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Diario de un estudiante. París 1914

Gaziel: estilo y mirada.

Gaziel: estilo y mirada.

La feliz recuperación editorial de la obra periodística que dejó Agustí Calvet “Gaziel” (Gerona,1887-Barcelona, 1964) nos persuade de incorporarlo de pleno derecho al panteón de los inmortales del oficio a la vera de Camba, Chaves Nogales o Pla, quien confesó la influencia que sobre su vocación y estilo ejerció el primero de los libros que reseñamos aquí. Al estudiante Calvet, 26 años, doctor en Filosofía y promesa del noucentisme -movimiento pródigo en talentos de un moderado catalanismo, sensibilidad clásica y exquisita cultura- la Gran Guerra le pilla en París ampliando estudios en una pensión balzaquiana y cosmopolita, cuyo pathos microcósmico funciona como reflejo fidelísimo del desconcierto mundial. Sin propósito definido pero consciente de la gravedad histórica tanto como de su don excepcional para la observación, el futuro periodista Gaziel comienza a registrar en un cuaderno íntimo la primera reacción del pueblo parisino a la declaración de guerra: su vertiginoso paso de la incertidumbre al miedo, de la hospitalidad a la xenofobia, del pacifismo sincero al heroísmo marcial, del rancio clasismo a la emocionante solidaridad frente al enemigo prusiano común que avanza salvajemente hacia París. Todo ello sostenido escrupulosamente por hechos que no necesitan de la cercanía al frente para condensar una dramática elocuencia.

El Diario abarca solo el primer mes de guerra, aquel agosto del 14, pero por su intensidad narrativa, por su capacidad nabokoviana para el detalle, por la grandeza ética de su tono humanista, por el fraseo pulcro y rico de su prosa, por todo esto aquel inopinado debut constituyó no solo la obra maestra de su autor sino también uno de los grandes libros de la historia del periodismo español. El entonces director de La Vanguardia, Miquel dels Sants Oliver, demostró buen ojo cuando el estudiante se repatrió a Barcelona y le mostró aquellas notas; Oliver le pidió que las reelaborara para su publicación por entregas en el periódico y el éxito fue fulminante, decidiendo para los restos la vocación de Calvet, que iba más bien para otro Eugenio d’Ors. Lo cual prueba una vez más que el gran periodismo no requiere tanto una titulación como una mirada y un estilo.

La escritura de Gaziel es un venero de seny mediterráneo -de sentimiento inequívocamente español, por cierto- que reivindica la racionalidad y el orden siempre amenazados por la fragilidad de “esta capa tan tenue, convencional y quebradiza que llamamos civilización cristiana”. Conmueve su diario de guerra porque, sin llegar a la visceralidad de una Anna Frank, cada entrada combina el rigor del intelectual, capaz de cuestionar por ejemplo la propaganda triunfalista de la prensa francesa, con una estampa moral de hidalgo, llevándonos del franco humor a la tragedia pasando siempre por la piedad, erigida en alegato contra la locura fratricida de Europa. Gaziel no fabula jamás, y busca fuentes directas o indirectas con intrepidez, pero asimismo selecciona muy bien lo que quiere contar, calibra la potencia simbólica de la anécdota adecuadamente presentada y tampoco se priva de la conjetura política, la nota lírica o la reflexión filosófica; eso es lo que le convierte en un gigante de la crónica personal.

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1 mayo, 2014 · 9:07

En la muerte de Gabriel García Márquez

Gabo cuando aún era el reportero García.

Gabo cuando aún era el reportero García.

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, la contraportada de La Gaceta del 4 de agosto de 2012 en la que escribí lo que sigue al enterarme de un empeoramiento del mal de Alzheimer que sufría Gabriel García Márquez]

Está uno desasistido de la familiaridad que permite a Juanillo Cruz llamarle a usted Gabo sin más y, sin embargo, le escribo para demorar todavía el momento en que no tenga quien le escriba o lo tenga pero no le deje advertirlo la neblina senil que va cerrando el asedio a sus meninges exhaustas. Uno imagina su final como el de un androide cinematográfico que, hundiéndose en la lava postrera de la desmemoria, toma fugaces y sucesivas apariencias de coronel sonambúlico, de apostante en peleas de gallos, de abuelona memoriosa, de sicarios anunciados y de sementales genesíacos que desembarcan en mágicas aldeas con la piel cocinada a fuego lento por el salitre.

