Archivo de la etiqueta: Telepantoja e ingeniería social

Y don Mariano llegó al fútbol

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«Ya me habéis jodido el Italia-Bélgica».

Aunque del debate dependía el reposo eterno de los huesos de Pericles, apetecía pasarse al Italia-Bélgica por aquello que exclamó Aleixandre una mañana nevada: «¡Qué gran día para escribir un poema al verano!». Porque la poesía, como la política española, es una invitación a la melancolía.

El debate presentaba una novedad clamorosa: se llama Mariano Rajoy, un político no demasiado joven pero con un prometedor recorrido en televisión. Apareció en plató con las manos detrás de la espalda y oteó el horizonte, buscando niños. Cuando descubrió que en su lugar había tres periodistas, solicitó a los presentes que hiciesen el favor de respetar la lista más votada, de modo que llegáramos todos a tiempo de ver la repetición de los goles. Llevaba corbata, claro, al igual que Sánchez y a diferencia de Iglesias y Rivera, que reivindicaban una de las esencias más consistentes de la nueva política: el sincorbatismo.

Enseguida se metieron en la harina del empleo, y Rajoy trazó la autocomplaciente parábola que va de la herencia zapateril a la recuperación marianista. Fue una intervención más sólida de lo que quizá sus adversarios esperaban, y se desató entonces el previsto tres contra uno; previsto en primer lugar por Rajoy, a quien el Congreso le tiene bastante habituado a la acometida plural. Por momentos recordó al orador irónico de la tribuna en la réplica: fue eficaz desmontando el catastrofismo y hasta se revolvió cuando le echaron encima la corrupción. Se crearon ejes de animadversión reveladores: el de Rivera contra Iglesias, el de Iglesias contra Rajoy -a Sánchez solo le dirigía murmullos bíblicos-, el de Sánchez contra la pinza.

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14 junio, 2016 · 11:40

Iglesias, jinete de las contradicciones

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Caricatura de Ricardo.

Algún desván de Vallecas guarda el retrato del hombre que será Pablo Iglesias dentro de muchos años, cuando -como le advirtió Zapatero– la democracia le haya cambiado más de lo que él haya podido cambiar la democracia. Bastante más. Lo único que espera Iglesias para entonces es que, al descorrer el velo que protege el lienzo de miradas inocentes, no aparezca la imagen bronceada y próspera de Felipe González. Ese «decrépito moral», en palabras del propio aspirante a líder hegemónico de la izquierda española. Un Dorian Gray cuyo carisma de luchador por el cambio, piensa Iglesias, ha quedado desfigurado en el mareo suntuoso de las puertas giratorias.

Y sin embargo los analistas, en su previsible ejercicio de analogía, no se cansan de señalar las semejanzas que Albert Rivera pretende con Suárez y que Pablo Iglesias guarda con Felipe. A quien sus padres votaron con el entusiasmo del 82: el mismo que desmiente que le bautizaran por casualidad con el nombre del fundador del PSOE, ya que el apellido lo tenía. La historia es tan recurrente como los lemas electorales, y el líder de Podemos no sólo desea abanderar el cambio en España, sino que cambia él mismo por el camino. De blandir el mazo con que hacer saltar el «candado de la Constitución» a pedir un retorno al «espíritu de la Transición»; de la Unión de Juventudes Comunistas de España, donde entró con 14 años,a la socialdemocracia fetén que ahora reivindica ante empresarios en Sitges, tras la imposible defensa del desastre bolivariano; de los escraches que cimentaron su predicamento en la izquierda callejera al cuero brillante del escaño que ocupó tras el 20-D; de la ruptura a la reforma; del asalto al timbre. De Juego de Tronos a Borgen (o Ikea). Y sobre todo: de echar pestes contra los viejos camaradas de las banderas rojas a fagocitarlos a besos para alumbrar el sorpasso al PSOE bajo la santa bendición del patriarca Anguita. Mutaciones meteóricas que va registrando el cuadro simbólico del desván vallecano.

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11 junio, 2016 · 15:27

Esto viejo que empieza

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Ojalá.

