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Debutando en EL MUNDO

Cuando la noticia es el periodista, pese al sonrojo.

Cuando la noticia es el periodista, pese al sonrojo.

Escribo este post desde la redacción del periódico El Mundo. Literalmente, un sueño cumplido. La redacción es silenciosa, pulcra, moderna, y está llena de personas acogedoras, divertidas, con un colmillo retorcido que echaba mucho de menos. En la hora de la felicidad completa, es de justicia recordar a las personas que me han ayudado a llegar hasta aquí. Mi primera gratitud es para Casimiro, a quien espero a convencer de la bondad de su decisión. Citaré después a algunos mayores míos en el noble estamento de la columna que han sido muy generosos conmigo: David Gistau, Rubén Amón, el propio Jabois en cuyo ordenador me siento, Salvador Sostres, Arcadi Espada; y a amigos de periódicos de la competencia como Ignacio Ruiz Quintano y Hughes. Y, por supuesto, a Maite Alfageme. A todos debo algo que no sé si podré pagar.

Como sea, ahora se trata de escribir. Es lo malo de los fichajes, que no se quedan en el glamuroso estadio del anuncio: resulta que luego hay que trabajar. Trataré de vaciarme en este periódico con el que fantaseé, y lo sabes. Columnas, crónicas, reportajes, fútbol, política, cultura. Quizá menos o quizá más. Mantendré las estrictas colaboraciones en radio y tele de mi etapa nómada que me han autorizado: Radio Nacional, Real Madrid TV, Al Rojo Vivo. Se irá viendo, que diría don Mariano. Gracias a mis seguidores por su insensata fidelidad.

Aquí, mi primera columna.

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Pedro J cabalga de nuevo

La escudería que arropó a Pedro J en el Ateneo: Ussía, Gistau y Jabois

La escudería que arropó a Pedro J en el Ateneo: Ussía, Gistau y Jabois

La casualidad, décima musa, hizo coincidir en la tarde del jueves la presentación del último libro de Pedro J. en el Ateneo de Madrid con la conferencia de un gran maestre de logia sobre el estado actual de la masonería. Pero la confusión resultaba imposible, pues si hay algo que no va con el carácter del exdirector de El Mundo es el secreto. Lo suyo siempre ha sido publicar, sean libros o periódicos. O una mezcla de ambas cosas en el caso que no ocupa, pues se trataba de presentar Contra unos y otros, segunda antología de aquellas homilías ensabanadas que entre 2006 y 2014 envolvieron nuestros domingos entre la hora del vermú y la del fútbol, como recordó David Gistau.

Además de Gistau, acompañaban al protagonista en la mesa Alfonso Ussía y Manuel Jabois: cada uno de un periódico distinto, los tres unidos en la teoría de un periodismo independiente y en la práctica del columnismo de fino encaste. El propio Pedro J., a la hora de la gratitud, anudó los nombres de los tres a la cola gloriosa de Ruano, Camba, Fernández Flórez o Umbral. Su viuda España asentía desde el patio de butacas.

Lleno total de leales pedrojotistas en el mítico salón donde discursearon Azaña, Ortega o Marañón. También Eugenio D’Ors, que ya advertía de que en Madrid, a las siete de la tarde, o das una conferencia o te la dan. De Pedro J. no esperábamos exactamente una conferencia sino la concreción de un anuncio que en las redes sociales hace tiempo superó la vaga condición de rumor, alentado por el propio interesado: su próximo periódico. La música de Enya no podía ser más pertinente para acompañar el camino al escenario del periodista riojano, que evitó bajar al detalle pero afirmó con rotundidad su New Age: “El año 2015 será el más importante de mi carrera periodística”. Qué mejor modo de celebrar el año de Santa Teresa que con una fundación, ha debido de pensar Pedro J., que no es de Ávila sino de Logroño. Aunque un periódico arma más jaleo que un convento, también en su interior pugnan novicios con priores y se reciben llamadas intempestivas de la Santa Inquisición.

