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Como un solo hombre

Carlo mira a Pep sin dejar de mascar chicle.

Carlo mira a Pep sin dejar de mascar chicle.

¡Ay Guardiola, mira que si te echa el Madrid de la Champions en tu primer año al frente del Bayern todopoderoso, que venía al Bernabéu no ya con la vitola de favorito, sino casi con la compasión en los labios por el destrozo que pretendías causar! Parecía que el estadio quedaría arrasado tras el partido y que Florentino tendría que anticipar su reconstrucción para el jueves por la mañana. Todo el florido antimadridismo del país cuchicheaba prematuramente la paliza, contaba el saco de goles que iban a encajar los de Ancelotti, ese italiano con suerte –decían- que nunca podrá compararse al genio filosófico de Pep.

Y sin embargo el filósofo perdió toda su flema a medida que las coreografías alemanas chocaban contra la solidez defensiva del Madrid. Y cuando en la segunda parte, comandados por un imperial Xabi Alonso, los blancos subieron líneas y robaron la posesión al mismo equipo que había hecho bandera de ella, el impecable Guardiola se transfiguró en el Mono Burgos. Cualquiera se hubiera atrevido a acercarle una botella de agua.

Ancelotti venció a Guardiola y el Madrid ganó al Bayern con el increíble mérito añadido de una alineación diezmada por las bajas, con Cristiano y Bale convalecientes. Sin el concurso idóneo de sus dos mayores estrellas, el Madrid tuvo que ser más solidario que nunca, más abnegado en la presión, más atento a las ayudas. Pepe y Ramos ganaron todos los balones aéreos, de tal manera que los córners del Bayern dejaban de representar una amenaza. Carvajal y un homérico Fabio Coentrao, auxiliados en la cobertura por Di María e Isco, taparon todos los accesos a Robben y Ribery, que se fueron frustrados del partido. Benzema dio otro recital de juego de espaldas entre los centrales bávaros, y cuando tuvo que ser un nueve lo fue con un gol de relojería que puede valer una final. El sacrificio colectivo desactivó al campeón de Europa, que aún salió vivo de Madrid, pues Di María y Cristiano perdonaron dos ocasiones de una claridad que el Bayern no soñó en todo el encuentro. Y en la mejor que tuvo apareció Casillas, como requiere la épica.

No hay nada hecho todavía. Alemania será un infierno. Pero nadie le quitará al madridismo la noche en que se comportaron como un solo hombre para derrotar al todopoderoso Bayern de Pep Guardiola.

(La Lupa, Real Madrid TV, 24 de abril de 2014)

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Conversaciones con Fabio Coentrao

El feo y el bueno. Falta el malo.

El feo y el bueno. Falta el malo.

Cuánta cerveza derrochada para acabar coreando una posesión intransitiva y mucho córner venial. Cuánto orgullo restañado contra el equipo maldito y el entrenador imperdonable. Cuánta reminiscencia de la gloria primisecular bajando por la Castellana como entonces, cuando fuimos los mejores.

Don Carlo Ancelotti, sin necesidad de tirar una sola botella de agua, apenas mascando el interior curtido de sus carrillos venció a la Historia de la Filosofía representada por su último epígono hegeliano: Pep Guardiola, germanófono y gurú. Qué dulce noche de reencuentro con el espíritu de Europa que vaga hace años por el imaginario blanco sin terminar de concretarse. El Madrid ganó con casta y contraataque en la primera parte; con ambición y esparcimiento en la segunda. Nada está resuelto aún, por supuesto, salvo una cosa importantísima: Guardiola, con todo su Bayern en estado de revista, ha sido derrotado en el Bernabéu que tanto profanó por un Real Madrid sin apenas Bale, sin apenas Cristiano, sin Marcelo, sin Arbeloa, sin Khedira y sin Jesé. Bastó un hombre de peinado imposible, afición tabaquera y prensa nefasta –portugués: mayor regocijo– para desafiar la hegemonía bávara. Ya nadie nos quitará la noche de Fabio Alexandre da Silva Coentrao. Se rumorea que el Sabadell quiere incluirle en una próxima conversación de su catequesis financiera.