Cuando se vive para contar, se asume la contrapartida de callarse cuando se deja de vivir. Usted, don Gabriel, ya no tenía nada que decir y consecuentemente desarrolló la demencia pactada con el fáustico oficio del narrador como unas vacaciones bien argumentadas ante el jefe. Sólo le aguarda ya el cuchicheo de la lumbre y la respiración pedregosa, el manoteo pueril de la memoria por apartar las nubes densas que decoran el páramo de su castillo mental. Aún oirá el revuelo de la hojarasca en las aceras y pensará en los gallinazos que velan en el puerto por los desperdicios de un entendimiento varado. Y aún intentará una metáfora con perros, cadáveres eviscerados y sedimento de estribo de cobre en el paladar.

Queda el suspense residual de quién cebará antes las necrológicas, si su galardonado nombre o el de su amigo Fidel. Un picado en paralelo abrocharía la evidencia de que la gracia en el estilo y la frondosidad en la imaginación no sólo no riñen sino que maridan como el flamenco y un gitano con la pompa dictatorial, exuberante, del trópico. Si Flaubert acometió a Bovary por odio a la burguesía y acabó identificándose con ella, cómo no le iba usted a desear furtivas primaveras al más otoñal de los patriarcas. La propiedad soteriológica de la literatura, no obstante, reservará solo laurel para su busto, mientras que el de todo dictador siempre termina corroído por una lluvia macondiana de cagadas de mosca.

A la muerte de Fitzgerald, su compañera de generación Glenway Wescott sentenció: “No debe existir ninguna disputa entre literatura y periodismo. En una época de temas tan solemnes cada vez es más necesario que ambos se inspiren mutuamente, los literatos aferrándose a la verdad y los periodistas usando la imaginación”. ¿Solemnidad? Después de todo, no cabe hoy en España reportaje más veraz que aquel que concluye con la respuesta del coronel a su mujer cuando ella le pregunta qué comemos:

“El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

–Mierda”.

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Flaubert o la agonía del estilista

El corazón de Emma: lección de anatomía.

El corazón de Emma: lección de anatomía.

El traductor Mauro Armiño prepara una edición de Madame Bovary que incluye tres fragmentos inéditos en castellano, avanzados en el número de marzo de la revista Turia. Pocas exclusivas tan grandes como esa puede dar el periodismo cultural. Cada fragmento de Gustave Flaubert (Ruan, 1821-Croisset, 1880) es una pieza única de artesanía que se cobró caras cuotas de salud de su orfebre, horas de insomnio, levas forzosas de exhaustas neuronas, recortes indudables en su esperanza de vida.

Flaubert fue el sumo sacerdote de la prosa francesa. Decidió bajarse del mundo, anudarse su eterno batín, encerrarse en el gabinete de su casa ajardinada de Croisset, junto al cauce del Sena, y entregarse a la reinvención de la sintaxis narrativa como si fuese el primer relojero sobre la tierra. De su quijotesco sacrificio nace todo el caudal de la novela contemporánea. Vais a pensar que me doy a la boutade pero soy riguroso si afirmo que Flaubert, de hecho, inventó el cine. Ningún autor había sabido desaparecer tan mágicamente como él y animar a la vez a sus criaturas con semejante autonomía, de tal modo que la descripción psicológica se funde naturalmente con la acción, y la acotación moralista o didáctica del narrador, esa invasiva voz en off (tan galdosiana), se vuelve innecesaria: los personajes a partir de Flaubert se definirán estrictamente por sus obras, como en la vida real. Él solo tomó el arte literario y lo llevó a marchas forzadas por territorios inexplorados, hasta tiempos futuros, con la misma productiva violencia con que Newton empujó la física, Edison la técnica o Miguel Ángel la pintura. Cuando Flaubert muere, la literatura universal ha completado gracias a su carrera un relevo entero en la pista de la historia artística. La gesta tuvo un precio, claro: la propia vida. Flaubert es el atleta de Maratón de la prosa moderna.