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Podemos y Cataluña: el indiscreto encanto de la burguesía

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

La única inexactitud sugerida por el Jefe del Ejército, más allá de la inexactitud fundamental que supone el hecho de que un militar opine, es que España juegue en su analogía el papel de metrópoli de Cataluña, cuando las evidencias de renta económica e iniciativa política señalan que ocurre exactamente al revés. A Manuel Vázquez Montalbán no le gustaba la famosa sentencia de Wenceslao Fernández Flórez según la cual Cataluña es la única metrópoli que desea separarse de su colonia. No le gustaba, claro, porque no era tonto y porque era comunista, y por tanto sospechaba que Fernández Flórez metía el dedo en la llaga al señalar que el nacionalismo catalán era una afición de burgueses. Como así es, en efecto. Don Wenceslao era gallego, tierra entonces de miseria en comparación con Cataluña, y no podía entender un movimiento de liberación nacional que se apoyase no en la humillación de los oprimidos sino en el egoísmo de las clases medias y altas.

En Cataluña, como en Escocia o en la Padania, el independentismo es un juego de clases acomodadas que quieren serlo más, es decir, pagar menos impuestos a los pobres del sur del Ebro y tocar a menos bocas en el reparto de los propios, con los cuales además seguir haciendo suculentas distracciones al 3% sin miedo al ojo de la Hacienda central. No por pesetero e insolidario deja de ser menos transparente el empeño: menos comprensible es el caso vasco, cuyos nacionalistas, logrado el cupo, apelan a un esencialismo étnico que sonrojaría ya a Darwin. El hecho desnudo es que en las dos regiones históricamente más prósperas de España ha arraigado un sentimiento de vergüenza hacia el resto de la Península que no es alimentado por un escarnio sistemático, como el de los congoleños a manos de Leopoldo II de Bélgica, sino por el asco de mezclarse con pobres en alpargatas. De ahí la frase de Fernández Flórez.

Racismo y burguesía siempre han trabado bien, porque el que tiene su capitalito teme más que lleguen otros a quitárselo que el que no tiene nada, como el obrero, o el que tiene mucho, como el aristócrata, que propende antes al paternalismo que a la xenofobia. Pero revolución y burguesía conjuntan aún mejor. Todas las revoluciones –las buenas, como la inglesa y la americana; las mediopensionistas, como la francesa; y las vesánicas, como la bolchevique y la fascista– las ha hecho la burguesía, y el proletariado ha sido en ellas lo de siempre: la carne de cañón. Es natural que así sea, porque el proletario no tiene tiempo ni formación para idear revoluciones y lo que desea ante todo es convertirse en apacible burgués. Es el burgués el que posee lecturas y energía para entretenerse en hacer listas de agravios cuando la vida le ha despechado o no le ha catapultado adonde esperaba. Una checa siempre la empieza llenando un profesor ex burgués que señala con la pluma al editor que no le publicó antes que el miliciano lo sentencie con la pistola.

Recuerdo estas elementales nociones de sociología histórica porque han sido confirmadas por el último CIS, que identifica al votante mayoritario de Podemos como urbanita de clase media más o menos afectada por la crisis y con estudios universitarios. O sea el pijiprogre, pues el proletariado no entiende La Sexta, evidentemente, sino Telecinco. A los de Podemos les llaman con toda propiedad la casta de Somosaguas, Monedero es profesor de máster en ICADE, Errejón no puede disimular su dicción de niño pijo y las adhesiones ardorosas a su causa no se pronuncian en las fábricas de Fuenlabrada sino en las teterías del Barrio de Salamanca, donde declararse podemista es pura moda trendy como la talasoterapia o la crema de células madre.

–Pues yo voy a votar a Podemosss, tía, que está todo fataaal –se despereza la milf desde el centro burbujeante del spa del Metropolitan.

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Entrevista en Madrid Sports

Hagamos un poco de publicidad al programa. De domingo a jueves a las doce en 13TV.

