Una pulsión de cambio recorre España en sentido opuesto a la que se registró hace diez años. Es una pulsión profunda, fruto deuna correlación de hartazgos no solo políticos sino también culturales, y un ciclo económico dominado por la incertidumbre catalizará el pendulazo. Así que no se avecina marejada sino corrimiento, un cambio generacional de paradigma como el que inauguraron los sesenta, que a su vez fue contestado en los ochenta. Lo ha expresado bien Calamaro al escribir que Madrid se asoma a una Segunda Movida. Pero ante el cambio caben siempre tres posturas: desafiarlo, acelerarlo o modularlo.
Cuando en enero de 2015 el presidente Rajoy presentó a Juan Manuel Moreno Bonilla como una «alternativa prometedora» al socialismo en Andalucía, un puñado de sonrisas condescendientes recorrió el salón del Hotel Ritz de Madrid.Un cronista de este periódico, que estaba allí, escribió: «Lo cierto es que Moreno Bonilla tiene experiencia gestora y competencia técnica, sabe que hay que eliminar el impuesto de sucesiones y atraer la inversión privada, acierta en el diagnóstico y conoce las recetas. Pero esto es una campaña electoral, carajo. No se ganan unas elecciones prometiendo más gestión y menos ideología, sino reduciendo a escombros a tu rival».
Aquel cronista no era ajeno a los enérgicos aires de cambio que iban a revolucionar el sistema de representación hasta quebrar el bipartidismo. Pero ya avisó Pla del problema de todas las revoluciones: en el mejor de los casos, acaban devolviéndonos al punto de partida.
Pasaron muchas cosas geniales y patéticas en París el pasado fin de semana, pero no todas ellas ocurrieron en Saint-Denis. En el Louvre un joven idealista accedió a la sala de la Gioconda y estampó una tarta contra el cristal que la protege. Para facilitar la consumación de la gamberrada (con lo barata que está la delincuencia en París) creyó necesario presentarse en silla de ruedas y disfrazado con peluca. Antes de que los guardias de seguridad lo desalojaran -deberían haberlo expuesto durante una semana en la galería de rarezas antropológicas, junto a las momias egipcias y otros testimonios de culturas felizmente superadas-, le dio tiempo a exhortar a los artistas en general a que pensaran en el planeta.
No hay derecho a esto. Nos están estafando. La política española nos está endilgando capítulos repetidos del serial, refritos argumentales que ya no justifican alarmas antifascistas sino bostezos ovinos. A falta de un Gobierno capaz de decir una verdad, bajar el butano o acertar el cuadro económico, consumimos sesiones de control en la esperanza al menos de que nos entretengan. Pero ya no nos dan ni el susto.
El sanchismo molaba más cuando mentía mejor, cuando fabulaba con la fantasía barata de los buenos folletines, que son los estereotipados: villanos nazis, cloacas mafiosas, francotiradores letales, líderes progresistas de manos nervudas que expresaban determinación desde las alturas del Falcon. ¿Y qué tenemos ahora? ¿A qué giro narrativo encomienda Sánchez las posibilidades electorales de Juan Agujas, mejor que Espadas? A Bárcenas, damas y caballeros. A las psicofonías de Villarejo de hace una década. A la foto apergaminada de Correa y señora en el bodorrio de El Escorial. A Rato tocando la campanilla. ¿Profanarán la tumba de Barberá? ¿De veras no se cosecha nada mejor en el edificio de Semillas? Esa nutrida brigada de gabineteros en tareas de prospectiva que parecía ir dos semanas por delante de los demás ahora parece un piso Erasmus que recalienta pedazos mohosos de pizza marianista en el microondas de los medios amigos. ¿Qué fue de Producciones Moncloa? ¡Vuelve, Iván! Félix Bolaños, Richelieu cani del Reino de España, te ha hecho bueno.
A los criados en los 80 el empoderamiento femenino nos lo explicaron la Sarah Connor de Terminator o la teniente Ripley de Alien. Uno no se imaginaba a ninguna aduciendo dolores menstruales ante la recortada del cyborg o las fauces del alienígena: la idea más bien era quela mujer podía defender papeles de hombre con tanta o mayor solvencia, incluso con tanta o mayor violencia. Uno lo tuvo claro desde niño. Por eso cuando años después el tópico de la desorientación masculina empezó a infestar las revistas para la mujer, nunca entendí bien a qué hombres se referían. ¿A especímenes rústicos, sin televisión, supervivientes de siglos patriarcales que se consideraban deshonrados al contacto con los azulejos de la cocina y no concebían a la hembra fuera del lavadero o el cuarto de costura? Si tales varones existían, el simple paso del tiempo los civilizaría inexorablemente o bien los extinguiría sin más, me dije.
Dicen que no ha sido otra semana horrible del Gobierno sino que ya no parará de encadenarlas hasta la derrota final. Puede ser, bastante ha durado el experimento, estamos a dos escándalos de desarrollar branquias para filtrar las comparecencias de Moncloa y pezuñas para no pisar las mentiras que vierten en ellas. Pero si yo fuera Sánchez seguiría durmiendo tranquilo bajo el ruido de los tambores demoscópicos que anuncian su desalojo del colchón: que le quiten lo dormido. Su ambición nunca fue hacer sino llegar, del mismo modo que nunca fue saber sino plagiar, y cuando necesite consolarse del desprecio español que acompañará su pensión vitalicia aún podrá entrar en la Wikipedia, leer una y otra vez su nombre y comprobar que, efectivamente, llegó a presidente. Se especula incluso con que no se presentará a las generales. Se rumorea que le pasará el marrón a otro, como hizo Zapatero con Rubalcaba, y mendigará empleo en Europa donde no le conocen tanto. Lo que sea del PSOE después de él seguramente lo expliquen mejor los socialistas franceses. Se lo habrán ganado a pulso.
Ya conocemos el flotador argumental al que va a aferrarse el sanchismo en el año de su hundimiento. Si frente a Casado tocaba asustar a las viejas con Franco, el puente de mando del Titanic sanchista corre ahora a rescatar el recuerdo de la corrupción para intentar desviarse del iceberg Feijóo. ¿Nunca se cansan de tomarnos a todos por gilipollas incurables? ¿Lo seremos de verdad? Son preguntas quizá demasiado sofisticadas para abordarlas en este mayo solar donde florece el cinismo y la traición trepa por las paredes del Estado.
Dicen los expertos que este año se puede ganar Eurovisión. Que Chanel puede al menos hacer un papel digno tras el indigno papelón que hicieron los zelotes de las Tanxugueiras y las bacantes de la Bandini (gran canción), impugnando la victoria de la hispanocubana y llevando su pataleta hasta el mismo Congreso o la Asamblea de Madrid. Hemos visto a replicantes sindicales presentando mociones contra la candidatura de Chanel, mientras la ganadora huía de las redes sociales arrastrando una soga en torno al cuello. ¿Su pecado? El de siempre. El puritanismo, que ahora es de izquierdas, la acusaba de prestarse a la cosificación neoliberal del cuerpo femenino con su letra y sus movimientos sexualizados, como si Eurovisión hubiera sido alguna vez un sínodo hegeliano de fenomenólogos del espíritu.