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La exquisita alegría de ser Salvador Dalí

A Dalí (Figueres, 1904 – Figueres, 1989) le habría gustado mucho enterarse de que la completísima exposición a él dedicada en el Museo Reina Sofía está salvando del cierre a los locales de la zona. Aquel hijo rebelde del surrealismo, a quien el patriarca Breton –en perfecto anagrama de las letras que forman el nombre de Salvador Dalí­– rebautizó como “Ávida dollars”, nunca se avergonzó de su fortuna astutamente amasada, de su olfato fenicio, de su pionera encarnación del artista capitalista en la ya convencional tipología del escandaloso calculado. Dalí es otro de los nombres del éxito, y él hizo que el éxito y el narcisismo resultaran tan artísticos como el malditismo y la bohemia autodestructiva.

A Breton y a Orwell les cabreaba profundamente el individualismo irreductible de Dalí en tiempos de grandes causas colectivas, fueran éstas el marxismo o el socialismo (y más adelante la misma democracia, frente a la que el pintor de Figueres se declaraba anárquico-monárquico metafísico). Sus guiños manifiestos a Franco y su incalculable legado testado a favor del Estado español y no de la autonomía catalana terminan de convertirlo en un artista incómodo para la izquierda orejera y para el aldeanismo institucional que rige su tierra. Pero tratar de encorsetar a Dalí en las tumefactas taxonomías de la crítica engagé o pretender ahormarlo a los propósitos propagandísticos de la política de barretina no es menos disparate que subir el zapato de tu mujer a una balanza adornada y llamar a la ready made “Objeto objeto escatológico de funcionamiento simbólico”. Con Dalí ni se puede ni se podía contar para ningún empeño social que tratase de involucrar a más de dos personas: el genio y su musa, o sea, Gala. “La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición”, escribió Gómez Dávila, y Dalí, que presumía de no tener un solo amigo porque Gala colmaba toda la potencia afectiva de su corazón, no luchaba contra el mundo moderno sino que más bien ampliaba sus márgenes para hacer hueco en él a su disparatada egolatría. En estos tiempos de socialdemocracia espiritual –una forma de pacatería supletoria y simétrica del pietismo santurrón­– que glorifican la humildad de los que no pueden ser otra cosa que humildes, Dalí nos señala el santo camino de la autorreferencia:

Cada mañana, cuando me levanto, experimento una exquisita alegría, la alegría de ser Salvador Dalí, y me pregunto entusiasmado: “¿Qué cosas maravillosas logrará hoy este Salvador Dalí?”

Claro que es un camino sólo transitable por algunos elegidos, y en la im-pres-cin-di-ble entrevista concedida a Soler Serrano el propio genio rizaba el rizo de la modestia vanidosa:

–A medida que me admiro más, encuentro que soy una real catástrofe. Si hubiera dos mil Picassos, treinta Dalís o cincuenta Einsteins, el mundo sería prácticamente in-ha-bi-ta-ble. Pero que nadie se espante: no los hay.

No los hay, y por eso veneramos a los pocos que afloran. ¿Pero por qué la modestia en Dalí habría sido pecado? ¿Por qué suspendió el examen de graduación en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando –enojando mucho a su freudiano padre– al negarse a desarrollar el tema de Rafael ante un tribunal de tres catedráticos, alegando que él sabía más sobre Rafael que los tres miembros del tribunal juntos? Pues porque, efectivamente, sabía más. Todo el genial invento de la personalidad de Dalí se sustenta en un talento nato para el dibujo, una dolorosa hiperestesia, una técnica superdotada, un estudio obsesivo de los maestros del Renacimiento italiano y del Barroco español, una imaginación densísima, una formación intelectual de primer orden. Sin nada de eso, Dalí se habría quedado en Damien Hirst o en cualquier otro payaso del star system museístico posmoderno.

