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La rana hervida. Informe sobre la muerte y resurrección del periodismo

[Con mi agradecimiento a Arcadi Espada, a quien debo casi toda la bibliografía manejada en estos párrafos, y a Verónica Puertollano, que la tradujo].

Katherine Graham, Bernstein, Woodward, Bradlee y otros disfrutones del viejo periodismo.

Katherine Graham, Bernstein, Woodward, Bradlee y otros disfrutones del viejo periodismo.

Amigos, no es solo Ben Bradlee quien se muere. Digamos de una vez que la fiesta ha terminado.

Aunque veáis periodismo por todas partes, el periodismo en realidad está muerto. Lo que os llega a través del espacio es el brillo de una estrella que explotó hace algún tiempo, repartiendo su compacto y hermoso cuerpo mineral en millones de aerolitos cibernéticos que ya van cubriendo el sol y enfriando los cerebros. Nadie ha datado con precisión el gran estallido, pero podemos conjeturar algunas fechas.

En 1992, el director ejecutivo del Washington Post, un lucidísimo Robert Kaiser, viajó a Japón para reunirse con un sanedrín de gurús tecnológicos que le presentaron el concepto de ordenador personal y de red telemática, asegurándole que la interacción de ambos inventos cambiaría para siempre el periodismo. El mérito de Kaiser, excepcional en una industria que una década después aún se embolsaba un 30% de margen por el periódico de papel, fue creérselo y escribir un célebre memorándum de dos mil setecientas palabras en que enunció la conocida analogía de la rana:

Pones una rana en una olla de agua y la temperatura sube lentamente hasta que la olla hierve, pero la rana no saltará jamás. Su sistema nervioso no puede detectar los cambios leves de temperatura. El Post no es una olla de agua, y nosotros somos más inteligentes que la rana media. Pero nos vemos nadando en un mar electrónico donde podríamos acabar siendo devorados —o ignorados— como un innecesario anacronismo. Nuestro objetivo, naturalmente, es evitar hervirnos mientras prosigue la revolución electrónica.

Hoy la industria periodística es una charca de ranas nostálgicas que croan sus últimos estertores. Lo dramático no es la subida de la temperatura del agua, de la que estaban avisadas, sino que tampoco se salvarán saltando a tierra porque el termómetro en tierra tiende a cero: las condiciones (económicas) de vida anfibia en papel como en internet se recrudecen por igual. Se mire como se mire, la rana periodística está jodida. Quien le tenga asco a los batracios, aun metafóricos, puede pensar en un hámster: el roedor espídico que sigue corriendo en su mugrienta rueda para generar la mitad de contenidos con el doble de esfuerzo, con el triple de esfuerzo, con el cuádruple de esfuerzo, hasta entregar su alma generosa en el altar de una obsolescencia programada. Esa rueda equivale actualmente a las redacciones de los grandes diarios que aún siguen editándose, cada año con menor tirada, en inexorable proceso de consunción.

Años importantes para el agrietamiento de nuestra estrella fueron los del nacimiento de Google (1996), de Facebook (2004), de YouTube (2005) y de Twitter (2006). Cada uno de estos diabólicos hijos de su tiempo ahondaron en la subversión del principio por el que se había regido la institución periodística desde aquellas hojas venecianas del 1600: el carácter lineal, jerárquico y monopolístico de la producción de noticias y la pasividad del público. Podemos añadir a la serie histórica el 1929, momento en que se publicó La rebelión de las masas de Ortega; en todo caso, no ver que la crisis sistémica que va a terminar con el periodismo como institución civilizatoria responde al último coletazo del ideal romántico de emancipación, de ruptura con las nociones clásicas de autoridad y conocimiento, es desconocer la órbita exacta que hoy describe nuestro mundo.

Pero quizá la fecha más terrible, cuyo impacto aún está por determinar, es la de 2010, año en que por primera vez un robot llamado Suzette logró superar el test de Turing. Alan Turing, teórico de la inteligencia artificial (IA), estaba obsesionado con la lucha del hombre contra la máquina, pero no para dejar bien sentada la superioridad del primero sobre la segunda sino para buscar las tablas, o incluso la victoria de Terminator. Un juez aislado de la sala en la que se miden hombre y robot les dirige una serie de preguntas y debe distinguir por sus respuestas cuál de las dos inteligencias es artificial. En 2010, fecha fundacional en una era futura de dominación mecánica, el juez confundió al robot con el hombre. Las empresas periodísticas, con ese instinto tan suyo para el delicioso suicidio en grupo, corrieron a investigar las aplicaciones de la IA —como si no bastara el minucioso proceso de jibarización educativa de los universitarios— y hoy ya se están desarrollando algoritmos capaces de ensamblar información en fracciones de segundo y de producir relatos de los acontecimientos que han superado el test de Turing (indistinguibles de un teletipo convencional) sin la intervención de un periodista. Estremecedor, querido becario.

