Rebelde es el individuo que dice no. La definición de Albert Camus, al que Sánchez ha tenido el cinismo de citar en Málaga, reviste la sencillez de lo exacto. Pero no todas las rebeldías valen igual. La mujer o el hombre que se rebela en Barcelona, en la plaza de Sant Jaume, frente a la sede del inicuo poder que planea extranjerizarlo revela un coraje que Madrid no exige. Remontar la corriente en contra de La Rambla con tu bandera de España no es lo mismo que ondearla a favor por el paseo de la Castellana.
Discípulo de Octavio Paz, referente del liberalismo hispanoamericano, azote de AMLO y director de ‘Letras Libres’, Krauze acaba de ingresar en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Desde ella seguirá tendiendo puentes entre España y América.
¿Qué supone para usted el ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas?
Un gran honor, que agradezco a mis colegas. Pero también supone una responsabilidad: la de seguir tratando de construir puentes de entendimiento y comprensión entre México, Hispanoamérica y España.
Hay algo contradictorio en José Luis Escrivá, capaz de llamar en directo al programa de Latorre para reconvenir a un tertuliano pero incapaz de llamar a los presidentes autonómicos para discutir una solución compartida a la crisis migratoria. Don Escrivá gasta la misma jeta que Bruce Banner, el apocado físico de la Marvel que tras una sobreexposición accidental a rayos gamma muta en el increíble Hulk. De igual modo nuestro ministro de Seguridad Social y Migraciones se pasó la mayor parte de su vida siendo un retraído economista de Albacete al que ficharía el PPpara hacer papeles en defensa de la ortodoxia fiscal, pero un accidente parlamentario en mayo de 2018 lo dejó expuesto a la radiación sanchista y ahora siente por la sostenibilidad de las pensiones algo muy parecido a lo que siente por la cogobernanza migratoria.
Que el fundador de Bandera Roja en Zaragoza, escisión maoísta del PCE, terminara convertido en el periodista más influyente de la derecha democrática española desde la Transición hasta nuestros días puede sorprender a los sexadores ideológicos más superficiales. Pero quienes se hayan asomado a sus primeros textos y los cotejen con su recién publicado El retorno de la derecha (Espasa) descubrirán, por debajo de las inflexiones de la coyuntura política, un bajo continuo en la trayectoria de Federico Jiménez Losantos (Orihuela del Tremedal, 1951) que nunca ha dejado de servir a dos pasiones insobornables: la idea de España y el anhelo de libertad. Losantos se hizo comunista porque a comienzos de los 70 era la única manera honesta que el hijo de un zapatero de una aldea de Teruel tenía de comprometerse con la libertad política frente al régimen franquista. Y dejó de ser comunista cuando constató decepcionado, China y Solzhenitsyn mediante, que la izquierda catalana prefería alinearse con la burguesía nacionalista de pulsión hispanófoba antes que con las clases populares de cultura castellana que habían labrado la prosperidad de Cataluña. Visto así, el viaje a la derecha liberal de FJL sorprende mucho menos.
La soledad peor comprendida no es la del portero ante el penalti ni la del corredor de fondo, sino la del regateador. El extremo o el delantero de talento que atesora la destreza del drible y la fantasía del amago no solo debe regatear a los defensas más enconados sino al propio fútbol moderno, dominado porla pedagogía castrante de la pizarra. A medida que este juego se aleja de la infancia de su propia historia se vuelve más igualitario, más progresista, más aburrido. En el patio del colegio el bueno apenas necesita cinco segundos para destacar, pero su habilidad solo representa un insulto para los padres de los niños del equipo rival; dentro de la cancha los chavales aceptan con naturalidad que el bueno exista, que sea elegido capitán, que juegue siempre, que chupe y que lidere. El sentido de la jerarquía es natural en los niños, si bien no hace falta leer El señor de las moscas para reparar en sus oscuras contraindicaciones.
Todo Madrid acudió a la llamada del genio de Morante pero fue la inteligencia de El Juli la que mejor satisfizo la expectativa de Las Ventas, atestada hasta el reloj que dio las siete de la tarde. Entrar en la plaza cargada de humo de puro y vapor de gintonic y negritas de importancia sigue reconciliando al cronista lego con el corazón rebelde de la Fiesta. Quizá haga falta menos rebeldía en lo por venir desde que la generación TikTok ha encontrado en los toros una razón estética para desafiar lo establecido. Sé de la desazón que a los puristas les provoca este mestizaje entre fiesta y Fiesta, pero deberán conceder que un valioso porcentaje de los que van a mamarse terminarán desarrollando la afición verdadera.
Un vendaval de hielo se desató sobre el rey de Europa en Manchester y congeló las cañerías del palacio donde habitaba la cálida costumbre de la victoria. Los jugadores de Ancelotti envejecieron de golpe, la artritis se declaró en los miembros más nobles de la familia, la épica se volvió melancolía. Los jóvenes herederos –Camavinga, Rodrygo, Valverde– asistían al fenómeno atmosférico con estupor, paralizados ante el espejo mohoso en que se reflejaban sus mayores, completamente irreconocibles.
No lo entiendes. Te falta imaginación o te sobra ingenuidad para entenderlo. Bilduno incluye en sus listas a asesinos -con su nombre en clave de asesino- a pesar de su pasado: los incluye gracias a su pasado. Los incluye porque una porción tristemente numerosa de la sociedad vasca lleva medio siglo reuniéndose en el txoko o en la herriko a celebrar el vuelo de aquel coche, y ese preso que logró escapar, y la nuca abierta de una fiscal demasiado confiada, y el extenso charco rojo que dejó aquel autobús reventado donde viajaba el enemigo. Porque las bases de Bildu siguen pensando que un guardia civil, un concejal del PP, un columnista de EL MUNDO, una maketa con el hijo que ya no caminará o un militante del PSOE de ayer -el PSOE que los combatía- es un fascista. Y matar fascistas es una hazaña militar que no debe caer en el olvido, que debe ser honrada con bienvenidas y cargos, que debe ser remunerada con dinero público. Esta es la confesada mierda que Bildu fabrica en sus sesos intestinales y fluye hasta sus listas electorales, y tú debes ser capaz de mirarla y de llamarla por su nombre de mierda. Debes leer el titular «Ortega vuelve a la cárcel» en la cara de la portavoz del partido cuyo voto ha sido decisivo para investir a Sánchez y mantenerlo en el poder hasta diciembre, y más allá. Debes reconocer que la monstruosa inclinación a romantizar la violencia todavía es patrimonio ideológico de la izquierda; pero no de la izquierda molotov de escrache y casa okupa, sino de la izquierda institucional que cogobierna una democracia europea y de la izquierda cultural que recompensa a una reputada escritora cuando lamenta la ética de Camus y rechaza el humanismo de Castellio: «Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino que es matar a un hombre».