Hagamos un poco de publicidad al programa. De domingo a jueves a las doce en 13TV.

En La Lupa de Jorge Bustos habita más literatura que en muchos libros que son súper ventas. Nuestro protagonista se adorna con la pluma, como Isco en el regate. Cita a los clásicos de memoria como cualquier madridista de bien enumera las diez fechas de las diez Copas de Europa. Sus artículos, sus tuits y sus apariciones en diferentes tertulias se han convertido en referencia del madridismo ilustrado. Con la ironía siempre en la punta de la lengua, Jorge Bustos atiende a Madrid Sports.

Nos alejamos un poco de la realidad y jugamos a ser Kafka: Tenemos a Cristiano Ronaldo imputado por fraude fiscal, al Real Madrid gastando en un fichaje una millonada de dudosa procedencia, al presidente dimitiendo por este asunto y a Sergio Ramos peleando con la Guardia Civil. ¿Estaríamos ante un exilio obligado del Real Madrid si las circunstancias hubieran sido al revés? ¿Hay cierto ensañamiento cuando las cosas pasan en el Real Madrid?

En esa hipótesis el Madrid sería la cucaracha de la Metamorfosis pero no llegaría a la segunda página, y mira que es corto el libro. El ensañamiento antimadridista es tan natural como las ganas que tiene cualquiera de zurrarle a Floyd Mayweather: es rico, es famoso, es invencible y además lo proclama. Pero en el ring el que pega es él.

Un hombre acostumbrado a la crítica, tanto a la positiva como a la negativa, podrá hacernos una sobre la situación de Iker Casillas…

El asunto de Iker no deberíamos comentarlo hasta que Polanski ruede el biopic. Hasta entonces a Casillas hay que desearle que entrene bien y pare balones.

Dijo Ancelotti en una entrevista en la cadena COPE que se transformaría en Arbeloa. ¿Harías lo mismo que el míster?

Arbeloa lo ha ganado todo en el fútbol, pero paradójicamente es valorado –y atacado– por lo que hace o dice fuera del campo. Esto significa que es un futbolista con personalidad, lo cual ya le hace especial en estos tiempos. Pero para valorarle de verdad, yo me fijaría en el modo ejemplar en que asume la titularidad de Carvajal. Ahí se ve la madera de la que está hecho uno.

Sabemos que eres hombre leído y vivido. ¿Es el Atlético el nuevo best-seller de moda que tiene su año fuerte pero se queda entre más libros sin pena ni gloria?

El Atleti no es un best-seller en absoluto: es un equipo con amplia y laureada historia que naufragó y que Simeone ha reflotado, siquiera por un tiempo. Que la chavalería se haga ahora rojiblanca es comprensible, y hasta enternecedor. Siempre es educativo curtirse en la desdicha.

Decías en un artículo que Mick Jagger cantaba que los viejos hábitos tardan en desaparecer. ¿Desaparecerá algún día el piperío del Santiago Bernabéu?

Lo del piperío es un concepto de mi amigo Hughes que ha hecho fortuna pero que alude a un estamento sociológico amplio y antiquísimo que probablemente ya está descrito por Thackeray y Maupassant. Antes se les llamaba pequeñoburgueses. No hay que desear su extinción, porque son la prueba de vida de una clase media más o menos próspera y el pilar de la democracia representativa. En la grada son mansos, cierto; pero si no fuera así significaría que tendríamos menos Copas de Europa, y que daríamos más curro a la policía y mucho menos a los haters.

Fuiste un reconocido mourinhista cuando el portugués era entrenador del Real Madrid. ¿Sigues abrazando la causa?

