Para escribir el mejor libro de su vida, aunque sea la vida de otro, Arcadi Espada ha tenido que inventarse un género, la biografía autobiográfica o la autobiografía biografiada, sin desviarse de su única militancia conocida: el periodismo. Vida de Arcadio rescata de Contra Catalunya el espíritu de contradicción que anima el centelleo verbal -agudo y filoso: Espada es apellido parlante- del único periodista de ciencias que ha dado el oficio. Y no porque escriba de asuntos científicos, sino por abrazar el método científico hasta pretender que el pomposo rótulo de ciencias de la información que campea en los campus se constituya en pleonasmo.
Dos semanas exactas desde hoy para someter a Pedro Sánchez al juicio de las urnas. Se ha hecho larga la desértica travesía y sin embargo ahora querríamos que se alargara un poquito más para seguir atesorando en nuestra risueña retina todo el ridículo que regala la edad de oro del progresismo español. Periodistas bien retribuidos doblados de toscos milicianos, chequistas digitales aireando su nostalgia de saca y paseo, barones silenciosos que afilan el puñal, articulistas de fondo perdido cuya docilidad sonrojaría al ejército de Nicaragua, manifiestos de intelectuales independientes de cualquier roce accidental con el coraje. Degenerando desde Javier Pradera hasta el perrete de Astérix desfilan ante nuestros ojos agradecidos los profetas del Apocalipsis Nítidamente Facha. Es decir, Alberto Núñez Feijóo. Menos mal que el show no va a durar 15 días sino cuatro años como mínimo. Algunas inercias tardan en decelerar cuando se ha educado minuciosamente a una generación de sedicentes progresistas en el odio dobermaniano a la mitad del país.
Francia es un paraíso, escribió Sylvain Tesson, poblado por gente que cree vivir en un infierno. De esa errónea percepción nacería la pertinaz inclinación del francés a la poesía de la revolución ante que a la prosa de la reforma. Pero lo que estamos viendo en las calles de Francia no es una revolución, fenómeno que teóricamente subordina la violencia a un propósito político, sinootra veda abierta de vandalismo.Fue un obispo de Blois, Henri Grégoire de Tours, el primero en usar esa palabra en un discurso de 1793 donde comparó los asaltos a las iglesias durante la Revolución francesa con el saqueo de Roma a manos de los vándalos en el 455. Por su labor en defensa del patrimonio se considera a Henri Grégoire el padre del conservacionismo: no en vano la hermosa Blois era la sede de la monarquía francesa antes de Versalles.
Hace tiempo que mojar la pluma en las lágrimas de impotencia de Pablo Iglesias e Irene Montero me causa el rechazo propio de cualquier abuso. El refranero castellano, poco atento a los pudores de la corrección multicultural, llama a eso lanzada a moro muerto. Pero en la hora grave de la disolución podémica, cuando una democrática lluvia de votos lava el último coágulo del neocomunismo español y lo encauza de regreso al sumidero de la historia, quizá sea necesario recontar los daños dejados por la riada de populismo que rompió los diques institucionales y anegó las plazas de España hasta enfangar parlamentos, aulas y redacciones.
Sabíamos desde Gide que con buenas intenciones se hace mala literatura, pero Yolanda Díaz nos está enseñando que con buena literatura se hace mala política. De la novela de aeropuerto al poema de polideportivo, la musa del Magariños incurrió en una dosis letal de cursilería.Ahora entendemos por qué prometía salud bucodental para todos y todas: se trata de combatir las caries que provoca el azúcar de su discurso. «¡Basta de que solo recurramos a la cultura en tiempo electoral!», exclamaba la oradora mientras recurría a la cultura en tiempo electoral. Cuando en un pico de hiperglucemia invocó el bien de la «res pública», la calavera de Cicerón rebotó de cólera contra las paredes de su tumba.
Nuestro director suele emplear un sintagma preciso para describir el corrimiento de la opinión pública: «emoción ciudadana». De la correcta interpretación de ese pálpito colectivo depende el éxito de cualquier estrategia electoral. Es una forma de anclar los análisis a la tesis poco discutible de que vivimos en una democracia sentimental, de que la tecnología acelera la deriva teatral de la política, de que el voto está fuertemente condicionado por sesgos irracionales, de que el ideal de régimen deliberativo no deja de ser un ideal. La secuencia psíquica del votante la detalló Iván Redondo en su día: el personal primero se emociona, luego (si acaso) piensa y al fin decide.
Si fuera mujer no saldría hoy a la calle con una pancarta sino con un lanzallamas. O embestiría con mi camión de camionera contra el happening de activistas desocupadas que me cortara el paso, suceso registrado en Barcelona que simboliza el final de la legislatura-más-feminista-de-la-historia. Porque si fuera mujer estaría harta de ser no ya la mercancía carnal de Tito Berni, sino la mercancía electoral de Pedro Sánchez. Harta del galán de tranvía que proclama la paridad para los demás, mientras vacía de significado registral la condición femenina y blinda a los alfas de confianza en la puntita de su poder ejecutivo. Harta del vaquero de caderas cimbreantes que entregó el Ministerio a la mujer de su vicepresidente por el mero hecho de serlo y porque consideraba tal materia una maría sacrificable. Harta del robot de maxilar prensil que avala la ley garrafal de su ministra de Igualdad contra las advertencias de propios y extraños y luego la deja sola comiéndose el marrón de un descrédito social inextinguible, días después de haber dejado sola también en su escaño a la ministra de Justicia a la que ordenó taponar el mayor coladero de violadores de Europa. Harta del hombre cobarde que solo sale de palacio rodeado de un set autoportante de publicistas y una escuadra preocupada de seguratas: el hombre que abandona siempre a las mujeres mientras sigue jurando que las protege. Como si ellas necesitaran su protección y no que las dejaran en paz de una puta vez.
Hay un hombre que padece íntimamente el advenimiento anual del8 de marzo. Como esas familias mal avenidas cuando ven acercarse la cena de nochebuena, este hombre no encuentra motivo de celebración en la gran fiesta del feminismo, movimiento que a él sólo le ha traído desgracias. Su rudimentaria inteligencia emocional nunca ha dejado de representarse la sexualidad como un juego de suma cero en el que la cuota de poder y de placer ganada últimamente por ellas equivale a la que ha perdido él. Ni chistes verdes le dejan contar ya. Este hombre no comprende que extendiendo su sentido de la deportividad a la esfera afectiva ganaría atractivo, y reduciría los fracasos que alimentan el resentimiento machista que aleja a las mujeres de él. Pedalea en una rueda inmóvil que le hace sufrir y lo radicaliza.