Archivo de la etiqueta: Obama esté con vosotros

¡Qué escándalo, un Papa cristiano!

Estaba uno en San Pedro cuando el humo blanco emergió de la santa chimenea la tarde del pasado 13 de marzo. Llovía mientras la plaza ya oscura se iba abarrotando, y cuando el protodiácono anunció en latín a Bergoglio todos pensamos que era un italiano, incluidos los italianos. Pero aquel hombre era argentino y jesuita, y está ejerciendo de ambas condiciones como nadie se podía imaginar.

Ser argentino es tener viveza y ser jesuita es disposición al debate. Los jesuitas han sido capaces de morir martirizados evangelizando a los indios guaraníes y a los samuráis del Japón, coronar el corpus teológico con las sutilezas que configuraron el cerebro de James Joyce, manejar la política imperial de Europa, ser disueltos por pánico a la permeabilidad de la inteligencia o de la radicalidad evangélica de sus predicadores y pasarse a la empanada guevariana de la teología de la liberación. Por todo ello se merecen respeto. También por predicar con idéntica capacidad persuasiva la pobreza franciscana y la exuberancia que irradia en cascada el altar del San Ignacio en el Gesú, todo mármol, oro, plata, gemas, lapislázuli y gloria mineral en definitiva. Los jesuitas patrocinaron la invención de la arquitectura barroca, que es el cielo en la tierra.

Pero no teniendo a Bernini para recrear el cielo en la tierra, el Papa Francisco ha optado con argentina viveza y escándalo jesuita por acercar la tierra al Cielo. Oscar Wilde escribió que el cristianismo era la religión verdadera y que por eso era una lástima que después de Cristo se hubieran extinguido los cristianos, a excepción de uno: San Francisco de Asís. La revolución franciscana sólo fue una de las muchas que de siglo en siglo sacuden el aburguesamiento de la religión organizada –burocratizada– para devolverla a la originalidad práctica del Evangelio, documento que para Gandhi seguía inédito en buena medida, sin duda por lo arduo de su aplicación. El Papa Francisco quiere volver a hacerlo, y en su valiente afán está devolviendo el liderazgo moral del planeta al Vaticano, después de quedar acreditado que al papa negro, Obama, le van más los drones que las oraciones.

Leer más…

Deja un comentario

23 septiembre, 2013 · 16:13

Aaron Sorkin o la arrogancia intelectual

¡Sorkin también besa!

¡Sorkin también besa!

Si pensamos en un guionista que haya elevado el tradicionalmente oscuro prestigio de su gremio al rango deslumbrante del icono pop, ese tipo es Aaron Sorkin (Nueva York, 1961). Sorkin, que se llama Aaron Benjamin Sorkin y tiene toda la pinta de ser judío, encarna al guionista genial por antonomasia de Hollywood y de la floreciente industria de las series en general, con todas las admiraciones cerradas y odios ciegos que eso conlleva. Del mismo modo que Clooney es el galán maduro por excelencia o la Streep la actriz talentosa por defecto, los guiones inteligentes a Sorkin se le presuponen. Es conocido principalmente por tres gestas narrativas: el guión de Algunos hombres buenos, las cuatro primeras temporadas de El ala oeste de la Casa Blanca y el oscarizado argumento de La red social. Su cosecha no exenta de bluffs sigue arrojando un saldo desmedidamente positivo a ojos de crítica y público. El cerebro de Sorkin empieza a citarse ya como una maravilla americana que sumar al Gran Cañón o que añadir al Monte Rushmore.