Y no fue el único, porque ahí está la guerra de Blas de Lezo, que tomó carne nueva en Xabi Alonso. Ahí está, en algún lado del área, la espalda entregada de Pepe en la caída de su enésimo salto de hotentote. Ahí está el despliegue estajanovista del canteránida Carvajal, anoche graduado para los restos. Ahí están el mascarón croata, el endiablado francés, el sacrificio malagueño. Ahí estuvo el Santo, el realismo mágico de Móstoles, para volver más reconocible el camino hacia la añorada orejona, inconcebible sin una parada –una única parada, tiene que ser una única parada– que sostenga el sentido del esfuerzo grupal. Aún no hay nada hecho, por supuesto; pero anoche el Madrid ganó al todopoderoso Bayern de Múnich del inmaculado Josep Guardiola, y el madridismo tiene derecho a recrearse en el atentado.

Sobre todo por la afirmativa sensación que deja flotando. La cohesión en la doble línea de cuatro, solidaria e intensa, pero (a diferencia del Chelsea en el Calderón) con la comisura de los ojos puesta en Neuer. Así llegó el zarpazo del gato: la recuperación de Xabi, el pase a Cristiano, el toque insidioso para la carrera de su compatriota, la asistencia afilada de este para la placentera llegada de Benzema. Tras un cuarto de hora de posesión alemana, cuando más subía la espuma del fervor de los locutores viudos, el Madrid se señalaba el pecho y decía: también vosotros sois mortales.

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24 abril, 2014 · 1:14

No nos fiamos de Guardiola

Idea naciendo en cabeza de filósofo.

Idea naciendo en cabeza de filósofo.

En las últimas horas viene sonando en la prensa especializada una cantinela peligrosa: el Real Madrid llega al cruce de semifinales en su mejor momento y el Bayern de Múnich en su peor. El aserto se acompaña de la cascada de datos habitual en estos casos: en los últimos cuatro partidos de sus ligas respectivas, los de Ancelotti han marcado 14 goles y recibido solo dos, mientras que los chicos teutones de Pep han anotado cinco y recibido siete. Eso no es todo: entre Cristiano y Bale suman 19 goles en Champions, mientras que el saldo conjunto de los cinco máximos anotadores del Bayern se queda en 18. Por si esto fuera poco, la ceja de Carletto se ve más relajada que nunca, en tanto que la alopecia de Pep avanza imparable hacia la conquista total de las sienes. Y cosas por el estilo.

Ahora bien: ya que hablamos en términos capilares, la actitud de un madridista inteligente debe ser la de no fiarse un pelo de Guardiola, entrenador de un maquiavelismo menos voceado que el de Mou pero igual de indudable. Personalmente no me extrañaría que una vez ganada su liga, el gurú de Sampedor hubiese ordenado un relajamiento táctico a sus hombres para inducir alguna confianza en su futuro rival europeo, rebajando así su tensión competitiva. Al Bayern le pesa su ya duradero cartel de favorito, pues espolea al adversario a darlo todo contra el mejor, mientras que un equipo que se presente en el campo murmurando que los bávaros ya no son lo que eran constituye la víctima perfecta para una emboscada.

Lo bueno es que Ancelotti, por supuesto, no se cree una palabra sobre el mal momento del Bayern. Tampoco se lo cree Cristiano, que se ha machacado para llegar a la cita vital del miércoles. Ese día, el Bernabéu debe arder como el décimo anillo del infierno: debe derretir a los jugadores alemanes como si fueran cirios pascuales rubios. Puede que hayamos acabado con el ciclo del Barça en una final de Copa apoteósica pero aquí no se confía nadie, no nos fiamos de nadie y mucho menos de Guardiola.

(La Lupa, Real Madrid TV, 22 de abril de 2014)

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Bale y la edad de la inocencia

La masa y el coloso.

La masa y el coloso.

