A los tópicos regionales hay que tenerles mucho respeto, sobre todo si versan sobre Aragón. Por algún poderoso motivo que aprende en la aspereza del páramo o en la majestad del pirineo -cuando no sencillamente en los libros-, el maño nace sabiendo que él no es menos que nadie, pero mucho menos que un catalán. De la clara conciencia de esa esencia igualitaria se nutre su voluntad política antes que de cualquier ideología o interés. No es que los aragoneses sean tercos: es que tienen razón.
Llega la hora de volver a Madrid y el presidente nota una punzada de melancolía. No solo porque en Lanzarote se está muy bien, recorriendo al atardecer los jardines privados del palacete que el rey Hussein I de Jordania terminó regalando a Don Juan Carlos. No solo porque Madrid es el feudo de Ayuso, la cuna del fascismo, la sede social de la máquina del fango. En resumen: el decorado del musical Malinche. También porque volver a Madrid significa para el presidente cargar de nuevo sobre sus hombros desnudos el peso global de la democracia. No puede prolongar sus vacaciones porque, sencillamente, en su ausencia el sistema democrático en todo Occidente aceleraría su colapso y sobrevendrían las tinieblas de una nueva Edad Media. Así las cosas, Pedro Sánchez ordena al servicio que le haga la maleta. Luego se asoma al jardín y deja que la brisa atlántica acaricie su rostro numismático por última vez.
Una emoción cotiza al alza en nuestra vida pública: la venganza. Sin salir del Congreso, entre los partidos de la declinante mayoría que sostuvo al Gobierno cunden los aspirantes a vengadores de novela, para solaz de los plumillas parlamentarios. Tiene pinta de que este curso vamos a mojar la pluma en sangre, que suele ser el tintero de las mejores crónicas.
La crisis migratoria no es una crisis porque si lo fuera sería pasajera y soluble. Tampoco es exactamente un problema, porque en tal caso tendría algo parecido a una solución. El deseo de cientos de miles de africanos de vivir como europeos no solo no va a remitir en los próximos años sino que va a intensificarse a medida que la llamada de la abundancia se propague por los rincones subsaharianos menos esperanzadores pero más tímidamente desarrollados. «¡No son pobres! ¡Todos llegan con teléfono móvil!», concluyen los astutos sabuesos de las redes. Obvio: es en el móvil donde descubren cómo vivimos. Es esa pantalla que refleja nuestros desorejados postureos instagrámicos la que alimenta su sueño, hasta el punto de aceptar el peaje de la propia vida en el intento. Y son los que pueden pagar un móvil los mismos que pueden pagar el billete a la mafia del cayuco. Como ha explicado Ángel Villarino, la inmigración no se reduce a medida que despega una economía: es precisamente entonces cuando se incrementa. Nadie engendra proyectos en un erial; nadie especula con el éxito cuando debe concentrarse en sobrevivir. Por eso la crisis migratoria no ha hecho más que empezar.
Tiene advertido el presidente que no se le moleste durante su retiro vacacional. Antes de volar a Lanzarote, en el último consejo de ministros del curso, dejó meridianamente claro que su descanso era un asunto de seguridad nacional. Que nadie debía importunarle a menos que se acabara de producir una verdadera catástrofe: otra pandemia, la invasión de Polonia por parte de Putin, la filtración de una nueva carta de recomendación de Begoña a favor de una empresa subvencionada por el Gobierno. «No me llaméis ni aunque el Teide entre en erupción. Si sucede, ya veré yo el humo desde La Mareta», sentenció ante los ojos atónitos y serviles de sus ministros y ministras.
Otra de las cosas que nos quiere arrebatar el sanchismo es el derecho a la desconexión estival, y no debemos dejarnos. Cuando hasta en agosto se suceden los escándalos y la intensidad política no cede al marasmo veraniego existe la tentación de soltar la jeremiada: ¿queda alguien ahí para escandalizarse? ¿Es algo más que un puñado el número de conciencias a las que les sigue doliendo España bien entrado el periodo vacacional? Nos acordamos entonces de aquellos que se fueron a los toros la tarde en que llegó a Madrid la noticia de la pérdida de Cuba y Filipinas, y concluimos siglo y cuarto después que el españolejo no ha superado su atávico pancismo, su incurable alienación institucional.
El presidente ha suspendido sus vacaciones por un día para citar a cuatro estrechos colaboradores en La Moncloa. Son María Jesús Montero, Pilar Alegría, Santos Cerdán y Óscar Puente. La intempestiva convocatoria los ha sumido en el desconcierto y ha desatado una cascada de nerviosas conjeturas en el discreto chat que comparten los cuatro. ¿Adelanto electoral? ¿Crisis de gobierno? ¿O sencillamente Pedro necesita otra vez apoyo moral y carantoñas del servicio?
La escena ocurre en una residencia de verano, propiedad del Estado español. Es la hora de la siesta y el presidente ha dado orden de que nadie lo moleste. Toma un cuaderno de notas y el bolígrafo que le regalaron en Davos y sale al jardín. Elige tumbona, empuña el boli, concentra el gesto y comienza a escribir. En el sopor de la tarde a los oídos presidenciales solo llega un sonido: el eco de la Historia.