Vamos a ver. El mourinhismo nació como una divertida y anárquica oposición a la hegemonía de la retórica buenista culé. A eso se le sumaba la personalidad genial de Mourinho. Con ambas posiciones sigo comulgando, porque las ruedas de Mou en Londres siguen siendo brillantemente incorrectas y porque siempre hay meacolonias a los que escandalizar. Además, en aquellos años hice amigos interesantes que conservo. Lo que me aburre y repele es el momento a partir del cual el mourinhismo pasa a ser eso que dices, una causa nostálgica y cerril, una secta sagrada: con su dogma, sus sacerdotes, sus cismas, sus aprovechados y hasta su mártir. Lo divertido de aquello era la agitación, pero se jodió, se solemnizó. Yo ya dije que pasaría, porque la mente humana es religiosa por definición. Sigo admirando a Mou, le agradezco lo que hizo aquí, que fue necesario para invertir el ciclo ganador del Barça; pero él sabía que en el Real Madrid no podía durar. Un mariscal de campo no suele adaptarse al despacho oval.

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Bonus para tuiteros: la Celebración de la Décima, mi primer pinganillo.

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Tú eres Pedro, ma non troppo

El nuevo PSOE arrancando suspiros.

El nuevo PSOE arrancando suspiros.

Estas cosas no se le hacen a Pedro Sánchez. ¿Cómo pretenden salvar el bipartidismo si el día que debuta don Pedro en la liza parlamentaria contra Rajoy viene precedido por la renuncia de Botella –leña del árbol caído–, envuelto por el ruido diado del tabarrón en V, contraprogramado por la muerte repentina de don Emilio Botín, apenas emergido sobre la súbita hospitalización de Isidoro Álvarez y definitivamente inhumado bajo el derbi sabatino donde se ventila la crisis o la revancha? El flamante líder de la bancada socialista hubiera debido comparecer desnudo para rivalizar mediáticamente con semejantes focos de atención nacional. No lo hizo, así que hay que seguir conformándose con Jennifer Lawrence.

–Ha muerto Botín –informa Gistau en la tribuna de prensa. Y escrutamos el hemiciclo para cerciorarnos de que allí todavía no está Monedero con la cabeza del Gran Capital en la mano.

A las nueve el ruedo hierve de cuchicheos. Sus señorías se comunican el magno deceso con la sorpresa de quien sospecha no solo que el dinero compra perfectamente la felicidad, sino que en cantidades obscenas compra también la inmortalidad. Alguno consultaría la cotización de sus acciones. Pero Posada, talante prusiano para el reglamento, no concede el minuto de silencio que uno ya espera por defecto desde que se instauró la necrofilia protocolaria en los campos de fútbol. Para más inri, abre fuego Cayo Lara:

–Señor Rajoy, su reforma laboral ha provocado que se despida más barato, prolifera el contrato basura y el trabajo indigno. Usted se fue a Japón a vender mano de obra barata. Usted ha congelado el salario mínimo en 645 euros al mes. Míreme a la cara: ¿usted podría vivir con 645 euros al mes?

Pues precisamente Rajoy sí podría, don Cayo. Esa pregunta era más bien para CiU. En la réplica, don Mariano esculpió y frotó el argumento que nos sangrará las orejas hasta las generales y que podríamos bautizar como la doctrina del optimismo ma non troppo: un sí pero aún no, una esperanza sin triunfalismo, una lustrosa macro con poquita micro. El paro se reduce al 6% anual, los precios caen al 0,5%, todos los mercados lo dicen, todos los organismos lo dicen (léase con acento King África) pero aún hay mucho que hacer, señor Lobo. No nos las ponderemos todavía.

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Cortesía que agradezco al escritor y crítico Alberto Olmos.

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¿Pero hay algo más importante que hablar de fútbol?

Arias, Garci y el autor, en ameno coloquio.

Arias, Garci y el autor, en ameno coloquio.

Chencho Arias y José Luis Garci publican sendos libros futboleros, género en boga en su caso enriquecido por una memoria prodigiosa y una elegancia indesmayable. LEER habló con ellos a escasos días de la final de Lisboa y a tres semanas del Mundial de Brasil, la reválida de un ciclo legendario para el fútbol español… y para sus cronistas.