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Pedro J cabalga de nuevo

La escudería que arropó a Pedro J en el Ateneo: Ussía, Gistau y Jabois

La escudería que arropó a Pedro J en el Ateneo: Ussía, Gistau y Jabois

La casualidad, décima musa, hizo coincidir en la tarde del jueves la presentación del último libro de Pedro J. en el Ateneo de Madrid con la conferencia de un gran maestre de logia sobre el estado actual de la masonería. Pero la confusión resultaba imposible, pues si hay algo que no va con el carácter del exdirector de El Mundo es el secreto. Lo suyo siempre ha sido publicar, sean libros o periódicos. O una mezcla de ambas cosas en el caso que no ocupa, pues se trataba de presentar Contra unos y otros, segunda antología de aquellas homilías ensabanadas que entre 2006 y 2014 envolvieron nuestros domingos entre la hora del vermú y la del fútbol, como recordó David Gistau.

Además de Gistau, acompañaban al protagonista en la mesa Alfonso Ussía y Manuel Jabois: cada uno de un periódico distinto, los tres unidos en la teoría de un periodismo independiente y en la práctica del columnismo de fino encaste. El propio Pedro J., a la hora de la gratitud, anudó los nombres de los tres a la cola gloriosa de Ruano, Camba, Fernández Flórez o Umbral. Su viuda España asentía desde el patio de butacas.

Lleno total de leales pedrojotistas en el mítico salón donde discursearon Azaña, Ortega o Marañón. También Eugenio D’Ors, que ya advertía de que en Madrid, a las siete de la tarde, o das una conferencia o te la dan. De Pedro J. no esperábamos exactamente una conferencia sino la concreción de un anuncio que en las redes sociales hace tiempo superó la vaga condición de rumor, alentado por el propio interesado: su próximo periódico. La música de Enya no podía ser más pertinente para acompañar el camino al escenario del periodista riojano, que evitó bajar al detalle pero afirmó con rotundidad su New Age: “El año 2015 será el más importante de mi carrera periodística”. Qué mejor modo de celebrar el año de Santa Teresa que con una fundación, ha debido de pensar Pedro J., que no es de Ávila sino de Logroño. Aunque un periódico arma más jaleo que un convento, también en su interior pugnan novicios con priores y se reciben llamadas intempestivas de la Santa Inquisición.

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No sólo de canapés vive el hombre

La noble institución del corrillo.

La noble institución del corrillo.

«Cantarán más afinados después de la revolución”, ironizaba en el baile zarista el Komarovsky de Doctor Zhivago cuando hasta el salón suntuoso subió la protesta de los desheredados, que se manifestaban sobre la nieve pidiendo pan. No vamos a decir que la copa de prensa celebrada en Moncloa se parezca por muchas razones: porque allí a ojo había tantos capitanes como marineros, porque Pablo Iglesias va abandonando su amable leninismo y porque los canapés no daban fe de la recuperación que el Gobierno vende con matices de última hora. Tabla de quesos, lomo escasamente salmantino, medias noches de salmón, empanada gallega y una quiche de espinacas con jamón y tomate que no saciaron el hambre de los reporteros, cuyo alimento es espiritual –no sólo de pan vive el hombre– y se llama corrillo.

–¿Dándole al fumeque?

Al volverse, cigarro en mano, este cronista se encontró con un presidente del Gobierno viniendo hacia él solo y de frente, recién salido de nombrar portavoz parlamentario. Al profano le parecerá lógico toparse con Rajoy si se va a la Moncloa, pero uno no lo esperaba tan rápido: aquello es mucho más grande de lo que ustedes imaginan. Tendí el cigarro y tiré la mano, o al revés, y entré en palacio tras don Mariano, a quien le tenían dispuesta la emboscada mediática de recibo. En toda la mañana no pudo progresar más allá de tres metros del hall monclovita, retenido por corrillos de periodistas ávidos. Más allá de vender su libro, el presidente dejó una confesión entrañable, para desazón de conspiradores: “¿Que si voy a presentarme a las elecciones? Miro en el partido y no encuentro mejor candidato que yo”. Mira, eso es algo que podría decir perfectamente… Susana Díaz. Cosas de la partidocracia.