Conmueve ver a tantos niños con barba figurándose que viven tiempos excepcionales, que van a construir la historia, que están ganando el país o como se le llame ahora al loco deleite de pastar en una nómina de Estado. Todo, en realidad, va encauzándose con armonía hacia la broma infinita, hacia la farsa perpetua, hacia la rancia tradición del bloqueo español, de la intransigencia simétrica, del duelo goyesco. Todo viejísimo. Evoca como tarde el bronce africano de Leopoldo O’Donnell y los gordos cojones del caballo de Espartero; el cantón de Cartagena y la taifa andalusí; el vértigo sucesorio de gobiernos eunucos en las dos repúblicas, depuestos ayer por sables impacientes, hoy por urnas frenéticas.

Que nadie crea que el 26-J acaba el numerito: sólo comienza. Ni los pijos respirarán de alivio por el orden restaurado ni los perroflautas atarán a los chuchos con longanizas públicas, por irnos a los polos. España inaugurará una era de inestabilidad, de mociones de censura y elecciones anticipadas, de leyes necesarias abortadas por partidismos. Luego regresará más fuerte el bipartidismo, pero hay que pasar por la decadencia para alzarse, como hubo que pasar por el franquismo para hacer la Transición. Sólo suplicamos que las costuras de la UE nos aguanten hasta entonces.

¿Por qué un niño con barba vota a la CUP o a Unidos Podemos? Primero por falta de imaginación griega, pues no sabe anticipar que podemos estar peor muy rápido. Segundo, porque comparte con otros niños barbudos europeos una crisis de representación -es decir, de soberanía- que tiene su doble origen en la ley de hierro de la oligarquía de Michels y en el triunfo del iPhone, valga la sinécdoque. Michels formuló la degeneración de todo partido en endogamia, lo que deja espacios pronto ocupados por movimientos sociales, identitarios, antipolíticos; Jobs vuelve a probar que a la ruptura del paradigma histórico contribuye la técnica tanto o más que la idea. De la colaboración entre decepción partitocrática y satisfacción digital nace el hombre-niño, en sustitución del hombre-masa orteguiano. Un votante que no sospecha que internet, su juguete, es el que devasta las industrias tradicionales y sus relaciones de producción. La deslocalización global, la muerte del empleo fijo, el descrédito de la política como garante de contratos sociales, el auge de la xenofobia y del populismo, la cronificación de una adolescencia de derechos sin deberes, la extinción del humanismo formativo, la virtualización de las relaciones humanas y políticas: no son más que efectos de un nuevo paradigma que está eclosionando. Y que ni siquiera don Mariano puede detener.

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10 junio, 2016 · 10:28

Tecnócratas y telécratas

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Tecnócrata sobre paisaje.

UN ministro de Hacienda me dijo una vez una frase que todavía no había difundido:

-La vida me ha enseñado que cuando los números salen, la política lo estropea todo.

Esta línea de mármol de Cristóbal Montoro resume una concepción del poder a la que llamamos tecnocracia. El tecnócrata es un político resabiado y de ciencias que ocupa el cargo sabiendo que no manda en absoluto, sino que se debe a instancias superiores, no necesariamente humanas, cuyas órdenes vienen cifradas en tablas de Excel y cuya utopía se mide por décimas de distancia al objetivo de déficit. El tecnócrata lleva fama de austero y concede escaso crédito al papel político de la oratoria, pues no entiende que un plató o un mitin puedan alcanzar nunca el grado de persuasión logrado por una llamada de Bruselas. El tecnócrata atraviesa por episodios de humanidad en los que se figura niños risueños o esposas esperanzadas: los seres reales que sostienen las cifras de empleo. Y cuando el tecnócrata empezaba a emocionarse, recuerda de súbito la sanción que pende sobre su último balance. Entonces el tecnócrata, que sabe que solo la eficiencia le justifica ante un pueblo sentimental y exasperado, recuerda el relajamiento contable aconsejado por un año electoral y repite entre dientes: «Cuando las cuentas comienzan a cuadrar, llega la política y lo jode todo».

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3 junio, 2016 · 12:53

Vacas indias en Castilla

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El atavismo ritualizado también es cultura.

El día en que se anunció la prohibición de matar al Toro de la Vega asistimos a un espectáculo fuenteovejuno de perfecta armonía democrática: los vecinos y sus representantes salieron todos a una a defender su tradición. Eso es unidad popular y no lo de Anguita. Si aceptamos que la voluntad general es fuente sin más de derecho, como reivindican el populismo pubescente y el independentismo emocional, entonces el alanceamiento del toro castellano no puede prohibirse sin incurrir en arbitrismo, incluso en fascismo. De hecho, Franco prohibió en 1966 matar al toro; cuatro años después, la presión de los aficionados obró la rectificación. Hoy la opinión pública ha dejado solos a los tordesillanos en su lucha, que juzga bárbara.