Todo español es un seleccionador nacional de fútbol que no cobra por su pasión, salvo que sea el barman de una tasca con canal de pago. Si un diplomático o un cineasta, haciendo memoria de su españolísima afición, encuentran que han dedicado al fútbol mucha más energía que a la política internacional o al montaje de un argumento, nunca se les ocurrirá pensar que aquella fue energía derrochada. Piensan, de hecho, que viendo Mundiales emplearon las horas más productivas de su vida. En calidad de seleccionador nacional yo también he quedado a gastar tiempo hablando de fútbol con dos de los mejores seleccionadores del país, Chencho Arias y José Luis Garci, que acaban de sacar libro futbolero al abrigo editorial del Campeonato del Mundo Brasil 2014, de próximo estallido.

Mis Mundiales. Del gol de Zarra al triunfo de la Roja es el título de la obra de Chencho Arias, hincha del Murcia por oriundez a quien Di Stéfano convirtió al madridismo, y nos lo explicamos perfectamente. “No ha habido otro como él. ¿Maradona? Sí, tuvo cuatro años en los que fue incomparable, pero Di Stéfano tuvo 13”. “Si aceptamos que el fútbol forma parte del arte –interviene Garci, cuya facundia brinca alegremente del balón al ring, y del New Jornalism al cine negro–, Pelé equivale a El Quijote, la gran obra maestra; pero Di Stéfano sería el Shakespeare de este deporte: un demiurgo total, que jugaba de todo y en todas partes: era fútbol all seasions”. ¿Y Cruyff? “Fue mejor entrenador que jugador”, sentencia el cineasta.

Le pregunto a Garci por el nombre de su libro. Foot-ball days y otras taquicardias pop, me escribe en la libreta. Declaración de intenciones de quien es quizá el mayor mitómano de España, alguien que literalmente no distingue entre un padre y John Ford. Garci cubrió para ABC el Mundial de Estados Unidos en 1994, viajando de Dallas a Chicago y de la crónica deportiva a la evocación gangsteril sin solución de continuidad. El director de cine desdoblado en cronista ofrece aquí páginas inéditas de aquella cobertura, pero no ha tratado tanto de contribuir a la historiografía futbolística como de componer, sobre la base de aquellas notas de viaje, un dietario personal, planiano, en el que funde con entusiasmo la experiencia recreada con la nota histórica y el apunte cultural. Garci es un gran conversador cuyo infinito anecdotario se dispara en presencia de un interlocutor inclinado como él a la confusión cabal entre naturaleza y cultura, costumbrismo y ficción, noticia y mito. Su buen amigo David Gistau revela en el prólogo que el autor, cuando escribe sobre fútbol, en realidad escribe sobre la amistad. Esa que desde su primera infancia labra el español en la vivencia compartida de los grandes partidos.

Garrincha, o la clase.

Garrincha, o la clase.

La memoria de Chencho Arias es igual de prodigiosa. Entre ambos completan alineaciones arqueológicas que avergonzarían a cualquier tertuliano autoproclamado experto en fútbol. La perspectiva de Chencho incorpora la dimensión política, de modo que el lector descubre que el fútbol no solo es un fenómeno de masas sino también –y por lo mismo– de élites. “Recuerdo que estando yo destinado en Brasil, el presidente João Goulart reunió a la Canarinha y les dijo que la moral de todo el país estaba en sus manos. Ahí me di cuenta de hasta qué punto el circenses es a veces más importante que el panem”. “Eso fue en Chile 1962, el Mundial del golazo injustamente anulado de Adelardo contra Brasil”, apostilla Garci, revelando su alma colchonera –y del Sporting– en la reivindicación del gran mediocampista atlético. Aquella Copa sería efectivamente para Brasil, en donde jugaba un tal Garrincha. Le pregunto a Chencho por la protesta popular que se recrudece en Brasil conforme se acerca el Mundial y que acusa al Gobierno brasileño de gastar en estadios lo que ha recortado de prestaciones sociales. “Es preocupante pero a la vez revelador. Por primera vez en la historia de Brasil, el fútbol no lo tapa todo”.