Varios ministros, cada cual con su corrillo. Uno se dirige a la fuente del queso y se encuentra con Soraya Sáenz de Santamaría.

–¿Acusa el jet lag de Afganistán?

Nos cuenta que en absoluto, que son siete horas de vuelo que se pasan volando y que en Herat no hace frío alguno. Para lucir fresca y descansada la vice tiene un secreto cosmético que confiesa en presencia de María González Pico y de mi querida Cristina de la Hoz: ampollas de soja. Le pregunto si eso no es lo que se le echa al sushi. Ella se ríe y dice que la soja admite usos variopintos. Sabíamos lo de las rodajas de pepino, pero ya la soja nos parece demasiado. ¿Será el wasabi lo que explique el carácter de Cristóbal Montoro?

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Reivindicación de Pedro Luis de Gálvez a través de sus úlceras, sables y sonetos

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Se llamaba Pedro Luis de Gálvez y una vez -dicen- paseó por Madrid el cadáver en cajita de su bebé nonnato para excitar la lástima y el bolsillo de la horrorizada parroquia de las tabernas. Fue expulsado del seminario, huyó de un padre cristiano y sobrevivió como chapero de marqueses. Recorrió España a pie viviendo de la tierra y tapándose con las estrellas. Probó el ajenjo en el Moulin Rouge y encandiló a Apollinaire al punto de que el francés escribiera de él una biografía. Se ganó a pulso un papel en Luces de bohemia y fascinadas citas de Baroja, Carrere, Ruano o Max Aub, y aun el mismo Borges ya ciego todavía recitaba algunos de sus versos y recordaba la noche en que Gálvez le llevó a conocer el ultraísmo de mancebía.

Fue encarcelado por antimonarquismo pudiéndolo evitar solo para escribir un talentoso libro sobre la rata con la que intimó en la trena, indultado a petición de Mariano de Cavia y requerido por los mejores diarios apenas unas semanas antes de defraudarlos, dada su incapacidad vocacional para resistir los demonios de la vagancia y el morapio. Combatió en el ejército de Albania durante la guerra del 14 con Turquía, llegando a grado de generalísimo, y cubrió como corresponsal el desastre del Barranco del Lobo mientras se sacaba un sobresueldo chuleando a su mujer entre la soldadesca, hasta que finalmente su Carmen se enamoró de un capitán de infantería que le dio por ella dos mil pesetas, o de eso presumía.

Operó en la Puerta del Sol, perfeccionando mañas extractivas sobre académicos y obispos hasta un punto de excelencia que habría deparado, con El arte del sable, una cumbre canónica de la literatura picaresca de no ser porque acaba recurriendo al refrito y al relleno tipográfico. Emigró a Barcelona donde triunfó como comediógrafo solo después de trabajar como aeronauta, oficio al que renunció el día en que hubo de ser rescatado del Mediterráneo por un golpe de viento que desató la canasta del globo aerostático. Se arrejuntó con Teresa, que le dio más hijos, y a la que verdaderamente quiso. Fue editor de Rubén Darío y tutor de su bastardo Rubenito. Asustó a Ramón, que le había expulsado de Pombo, cuando resurgió en el 36 en mono de obrero y con dos pistolones al cinto, convertido en jefe de una milicia sindicalista a la que Miquelarena, Baroja y Cortés-Cabanillas atribuyen a la ligera crímenes de sangre que incluyen a Muñoz Seca en Paracuellos, pero que los indicios más sólidos desmienten con casi total probabilidad.

Fue fusilado por Franco en 1940, previo consejo de guerra al que no logró convencer de que su militancia roja había tenido más de farsa y supervivencia que de responsabilidad fáctica, pues había salvado la vida de escritores nacionales como Ricardo León -del que había sido negro- o Carrere, y hasta del portero Ricardo Zamora, al que sacó de la Modelo. Y finalmente escribió algunos de los mejores sonetos del primer tercio del XX, pese a que no fueron recogidos en ninguna antología hasta que Andrés Trapiello, espeleólogo de las armas y las letras, publicó su Negro y azul.

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Josep Pla, el penúltimo facha

Pla, fumándose la opinión de El País. Ilustración en el 255 de LEER de David Pintor.