Si una final de Copa en Mestalla detonó el principio del origen del declive culé, otra final de Copa en Mestalla había de servir para certificar la caída. Hoy hasta los periódicos más acérrimos y locales coinciden en decretar oficialmente el famoso “fin de ciclo”, sintagma-botín de la entrañable codicia periodística, como “crisis de gobierno” o “estallido social”. En ambas finales restallaron las piernas de látigo combado de Di María, mezcla inusual de fondista y velocista en el mismo cuerpo, y en ambas finales acabaron resolviendo las grandes estrellas del firmamento financiero y muscular: en 2011 Cristiano, ayer con gorra de caddy espiritual, y en 2014 Gareth Bale, ayer desagraviado ante el senado y el pueblo romano y reivindicado para los restos en virtud de una gesta homérica, un gol icónico destinado a colgar en papel satinado de la sala de santiaguinas del Bernabéu y de Valdebebas junto a otras tallas sacras y altorrelieves gloriosos.

La alegría de Florentino, aunque la contuviera en los márgenes reventones del protocolo, tenía ayer la cualidad dulcísima de la revancha interior. Daré audiencia a las doce: poneos en fila y secad los espumarajos de vuestras bocas maledicentes en el borde de armiño de mi manto, mis queridos caínes. El bonapartismo de Florentino tiene hoy todo el derecho a la autocoronación porque su trono es una condena que obliga a batallar cada día contra el borboteante patrimonio de rencor que mana de España y porque su campeón galés le ha venido a dar la razón en el campo de batalla contra el dicterio de algún olvidado rey gurú. No cabe mayor éxtasis para él.

También Ancelotti tenía anoche derecho a descorchar el mejor Vega Sicilia en el reservado más selecto de Madrid, usando apergaminadas portadas ofensivas como posavasos. Pero el italiano ha alcanzado la ataraxia del alto burgués a la que aspiran secretamente los dirigentes de Podemos, la suprema sabiduría del Lazio que concilió epicureísmo y estoicismo: terma, vino, doncellas, hijos legionarios y filosofía. Ancelotti no ajusta cuentas porque es demasiado afortunado para perder el tiempo en odiar. Y puede ser aún tan afortunado como para llevar al madridismo a Cibeles alguna vez más este año. Salve, Carlo, bendecido por la diosa, magnánimo en la lucha, conductor de escuadras.

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17 abril, 2014 · 17:30

¡Extra, extra: el Madrid en semifinales!

El rostro pasional del madridismo.

El rostro pasional del madridismo.

No se gana una Champions con placidez. No hay campeón que no haya sufrido pájaras a lo largo de la competición de clubes más exigente del mundo. Así que ese apartado, el del sufrimiento, hasta la fecha inexplorado en la presente edición, ya lo ha cubierto el Real Madrid de sobra con el partido infernal en Dortmund frente a los muy meritorios chicos de Klopp. Se les felicita a ellos por su honrosa derrota, se aprenden las lecciones y se mira hacia delante. Porque en realidad esa es la noticia: que el Madrid continúa hacia delante, con sus opciones intactas en las tres competiciones.

No vamos a decir que el Madrid hizo un buen partido. En la primera parte el equipo testó la fortaleza cardiaca de su afición, que no está habituada a estos padecimientos. Se venía de una ejecutoria impoluta en Europa y se corría el peligro de pensar que la Décima te la dan al final de una carrera de trote continuo como el refresco y la camiseta en los maratones benéficos. Pero en la segunda parte llegó desde el banquillo una reacción sin la cual la catástrofe quizá habría sido inevitable. Ancelotti reaccionó rápido y acertó al cambiar de banda a Bale; al sentar a Illarra; al sacar a Isco, que aportó parte de la pausa perdida; y al dar entrada a Casemiro, que exhibió el músculo ausente en el medio. Volvimos vivos de Alemania, donde tantas veces caímos, y en realidad eso es lo único importante.

Del partido quizá lo que más me gustó fue ver a Cristiano desgañitándose en la banda, sufriendo indeciblemente, reflejando con fidelidad en su cara crispada el sentimiento de angustia y de empuje de toda la afición como solo un líder natural puede hacerlo. No hace falta leer a Paulo Coelho para saber que el compromiso se prueba en la adversidad, y Cristiano en Dortmund encarnó casi una figura de la Pasión de Semana Santa.

Se han conquistado las cuartas semifinales consecutivas de Copa de Europa. Hay gente a la que esto le entristece y que disfruta chapoteando en el fango del cuanto peor le vaya al Madrid, mejor. Son almas descarriadas a las que hay que compadecer y, llegado el caso, ayudar a cruzar la calle que une el Paseo del Prado y la Cibeles.