El tiempo concertado para la entrevista vuela a lomos de nombres de leyenda. “Eusebio era como Cristiano pero encarando siempre. Porque Cristiano a veces se escaquea, eh. ¡Y Puskas! Puskas metía más goles a medida que cumplía años. De diez tiros, nueve iban a puerta y cinco eran gol”. La conversación fluye suavemente hacia la nostalgia. Repasan a otros grandes jugadores y recuerdan los tiempos en que un intelectual no podía aficionarse al fútbol so pena de descrédito inmediato; los tiempos en que la prensa deportiva estaba excelentemente escrita y el Marca de Jaime Campmany, Antonio Valencia, Fernando Vadillo o Manuel Alcántara dejaba en revistilla de trazo grueso a L’ Equipe y rivalizaba en calidad de página, asegura Garci, con Ínsula, órgano literario de la progresía. “La intelligentzia despreciaba el fútbol por reaccionario y franquista. Pero en eso el Partido Comunista se equivocaba, porque el fútbol es precisamente el lugar donde el obrero se iguala al empresario y al político. No hay clases en un estadio”, explica el director de El crack.

Para Chencho Arias, ese desprecio del fútbol vigente durante décadas en las filas de la izquierda proviene de la utilización propagandística que del deporte había hecho el fascismo, pero todo apunta a que el fascismo más bien se servía de cualquier cosa para su propaganda, fuera el fútbol, la ópera o el cine documental. “Luego está esa bobada de que Franco era madridista. Franco no entendía mucho de fútbol, pero su jugador favorito era Samitier, centrocampista del Barça”, cuenta Chencho­. “Una vez fue el Barça a El Pardo para entregarle la insignia del club al Caudillo. Franco, al recibir a la delegación culé, buscó con la mirada a Samitier, que no había podido venir, y exclamó: “¡Pero dónde está Sami!”. A esta tarea de desmitificación del pedigrí antifranquista en ciertos clubes se suma Garci: “Cuando el Athletic encadenaba Copas del Generalísimo, y Gainza subía al palco a recoger la copa de manos de Franco, el general le decía amistosamente: “¡Hasta el año que viene, Piru! Y todo el estadio vitoreó a Franco en el 64 cuando España gana la Eurocopa a la URSS, con quien iba secretamente todo el estamento intelectual del país”.

Del Bosque entrenando a los suyos.

Del Bosque entrenando a los suyos.

Pero Chencho Arias y José Luis Garci no se dejan embaucar por el romanticismo del tiempo pasado. Les gusta demasiado el fútbol, y el fútbol es ante todo una afirmación del instante. Al introducir la cuestión candente, la decadencia intuida de La Roja –“Nunca la hemos llamado así; siempre fue la Selección”–, Chencho coincide conmigo en que España vive un momento crepuscular, pero Garci apuesta todo su dinero a que los chicos de Del Bosque se vuelven a traer la Copa a casa. “Creo que Del Bosque debería mantener el sistema de tiquitaca retocando algunos puestos, incluyendo a Coke por Xavi, que para mí ha sido el mejor medio ofensivo español desde Gento. La baja de Puyol también puede notarse y Xabi Alonso está justo. Pero Juanfran, Jordi Alba, Silva, Cazorla, Diego Costa… son relevos de garantías. Y Casillas en la portería”. Chencho confía en la laureada capacidad de Del Bosque para crear ambientes propicios en el vestuario. Y cuestionan a los rivales: que Brasil juega a la contra, que Argentina depende del capricho de Messi, que Alemania ya no da tanto miedo, que si acaso la Bélgica de Courtois y Hazard y el Chile de Vidal van de tapados…

La ventosa mañana pasa, pero ellos no han venido a hablar de su libro sino de fútbol. Algo –como sabía Bill Shankly­– mucho más importante que una mera cuestión de vida o muerte.

(Revista Leer, número 253, Junio 2014)

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IRQ entrevistado

Con Iñaki, en el boxeo.

