
Por más que cite a Julio Anguita reivindicando el programa, programa, programa, Alberto Núñez Feijóo no va a ganar las próximas elecciones por la letra: las va a ganar por la música.

Por más que cite a Julio Anguita reivindicando el programa, programa, programa, Alberto Núñez Feijóo no va a ganar las próximas elecciones por la letra: las va a ganar por la música.

Todos hemos dudado de que el atentado contra Cristina Fernández de Kirchner sea efectivamente un atentado. Todos hemos sospechado, aunque sea durante unos segundos, que se trata de un montaje urdido por el peronismo para levantar el parapeto tribunero del victimismo entre Cristina y el fiscal, entre el justicialismo y la justicia. Hemos visto las imágenes una y otra vez, hemos analizado el extraño movimiento de la mano agresora, hemos leído que esas pistolas no se encasquillan. Y con todo eso algunos, recordando al buen Ockham, finalmente hemos concluido que no hay razón para no creer a nuestros ojos hasta que se demuestre lo contrario.

Los lectores de EL MUNDO se dividen en partidarios de Federico, partidarios de Arcadi y partidarios de ambos, que son la inmensa mayoría. Esta sección es una iglesia incorregible que peca de liberal con su santa trinidad al frente, Losantos, Espada y Raúl del Pozo, sin que hasta la fecha ningún teólogo bizantino se haya atrevido a aclararnos quién es el padre, quién el hijo y quién el espíritu santo. Los tres son personas del verbo, que manejan con gracia apostólica, indiferencia al martirio y un don luciferino para la persuasión. Su testimonio a menudo despierta la ira inquisitorial de las redes sociales e incluso provoca llamadas intempestivas de políticos endiosados al jefe de Opinión, que entonces sonríe. Porque nuestros columnistas no han venido a traer la paz sino la guerra, y no escriben para complacer a los hombres de buena voluntad sino precisamente para ofender al número infinito de los necios, los mentirosos y los déspotas. Esa es su sagrada misión.

El símbolo madrileño en Fitur este año será un abanico. Por español y por sostenible. Las plataformas de vídeo y las campañas electorales se llenan de productos típicamente españoles, de Lola Flores a Raphael pasando por un cebadero de cerdos. En la música triunfan el quejío tecno de Rosalía y el madrileñismo mestizo de Tangana, y triunfa más aún si se mete en la catedral de Toledo a mezclar lo sacro y lo profano, la fe y el muslamen. Los reporteros evocan con honores el cine quinqui de Eloy de la Iglesia o las hazañas bélicas de los pandilleros de los bajos de Moncloa, y todos seguimos esperando la gran entrevista memorial a Marisol antes de su ascenso a los cielos. Ayuso arrasa por el procedimiento inimitable de devolver al adjetivo del Partido Popular su sentido etimológico, ese que quizá perdió a las pocas horas del bautizo. España y la hispanidad llenan los anaqueles de las librerías al calor del basta ya de Elvira Roca. Vuelve la costumbre del columnismo castizo -¡hasta Arcadi prepara libro sobre flamenco!- y los caciques de cantón se disfrazan de federalistas para blindar su momio decimonónico con fondos europeos. La Pantoja no se acaba nunca, como París, y Victoria Federica desfila en el cuché con más ojos encima que la penúltima anglodiva del pop. Todos hacemos propósito de ir más a los toros, aunque sea por joder. Los capillitas salen de la catacumba, posan en la misa de la abuela y fabrican con esa añoranza una literatura buena o mala que lo peta en Amazon. Incluso los hermanos pequeños de los mileniales descubren las guerras de nuestros antepasados,con su borrachera de yugos, flechas, hoces y martillos. ¿Qué está pasando?

Sabemos que vivimos en tiempos de decadencia cuando la nostalgia cosecha más prestigio que la expectativa. Quizá siempre fue así, quizá siempre fue mejor cualquier tiempo pasado para cualquier tiempo presente. Quizá la voz más alta en los contraculturales sesenta y en nuestros movidos ochenta no perteneció ni a jipis y ni a punkis, sino a los aterrados herederos de un sistema de valores en demolición. Quizá las revoluciones prenden en el instante justo en que los jóvenes se ponen a añorar como viejos el mundo que no han vivido pero del que han oído hablar.

El puñado de periodistas o aspirantes a serlo que integra Twitter pasó un domingo entretenido comentando las portadas de EL MUNDO y de El País. Así debe ser: vivimos de que nos comenten. Dos portadas muy dispares en apariencia: ellos apostaban por la debilidad mental, con tribuna de Sánchez, y nosotros por la entrevista políticamente indeseable de Latorre a Álvarez de Toledo, a quien hasta sus enemigos reconocen una salubridad amazónica. Pero quizá todos hablábamos de lo mismo: el grado de autonomía de la razón en nuestra sociedad.

Ira es la primera palabra de la historia de la literatura occidental. «Canta la cólera, musa, del pélida Aquiles». Así arranca el primer verso de la Ilíada, con el terrible sustantivo abriendo la frase, estrenando el género de la epopeya, inaugurando la poesía y hasta preconizando el periodismo si limpiásemos de mitos los hechos de armas en la playa de Troya. Pero no es la musa sino Homero quien canta admirado la ira de los hombres, porque Homero sabe que solo la guerra iguala a los hombres con los dioses. Y alguien deberá contar esa apoteosis de sangre y de fuego para que el mundo no olvide. Para que el recuerdo de lo que hicieron perviva de generación en generación.
Hay una línea improbable que a través de veintiocho siglos conecta a Homero con Manuel Chaves Nogales. Uno era un bardo mitómano que embellecía lo que no vio y creía en los dioses; otro fue un periodista insobornable que anotaba lo que veía en una España rota que ni siquiera dejaba espacio a la fe en la condición humana. Pero hay una cualidad que los emparenta, una virtud rarísima, casi sobrehumana: la ecuanimidad. Homero no juzga a los hombres que se matan en el campo de batalla. Admira su valor o deplora su destino al margen del bando y la causa en la que militan. Y eso mismo hace Chaves Nogales en el implacable fresco del horror fratricida que es A sangre y fuego. Para que tampoco lo olviden. Y para que no lo recuerden como algunos sectarios de ayer y bastantes de ahora mismo quieren que lo recordemos.
GAZPACHO CON TABASCO
blog personal de un cierto jarroson
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
you are so cute when you are frustrated, dear
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain