Empezó como el año de los dos patitos y termina comoel de los machos cabríos. Recordaremos 2022 como el periodo en el que se despenalizó todo género de fechorías -de la sedición a la malversación- menos la furtivaimposición de los santos tochos. ¿Trabajará ya el Ministerio de Igualdad en una enmienda al código penal para combatir la infidelidad? ¿Nos encontramos ante una lacra social, favorecida por los nuevos usos tecnológicos, que afecta por igual a hombres y mujeres o queda todavía mucho camino por recorrer? Y si no es así y la convergencia cornúpeta está lograda, ¿no deberíamos felicitarnos todos y todas de la crecida paridad entre cornudos y cornudas, entre cabrones y cabronas, que vendría a demostrar un grado de emancipación sexual con el que no pueden soñar las iraníes?
Ciudadanos antes que afiliados quedan pocos en su partido. Poquísimos. Pero si no lo calló ETA tampoco va a hacerlo el miedo a los expedientes intimidatorios del sanchismo. Redondo Terreros sigue siendo un ejemplo de coherencia, lo mismo solo que acompañado.
¿Está resuelto el expediente que le abrió el PSOE?
El expediente concluyó hace casi un año con mi absolución, después de mis alegaciones. Quedó abierto el de Leguina.
Vimos envejecer a Luis Enrique en directo como la hierba que crece en las películas de Rohmer. Cada gatillazo ofensivo de su España roma era una cana más en su cabeza confusa. Luis Enrique ha sido siempre un invento de los periodistas que nos aburrimos sin gente como él, alguien de mediano talento como jugador y como entrenador que libra cruzadas aparatosas contra la prensa bajo nuestra mirada de curiosidad y nuestros murmullos de misericordia. Tuvo que ser Marruecos el país que bajara violentamente el telón de esta farsa idiota que todavía puede ser más idiota si el asturiano se empeña en no dimitir hoy mismo. Ojalá conserve al menos el coraje final de asumir su fracaso estrepitoso, perfecto, inapelable. Ojalá no se enroque en el chiringo corrupto de Rubiales para que podamos empezar a compadecerle.
Ha pasado el tiempo y tu derrota es completa. Siempre se te dio bien acuñar fórmulas eficaces, pero al monstruo de Frankenstein que denunciaste en 2016 se le han borrado las costuras. Nadie sabe ya dónde termina el PSOE y dónde empieza Podemos. Cuando a los diputados socialistas les preguntan uno a uno por Junqueras, el grupo parlamentario se alza unánime y contrito para implorar el perdón del sedicioso. Si a la militancia le das a elegir entre Otegi y Feijóo, no dudará en dar la espalda al PP -con el que firmaste el pacto antiterrorista- para fundirse en un abrazo con tu viejo enemigo. Advertiste de que vencida la banda comenzaba la batalla del relato, pero tu secretario general le ha entregado la pluma del BOE a Batasuna para que reescriba esa historia que empezó con la cabeza baleada de un guardia civil de tráfico en Guipúzcoa y acaba con la Guardia Civil de tráfico fuera de Navarra.
Los ufólogos de ese fenómeno paranormal llamado sanchismo han advertido una progresión acelerada de la curvatura entrópica en la fase final del mandato. Esto significa que el sanchismo se estaría curvando a gran velocidad sobre sí mismo, como la espalda de un anciano prematuro,lastrado por la culpa que él no puede sentir pero sí sus votantes. De seguir esta tendencia, el sistema que gira en torno a Sánchez quedará encogido, bunquerizado como una cochinilla galáctica o un agujero de gusano que aspirará a la izquierda española. A Fidel la historia no lo absolverá, pero a Pedro seguramente lo absorberá.
La suelta de violadores favorecida por el Ministerio de Igualdad está contribuyendo a extender la opinión de que Irene Montero debe dimitir. A mi modo de ver, la salida de doña Irene del Gobierno supondría un error fatal que coronaría el himalaya de errores fatales que viene levantando esta larga legislatura del desaliento, y que amenaza con hacer perder el juicio a los españoles minutos después de que hayan perdido la esperanza.
Empieza a cundir el convencimiento de que Pablo Iglesias se cortó la coleta para que no le estorbara el manejo del piolet. Cuando renunció al escaño a la vez que a la cabellera todos pensamos en los arquetipos del indio o del torero: imágenes del fin, de descabello o retirada. Pero Iglesias, en un claro ejemplo de maskirovka soviética, se estaba yendo para quedarse. Quería el poder sin sus horarios, consciente de lo difícil que resulta conciliar la responsabilidad de un cargo electo con la ingesta masiva de series de televisión. A medida que su melena sansoniana se extinguía, la de Yolanda Díaz ganaba volumen y brillo. Demasiado brillo, concluyó pronto su arrepentido mentor. En el campamento preelectoral de Galapagar aún conocido como Unidas Podemos ha sonado el grito de guerra, y en la mejor tradición de la extrema izquierda se trata naturalmente de una guerra civil.
Es más conocido por su etapa como director de El País que por la condición que mejor le define: reportero y corresponsal. En Digan la verdad (La Esfera de los Libros) repasa cuatro décadas de andanzas periodísticas por todo el planeta al servicio deldiario de Prisa, de donde finalmentefue purgado en cuanto Sánchez se aupó al poder. También eso lo cuenta con detalle, pero sin resentimiento. A Caño le preocupa más la degradación acelerada del oficio.
El libro plantea una conclusión melancólica: habla de un oficio en peligro de extinción. ¿No es un diagnóstico demasiado pesimista?
Antes de nada tengo que confesar mi dolor personal por el hecho de que esta entrevista no se publique en El País. Estoy agradecido a EL MUNDO, pero este libro cuenta una vida profesional al servicio de El País. He llevado su acreditación literalmente por medio mundo, como un segundo apellido. Y por eso me duele. Pero sí, creo que el periodismo está en una crisis muy profunda, que tiene que ver con la crisis de la democracia en general. A eso se le añade que el modelo de negocio lleva más de una década buscando una solución verdadera. Además, el periodismo vive las consecuencias de la polarización política, que nos resta credibilidad. Y por último, la revolución tecnológica ha hecho el periodismo más accesible pero también lo ha empeorado. Eso no significa que no haya periodismo bueno. Pero el contexto es de destrucción del oficio. Está mal pagado, no tiene el reconocimiento social que tenía y está completamente infiltrado de activistas políticos. El marco, desafortunadamente, no me permite ser optimista.