Hubo un tiempo en que el nombre de Castilla evocaba un imperio, pero esta campaña lo ha reducido a un sembrado. La región más extensa de España, la segunda de Europa si me acordara de la primera, la única rival de la Toscana en patrimonio mundial hoy no es más que un puñado de vacas mirando pasar el tren de los fondos europeos y un abuelo con garrota que aguarda el fin de semana a su nieto emigrado para que le enseñe a hacer un bizum. Los trazos gruesos de este lugar común los repasan cada día los políticos, unos para explotar el victimismo rural y otros para hacerse las víctimas de los que explotan el victimismo rural. El voto del señor Cayo está en disputa, como aquellos significantes de Errejón, y la disputa ha llegado al Congreso.
La hipótesis Arriola estaba compuesta de cuatro premisas. Primera, España es sociológicamente de izquierdas. Segunda, la derecha solo gana cuando la izquierda se queda en casa. Tercera, la derecha moviliza a la izquierda cuando intensifica los acentos conservadores de la batalla cultural. Cuarta, el votante de derechas es más disciplinado, sensible al voto útil aun con la nariz pinzada. Conclusión: solo un PP centrado puede ser un PP ganador.
Sí, aquí Pedro Sánchez, prime minister de España. Sí, el de la fragata. ¿Cómo? Bueno, señor Putin, no se ponga usted así, es una fragata meramente disuasoria, da bien en lo de Piqueras, no le haga mucho caso. Soy un gran fan de su estilo de mando, sepa que yo cerré la Duma española y lo volvería a hacer. No, todavía no he envenenado a ningún periodista, de momento nos conformamos con los vetos. Verá, mi problema son los marroquíes, que solo se fían de los americanos. Y hago lo que puedo, pero Biden me esquiva por los pasillos. Ah, vio las imágenes. ¿Patético? Oiga, sin faltar, 29 segundos dan para mucho.
La pregunta no es cuándo echará Sánchez a Garzón sino cuándo Garzón echará a Sánchez. Es decir, cuándo el podemismo consumará la tarea de sustitución -ideológica primero y electoral después- de la socialdemocracia española. La polémica porcina y el ministro fusible son meras anécdotas. Lo que estamos empezando a ver es la descomposición del Frankenstein, que cursa con rechazo celular, sigue por fallo multiorgánico y acaba en desmembramiento y redimensión de sus pedazos. Para entonces la cabeza ya no será socialista.
Divierte estar en la hamaca, mirar al chulo exhibiéndose en la orilla y descubrir el tsunami que se forma a sus espaldas. En realidad no es divertido, porque el tsunami también volcará nuestra hamaca, pero siempre podremos contar que nosotros lo vimos venir. Hablo del espectador liberal agotado, del frívolo postureo de la izquierda aún en el poder y de la gigantesca ola conservadora que se viene encima. Hablo de España, que para eso tiene más litoral que nadie, pero no solo de España.
Sabemos que vivimos en tiempos de decadencia cuando la nostalgia cosecha más prestigio que la expectativa. Quizá siempre fue así, quizá siempre fue mejor cualquier tiempo pasado para cualquier tiempo presente. Quizá la voz más alta en los contraculturales sesenta y en nuestros movidos ochenta no perteneció ni a jipis y ni a punkis, sino a los aterrados herederos de un sistema de valores en demolición. Quizá las revoluciones prenden en el instante justo en que los jóvenes se ponen a añorar como viejos el mundo que no han vivido pero del que han oído hablar.
La temporada parlamentaria concluyó sin ofrecer al público ningún final sorprendente. Las líneas argumentales mantienen sus inercias más reconocibles a la espera de que 2022 detone el ciclo electoral: confiemos en que para entonces los guionistas recuperen la creatividad perdida. Y si no ya lo hará la realidad, que últimamente no deja espacio alguno a la ficción.
Recapitulemos los relatos que tratan de interpretar los diferentes actores ante un respetable cada vez menos paciente y más angustiado. Sánchez, que no es Dickens, nos cuenta que España se vacuna mucho, crea mucho empleo y presenta tal impulso reformista que Europa, rendida al bíceps del galán sureño, se ha licuado encima con la remesa de fondos más madrugadora del continente. En su juego de bolitas nuestro tahúr mezcla como siempre alguna verdad -que no es mérito suyo, como la disciplina del españolito para el pinchazo- con varias trolas, pero sus manos ya no se mueven como antes. Sus respuestas en las sesiones de control a la oposición siguen siendo comentarios de texto a las preguntas de Casado, pero ya no finge escándalo ante el fascismo con la misma pasión. En el Senado, un escrúpulo fonético tembló en su garganta mientras trataba de sostener que los españoles pagamos la misma factura de la luz «descontada la inflación». Incluso en un momento de debilidad navideña le reconoció a Casado que venía «más calmado». Cerró el duelo con el líder del PP regresando al guion, llamándole a la meditación benedictina y pidiendo que le echara esa mano puramente retórica que ni loco tomaría.
Cabe preguntarse por qué hombre tan parco en emociones como Sánchez concede a Castells lo que negó a Illa: una declaración de gratitud ad hominem desde la puerta de Moncloa. No era el presidente despidiéndose de su ministro sino Pedro despidiéndose de Manuel, ese profesor lo suficientemente chiflado como para creer que aquel Sánchez que a su lado paseaba un sueño de poder por una playa de California podría efectivamente cumplirlo. Ahí mismo decidió Sánchez hacerlo ministro, aunque fuera de Marina: porque un profesor de verdad había realizado un acto de fe en un doctor de mentira. En un presidente inverosímil.