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Elogio y refutación de la naturalidad

No lo celebró por modestia.

No lo celebró por modestia.

Los menonitas constituyen una rama pacifista y trinitaria de la herejía anabaptista que se estableció en Pensilvania en 1683 huyendo de la persecución religiosa en Europa, donde no se consentía su reformismo radical. De una rama suiza de los menonitas surgieron los amish, que ustedes conocerán por su terca oposición a vestir de chándal, comer en el Cien Montaditos y encarnizarse en luchas melancólicas contra operadoras sudamericanas de telefonía móvil. Tampoco hubo forma de que se avinieran a pelea alguna, de la Gran Guerra a Vietnam, razón por la cual Stalin, más conocido como Koba o Estanli, disfrutaba deportándolos a Siberia.

Bajo la actual ola de verdor entre Disney y New Age que sacude al primer mundo, los menonitas comienzan a ser vistos con manifiesta admiración por su forma de vida extremosamente natural. No es que no consuman huevos ecológicos: es que duermen con la gallina en el cuarto, cuyas paredes de madera han levantado con sus manos desnudas, y cuyo sudor se han secado en las enaguas. Y en todo caso, ¿no pertenecen las enaguas, los establos, el pastel de carne a la historia tecnológica del hombre tan propiamente como el iPhone o la crema contra el herpes? La cuestión es dónde fijas el punto de estancamiento, pero el siglo XVII resulta tan poco natural respecto del primer sapiens sapiens como el XXI.

Sin embargo, yo os pregunto: ¿de dónde procede el prestigio de lo natural? Y sobre todo: ¿está justificado? Recuerdo que un verano, encontrándome por trabajo en la playa nudista de Sopelana, escribí contra el nudismo una columna de contraportada que provocó enconadísimas –silvestres, ciertamente– reacciones en mi blog. Todas las críticas participaban del mismo argumento pueril: ir en pelotas es lo más natural del mundo. Mi opinión, revolucionaria si queréis, carecía de cualquier escrúpulo moralista y se limitaba a alzar los ojos fuera de Sopelana y a señalar que lo natural parece más bien vestirse, al menos desde el episodio de la serpiente y la manzana del Génesis, y desde luego por el bien de la Mercedes Fashion Week, Amancio Ortega y toda una pujante industria del trapo.

¿Es natural que un equipo como el Bilbao se componga exclusivamente de jugadores vascos? No importa si son ocho apellidos o dieciséis: si sigues remontándote en la genealogía acabarás topando con un López. ¿Es bueno pretender lo natural? No está nada claro. En los nidos de búho en que cohabitan dos crías suele ocurrir que la más fuerte acapare todo el alimento aun cuando sepa que así condena a su hermano débil a morir de hambre, todo bajo la mirada neutral de los padres; lo peor es que en esos casos la cría más fuerte suele morir literalmente atragantada, ahogada por el bolo alimenticio que no pudo ingerir con tal de no verlo en el pico lánguido de su hermano hambriento. Las arañas de cierta especie segregan al nacer una droga que atonta a la madre, la cual de otro modo no podría soportar la tentación de devorar a sus propias recién nacidas. La naturaleza, lo natural puro (el liberalismo sin regulación, diríamos con los tertulianos de progreso), está inconcebiblemente lleno de estos ejemplos atroces que nos hacen desear la técnica, la urbe, el artificio con la rotundidad de Baudelaire en su Elogio del maquillaje (1863): “Todo lo bello y noble es el resultado de la razón y el cálculo. Lo que da la naturaleza es horrible”.

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7 abril, 2014 · 12:31

Arte y sacrificio en Isco

Arte y esfuerzo: temible combo.

Arte y esfuerzo: temible combo.

No falla, amigos: cuando las crónicas se centran en el demérito del rival es que el Madrid ha hecho un partidazo. Leemos mucho sobre el desmoronamiento del Borussia y menos de lo necesario sobre los once hombres concentrados en desmoronarlo con presión alta, ayudas defensivas, ambición de gol y claridad de ideas. El Madrid se enseñoreó de la eliminatoria en los primeros veinte minutos y ya nunca la soltó. Es cierto que hay que ir a Alemania, pero un 3-0 en una ida de cuartos de final es renta como para que el madridista llegue absolutamente orgulloso a la oficina.