Pla, fumándose la opinión de El País. Ilustración de David Pintor en el número 255 de LEER.

El pasado domingo 14 de septiembre El País, cumpliendo una tradición encomendada en persona por Voltaire y Diderot al diario de Prisa para que vele por la pureza ideológica de la cultura española, publicó un artículo titulado Pla, espía número 10 de Franco. Se hacía eco de una investigación del periodista Josep Guixà que la editorial Fórcola publica bajo el nombre Espías de Franco. Josep Pla y Francesc Cambó. Javier Fórcola es un gran editor para quien la búsqueda de un modesto gancho comercial no está reñido con el escrúpulo estético y la exigencia intelectual a la hora de planear sus lanzamientos. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o Guixà, quien seguro ha escrito un libro documentado y riguroso, tirando por lo demás de un hilo viejo y conocidísimo: la labor de espionaje que el genio ampurdanés desarrolló para el bando nacional durante la guerra. Lo que no se sabía era el grado exacto de compromiso de Pla en esta tarea, y bienvenida sea la historiografía honrada para fijarlo.

En una guerra civil, un escritor sirve para muy poco: básicamente para hacer propaganda de un bando o de otro y para elaborar informes de inteligencia. También puede elegir el exilio y acabar muriendo en la Fleet Street por inadaptación fatal a los hunos ni a los hotros, caso que fue el de Chaves Nogales. Pero en España, en 2014, cuatro años después de la edición revisada y aumentada de Las armas y las letras, la cosa sigue funcionando más o menos como desde 1975, año inaugural de la Gran Revancha o antifranquismo cultural de maniqueísmo y pesebre. Con lo útil que habría sido el antifranquismo con Franco vivo.

Según esta ley de hierro, que a los nacidos en 1982 y por ahí nos sume en la desesperación y en un senequismo prematuro como de payaso suicida, hay que prohibir la palabra chiringuito porque la puso en circulación el fascista de Ruano. Sin embargo, hay que bautizar todos los colegios públicos que admita el presupuesto con los nombres de Alberti y Neruda, pese a que el primero firmaba durante la guerra en un periódico obrero una columna titulada «¡A paseo!» donde hacía exactamente lo que se esperaba del epígrafe: iba señalando a los intelectuales depurables que, efectivamente y una vez puestos en la diana por el camarada poeta, acababan en la checa y de ahí a Paracuellos. Y no es que Alberti y Neruda se dedicaran a versificar y unos descontrolados les interpretasen mal; no, no: formaban una célula homologada del Komintern perfectamente autorizada para la purga ideológica de retaguardia, entrañable afición de tanto arraigo en la tierra por donde vaga errante la sombra de Caín. El caso de don Pablo, además, se antoja especialmente inadecuado para prestar nombre a escuelas u hospitales, pues abandonó a su hija en cuanto se enteró de que padecía una severa hidrocefalia. De ella moriría la niña a los ocho años sin haber conocido a su padre, que estaba demasiado ocupado en enhebrar odas a Stalin. Vasili Grossman, en cambio, adoptó a las dos criaturas de su mujer, viuda de un purgado por Stalin, para evitar que fueran deportadas a un orfanato para hijos de contrarrevolucionarios, poético lugar que sin temor a la incongruencia bien podrían haberlo llamado Archipiélago Neruda, por ejemplo.

Y sin embargo no se nos ocurre decir que no haya que leer a Alberti, o que Neruda no sea un prodigioso renovador de la poesía castellana. Ni tampoco pedimos para el olmo de la mezquina estirpe formada por los escritores y los artistas en general las peras del heroísmo moral de Grossman, verdaderamente excepcional. Del genio su obra; a él, ni con un palo.

Ahora bien. Pla cometió el error de espiar para el bando equivocado, a efectos de la Gran Revancha. Y aunque al parecer Guixà prueba que ninguno de sus informes justificaron una sola represalia letal, es evidente que no se comportó como un héroe. Ni falta que hace para lo que nos importa a sus devotos lectores. Pla había cubierto la degeneración quemaconventos de la República y por su talante conservador, amante del orden y los buenos alimentos, estaba cantado que ayudaría al Movimiento. Lo cual ni siquiera lo convierte en un facha, pues su colaboración parece ser que fue pura táctica para evitarle a su amada Cataluña la ruina total de una prolongación del conflicto. Y si de todos modos Guixà probase que Pla le preparaba personalmente las sopas al Caudillo, tampoco saberlo disminuiría un ápice su consideración literaria, como espera que suceda el autor de la nota de El País, terriblemente obsesionado por hacer aparecer al gran escritor como un cobarde, un vendido, un franquista desorejado y basta ya de tanto homenaje y reedición, coño. Qué diferente el ponderado enfoque que usa el redactor de La Razón en la elaboración de la misma noticia; y que nadie advierta en esta oposición el consabido esquema de preferencias que evoca la mancheta progre contra la mancheta rancia: sencillamente el texto de La Razón no lleva incorporado al monaguillo de sotanita rasgada proclamando entre líneas el escándalo que le produce todo, qué horror, el Josep Pla, qué vergüenza, tú. Esta vez la mera información está del lado de Marhuenda.