El Toro de la Vega es una mina analítica. Como toda manifestación genuinamente popular se puede abordar desde la política, el Derecho, la Etnografía, la estética y hasta desde el psicoanálisis. A mí no me interesa el festejo en sí, aunque opino que no puede asimilarse a la tauromaquia porque en ésta se entabla un duelo minuciosamente codificado ausente de la fiesta de Tordesillas, que más que un coso es un acoso. Me interesa la prohibición como síntoma, por lo que tiene de victoria -otra más- de las sensaciones sobre el raciocinio. Parece que ha ganado la civilización y hasta la democracia, cuando quien se ha impuesto aquí es el iusnaturalismo sobre el iuspositivismo. El mito edénico sobre la técnica del progreso, que nace precisamente con el dominio del animal por el hombre.

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29 mayo, 2016 · 13:11

Eurovisión, piedad pop

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Moralismo pop.

En mitad de la semifinal de Eurovisión, como un eructo de moralismo entre lentejuelas, introdujeron un numerito de danza compasiva en memoria de los refugiados. Un ceniciento enjambre de bailarines en estudiados harapos, con gesto de intensa compunción, zumbó su sentida coreografía para alivio de conciencias burguesas culpables de su prosperidad. Culpables aún más porque les gusta Eurovisión, como si fuera pecado.

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Comentario en COPE, vestido de cani para la ocasión, sobre el futuro del PSOE

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12 mayo, 2016 · 13:32

El rey del postureo

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Zelig y señora.

Las entrevistas que está concediendo Juan Marsé no harán tanto ruido como las de Félix de Azúa, y sin embargo sus argumentos coinciden en el territorio como en la clase de peste que lo asola:

-Nada me impedirá decir que este es un país de fantasía regido por unos personajes insólitos y risibles, pillastres adscritos a la política más patriotera y lucrativa y a la cultura más ñoña y provinciana -le ha espetado a Sergi Doria en ABC.

Marsé ha tenido la precaución de no personalizar en una mujer de progreso la diatriba, y además le blinda su vieja credencial de novelista obrero -clasismo invertido- de la que carece el acomodado Azúa. Pero lo cierto es que ambos vienen a decir exactamente lo mismo: que la élite catalana la compone una picaresca de nuevos paletos con talento para el vodevil. Definición que por lo demás cubre muy bien las prestaciones de la dirigencia emergente en el resto de España, de donde vuelve a deducirse la tautológica españolidad de Cataluña.

Yo, que debo de ser un degenerado, me emociono ante los líderes que afrontan realidades -de ahí mi creciente respeto por Alexis Tsipras-, pero estos tiempos solo ofrecen actorzuelos que cabalgan utopías. Toda España es carnaval, el país de fantasía regido por personajes risibles que dice Marsé. El Congreso escenifica cotidianas comedietas donde cada portavoz depone su idea del mundo y de la vida, y defeca en la idea del mundo y de la vida que depuso el portavoz opuesto. Un legislativo sin ejecutivo es como un coro de castrati en un burdel: sus señorías emiten gorgoritos ideológicos más o menos sonoros pero a la hora de la verdad no pueden rematar la faena y preñar al BOE. Nada de lo que declaman supera el estadio naíf y prenatal de la propuesta de ley. Y sus tríos negociadores no pasan de voyerismo: ahí nadie toca pelo aunque se filtran fotos, muchas fotos. Fotos como para parar el tren de Lenin.

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Tributo a Imre Kertész, conciencia lúcida del Holocausto, en el Parnasillo de COPE

Comentario en COPE sobre la inocultable raíz chavista de Podemos

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8 abril, 2016 · 9:57

La cosa es participar

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«¡Que participes!»

Don Gregorio Planchuelo, director general de una cosa llamada Participación Ciudadana, me informa por carta y de tú a tú (al usted en la nueva política le ha pasado lo que al castellano en la Cataluña administrativa) de que parte del presupuesto municipal ahora se va a destinar «a lo que decida la ciudadanía». Y para que conste que yo mismo pertenezco a semejante abstracción, don Gregorio me facilita un código personal para acceder a la plataforma decide.madrid.es, desde la cual puedo incluso «hacer propuestas de gasto y dar apoyo a las iniciativas de otros ciudadanos». Y ciudadanas, por supuesto.

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9 marzo, 2016 · 18:08