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14 agosto, 2013 · 12:23

Eduardo Punset: el Sepu de la ciencia

Parece que el CSIC corre el riesgo de desaparecer si no le inyectamos entre todos otros 76 milloncetes de dinero público. De todos modos hay más españoles llorando por la extinción del Atleti de balonmano que por el peligro de quiebra que ronda al CSIC. ¿Qué pasaría si el CSIC desapareciera? Pues algo muy parecido a nada, porque los españoles lo de la I+D no lo han entendido nunca, y por eso pedía Unamuno que inventaran los demás, y por eso a los políticos, a fuer de españoles, el primer recorte que se les pone en la punta de la tijera es siempre el recorte en investigación, ciencia, laboratorio o biblioteca polvorienta cuyos legajos no interesan sino al doctorando. Aquí el doctorando integra una casta baja en españolidad, una excepción afrancesada de compañía tan sospechosa como los intocables hindúes.

Y además qué importa que se hunda el CSIC, teniendo a Punset. Eduardo Punset es el último renacentista –siempre que decimos “el último renacentista” confiamos en que sea el penúltimo, confiamos en la surgencia de otra criatura polifacética que ahora mismo es un niño con gafas desechando la tableta por ese Larousse que papá compró por un estricto prurito decorativo–, es decir, un hombre que ha sido de todo y, si no ha alcanzado la excelencia en nada, tampoco sería justo aplicar a su plural carrera el rasísimo rasero que marcó un día en que necesitaba pasta –no tanta como el CSIC– y accedió a vender rebanadas de pan Bimbo como si fueran puras hélices de ADN.

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29 julio, 2013 · 11:48

La pícara comezón de desollar al prójimo

El insulto es uno de los géneros más exigentes de la literatura y requiere enormes dosis de tacto y refinamiento intelectual. Lo escribí hace unos meses, añadiendo que insultarse está hoy mal visto en España, del mismo modo que está mal visto ganar el Premio Nobel o ameritar un crédito ICO. Si no hay talento para escribir grandes novelas ni guiones luminosos de cine español, tampoco iba a haberlo para insultarse con sabrosa malignidad, y la invectiva pública, tan fastuosamente cultivada por el español desde tiempos de Marcial, decae como cualquier género literario víctima de la revolución tecnológica y la crisis educativa, que es como decir de la falta de lecturas del personal. Twitter nos facilitó los mimbres para levantar un poco el rendido pabellón del denuesto, pero los resultados son más bien descorazonadores. Hay pocos trolls verdaderamente creativos. Y como la gente ya no sabe injuriarse con buen gusto, las asociaciones de prensa, en vez de impartir cursos de formación en maledicencia ilustrada, han resuelto condenar el insulto como una práctica bárbara, ignorando su importancia motriz en la fundación y desarrollo de la institución. El periodismo se inventa para meterse con los demás; de qué todo este rollo, si no.

Para calibrar la desoladora distancia que nos separa entre lo que fuimos y lo que somos, basta leer un libro rigurosamente descatalogado que conseguí por la benemérita mediación de Iberlibros. Se trata de La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén. Ustedes no habrán oído hablar de él por esta misma moda de denostar al denostador que vengo denunciando. Pero es el clásico de historia literaria española mejor escrito del siglo XX y el muestrario de vanidad letraherida más fascinante y divertido que he leído en mi vida. No he podido dejar página sin subrayar. Es un libro que justifica no una tesis, sino una cátedra de literatura hispánica. Es un perdurable monumento a la fatuidad irredimible de los hombres de letras, un Machu Picchu de la sátira venenosa, un reguero monstruoso de ídolos caídos, una cumbre de la vis cómica a la altura de Aristófanes y Quevedo escrita por un emigrante peruano de 23 años en la escena literaria madrileña dominada por los ismos y las generaciones del 14 y del 98. El buen juicio de Alberto Olmos comparte aquí el descubrimiento definiéndolo con tanta plasticidad como tino: “un rayajo de coca para los lectores de la toxina literaria”.

Alberto Guillén, que solo por esta obra ya discute a Mario Vargas Llosa la primogenitura literaria de la ciudad de Arequipa (donde había nacido en 1897), se plantó en Madrid en 1920 ahíto de arrogancia juvenil, dispuesto a situarse como uno más entre los grandes literatos españoles y a ceñir el laurel del éxito sonoro en la antigua metrópoli. La ambición fantasiosa es habitual en veinteañeros altivos; lo que no suele suceder a esa edad es que además la acompañe una erudición clásica, un estilo maduro, un vocabulario fecundo, un control pleno del tono y el humor, un dominio ciertamente insultante del retrato psicológico, un talento en suma tan cuajado como el que derrocha el autor de La linterna de Diógenes.

