La pregunta no es cuándo echará Sánchez a Garzón sino cuándo Garzón echará a Sánchez. Es decir, cuándo el podemismo consumará la tarea de sustitución -ideológica primero y electoral después- de la socialdemocracia española. La polémica porcina y el ministro fusible son meras anécdotas. Lo que estamos empezando a ver es la descomposición del Frankenstein, que cursa con rechazo celular, sigue por fallo multiorgánico y acaba en desmembramiento y redimensión de sus pedazos. Para entonces la cabeza ya no será socialista.
A los soldados spenglerianos -cómo le gustaba este adjetivo a Gistau– de la base aérea de Zaragoza que salvaron a dos mil afganos del terror talibán yo les haría mil preguntas. Pero, cosas del cipotudismo, nunca se me habría ocurrido preguntarlessi encontraron tiempo para llorar. A Margarita Robles sí se le ocurrió, y recibió esta ontológica respuesta:
Aunque sus memorias tienen tres tomos, su mejor obra se titula Constitución de 1978. A ningún diputado constituyente debe tanto nuestra Carta Magna como a Alfonso Guerra,azote de la derecha y conciencia crítica de una izquierda que se ha olvidado de la igualdad. De la Covid ya le han vacunado, pero el virus de la política en él no tiene cura. Por suerte.
Viajemos a 1978. Cuadernos para el Diálogo publica España y su futuro de Felipe González, con un prólogo escrito por usted trufado de referencias a la libertad, asociada al PSOE. El lema era: «Socialismo es libertad». ¿Se ha dejado arrebatar la izquierda ese valor en Madrid?
La campaña de Madrid ha sido insólita. Desde la derecha el dilema era comunismo o libertad y desde la izquierda el dilema era democracia o fascismo. ¿Pero en qué país viven estos? Es un planteamiento completamente absurdo elaborado sobre imágenes de gurús. ¿Es posible que no se traten los problemas que afectan a la gente, que son muy graves, y dedicarse a discutir de libertad, democracia, fascismo? Intelectuales firmando manifiestos y diciendo que en Madrid han vivido en un infierno. ¿Pero dónde estaban metidos? Lo que pasa es que todo es conquista del poder, y si el gurú te dice que tienes que decir la chorrada más grande, que eso funciona, pues la dices.
El Gobierno ha impuesto un toque de queda pero ha pedido a los medios que no lo llamen toque de queda, igual que antaño la derecha pedía a los gays que no lo llamaran matrimonio. Sánchez, que no tiene el doctorado en Filología porque no quiere, propone una alternativa más eficaz para mantener la moral de victoria: «restricción de la movilidad nocturna». Moncloa, antigua sede del Ejecutivo, hoy es una escuela de traductores que manufactura eufemismos para una sociedad de débiles mentales. No diga expolio fiscal a las clases medias, sino «armonización de incentivos»; no diga renuncia a la calidad de la enseñanza que iguala al holgazán y al aplicado, sino «adaptación de los estándares de aprendizaje evaluables». El sanchismo suple su incompetencia con imaginación. No tenemos ministros sino poetas: si no tienes soluciones, cambia el nombre de los problemas.
Hemos visto a las conciencias más comprometidas de Occidente vandalizar el monumento a Churchill en Londres y amenazar el de Lincoln en Washington después de que las estatuas de Fray Junípero aparecieran decapitadas en California. Si yo tuviera que escribir un libro sobre el espíritu de nuestro tiempo, elegiría esta anécdota para elevarla a categoría moral. ¿Qué significa que los adalides más contrastados de la libertad sean víctimas de la purga retrospectiva de sus compatriotas?
Supongo que habrá que esperar sentado a que Adriana Lastra o Irene Montero o incluso Lidia Falcón se graben un vídeo elogiando alguna cosa de Inés Arrimadas, Cayetana Álvarez de Toledo o Rocío Monasterio. La gran virtud del vídeo del PP es que aplica por primera vez la sororidad, la fraternidad femenina por encima de ideologías, al pestífero lamedal (Valle-Inclán) de dos orillas que es la política española. Pero la izquierda no hará ese vídeo jamás. No puede permitirse empatizar con el adversario porque en ese instante perdería su bien más preciado: el sentimiento de superioridad moral. Sin esa superstición propiciatoria correría el peligro de empezar a ser valorada exclusivamente por sus méritos, tales como la aptitud jurídica para redactar reformas del código penal.
El primer colectivo auxiliado por el Ministerio de Igualdad de Irene Montero no es el de los racializados o las sexualizadas, sino el de los columnistas. ¡Es tan tentador rendirse al último delirio identitario de la Coalición de Progreso! Esa directora de Diversidad Racial que ha batido la marca de caducidad de Màxim Huerta dimitiendo por no pertenecer a un «colectivo racializado» y cediendo la sinecura a Rita Bosaho, de inequívocas credenciales ecuatoguineanas. O esa directora del Instituto de la Mujer, la incalculable Beatriz Gimeno, para quien la heterosexualidad fue un invento del varón para someter a la hembra y el feminismo es la lucha por «limitar los daños que la heterosexualidad provoca en las mujeres». ¿Quién se quejará de que le paguemos el sueldo? ¿Cómo no detraer del erario los derechos de autor de esta creadora?
Un separatista en gayumbos llegó más lejos el sábado que Raúl en toda su gloria: se subió a la Cibeles y colgó de la diosa una estelada en feroz duelo de mitologías. El combate en favor de los restos del procés se parece al combate contra los restos de Franco porque ambos suceden en el plano del símbolo. Hay un catalán irremediablemente capturado por la leyenda que cree que el referéndum vinculante es el decimotercer trabajo de Hércules. Fijémonos en la imagen de ese alpinista estelado que trepa al regazo de la diosa madre del madridismo convencido de que es un astronauta del Institut Nova Història hollando un planeta desconocido y plantándole su bandera. No creo que el constitucionalismo -¡ni el madridismo!- pueda aspirar a mayor reconocimiento que el de este entrañable paleto de canillas desnudas con derecho a voto que ha consumado el delirio de la confusión entre política y religión, entre realidad y deseo, entre hombres y dioses.
Pensemos que nuestro separatista vino de lejos para hacer lo que hizo. Se tomó sus molestias. Trazó un plan y lo ejecutó con la determinación que sólo nos asiste cuando nos quedamos en calzoncillos ante una mujer, aunque sea una mujer de piedra. Ella, atónita, ni siquiera parpadeó. Se encomendó a la libertad de expresión consignada en la Carta Magna mientras rezaba con los labios inmóviles para que el trance pasara rápido y algún mortal caritativo procediera a retirarle pronto el trapo aquel de sus santos hombros.