La dramática infantilización de la inteligencia que padecemos demanda potitos de moralina que mezclen lo nutritivo con lo tragadero, de tal modo que el distingo entre ética y estética, conquista conceptual que rige la Historia del Arte y de la Literatura, se vuelve una provocación. Así que hay que rehacer el canon. Vamos camino de resucitar un Index laico donde figuren en exclusiva los escritores que se muevan en bici, se alimenten de brócoli y solo pisen los burdeles para afiliar a las putas a la Seguridad Social. A ver cuántos nos quedan. Entretanto, la industria cultural española es un sectarismo que no cesa. Por ideología y por los intereses creados bajo su bandera, claro. Que a nadie le han dado un Instituto Cervantes por reeditar a Foxá.

¿Hay una campaña orquestada para disuadir a las nuevas generaciones de la lectura de impuros como Ruano o Pla? Yo no creo en orquestaciones maquiavélicas ni en el vestuario del Real Madrid, que ya es decir. Pero ciertas adhesiones que ha traído El marqués y la esvástica, el libro contra Ruano (magistralmente reseñado aquí) que subió el rubor a las mejillas acomplejaditas de la novicia Fundación Mapfre, hace pensar que hay nombres de nuestras letras recientes que molestan. Que molestan bastante. Lo bueno es que toda fatwa excita el interés por el condenado, y yo puedo decir que acuden a mi Twitter jóvenes estudiantes de Periodismo y lectores en general pidiéndome títulos de Ruano, Pla o Camba; curiosidad que me apresuro a saciar lleno de esperanza en el futuro.

Dejen ustedes que leamos lo que nos salga de los cojones, señores mandarines de la intelligentsia. Sobre todo cuando no producen ustedes nada capaz de competir ni de lejos con Ruano o con Pla.

Portada del número 255 de LEER, septiembre de 2014.

Portada del número 255 de LEER, septiembre de 2014.

Y dejando de lado la santa política -o no, porque al final no se puede-, aquí va mi homenaje estrictamente literario al mayor prosista de las letras catalanas, portada del número 255 de la revista LEER, septiembre de 2014. Ojalá muchos más espías de Franco escribiendo como él.

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A Muñoz no le gusta Ruano

Escribe hoy Antonio Muñoz-Molina, de la Real Academia Española, un artículo de fondo en El País en el que se pregunta y no se explica el «sostenido prestigio» de César González-Ruano como modelo de columnistas. Es uno de esos artículos tórpidos y contraproducentes que contribuyen a afianzar el nombre que tratan de combatir. Uno no dedica largos artículos a renegar de un nombre que no pesa y a Muñoz Molina le pesa una fascinación ya confesada que los ruanistas entendemos perfectamente, aunque la sobrellevamos sin tanto trauma y con desprejuiciada gratitud hacia el maestro. Porque el magisterio de Ruano, quien no fue admitido en la Academia durante el franquismo, incluso es reconocido desde el titular por Muñoz Molina, quien ha sido admitido como académico durante la democracia.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio es hoy el escritor de referencia de la literatura española engagée –incluso, con Javier Marías, de la literatura española a secas–, y sus artículos de fondo aúpan a un Catón de Jaén sobre el púlpito seguro, paternal, del democratismo impecable. Puede que sea un novelista irregular pero se toma su trabajo en serio. Demasiado en serio en ocasiones. Fruto de ese tremendo compromiso con la salud moral del cuerpo sociológico nació su ensayo Todo lo que era sólido, por ejemplo, que contiene no pocos aciertos analíticos, quizá por la cercanía de los hechos diagnosticados, a la manera de los economistas que profetizan brillantemente el pasado. No es talento común, de todas formas. Pero cuando se abre el foco, cuando se enjuicia severamente el siglo XX desde la atalaya vip del inocuo siglo XXI, es fácil incurrir en indignaciones gratuitas, hasta que no quede sin rasgar una sola vestidura.

