal don que atesora el ídolo tranquilo de Usain. Isco es un pinche meritorio, pero demasiado a menudo le sucede lo que a aquellas pijas que calientan pero no cocinan, y Modric no puede estar en todo. Bienvenidas las efusivas declaraciones de madridismo en red social, pero lo que necesitamos de ti, monsieur, es el último pase, el juego entre líneas, la apertura a un toque, la visión inverosímil, el tobillo de seda. Incluso el gol si el sábado se pone vulgar.
El recalcitrante piperío (casticismo merengue) vuelve a entonar la elegía del nueve, como si el fútbol no hubiera evolucionado. Eso del nueve puro, el artillero, el matador, es un anacronismo como esos mesones que todavía se resisten a renombrarse como gastrobares. No digo que no resulte útil en equipos modestos -ahí está el buen Aduriz, y sé que es temerario llamar modesto al equipo de Bilbao-, pero la figura camina a la extinción en los candidatos a ganar la Champions. Afortunadamente para el Madrid, Benzema no es un nueve. Dice Benítez, con su mejor intención, que le falta continuidad; pero quizá un día Benzema mire al banquillo, descubra ahí sentado a un señor venido de Alemania y concluya que a quien le ha faltado continuidad es a Benítez.
Las uvas de la ira europea
Sería hermoso que Europa acelerase su eterno proceso de construcción gracias precisamente a una urgencia desgarrada de solidaridad, como sucedió en 1945. Que ahogase con un manto espeso de humanismo el eterno retorno de la xenofobia. Pero me temo que la solidaridad, como repite sin vergüenza el nacionalismo, tiene sus límites. Limita concretamente con el interés propio, y esto es así más o menos desde los tiempos de Caín, santo patrón de la lucha de clases y de la agencia tributaria propia. En realidad la Unión Europea es un artefacto de civilización tan extraordinario en la historia universal de nuestra infamia que no puedo concebir que aún se discuta su pertinencia o se añore el status quo de Utrecht, el del Estado-nación aduanero y autárquico. La victoria de los segundos en la pugna entre atávicos e ilustrados es siempre provisional y no está garantizada, menos en un continente cuyos bosques abonan los cadáveres del país vecino.
-Europa habrá fracasado si prevalece el miedo. Europa habrá fracasado si prevalecen los egos -concluía el artículo de Juncker publicado ayer en EL MUNDO.
Me gustó el artículo del presidente de la Comisión porque aunque empezaba sumándose a la llantina general, enseguida pasaba a la concreción de soluciones, a las cifras, a los hechos, a la política común de asilo, al desprecio de los «dedos acusadores» que dispara el populismo por vendimiar en unos comicios las uvas de la ira. Ira comunista e ira nazi: el odio al que tiene más y el odio al que tiene menos -que a esto se reducen ambos extremismos- explican que a Merkel, canciller del país que más inmigrantes acoge y mejor los trata, deba soportar que unos la tengan por déspota y otros por traidora. No es la UE todavía la utopía de Moro ni el sueño de Erasmo, pero ambos humanistas estarían orgullosos de conquistas tan improbables como Schengen o el euro.
La legislatura cuaresmal de Cristóbal Montoro
El día en que don Cristóbal Montoro terminó de defender los que -dicen- serán sus últimos Presupuestos Generales del Estado, después de haber confeccionado nueve, vino a coincidir caprichosamente no solo con la Tomatina de Buñol, sino también con el aniversario de Puerto Hurraco. La primera es una cita señalada en rojo en el calendario de la jarana nacional; el segundo, una efeméride negra en la mejor tradición del tremendismo goyesco. Sin embargo, el color que corresponde a la clase de batalla que ha librado Montoro es el gris. El gris ceniza.
Don Cristóbal no es un hombre de negro como los de la troika, porque estos no dan razón pública de sus actos sibilinos pero vinculantes, mientras que la locuacidad del ministro normalmente desata el pánico primero en sus asesores de comunicación, y solo después en el resto de contribuyentes. Fue Wert el que a lo bardo de Orihuela declaró que se crecía en el castigo como el toro -ahora sabemos que se asemeja más al tórtolo-, pero el que ha llevado de verdad al toro en el apellido y la conducta ha sido don Cristóbal. Morlaco cárdeno, con resabios, de derrota imprevisible y no apto para torear a menos que se pague pronto la paralela (Messi) o forme uno parte del clan Pujol… hasta que Pujol dejó de ser el estadista del Majestic y rompió en padrino investigable por lo fiscal y por lo territorial.
