Un juez seguirá investigando a Begoña Gómez, como es lógico en un país que aún predica que todos somos iguales ante la ley. Pero hay algo que ni puede ni debe investigar un juez; algo más interesante que el tráfico de influencias, la corrupción en los negocios y la apropiación indebida: las razones psicológicas que condujeron a semejantes conductas. ¿Cómo es posible que alguien que ha coronado la pirámide social no se conforme con disfrutar de las vistas? ¿Por qué decide ponerlo todo en riesgo para saciar una sed de reconocimiento que no colma La Moncloa?
Nos hemos quedado sin la foto de Pedro con Anne Hathaway, que alegó motivos familiares de última hora para no darle el premio feminista de la ONU. El gozo de las pedrettes en un pozo, una semana de tuits a la basura. Deberían consolarse pensando que podría ser peor, que ese premio podría habérselo dado cualquiera de los violadores beneficiados por su ley del sí es sí.
La normalización de Cataluña es una farsa con dos protagonistas en apariencia antitéticos pero estratégicamente complementarios: Salvador Illa y Santos Cerdán. El arquetipo cervantino parece aquí inevitable:el quijote de la concordia y el sancho de las tajadas. El primero, que se declara democristiano, es el encargado de poner las velas a Dios en Sant Jaume mientras el segundo, que acaba de escaparse de una escena de Los Soprano, se las pone al diablo en Suiza. Recuerden el chiste de romanos, con aquel emperador que se desesperaba porque los humanos estaban comiéndose a los leones en el Coliseo.
Pedro Sánchez accedió a su escaño forzando mucho la sonrisa, lo que en términos politológicos se conoce como hacerse un Pantoja. Tras la derrota en la votación de la víspera, Pedro necesitaba enseñar muchos dientes para impostar seguridad. Feijóo lo recibió con artillería pesada: «Ha pasado usted de tener problemas con la verdad a tenerlos con quienes la cuentan. No se veía una cosa así desde Franco. Casos de corrupción abiertos y una legislatura cerrada». El jefe del PP no tiene un problema con el mensaje, que de hecho ha ganado contundencia, sino con el reloj: alarga tanto el primer round que se queda sin tiempo en el segundo, lo que afea la diatriba. Pero su rival no atraviesa precisamente por su pico de forma. Desató la carcajada cuando declaró que el suyo era «el Gobierno del acuerdo y el diálogo» antes de ponerse a olfatear el pasado del líder de la oposición en la Xunta de Galicia. Incurrió en la cursilada de llamar templo de la palabra al Congreso, como si eso fuera a ablandar a Junts con vistas a la negociación presupuestaria. Y citó al Banco de España como fuente de autoridad para celebrar el cohete económico español, momento en que el escaño que ocupaba Escrivá hasta anteayer emitió un crujido sospechoso.
Tenemos que celebrar el Plan de Acción por la Democracia anunciado por Pedro. Recordemos que hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse. Un hombre con tantos pecados contra el octavo mandamiento sobre su conciencia, uno que llamaba a voces a un periodista de El País para que cambiase un titular incómodo o que citaba en la cocina de un restaurante a su director para que el periódico le rindiera vasallaje en las primarias, al fin ha comprendido que esa no es manera de comportarse en una democracia. Los periodistas celosos de nuestra libertad correremos ahora a matar al novillo más cebado para festejar el regreso al orden liberal del hijo pródigo en patrañas, presiones, amenazas y chantajes con el dinero de todos y con el Ibex de unos pocos.
Esta semana el presidente de Castilla-La Mancha pasó de las palabras a los hechos: recurrió ante el Tribunal Constitucional la ley de Amnistía que ha permitido a Pedro Sánchez mantenerse en La Moncloa. Allí, hace tiempo que lo dan por amortizado. Pero quizá es Page el que da por amortizado a Sánchez.
Esta semana ha declarado que «le dan por perdido en Ferraz». ¿Percibió cierta tensión o recelo hacia usted en el Comité Federal?
Yo llevo prácticamente desde los 16 años en el partido. Soy muy veterano en la militancia y por eso no me entra ningún tipo de complejo. La camiseta la llevo desde hace mucho tiempo y con mucho orgullo. Pero en la militancia en general el comportamiento es mucho más fraternal y de camaradería de lo que parece. Hombre, luego hay debates más acalorados o que tienen más carga de tensión y, obviamente, llevamos una temporada de debate tenso por la situación general del país. Ellos saben cuál es mi posición y creo que han renunciado a intentar convencerme. Estoy abierto a escuchar todo tipo de planteamientos, pero no soy persona que le guste hablar por hablar. Algunos destacan de su currículum político el decir lo que piensan; yo pienso lo que digo, que quizás es más importante.
No hay peor esclavitud que la del esclavo que ignora que lo es. Aquel que privado de libertad se habitúa a su falta y pierde el deseo de recuperarla se habrá convertido en el militante perfecto, pero no puede esperar que su sumisión les resulte envidiable a las almas libres, empezando por los votantes medianamente críticos. Es como ese esclavo de Chesterton que ya no se pregunta si se merece sus cadenas sino si es suficientemente digno de llevarlas.
Dos horas antes de la hora prevista para el encendido del holograma presidencial, las calles aledañas al Instituto Cervantes lucían la clase de blindaje policial que Donald Trump no se pudo permitir. A Pedro esta temporada le cuadra un nombre taurino: el Niño del Búnker. Porque no gobierna sino que apenas resiste y porque siempre porta consigo su cordón sanitario para aislarse de los españoles, un muro portátil que lo protege de los innumerables fascistas que a su juicio infestan las aceras de España. Especialmente de Madrid, que ya calienta las gargantas para el Doce de Octubre, si es que va. Cuentan los que pasaron por la calle de Alcalá que llovían majezas desde los balcones de Barquillo mientras allí dentro el Niño del Búnker desplegaba su mapa de mentiras con el rostro de bronce y la conciencia de silicona. Él insiste todavía en vestir traje, con la de sastres que suspiran en Caracas por bordarle las iniciales en un chándal progresista.