Guillén estaba dotado de un talento singular y de una vívida conciencia de la singularidad de su talento, dejémoslo en egolatría justificada. Ocurre que la egolatría es la primera instancia de la decepción. Cuando esta llega, algunos se deprimen y otros se vengan. “Su faz apuñaladora era faz de hombre sanguinario, que ha asistido al sacrificio de los imbéciles en el ara de los sacrificios. (…) Estaba borracho de orgullo y tuvimos cuidado con él como con los borrachos de vino. (…) Pronto me di cuenta de que tenía talento, y talento peligroso”, rememora Gómez de la Serna, que aceptó al peruano en la sagrada cripta del Café Pombo. Guillén frecuentó tertulias y aduló a los mandarines del momento; en Madrid logró publicar tres poemarios pero traía ideas demasiado miríficas sobre la generosidad de la Madre Patria y no encontró otra cosa que el eterno mundillo infatuado de ayer y de hoy, admirable solo en las obras y ruin en los caracteres, despreciativo de cuanto ignora, cerrado a corrientes foráneas que amenacen su prestigio arduamente erigido sobre obediencias debidas y colegas descabalgados. Pero antes de salir de aquí sacudiendo el polvo de las sandalias, decidió que aquella corte de ingratos pavos reales se acordaría de él. Y vaya si se acordaron. “Guillén pasó por España como el simún por el desierto”, exclamaría el venezolano Rufino Blanco-Fombona recordando el fenomenal escándalo que siguió a la publicación de La linterna de Diógenes.

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8 julio, 2013 · 14:43

Gómez Dávila. El hombre que nos vengó de la modernidad

En las semanas posteriores a mi adquisición de los Escolios a un texto implícito, editado por Atalanta con prólogo de Franco Volpi, confieso que buscaba inspiración para mis columnas leyendo un par de páginas de aquellos aforismos diamantinos, candentes como lascas de cobre. Lo dejé pronto porque me di cuenta de que la columna se me acababa siempre antes de tiempo y falta de espacio: para desarrollar un solo escolio necesitaba la extensión de un reportaje.

El mejor escritor de Colombia, dirán ustedes a tono con la opinión canónica, ha sido Gabriel García Márquez. Pero cuando a Gabo le preguntaron por don Colacho, aquel sabio casi mitológico que vivía encerrado en su casa estilo Tudor de Bogotá –carrera 11, esquina de la calle 77-, respondió: “Si no fuera de izquierdas, pensaría en todo y para todo como él”. Desde luego, yo consideraría a Nicolás Gómez Dáviladon Colacho para los amigos, entre ellos Álvaro Mutis, que le visitaba con la asidua devoción de Bioy a Borges– como el equivalente al doctor Johnson de las letras hispanoamericanas: si no su mayor escritor, sin duda su primera inteligencia. El desdén de la crítica y el desconocimiento del público lo explica él mejor que nadie en uno de sus fogonazos de magnesio en serie: “Tener razón es una razón más para no tener ningún éxito”.

¿Y cómo habría de tenerlo un autor eremítico que escolio a escolio edificó la más violenta, totalizante y sagaz de las refutaciones a la Modernidad, que afrentada castigó la quijotesca factura de aquel inclemente retrato con el más ortodoxo de los silencios? Ha sido Gómez Dávila una víctima colateral del boom hispanoamericano, de ideología casi uniformemente izquierdista –lo que engrasó el plácet de la intelligentsia europea y la consecuente promoción-, y eso que, como señala agudamente otro de sus escolios, debemos las estéticas modernistas a escritores reaccionarios como Balzac, Baudelaire y Eliot. O como el mismo Nietzsche, pues aunque su literatura sapiencial se inscribe en la tradición de los moralistas franceses (de Montaigne a Chamfort, pasando por Pascal) y a otros genios del ingenio breve como Gracián o Lichtenberg o Canetti, a lo que más se parece Gómez Dávila es a un Nietzsche católico, un hombre “sensual, escéptico y religioso”, por citar los tres adjetivos con los que él mismo se definió.