Con Iñaki, en el boxeo.

Enlazo, con mi gratitud por sus cariñosas palabras a partir del 27:50, la entrevista que Antonio Chinchetru le hace a Ignacio Ruiz Quintano, maestro mío y amigo. Y el número uno de esto.

El primer y quizá único escritor de periódicos al que deseé conocer. Y lo logré.

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Custodiad, escritores, vuestra torre de marfil

Ramón en su Torre de Marfil.

Ramón en su torre de marfil.

El principal problema del escritor no es la inspiración. Ni el talento innato, el argumento original o el estilo propio. Tampoco es su nivel de renta, según quiere un neomarxismo excusado en la crisis que trata de tasar últimamente a los autores como a los futbolistas. El principal problema para el escritor es una condición muy previa a todo eso y se llama intimidad. Lo decía Pla y lo sabe cualquiera que escriba con algún marchamo de profesionalismo.

Cuando decimos intimidad queremos decir tiempo y silencio, ausencia bendita de cláxones y de whatsapps de pareja, rebeldía ante la publicidad del mundo, resistencia activa al automatismo industrial de ver series, coraje para contradecir a los seres queridos y capacidad para recogerse y segregar algunas líneas de observación o imaginación. Malas o buenas, pero como mínimo personales. El primer enemigo del escritor, por tanto, es el gregarismo, y es un gigante que en la era de la reproducción instantánea, de la replicación invasiva e infinitesimal de palabras, imágenes y sonidos, parece imposible de derribar armados tan solo de adarga antigua y lanza en astillero. De papel y tinta, pantalla y teclado, lo mismo es.

Twitter es una caja de resonancia global donde resulta arduo distinguir las voces de los ecos, donde todo gregarismo halla su asiento y toda urgente banalidad hace su habitación. Los escritores de carrera ya lanzada, formados en edades sensatamente lejanas de la natividad digital, no suelen tener cuenta en Twitter, y si la tienen tuitean poco, y cuando tuitean no parecen tan preocupados por interactuar con sus seguidores como por diseminar semillas de calculada autopromoción. Lo que desde luego no hará un escritor sensato es malgastar en Twitter una idea brillante que porte el germen de un relato sorpresivo o de una columna ingeniosa. De ahí que muchos lectores se sientan decepcionados al consultar los tuits de sus escritores favoritos: solo topan con el serrín que cae de la mesa del celoso artesano. A no ser que al escritor-tuitero le sobre imaginación, y generosidad para regalar sus frutos en forma de trinos cotidianos. O puede que busque con ellos llamar la atención de los editores para que el más despierto de ellos le convierta en escritor homologado, que no es otro que quien puede permitirse el lujo de prescindir de Twitter para centrarse al fin en escribir. O puede que todo a la vez.

Sentado que la columna es un género literario, sí que encontramos en Twitter a numerosos columnistas que se comportan como activos partidarios de la red social del pajarito. Sus almas colmeneras pajarean por los altos andamios de Internet, diríamos con el poeta. La evangelización de la columna publicada esa mañana, la imposición de manos sobre los feligreses y la diatriba catecumenal contra los clérigos rivales de otras parroquias mediáticas son los usos más comunes que hace de Twitter el columnista contemporáneo. ¿Les ayuda Twitter a ser mejores escritores de columnas o reportajes? ¿Aquilata su ingenio, afila sus recursos, diversifica sus intereses, matiza su solemnidad? Mi opinión, no ya cómo ornitólogo incipiente y declarado cliente de la pajarería, sino como amigo de los pajareros y como pajarero mismo con unos pocos millares de seguidores, es que Twitter ejerce sobre el columnista una presión perversa al mismo tiempo que favorece innegablemente la popularización de su trabajo y la socialización de sus efectos, la inmediatez del retorno crítico y del aplauso edificante, la expectativa de un venial tráfico de influencias laborales y, por qué no admitirlo, el establecimiento de debates más o menos esquemáticos que alivian el tedio del escritor agraciado con dosis blindadas de intimidad.