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23 marzo, 2014 · 14:00

De la oratoria a la neurastenia

Castelar nos habla en gesto arrebatado desde la glorieta de la Castellana.

Castelar nos habla en gesto arrebatado desde la glorieta de la Castellana.

Don José Echegaray, Nobel español y comediógrafo feble, no solo acredita el menos merecido de los grandes galardones hasta el cuarto Balón de Oro de Leo Messi. También entró en la Real Academia cinco años tarde por culpa de don Emilio Castelar, el mayor orador que ha dado la política española. Era tan buen orador que no sabía escribir sus discursos y por eso tardó cinco años en tener lista la pieza de bienvenida a Echegaray.

El propio Castelar había tardado otros nueve años en presentar el discurso de entrada cuando su insigne culo resultó bendecido con un sillón en la RAE. Los estatutos académicos obligan a leer un texto preparado con antelación, pero Castelar no había escrito un solo discurso en su vida y prefería demorar su ingreso en la Casa de los inmortales antes que coger una pluma. “Toda la prensa –cuenta don Gregorio Salvador, filólogo ilustre y también académico– comentó si, en razón de la personalidad del gran tribuno, no hubiese sido posible y, en cualquier caso, preferible olvidar por una vez lo establecido y permitirle que hablara en lugar de leer, porque en esto último no era ni sombra de lo que era al hablar”. La rectísima RAE no lo vio posible ni preferible y Castelar, al fin, escribió.

Por cierto que a otro gaditano ilustre, José María Pemán, le pasaba un poco lo mismo. Cuando le tocó a Eugenio D’Ors pronunciar su discurso de entrada en la Española, Pemán, que era quien debía darle la réplica, no llevó nada escrito: prefirió clavar la vista en unos papeles en blanco posados sobre el atril y fingir que leía un discurso que en realidad estaba improvisando.

Hoy el nombre de Castelar, liberal de Cádiz que llegó a presidente de la I República, apenas evoca el perpetuo embotellamiento de una glorieta de la Castellana. Pero si uno lee sus intervenciones parlamentarias descubre, bajo el follaje retórico y la consabida pesadez decimonónica, un cerebro prodigiosamente dotado para la sintaxis de ideas y oraciones, un dominio clásico del ritmo y la variación, una cultura vasta que armoniza con el giro improvisado, una interpretación fogosa y persuasiva; un hijo digno, en suma, de la estirpe de Demóstenes y Cicerón, de Disraeli y Churchill, de Lincoln y Mirabeau.

Hubo un tiempo en que la política fomentaba la oratoria. En que aferrarse al folio desde la tribuna del Congreso acarreaba un timbre de desdoro. El prestigio político de un aspirante –a alcalde, a diputado, a presidente– caminaba de la mano de su capacidad oratoria, promesa de aceptación en las urnas. Y si algún ambicioso llegaba a amasar poder sin pasar por el examen de la dialéctica, la anomalía se registraba mediante la concesiva de rigor: “Pese a no ser un gran orador, recabó el apoyo del partido”. Hoy la declamación política sin chuleta ha quedado restringida a los mítines de campaña, y así se dice en ellos lo que se dice. Y a veces vale más que lo que pone en la chuleta.