¿Es la cosa para tanto? Veamos. Sorkin yo creo que ilustra bien la nunca bien ponderada diferencia entre talento y genio. El talento es un grado superior de maestría que se tiene de forma natural, una facilidad especial para hacer algo bien. Se puede perfeccionar con disciplina. El genio tampoco se adquiere, pero no resulta perfectible, y más que una facilidad es una desviación espiritual no siempre tortuosa que fuerza a su propietario a irrumpir en una disciplina y a practicarla de un modo radicalmente diferente en virtud de un sentido propio y novedoso. Lynch es un genio. Sorkin es un talento. El progreso del arte debe más al primero que al segundo, pero es muy posible que el talento lleve la felicidad a más personas que el genio. Las tramas de Sorkin se ensamblan con la fluidez de una artesanía pulida sobre el armazón de premisas argumentales siempre verosímiles y crepitan al ritmo constante de la garlopa aguda del diálogo ingenioso, medido, depurado de viruta. La carpintería narrativa de Sorkin nos arma muebles perfectamente resueltos, armoniosos, en los que brilla la impronta olorosa de la inteligencia. (Es que he estado de mudanza).

Sorkin es brillante, pero es demasiado brillante. Este es el problema de nuestro talentoso guionista, entregado sin remedio a la frialdad de la razón. Los actores cuidadosamente escogidos de sus producciones se esfuerzan por vestir con carne de empatía el soberbio esqueleto del guión, pero al espectador nunca se le acaba de borrar la impresión de haber asistido a una danza tan perfecta como gélida. A un ballet ruso. Uno echa de menos al cisne negro que aporte algo de incontrolada sordidez a la historia. Sorkin es el empollón de la clase, pero de una clase de Sócrates que comparte con Alcibíades y Platón, y a su inteligencia demiúrgica le concedemos tanta admiración como desprecio a su compañía en el recreo.

Supongo que se lo habrán dicho muchas veces. Los productores le habrán pedido algo más de carnaza, de pasión, de sexo si tiramos la casa por la ventana. Y él se habrá escandalizado y buscado inmediatamente a otro productor que consienta su exquisitez progresista, encontrándolo enseguida porque para eso es el listo de la clase y el mimado de la industria. A Sorkin los sentimientos –como a Arcadi Espada– le parecen una frivolidad, y es posible que tenga razón, pero no debería perder de vista que los sentimientos son lo único que importa en la vida de la mayoría de seres humanos que pueblan el planeta, o al menos entre los que habitan el primer mundo, pues los del tercero están demasiado ocupados buscando comida como para identificarse con los desamores que se cura con batidos de arándanos una joven ejecutiva del Upper East Side. Es el tipo de temática sobre la que Sorkin jamás se explayará, y eso que le agradecemos, pero tampoco estaría de más que sus personajes, de vez en cuando, se den un beso con alguna gana, fingiendo por un instante que son mamíferos cabales y no sofistas atenienses en perpetua justa dialéctica.

Paul Johnson hizo que su clásico ensayo Intelectuales orbitara en torno a la decepcionante verdad de que en demasiadas ocasiones –desde luego nubarrón habitual en muchas de las cumbres más altas de la literatura y el arte– el intelectual que ama apasionadamente a la humanidad, ofreciendo los mejores frutos de su cerebro al fomento de la convivencia y a la denuncia de la crueldad, es el primero en maltratar al prójimo en particular. Aman la Idea de la Solidaridad Multirracial e Interclasista y lloran de bruces ante la imagen de la Humanidad Doliente, pero recluyen a su padre en el asilo o zurran a su esposa o dan a sus bastardos a la inclusa, tipo Rousseau, que sería el fundador de esta calaña de intelectual moderno, escindido entre su fe y sus obras. Los dramas de Brecht claman una apasionada defensa marxiana de los desheredados, pero el trato que Brecht dispensaba a las actrices compone un escalofriante muestrario de vejaciones y abandonos sin conciencia. Como el dramaturgo alemán hay miles de casos. Sorkin saltó a los periódicos cuando en plena fiesta de celebración por la firma de una segunda temporada de The Newsroom, despidió al equipo de guionistas al completo, como refiere Luis Rivas en la sagaz crítica de El ala oeste publicada en esta misma revista.