De mi caso concreto puedo decir que sin una mediana actividad en Twitter como la que despliego desde 2011 no me habrían llegado ofertas de medios en los que hoy colaboro, ni habría accedido al trato de firmas célebres que hoy se cuentan entre mis amigos o conocidos, ni habría reeducado algunos de mis prejuicios menos firmes, ni habría descubierto algunas vetas semivírgenes del siempre proceloso temperamento nacional. Hoy opino todavía que un autor del siglo XXI, alguien que aspira a vivir de la difusión de sus productos intelectuales en la era de la telecomunicación global, debe estar en Twitter del mismo modo que un escritor de los siglos analógicos despachaba correspondencia o frecuentaba un club. La red además es gratis, instantánea y operativa.

Hasta aquí, creo, las evidentes ventajas. Sin embargo, y contra lo que cabría esperar de mis 31 años, pienso que Twitter acumula tantos quilates de panacea como de diamante había en los cristalitos con que nuestros entrañables ancestros timaban a los indios. Hay que desmitificar y racionar su uso. La adictiva red de microblogging invita con facilidad irresistible al abuso, a la pereza intelectual, al trastorno crónico de déficit de atención en adultos (aparentes), a la dilapidación del tiempo necesario para leer libros (¡o escribirlos!) y no caracteres, al acomodo convencional, a la jibarización de la lógica, a la perversión léxica, a la boutade pueril, a la alergia a lo complejo, a la confusión entre inteligencia y gracejo, al peaje chusco por un retuit, a la persecución alienante de efímera fama, al abaratamiento de los prestigios, a la igualación de las jerarquías mentales y a la irrelevancia infantil del ego en pie, en definitiva. Twitter somete al escritor a la presión fiscalizada de que el próximo texto guste a los seguidores propios o chinche suficientemente a los enemigos, lo que consolida apriorismos que terminan socavando la libertad requerida por toda escritura honesta –por esta razón ha explicado David Gistau su sonado abandono de Twitter–, y a la vez crea en el seguidor la falsa ilusión de que todos somos iguales, lo cual supone una deflación del valor de la palabra y de la misión del escritor genuino que explica con profética lucidez Ramón Gómez de la Serna, inventor del término “telecomadrismo” en sus Cartas a mí mismo de 1956, término que tan asombrosamente se ajusta al bullicio tuitero, a sus servidumbres subterráneas, sus intrigas traslúcidas y sus expectativas fraudulentas:

“Se levantan olas de comadrería y todos van envueltos y lanzados por esas olas como por una inundación. La comadrería buscar el modo de coincidir en algo con los demás y lo porteril les atrae sobre todo. ¿Quién iba a creer que ese iba a ser el motivo de unión para muchos? (…) Parece que tengo un aparato de mi invención, el telecomadrismo, que me entera de ese tacto de codos que trae algunos favores a los aproximativos y me doy cuenta de las cosas que voy a perder por no estar con ellos. Pero no importa. Yo tengo muchos caminos lejanos y estoy en los espacios libres, gozando de las gobernaciones tranquilas, sin esa espera iracunda que les cuesta la vida a ellos, estérilmente perdida al no verificarse los nuevos asaltos en pos de las gangas esperadas”.

Frente al telecomadrismo, Ramón erigió el “torremarfilismo”, una suerte de atento encierro en que debe vivir el creador, “un sensible por cada millón de insensibles, un vigía por cada millón de dormidos”, que desde su retiro interior ve las multitudes como no las ve nadie, “como el farero ve el mar”. La Torre de Marfil contra la que conspira Twitter no es más que la metáfora de la intimidad fértil que distingue al verdadero escritor, al intelectual de calado.

A Gómez de la Serna su profesión torremarfilista en época de trincheras le costó hambre, penuria y exilio. Pero le granjeó la posteridad de su literatura: la originalidad del hombre solo.

(Revista Leer, número 249, Febrero 2014)

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20 febrero, 2014 · 12:43