Los argumentos por los que jamás ningún columnista español –mucho menos los jóvenes, generación preparada y demócrata– debiera seguir citando a Ruano son tan conocidos que parece que todavía no nos hemos levantado del Café Teide o del Comercial y seguimos cuchicheando sobre los veladores cada vez que don César aparece por la puerta y se acerca a la barra a pedir recado de escribir. La oportunidad la brinda ahora la reciente publicación de El marqués y la esvástica, el reportaje revelador pero fallido con el que Plàcid García-Planas y Rosa Sala se propusieron tasar el grado de colaboracionismo nazi de Ruano en el París ocupado. Reconocen no haberlo logrado aunque aportan las actas de una de tantas sentencias sumarísimas que dictaron contra Ruano los aliados una vez liberada Francia por «inteligencia con el enemigo». Con toda la ecuanimidad de la que fui capaz reseñé esa obra en El Cultural, señalando aciertos y errores, y durante el proceso mantuve una grata correspondencia con los autores, que no me dejarán mentir. Más tarde, durante cierta mañana lisboeta del pasado mayo, tuve ocasión de charlar sobre el libro con Miguel Pardeza, experto ruanólogo, y ambos convinimos en la sorpresa que nos causaba esta repentina campaña contra un autor que, por lo demás, pervive exclusivamente por el aprecio cimarrón, irreprimible, de sus duraderos lectores, pues no ha gozado de reediciones, simposios, ni chiringuitos subvencionados como tantos otros del bando correcto de las armas y las letras. Antes al contrario: bastó El marqués y la esvástica para que la Fundación Mapfre retirara de inmediato el nombre vil a uno de los premios más prestigiosos del articulismo patrio. El mismo, por cierto, que Muñoz Molina ganó en 2003 y cuyo importe no ha devuelto todavía, en coherente corolario a su furor moral.

Nuestro académico reconoce que a un escritor no debemos medirlo por su talla moral, pero después de decirlo se apresura a hacerlo. Yo entiendo que desde Platón se haya vuelto muy difícil para la mente humana separar la ética de la estética, al hombre de la obra, pero hay que intentarlo. ¿Dejaremos de ver las películas de Woody Allen si las denuncias de acoso a su propia hija se revelaran ciertas? Al fin y al cabo Thomas Mann confesaba que se había enamorado de su hijo de 14 años al verle en bañador, pero luego no fue a su entierro. Kingsley Amis sólo se interesó de verdad por su hijo Martin cuando detectó en él a un competidor literario, como contaba Luis Alemany en una magnífica pieza de El Mundo en la que también hablaba de César Vallejo y los abortos inducidos de su mujer, Georgette. O de Pablo Neruda, quien sobre su fervor estalinista se desentendió de su única hija, enferma de hidrocefalia y perdida en la Holanda nazi. O de Octavio Paz, que se esforzó en no darse por enterado de que a su hija la violaba uno de sus tíos maternos. Los escritores –los artistas en general– integran frecuentemente una raza de hijos de puta, no lo vamos a descubrir ahora. Y viceversa: con los buenos sentimientos de Coelho no es que se haga precisamente buena literatura, según sentenció Gide. El de Úbeda cita a Céline, Drieu La Rochelle o al Nobel noruego Hamsun (¿por qué no remontarse a Quevedo, acreditado antisemita, o a Garcilaso, intolerable belicista?) e intenta puerilmente trazar una línea roja entre su filofascismo y el de Ruano con el argumento de que los tres primeros actuaban por convicción mientras que Ruano lo hacía por pícara venalidad. Que el gran articulista madrileño era un monstruo de vanidad y nada le importaba fuera de sí mismo no pienso rebatirlo; sin esa patología, por lo demás extensible a tanto escritor sin su prodigioso talento natural, quizá no hubiera cristalizado un estilo tan propio, tan «modélico», por citar a don Antonio. Como ya escribí, mucho menos peligroso es un mercenario vanidoso que un fanático de la idea, porque al primero lo podemos desactivar con dinero.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