En las sesiones de control de esta legislatura Montoro solía ser el ministro más interpelado junto con el propio Wert o Gallardón; de los tres no solo es el único que permanece, sino también el más temido por el resto de colegas de gabinete. Su mejor aliada allí es Soraya Sáenz de Santamaría, y con eso está todo dicho; su crítico más afilado: Margallo, que no pierde ocasión de menospreciarle en la intimidad del Consejo de Ministros, o de airear entre periodistas que Montoro le está investigando. A él. Al ministro de Exteriores. «Eso es porque quería la cartera de Hacienda», aseguran desde el Ministerio. Pero a don Cristóbal las críticas de los enemigos (los compañeros de partido) o de los meros adversarios (como ese emisor de «mandangas» que a su juicio es Pedro Sánchez) le rebotan como chinas sobre el amianto. Este jienense de 65 años hizo una oposición aproximadamente liberal al socialismo, pero al ocupar su despacho en diciembre de 2011 recibió un sobre lacrado que decía: «Sabemos lo que vas predicando. Ahora harás lo contrario. Ajustarás lo nunca ajustado y subirás impuestos que no sabías que existían. Creerás en un solo dios llamado techo de déficit. Y serás salvo. Firmado, Angela«.
Y don Cristóbal asumió su ardua encomienda con fervor de neófito. Se convirtió en una mezcla original de recaudador transilvano, podador ultraortodoxo y parlamentario sanguíneo con ribetes de matonismo. Es en la tribuna o el escaño donde Montoro ahoga al dócil tecnócrata y deja que emerja el castizo espontáneo con muchas cuentas pendientes. Y es entonces cuando los periodistas deben aparcar sus juicios sumarísimos por discrecionalidad tributaria, injerencia política o vocación orwelliana y concederle la gratitud que merece todo pintoresco surtidor de titulares. ¡No habrá salvado Montoro tertulias plúmbeas de monotema económico en virtud de un exabrupto jubiloso! «A priori no parece el hombre con el carácter adecuado para llevar a cabo la misión que se le encomendó. Sus intervenciones públicas a menudo complican más el ya impopular mensaje del ajuste. Pero tiene una ventaja: no le importa caer antipático. Nunca se imaginó su cara en un cartel electoral. Y eso en política da mucha libertad», cuenta un ex alto cargo del Gobierno. Una libertad suicida, si se quiere. Pero de lo más práctica.
Maquiavelo 2015
Pla adoraba a Maquiavelo porque en época de superstición se ciñó a los hechos, y porque bajo la ola petrarquista escribió prosa de pura observación, que es la única forma no perecedera de vanguardia. Maquiavelo es el colmo del realismo que el tierno socialdemócrata preferirá llamar cinismo. Pero alguien tiene que decir la verdad de vez en cuando.
El sábado en el Coliseo Carlos III de El Escorial el actor Fernando Cayo puso en pie al mismo Niccolò di Bernardo dei Machiavelli en metamorfosis fidedigna pero vigente, enjundiosa pero vibrante. Desgranó las verdades sin caducidad de El príncipe en el soliloquio que desde el siglo XVI ha retumbado en la mente de todo estratega ambicioso. Porque el modo de conducirse de los hombres -la gran premisa maquiavélica- no cambia jamás. Sea cual sea el régimen con que se gobiernen o la sigla que los cobije. Extraje cuatro ideas definitorias, una para cada partido en liza.
1) La ocasión: Podemos. Para alcanzar el mando el príncipe debe aguardar la ocasión, que consiste siempre en un momento catastrófico de la patria. El asalto al poder sólo es posible desde un estado general de postración, real o propagandística. Sólo cuando ha persuadido a Florencia de la absoluta corrupción reinante logra Savonarola instaurar su inflexible teocracia. Claro que al poco tiempo el fraile ceñudo es quemado en la hoguera de la propia vanidad, de la cual va bien servido Iglesias Turrión.