En descargo de Sorkin hay que reconocer que él es el primero en ser consciente de su arrogancia intelectual, de su incapacidad para la empatía. Se advierte en algunos de sus álter ego de ficción. Ese Josh Lyman de El ala oeste, el mejor personaje de la serie, es el asesor superdotado –y bien consciente de ello– que despide y contrata personal con la misma (in)sensibilidad y cuya vida personal ha sido sacrificada gustosamente en el altar sagrado de la política demócrata; pero cuenta con una némesis amorosa, Donna Moss, cuya frustración refleja el daño que la justicia ejercida sin caridad inflige al entorno. Tan soberbio como Lyman es Will McAvoy, el quijotesco editor y presentador de The Newsroom, al que su equipo no vacila en calificar de “cabrón” en encuesta popular a cargo de su productora ejecutiva.

Pero la conciencia de su altivez no la vuelve más llevadera, sobre todo porque no se atisba propósito de enmienda alguno. Sorkin está encantado de ser como es, de lo cual nos convence ese entrañable bronceado Zaplana que gasta en las alfombras rojas y que identifica pronto al narcisista enfermizo; pero sobre todo está encantado de haber encontrado la verdad, situada en el extremo centro, en la formación sublime de ese demócrata seráfico que es el presidente Bartlet o de ese republicano moderado igualmente inviable que es McAvoy. Sorkin no es demócrata ni republicano sino liberal, en el sentido americano, que viene a equivaler a progre en el sentido europeo. Y desde luego piensa que su liberalismo contiene la solución a los problemas del mundo, aunque este, terco y oscuro, se niega a escuchar la sapiencia escupida en aforismos vertiginosos por sus personajes. No es que Sorkin crea en la superioridad moral progresista: es que le saca brillo cada día. Si David Chase (Los Soprano) y Matthew Weiner (Mad Men) alcanzan cotas asombrosas de verosimilitud psicológica, David Simon (The Wire) y Aaron Sorkin prefieren no privarse de su ideología –izquierdista en el primer caso, pijiprogre en el segundo– y diluirla en las situaciones, en los diálogos sutilmente catequéticos y en las conclusiones ya condicionadas de los episodios.

Sin embargo hay que ser justos: hablamos de un guionista de cine y tele. Su voluntad de confundir opinión y panacea, ese estirado maniqueísmo que tanto simplificaría la consecución de la paz mundial y el pleno empleo, no deja de estar al servicio de un producto de entretenimiento, sometido además al dictamen del share por su costosa financiación. A Sorkin le gustaría enseñar (adoctrinar, si quieren), pero le interesa sobre todo entretener. Y esa apuesta clásica por el docere et delectare –ejecutada con maestría y sin vulgaridad­– entronca con la función más noble de la ficción desde tiempos de Horacio.

(Publicado en Suma Cultural, 11 de septiembre de 2013)

Deja un comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir

¿Cuánto hay en Obama de Jessica Rabbit?

Dice Obama que en la piñata de pólvora sobre Siria se dirime no su credibilidad sino la de la comunidad internacional.

–No he sido yo, es el mundo el que estableció una línea roja cuando prohibió el uso de armas químicas.

A Obama le han entrado las prisas porque tiene a la Sexta Flota fondeada en el Mediterráneo en una calma chicha que desespera a los marines, que al parecer habrían agotado ya la colección de porno disponible a bordo y estarían empezando con las obras completas de Enrique Rojas, y todos sabemos lo que eso significa para la moral de la tropa en vísperas de combate. Por todo lo cual ahí tenemos al prematuro pacifista por Estocolmo emulando a Jessica Rabbit:

–Yo no soy mala; es que me han dibujado así…

Obama no es malo; es que es el comandante en jefe de la mayor superpotencia militar de la historia. Por eso cuando en un alarde de deferencia pronuncia el sintagma cursi “comunidad internacional”, sabe perfectamente que enuncia una sinécdoque de West Point. El mundo actual se divide en aliados de Estados Unidos y los demás, y estos segundos de momento no dictan las reglas. En este statu quo, ya que nos ponemos marciales, la comunidad internacional mentada por Obama no es sino el todo retórico de una parte absoluta que se llama Estados Unidos y su formidable poder militar. Lo formuló con exquisita clarividencia un filósofo cubano-americano llamado Tony Montana: “Lo único que da órdenes en esta vida son los cojones”. En esta y en todas las épocas, las normas aludidas en la más sutil cena entre diplomáticos emanan en última instancia del número de soldados armados que en esos momentos tienen desplegados los comensales. Así que si al presidente americano, por lo que sea, se le está acabando la paciencia, al mundo entero se le está acabando la paciencia, por más que en el sínodo del padre Ban Ki-moon algunos capellanes jueguen a la imitación franciscana.

Leer más…

Deja un comentario

5 septiembre, 2013 · 12:52

El llanto de la Esfinge

Partiendo de la base de que masacrar a 800 musulmanes no es la mejor manera de evitar una intifada, y de que convocar “marchas de la ira” a la salida de la oración no es la idea de paz que le pedimos al influjo religioso, se llega fácilmente a la conclusión de que el problema árabe no tiene solución. La geopolítica sólo puede aspirar allí al suministro de anestesias temporales. Que la primavera árabe fue un descorche de riots de barriada antes que una revolución jeffersoniana, se antoja ya tristemente irrefutable. Que la gran abeja Obama libaba la miel de una retórica gratuita cuando discurseó zapaterinamente en El Cairo para anunciar el chapado de Guantánamo y el cumplimiento de los sueños de las misses del mundo, nadie puede discutirlo, como tampoco su entrega inevitable a la realpolitik como comandante en jefe de la única superpotencia mundial, cuya hegemonía amenaza el capitalismo chino, mucho más peligroso que el maoísmo. Que la fuerza civilizadora de Europa –con todos sus tratados kantianos cogiendo polvo en el cerebro demoscópico de sus pequeños líderes– se reduce a la exportación de los derechos televisivos de la Champions, no creo que ni los más futboleros lo rebatan. De Oriente vino la luz, decían los romanos, y de Oriente vendrá la tercera guerra mundial en la que todos nosotros moriremos, decía mi profesor de historia de COU.

Leer más…

Deja un comentario

18 agosto, 2013 · 13:16

Evo Morales inaugura la temporada turística

Mientras escribo, el Air Force One de Evo Morales está repostando en Canarias, para que luego digan que estamos perdiendo atractivo turístico. Los temperamentos más pacatos habrían preferido una inauguración de la temporada estival menos aparatosa, pero con esto de la globalización hay que jugar fuerte si se quiere competir, nos dicen los autores de quién se ha llevado mi queso y otros prontuarios urgentes sobre management y sexo angelical. El presidente boliviano ha desechado sucesivamente destinos tan apetitosos como Francia, Italia y Portugal, y desde luego podemos considerar la elección de Gran Canaria por parte del líder cocalero como un magnánimo aval con el que la república hermana de Bolivia viene a subrayar el optimismo económico decretado esta semana por Montoro y Rajoy en el Congreso.

Circula sin embargo una versión alternativa sobre las circunstancias que han motivado el aterrizaje canario de Evo; una versión desde luego menos halagüeña con nuestra condición de potencia turística, pero completamente alineada con nuestra condición de metrópoli venida a menos. Y es que al parecer Evo Morales ha aterrizado en España porque los países europeos antecitados sospecharon que su aparato llevaba de polizón a Edward Snowden, que es como llevar a bordo al creador de las preferentes, de la estrategia de Afinsa y de los anuncios de Media Markt todo en uno. El tío más buscado del planeta, oigan, nada más que por marcarse un capitán Renault de manual: “¡Qué escándalo, Estados Unidos espía!”

Leer más…

Deja un comentario

3 julio, 2013 · 19:32