Lo lógico sería pensar que la derecha en España se dirige al mismo lugar que en otras democracias de Occidente. Pero por más que la globalización tienda a acompasar los cambios y a unificar las tendencias, sigue encontrando aquí y allá resistencias idiosincrásicas o condiciones materiales que ralentizan o corrigen los grandes rumbos apuntados.
No es la caída de Íñigo Errejón: es el derrumbe de la casta de airados fariseos que durante la última década ha envenenado la vida pública de este país. Una generación de resentidos que proyectó su íntima deformidad sobre el adversario para auparse al poder institucional. Engañaron a millones de ciudadanos. Y ahora descubrimos que se cebaron especialmente con la fe de las ciudadanas.
Clareaba el banco azul en la sesión de control, con medio Gobierno en viaje de absentismo a Portugal. Tanta crueldad con el país vecino resulta innecesaria. Qué nos habrán hecho los portugueses para mandarles a Pedro y su corte itinerante de ministros fusibles, al asesor que le alinea los bolis y al académico que le convalida las mentiras. No se veía semejante hostilidad ibérica desde que nos peleábamos por las especias en el puerto de Macao. Al menos Pedro podría haber aprovechado para pararse en Elvas a saludar al figura del hermano.
Los últimos partes de guerra desde el búnker de Moncloa insisten en la voluntad de resistencia de su inquilino atrincherado. La semana pasada prometió un régimen que aún dure mil días, y esta promesa es la única que formula con intención de cumplimiento. Si Pedro promete solucionar el caos ferroviario, la falta de médicos de atención primaria, la equidad presupuestaria, la precariedad laboral o el acceso de los jóvenes a la vivienda, todos comprendemos que está difundiendo bulos, porquela onomatopeya propia del espécimen sanchista es la patraña: los perros ladran, los elefantes barritan, las gallinas cacarean, las hienas himplan, Pedro miente. La única verdad que puede salir de la boca presidencial es un solemne o desesperado propósito de perpetuación.
La mano del presidente todavía tiembla en las sesiones de control. No lo anotamos para burlarnos: más bien ese comprensible temblor nos lo humaniza. Se agitaba el argumentario en su mano como el corazón de una swiftie prepúber en la cola de un concierto. Esa mano nervuda y viril ilustró aquel delicioso tuit norcoreano que provocó el descojono de Gistau, cuando la cuenta oficial de Moncloa la llevaba el inefable Iván Redondo. ¿Por qué tiembla aún el presidente? ¿Será el temor que de veras siente, por parafrasear a Pessoa? ¿Cómo es posible que aún le cueste sujetar el pulso mientras hilvana sus embustes después de tanta práctica?
Hace tiempo que la autocrítica ha cambiado de bando. Durante años la izquierda ilustrada pudo presumir de ejercerla contra sí misma, al tiempo que acusaba con tino a la derecha más granítica de cultivar un sentido patrimonial del poder.La pista de aterrizaje para el ejercicio autocrítico la ofrecían aquellos comités federales del PSOE en los que Felipe González, pese a sus mayorías absolutas, soportaba largas jornadas de cuestionamiento interno que llegaron a desembocar en huelgas generales.
Estás sentado sobre un géiser de mierda, Pedro. Y no puedes esquivarla porque cada estallido te pertenece. Es tu banda, de ella proviene tu poder, el cargo del que te irás sin haber sido capaz de vestirlo un solo día. La coartada para ingenuos era regenerar España. El plan, como el de toda banda, era el botín.
Acababa de empezar a mentir -es decir, a hablar- Pedro Sánchez cuando se oyó un estrépito en la zona alta del hemiciclo. Un escaño de la oposición se había hundido, con diputado y todo, interrumpiendo la novelería del presidente. De inmediato los periodistas empezamos a buscar un culpable. ¿Se habría rendido la butaca bajo el peso de las mentiras del Gobierno o bajo el peso de la incompetencia de la oposición? Difícil establecer qué pesa más en este momento español, pero podemos decir que a esta hora continúan las investigaciones y que les mantendremos informados. Por si sirve de algo, en el momento de la fractura Pedro estaba diciendo: «Hoy pesan tanto las percepciones como las realidades». Si lo sabrá el Guapo.