“Nació, escribió, murió”, dice Volpi en el prólogo. Y eso fue todo, ciertamente, pero le bastó para justificar sobradamente, ahora que se ha cumplido el centenario de su nacimiento, las tardías aunque bienvenidas conmemoraciones internacionales de su figura, de la monumentalidad cultural que levantó en épica soledad. Nacido en Bogotá en el seno de una familia acomodada que pudo costearle estudios en París y en Inglaterra, regresó a la capital de Colombia para casarse con Emilia Nieto, criar a sus tres hijos y enclaustrarse en la babélica biblioteca de 30.000 volúmenes donde agotó su existencia insular, leyendo y escribiendo de la mañana hasta la madrugada, decantando de sus lecturas en el idioma original –dominaba el griego y el latín entre otras lenguas, y al final de su vida aprendió el danés para poder leer a Kierkegaard sin mediaciones- las notas mentales que tras un arduo proceso de adensamiento conceptual y depuración estilística, quedaban esculpidas en forma de escolios.

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29 mayo, 2013 · 11:42

Cómo acabar de una vez con el columnismo

Si algo me ha enseñado Twitter es que la gente sigue consumiendo columnas. Algo tendrán para ser el único género periodístico con lectores en mitad de esta crisis de paradigma que a paso ligero va cerrando la analogía gremial entre periodistas y zurcidores de pergamino previos a Juan Gutenberg. Minutos después de la hecatombre nuclear propiciada por los cohetitos de Kim Jong-un, alguien glosará la noticia en una columna más o menos chispeante y su link circulará por la Red. Quizá ya nadie pague por él –el autor se sustentará de yerbas, como el sabio de Calderón–, pero leerán el texto entero y no su mero titular.

Eso será porque la columna verdaderamente causa una elevación del periodismo hasta la literatura o quizá una rebaja de esta al ras de la opinión pública. La columna es un pacto del estilo con la actualidad, y mientras su disfrute siga vigente no se extinguirá del todo la áurea edad del humanismo, pese a todas las decadencias bárbaras que nos acechan, con la telerrealidad, la disciplina de voto y los días mundiales contra la obesidad infantil a la cabeza.

El aserto de Umbral según el cual la mejor literatura de los años ochenta y noventa –fruto de la libertad expresiva detonada en la Transición con el fin de la censura– se hacía en los periódicos acaso denigra la calidad de aquella literatura mucho antes que enaltece la de aquel columnismo. Umbral debía saber que su frase solo ganaría veracidad aplicada a los años en activo de articulistas realmente imbatibles como Mariano de Cavia, Azorín, Julio Camba, Josep Pla, Gaziel, Manuel Chaves Nogales, Agustín de Foxá, José María Pemán, Corpus Barga, Wenceslao Fernández Flórez y, clavado sobre todos ellos en la cruz de guía del oficio, César González Ruano, en cuyo celebrado obituario resumió Jaime Campmany el don de éxito y la condena de caducidad que marcan la vocación del columnista: “César escribió para hoy, sólo para hoy. ¡Qué estúpidos los que dicen escribir para la posteridad! Y escriben las cosas obvias, las cosas que se repiten eternamente, sólo porque cada año nacen nuevos ignorantes que las desconocen. Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar”.

Lo de cobrar no deja de ser una provocación en estos tiempos, pero ya decía el doctor Johnson, en máxima muy aplaudida por Pla: “No man but a blockhead never wrote, except for money”. Precisamente son los rápidos ingresos del periodismo los que han atraído siempre a los escritores menesterosos –valga el pleonasmo–, decantando de aquel fructífero intrusismo la canonización literaria de la columna, aunque a críticos tan exquisitos como Cyril Connolly el precio a pagar le parecía demasiado elevado: “Nada envejece tan rápido como la candente actualidad, y en el periodismo no hay nada más valioso que ella. El escritor que se dedica al periodismo abandona el tempo lento de la literatura por otro más rápido, y ese cambio le perjudicará. Gradualmente la ligereza del periodismo se convertirá en un hábito, y el placer de ser pagado a toca teja y, más especialmente, de ser alabado del mismo modo, llega a hacerse indispensable. Y no obstante, del admirable periodismo que ha aparecido en los semanarios literarios, ¡cuán poco resiste la reimpresión!”.