Uno tiene la suerte o la desgracia de ser cronista parlamentario y ha oído muy pocas intervenciones pasables en la Carrera de San Jerónimo en los tres últimos años. Se han pronunciado, sí, frases efectistas, párrafos incluso de hilada elocuencia; y hay señorías que se defienden con nota en la réplica y la contrarréplica, que son las suertes parlamentarias que exigen del orador algún talento propio, pues no cabe la lectura. En la tarea de replicar hay que decir que el presidente Rajoy es de los mejores, y esto lo digo como técnico de la palabra, al margen de ideologías. Es difícil despertarle, cierto; pero cuando un opositor lo consigue, el gallego sabe cómo ridiculizarle con poca piedad. A su estilo susurrante tampoco es malo Rubalcaba, cuya gestualidad profesoral y falso tartamudeo imitan descaradamente Eduardo Madina y algunos otros cachorros del PSOE. Elena Valenciano puede ser una pegadora notable en cuestiones de feminismo, ganando convicción y rabia según se acerque su reivindicación al tono carmesí del ideario. Wert y Gallardón tienen lecturas como para ensamblar sin papel una cita pertinente en un discurso articulado, y Sáenz de Santamaría es muy capaz de replicar con mordacidad sin caer en la frontalidad insidiosa de Rosa Díez. Duran Lleida me parece el mayor caradura de la democracia, pero si un tema le interesa sabe expresarlo con decoro, aunque personalmente suelo aprovechar sus intervenciones para salir a fumar. Recuerdo por último, y que Dios me perdone, a un portavoz de Amaiur, Iñaki Antigüedad, que celebró el retorno a las Cortes de su infame formación con un discurso potente, bien armado dentro de la paranoia criminosa en la que chapotean; creo que su locuacidad asustó a sus propios correligionarios, pues le echaron enseguida y pusieron a un cabrero en su lugar, supongo que para ganar coherencia entre su fondo y su forma.

Y sin embargo ninguno de ellos resiste la comparación no ya con los portavoces de la época de Castelar, sino con los propios actores de la Transición. Desde Felipe y Guerra hasta Blas Piñar, desde Leopoldo Calvo-Sotelo hasta Adolfo Suárez –que no había leído un libro en su vida pero dominaba la pausa dramática–, desde Tierno Galván hasta Miquel Roca: cualquiera de ellos en su mejor forma dejaría con la palabra en la boca a cualquier diputadito con cuenta en Twitter muy seguida. La deriva estrictamente verbal que va de José Antonio a Carlos Floriano produce escalofríos. El nivel discursivo que hoy impera, y que algunos han bautizado como politiqués, ya estaba prefigurado por Wenceslao Fernández Flórez en una de sus crónicas parlamentarias de 1916:

«El señor Allende tiene, además, esa funesta costumbre de los oradores nada fáciles que les obliga a repetir tres o cuatro veces el mismo concepto.

El señor Allende dice:

–Es evidente, es innegable, es positivo, es público…

Y se queda una instante como buscando algo más en el fondo de su cerebro.

–Es notorio… –agrega, después de esa labor de rebusca laboriosa.

Si se pudiesen podar, como se poda un árbol, los discursos del ex ministro, apenas se aprovecharían cincuenta palabras. Es como si en ese árbol un hacha fuese echando abajo las ramas frondosas, y más ramas, y luego la acorchada corteza, y después la madera dañada, y los nudos, y la médula blanda e inservible… Y del corpulento ejemplar, tan solo un aguzado palillo para los dientes.

El señor Allende apela siempre también a las frases hechas y busca el apoyo patriarcal de los refranes. Él os dirá que a la tercera va la vencida, y que para muestra basta un botón, y que no las hagas y no las temas. Y después se quedará tan orgulloso, como si hubiese descubierto el Mediterráneo.

El señor Allende ha hecho perder mucho tiempo a España y ha sido causa de que muchos taquígrafos y periodistas que han tenido que tomar sus discursos falleciesen de neurastenia. Los gobiernos deben preocuparse de esta cuestión. Debe haber un español heroico bien retribuido, que se encargue de leer a solas los discursos del señor Allende y condensarlos en las líneas precisas.

El infeliz no tendría una vida muy larga, pero la patria sabría recompensar su arrojo».

La oratoria ha entrado en decadencia en España, y sus políticos no son desde luego ajenos al hundimiento, como tampoco la industria del teletipo. La neurastenia es general y nos tiene al borde del fallecimiento. Pero en este artículo, y como conocedor de primera mano de la retórica política, yo encuentro que han caído mucho más bajo la oratoria empresarial y aún la oratoria periodística: esos locutores que se han creído que por avillanar el lenguaje, por hablar “como la calle”, comunican mejor. ¿Alguien se explica cómo Juan Rosell ha podido llegar a presidir la patronal hablando como habla? Entiendo que la afasia patética de Ferran Adrià no le impida cocinar, pero ¿a qué oscura virtud deben tantos tertulianos de dicción pedregosa y mente escolar su micrófono y su silla? Hay gurús que escriben libros sobre cómo aprender a hablar en público y que van por las empresas dando charlas de formación durante las cuales comprimen en frases de galleta china conectadas por flechitas de Power Point los viejos esquemas de Quintiliano. Hay truquitos de asesor de imagen para que un candidato no haga el gesto feo que le resta simpatía en directo. Pero lo cierto es que no hay más atajos para alcanzar el dominio de la palabra que la lectura, la memoria y el ejercicio.