De entre todos los artífices de la rotunda victoria hay consenso general en torno a la excelencia de Pepe en defensa y de Isco en ataque. Pepe sigue marcando el alto grado de tensión competitiva que necesita el equipo en el punto álgido de la temporada. Lo de Isco, en cambio, es una magnífica novedad del presente curso. Era su día y respondió con arte y sacrificio, vengándose personalmente del equipo que eliminó a su Málaga el año pasado y vengando sobre todo al Madrid de los mismos malhechores. Hizo las dos cosas que ejecuta mejor: deshacer cinturas con el balón cosido y labrarse el hueco preciso para disparar a puerta con la peor de las intenciones. Su gol le dio al Madrid la confianza que necesita para construir el juego sin impaciencias sobre la creciente desmoralización del adversario.

Pero cuando el Borussia quiso rebelarse contra su destino, Isco, que para eso suplía a Di María, también ayudó a la línea de medios tapando la banda izquierda, corrió hacia atrás y se ajustó sin melindres el mono azul de operario pese a que se sabe miembro por derecho de la sociedad general de artistas. A estas alturas de competición no se puede seguir vivo sin mancharse de barro las medias y el malagueño lo entendió perfectamente. Ancelotti cuenta con un Isco fresco y peligroso para las batallas decisivas del calendario.

(La Lupa, Real Madrid TV, 3 de abril de 2014)

La locución aquí, a partir del 67:55.

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Venganza bajo la lluvia

Chupar también es un arte.

Chupar también es un arte.

Tenía que quedarse ahí el marcador, en el exacto 3-0 que colocó con clase Ronaldo tras asistencia traviesa de Modric. Porque ese era el resultado que el Madrid necesitó el año pasado en el Bernabéu y no consiguió, y el que debía ofrendar a la memoria blanca para consumar su venganza con aguacero, canon climático de la venganza desde William Munny. El Real en semis salvo avance de Putin o cosa similar. Hay vuelta en el temible Westfalenstadion, Florida Park o como se llame ahora, pero este Borussia ya no mete el mismo miedo.

Y eso es exactamente lo que repetirán viudas de toda índole y robinsones de toda isla para desmerecer la contundente imagen ofrecida por un Madrid con la enfermería a rebosar de cojos, tullidos y un argentino con dolor de panza. La enfermería del Madrid es hoy por hoy un cuadro de Ribera y yo creo que va siendo hora de inventar otra enfermedad-pantalla que la socorrida y gastada gastroenteritis. Lo importante es que el Madrid sacó la actitud, subió la temperatura competitiva al alto grado que marcan las ingles de Pepe y mandó en el partido de principio a fin.

Isco debía dar el paso y lo dio. De hecho dio demasiados por momentos, la bola sorbida codiciosamente como queriendo resarcirse de muchas suplencias en una sola conducción, pero todos sabemos que el panteón de la fama está lleno de chupones. Lanzó ataques constantes, enlazó con Luka por detrás y por delante con una BBC que planeaba permutándose las posiciones y se fabricó el hueco preciso para trazar un disparo inteligente desde la frontal hasta el palo más lejano a Weidenfeller. Fue el segundo del Madrid: el primero lo había marcado Bale en el minuto tres a pase de un meritorio Carvajal, que jugó el mismo buen partido que la entera línea de zaga, con mención especial a Coentrao aparte de Pepe. ¿Deberemos agradecer también la rotura de los isquiotibiales de Marcelo? Eso es pasarse, pero desde luego con el lateral luso no hay lugar a las puertas herméticamente abiertas que a veces deja la alegría brasileña.

Lo que no vale es decir cuando la paliza al Rayo que esos huevos hay que tenerlos contra el Borussia y ahora destapar que los chicos de Klopp son una recua de mataos y que aquellos que no se ha llevado Pep ahora fuman en los baños. No, no. El Madrid anuló cualquier peligro alemán –ahí es nada, anular el peligro alemán– hasta muy avanzado el partido, y los dos disparos que no paró Pepe con alguna extremidad legítima los paró Casillas para riego de su propia maceta, llena de flores europeas.

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3 abril, 2014 · 1:31