Larra, Ruano, Ramón y Umbral. (Ilustración: Ulises)

Larra, Ruano, Ramón y Umbral. (Ilustración: Ulises)

Cuando en España se trata sobre columnismo literario, las mentes mejor intencionadas aún prorrumpen en el patriarcado omnipresente de Francisco Umbral, y con razón. Pero Umbral es un enano –muy dotado para la publicidad de sí mismo, lo que también es un talento– subido a los hombres de un gigante como Ruano, quien a su vez se subía a los hombros de Ramón, que estaba encaramado sobre Larra y con el otro pie en el bullicio de las vanguardias, y así sucesivamente porque nadie es el Adán literario, como sentenció Rubén Darío. En todo caso Umbral predicó con la autoconciencia de ningún otro el evangelio necesario de la columna y ahormó un estilo propio tan seductor, tan brillante, que por un momento se volvió peligrosamente hegemónico. Sus epígonos han proliferado en camadas bastardas imitando el sonajero y no la letra, aprendiendo una concreta técnica de ordenar modismos en una frase, como si umbralear fuera la única actitud decorosa puestos en el grave trance de teclear una columna. Esta es la manera en que Umbral ha estado a punto de acabar de una vez por todas con el columnismo, porque la personalidad es todo lo que tiene el columnista y el estilo es el hombre, nunca su escuela.

Ajenas a la preceptiva umbraliana se alzaron ciertamente poderosas alternativas de dispar ideología como José-Miguel Ullán, Manuel Alcántara –que vive, oigan, y aún escribe a diario sin repetirse–, Rafael García Serrano o el propio Campmany. En la siguiente generación encontramos a las firmas que hoy retienen el menguante prestigio del oficio –de Manuel Vicent a Raúl del Pozo, de Federico Jiménez Losantos a Arcadi Espada, de Ignacio Ruiz Quintano a David Gistau– y hablamos de la columna de rango estético, no de la tribuna confidencialísima o de la coima al ex político a duras penas alfabetizado. Me detendré un momento en Ruiz Quintano y Gistau y no porque sean mis amigos, que también. Afectos aparte, me parece evidente que Ruiz Quintano encarna la estirpe viva del ABC legendario, y a cada artículo suyo hoy sigue afluyendo la prodigiosa memoria de un lector exquisito y la prosa esencial de un maestro al que se le ha revelado la alquimia entre casticismo e ilustración. Gistau, por su parte, ha renovado el enrarecido parque de metáforas del articulismo patrio abriéndolo a las corrientes de la cultura pop, y le asiste el envidiable don de concitar el asentimiento a su observación, que nunca es tópica, encauzada por un fraseo largo, matizado, irreverente. La gracia de Rosa Belmonte o la insolencia de Carmen Rigalt sostienen igualmente este género ya sin género, pero si en este país se tuviera memoria y dinero para reeditar se podría disertar sobre columnismo femenino pionero de la mano firme de Sofía Casanova, Concha Espina o Carmen de Burgos, por no recurrir ya a doña Emilia Pardo Bazán.

El diario El País hizo lo que pudo por erradicar el columnismo en España subordinando cualquier veleidad literaria a la autoridad informativa de su mancheta, y así aligeró de columnas el periódico como el marido que somete a su oronda esposa a una liposucción, ignorando el viejo aforismo según el cual cuanta más masa, mejor se pasa. El País se convirtió en un periódico aburrido excepto en sus partes menos afectadas por la fatwa objetivista: crónicas de corresponsales, críticas de cine –territorio en el que hoy brilla el malvado Luis Martínez, de El Mundo–, crónica deportiva o taurina, géneros que merecerían artículo aparte. El desastre se consolidó cuando otros periódicos y sobre todo las facultades del oxímoron académico –ciencias de la información– abrazaron la nueva doctrina. La decadencia de la lectura como alternativa de ocio y la ruina de la educación nacional hicieron el resto, no sin cierto entusiasmo.