En los momentos del artículo en que Muñoz Molina no está abroncando a Ruano por mala persona, se vuelve sobre su escritura y lucha contra ese objeto de su fascinación inalcanzable, insistiendo una y otra vez en que la prosa de Ruano no amerita otro valor que una retórica vacía, fascistona, campanuda y falsa; razones todas ellas que, de ser ciertas, habrían dado ya con los delicados huesos de Ruano en el olvido. Como eso no sucede, la intelligentsia se cabrea. Pero de prosa retórica, hinchada y hueca nada de nada, don Antonio. Ha leído usted poco (o mal) a Ruano, aunque sí lo suficiente para acusar la admiración que reprime y combate como infección vergonzante. Yo desafío a cualquier lector a que tome los artículos costumbristas de Ruano de los años cincuenta o sesenta y juzgue si no pulsan la pura realidad con mucho más calado –por no hablar de la elegancia– que la plaga de analistas políticos que trajo la partitocracia, altavoces de sigla de ortopédica sintaxis. Sobre todo, emplazo al lector a que lea Mi medio siglo se confiesa a medias y busque ahí un ápice del engolamiento que infesta, qué diría yo, por ejemplo Beltenebros.

Confesaré, porque esto es España y me conozco el paño bobo, que no soy un fascista. Aunque ese es un título que siempre te adjudican los demás para apearte, por ejemplo, de una tertulia. Yo, aunque lector de Ruano (al que sin complejos asocié a mi tribuna en Zoom News) soy demócrata sin aspavientos. Lo son también Raúl del Pozo o Antonio Lucas, quienes no tuercen tampoco precisamente por el fascismo pero escribieron hace no mucho sendas columnas en defensa no del hombre, sino de la obra, como ha de ser. Hace cuatro años tuve el honor de ser el destinatario de un artículo que publicó Ignacio Ruiz Quintano en ABC en torno a la misma recurrente polémica que nos ocupa. Yo creo que bastaría con que Muñoz dijera que no le gusta Ruano –aunque le gusta más de lo que desearía–, o que nos advirtiera de que lo leyéramos pero no tratáramos de imitarlo en casa, sin tener que verse obligado a prescribirnos lo que conviene al bien de nuestra democrática alma.

Quizá no sea prudente por mi parte escribir este post, siendo uno lo que es y don Antonio tan importante. Pero de Ruano aprendí también que de vez en cuando hay que escribir lo que a uno le dé la real gana.

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El marqués y la esvástica

A la caza del último maldito.

A la caza del último maldito.

Al joven Ruano se le grabó lo que le dijo un día Vargas Vila: “Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada”. Tres años han pasado Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas investigando la parte más monstruosa de la leyenda Ruano, abriendo archivos de media Europa para pasar el mito del último maldito español por el logos histórico. Lo logran solo en parte, y en parte han de contemplar frustrados cómo el espectro del dandi se lleva, sonriéndose, su turbio enigma a la tumba, así como en vida había diseminado siempre su verdad medida y mediada a través de memorias, diarios, artículos y libros. Ruano fue inapresable vivo, escapó de todo y de todos, en primer lugar de sí mismo. Y lo es también muerto.

Los autores acreditan que Ruano vendió su pluma a Goebbels siendo corresponsal en el Berlín de 1933, y que colocó propaganda nazi a media docena de diarios españoles. También que salió de Cherche-Medi delatando a sus compañeros de cárcel a la Gestapo, que allí lo había encerrado por traficar con salvoconductos para judíos desesperados a los que además estafó sus bienes y cuyas mansiones okupó mientras el mundo se desangraba; mercado negro que involucraba por lo demás a numerosos españoles, de izquierdas y de derechas, Falange y maquis, y a la mitad colaboracionista de Francia. Pero aunque algún judío estafado por Ruano acabó en Auschwitz o tiroteado en Andorra, el libro no prueba la implicación directa del periodista. Fue un indeseable pero no un criminal, y la condena a 20 años de trabajos forzados que Francia le impuso en 1948 –el gran aporte documental del libro– le imputa exclusivamente “inteligencia con el enemigo”. Esa sentencia fue la razón de que Ruano, huido y alcoholizado en Sitges, no viajara más a Francia.

El reportaje participa del método compositivo del Nuevo Periodismo en la línea del excelente En nombre de Franco de Arcadi Espada: narración en primera persona, exhibición del work in progress al tiempo que del hallazgo, estilo cuidado. Hay capítulos soberbios, como el dedicado al heroico Bermúdez Cañete. Otras veces se echa en falta mayor condensación para eliminar reiteraciones y ahorrar pistas falsas.