El autor y David Gistau durante una velada de boxeo en el Metropolitano, septiembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

El autor y David Gistau durante una velada de boxeo en el Metropolitano, septiembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Pero cuando parecía que la Logse y Apple iban a terminar de una vez por todas con el columnismo, he aquí que comparecen algunos novísimos empeñados en alargar la agonía del arte de Camba y Ruano. Sus dos mejores adalides actualmente son Manuel Jabois, llamado a Madrid desde Pontevedra para marcar una época en El Mundo, y un valenciano que se hace llamar Hughes y escribe en el ABC con la misma cadencia lírica y nunca igual con que llegan a la playa las olas sensuales del Mediterráneo. Jabois, agraciado con una imaginación celta capaz de alumbrar sagas y el descaro necesario para hibridar géneros sin permiso, domina la paradoja y la ironía con la novedad de los maestros, a los que tiene metabolizados por formación y por naturaleza. Hughes poetiza el tema más banal con la osadía vanguardista de un Giménez Caballero, revolviéndolo en espirales de humor hasta que borra todos los límites entre lo sólido y lo líquido, entre seriedad y levedad. De ellos es el futuro, si la crisis y Kim Jong-un respetan finalmente la vida de sus lectores.

(Revista Leer, número 242, Mayo 2013)

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Elogio del ‘mainstream’

Nadie salvo un cabeza de alcornoque ha escrito jamás por otra razón que no fuera el dinero. Eso dijo textualmente el doctor Johnson, depósito humano de la Ilustración inglesa, y el espíritu fenicio de Pla no se cansaba de citar en inglés tan abierta declaración de filisteísmo: «No creo que sea necesario traducirla por su inteligibilidad y su buen sentido», apostillaba. Por dinero, exactamente por unas birriosas 1.575 libras, compiló Johnson en solitario su célebre diccionario de la lengua inglesa de 40.000 entradas, la mayoría de las cuales viene ilustrada con citas de autores griegos y latinos.

De Johnson a Amy Martin, la columnista fantasma del PSOE, se traza toda la línea de la degeneración del intelectual en Occidente. La gráfica admite un empeoramiento trágico si le añadimos el eje temático que va de Píndaro, primer cantor de atletas en la Siracusa del siglo V antes de Cristo, al actual periodismo deportivo.

Recuerdo haber leído en una columna de Arturo Pérez Reverte la afilada teoría de un profesor amigo suyo a propósito de la espinosa postura del intelectual ante el dinero:

-La mayor desgracia que le ha sucedido al intelectual fue la alfabetización masiva. Cuando el pueblo era ignorante, el intelectual -el artista, el escritor, el hombre de pensamiento en suma- podía desarrollar todo su talento al servicio de un sibarítico mecenas que pagaba como la élite porque exigía como la élite. Pero cuando la masa aprendió a leer y reunió el poder adquisitivo que la caracterizaba ya como burguesía, el artista hubo de ponerse paulatinamente a su servicio para poder vivir, achicando los horizontes de su exploración estética si ese era el precio de la popularidad. La sociedad de consumo, la cultura de masas basada en el espectáculo no son sino el corolario natural del proceso.

La cita no es textual –y hasta es probable que la hayamos mejorado-, pero el espíritu es fiel, y parece veraz. Todo adolescente conoce (le va la vida en ello) la diferencia entre el burdo mainstream y el heroico underground. Luego, afortunadamente, crece y empieza a adivinar la porosidad estructural de esa frontera que creía impermeable. Empieza a darse cuenta de que algunos artistas supuestamente insobornables cultivan la semilla de su imagen indie en un patio marihuanero, donde fermenta bajo focos bien graduados, para luego poder recoger la cosecha en el mercado global, donde realmente cotiza el malditismo; y descubre también que artistas a los que inicialmente había despreciado por el presupuesto de sus videoclips y la amplitud de su público son capaces de tomar riesgos en su arte.

Se suceden las revelaciones: el público puede no ser siempre imbécil. El éxito puede no ser una maldición impura, sino una meta legítima. Nos resignamos a comprarnos la ropa en Inditex. Se puede decir entonces que hemos crecido. Aunque hay casos de gente que no crece, claro.

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13 mayo, 2013 · 14:32