Pero ya que el libro combina la exhaustividad con la percepción subjetiva, uno añora mayor ambición ensayística: por qué la fascinación. Fascinar significa atraer y repeler a la vez, pero los autores se preocupan tanto de asentar su repulsa que nos hurtan el reconocimiento de su atracción por Ruano. No puede tratarse sin más de derribarle de un pedestal por lo demás inexistente. Solo en el epílogo ensayan una clasificación de maldad de lo más interesante. ¿Fue Ruano abducido por el nazismo como lo fue Knut Hamsun, premio Nobel? Por supuesto que no. Fue un hedonista doblado de mercenario para pagarse los vicios. ¿Es peor hacer propaganda nazi por dinero que por convicción? Sala Rose dice que sí, pero yo creo que no: el fanático es más dañino porque es más difícil de desactivar. De hecho, Ruano se jugó el trabajo y perdió la protección de Hitler y Mussolini al ausentarse de la caravana de prensa que iba a cubrir la cumbre bilateral del Eje porque vino su madre a verle a Roma. ¿Fue un antisemita infame? Menos que Quevedo pero lo fue, y solo cambió cuando se dio cuenta, apunta lúcido Garcia-Planas, de que el odio a los judíos era una forma de odiarse a sí mismo, pues toda su vida temió ser alguien tan irrelevante como lo eran los judíos bajo los nazis. Por eso se obsesionó con la hidalguía y el monarquismo, por el que quisieron pasearlo los milicianos y que también le perjudicó ante Franco, a quien despreció toda su vida y cuya moral nacional-católica fue desafiada por 30 años de amancebamiento público con Mary de Navascués*.

La reseña en página.

La reseña en página.

Que César González-Ruano vivió olímpicamente desprovisto de escrúpulos morales ya se sabía. Que en él la ética estaba no ya subordinada sino suplantada por la estética, y todo impulso empático cedía al hormigueo del propio placer, frecuentemente depravado, era bien conocido en los veladores del Gijón. Que fue, en suma, un canalla y también el prosista mejor dotado del oficio, capaz de entregar en diez días un libro de 250 páginas o de escribir seis artículos en una mañana de café, todos ellos antológicos, está perfectamente documentado. Que la publicación de esta obra, verdadero cuadro wildeano en el desván horrible del siglo XX, desencadenara una fatwa editorial que condene sus maravillosos textos al ostracismo entre beato y tiránico de la corrección política, lo lamentaríamos mucho.

(El Cultural, 21 de marzo de 2014)

* Frase ausente en el papel por falta de espacio.

Aquí lo que escribe sobre el particular Fernando Díaz de Quijano.

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Ruano y el antifascismo

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

El nombre de Ruano sale del más polvoriento de los olvidos editoriales por la vía más efectiva en este país: vinculándolo con el fascismo. Ya se sabe que hay dos únicas formas hispánicas de cosechar alguna fama cultural: ser fascista y ser antifascista. La modalidad fascista fue hegemónica hace ya varias décadas, y la antifascista lleva siéndolo demasiadas desde que palmó el dictador, aunque ello exija resucitarlo cada día para seguir luchando contra su espantajo y poder echárselas de Laszlo en Casablanca.

Si usted es escritor o cineasta y tiene la desgracia de ni ser fascista ni ser antifascista, usted debe reciclarse cuanto antes en el cincado electrolítico o el reparto de routers inalámbricos a domicilio o bien se morirá usted de hambre. Yo diría, parafraseando a Ramón, que en esta vida hay que ser un poco fascista porque, si no, lo son solo los demás y no nos dejan nada. A cada cual, según sea su temperamento, corresponde luego elegir qué forma de fascismo prefiere: el fascismo fascista o el fascismo antifascista. Qué quieren: así funciona el debate intelectual en España. No lo he inventado yo, que nací en 1982.

El libro que ha obrado el milagro de devolver a César González-Ruano al escuálido candelero del debate libresco nacional se titula con mucha intención El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado, y lo publica Anagrama el 19 de marzo. Sus autores son la filóloga alemana Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, periodista de La Vanguardia, quienes han pasado tres años investigando los turbios negocios del genio del columnismo en el Berlín de Goebbels y en la Francia colaboracionista, donde el autoproclamado marqués de Cagigal se dio la gran vida baudelaireana a costa del trapicheo en el mercado negro, el proxenetismo y un lucrativo tráfico de salvoconductos que en no pocas ocasiones terminaba con un judío cazado en Andorra como un conejo.

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6 marzo, 2014 · 10:10