Compruebo además que nuestros políticos hablan peor cuanto más jóvenes son. Esta observación vincularía la ineptitud expresiva con el fracaso de la educación en España y el auge de lo audiovisual, como no podía ser de otra manera. En los próximos años no creo que surja en España un Matteo Renzi, quien no ha heredado tampoco la puesta en escena de Mussolini que sedujo a Ruano y a Pla –por no hablar de la elocutio volcánica de Hitler que enamoró a Heidegger y al último salchichero del país–, pero sí ha ganado debates sin mirar un papel y sabe al menos cómo apoyar despreocupadamente el codo en un ambón.

En todo caso, la oratoria como vehículo para la persuasión social no puede morir. Dicen que la democracia y las redes sociales han desprestigiado la propia idea de púlpito, pero no es cierto: más bien ha multiplicado y empequeñecido los púlpitos: un hombre, un púlpito. Ahora, en cuanto aparece un talento y se sube a lo alto de un buen púlpito, todo el mundo deja lo que está haciendo y le presta atención. Lo que faltan son púlpitos resonantes de verdad. Nadie puede desvincular el éxito en ventas de Apple del carisma derrochado por Steve Jobs en sus míticas presentaciones de aparatitos. Ni tampoco habría sido posible la creación de la marca Obama sin su reconocida (y trabajada) facundia. El hombre ambicioso que en un mundo global tenga una idea y cultive la elocuencia necesaria para comunicarla, partirá con la ventaja decisiva que le falta al hombre de labia embotada, por preparado que esté en lo suyo. En la sociedad de la información cada vez hay menos profesiones que puedan permitirse el lujo de la inexpresividad. Quizá la excepción más flagrante a esa norma se llame Messi.

(Publicado en Suma Cultural, 22 de febrero de 2014)

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Custodiad, escritores, vuestra torre de marfil

Ramón en su Torre de Marfil.

Ramón en su torre de marfil.

El principal problema del escritor no es la inspiración. Ni el talento innato, el argumento original o el estilo propio. Tampoco es su nivel de renta, según quiere un neomarxismo excusado en la crisis que trata de tasar últimamente a los autores como a los futbolistas. El principal problema para el escritor es una condición muy previa a todo eso y se llama intimidad. Lo decía Pla y lo sabe cualquiera que escriba con algún marchamo de profesionalismo.

Cuando decimos intimidad queremos decir tiempo y silencio, ausencia bendita de cláxones y de whatsapps de pareja, rebeldía ante la publicidad del mundo, resistencia activa al automatismo industrial de ver series, coraje para contradecir a los seres queridos y capacidad para recogerse y segregar algunas líneas de observación o imaginación. Malas o buenas, pero como mínimo personales. El primer enemigo del escritor, por tanto, es el gregarismo, y es un gigante que en la era de la reproducción instantánea, de la replicación invasiva e infinitesimal de palabras, imágenes y sonidos, parece imposible de derribar armados tan solo de adarga antigua y lanza en astillero. De papel y tinta, pantalla y teclado, lo mismo es.

Twitter es una caja de resonancia global donde resulta arduo distinguir las voces de los ecos, donde todo gregarismo halla su asiento y toda urgente banalidad hace su habitación. Los escritores de carrera ya lanzada, formados en edades sensatamente lejanas de la natividad digital, no suelen tener cuenta en Twitter, y si la tienen tuitean poco, y cuando tuitean no parecen tan preocupados por interactuar con sus seguidores como por diseminar semillas de calculada autopromoción. Lo que desde luego no hará un escritor sensato es malgastar en Twitter una idea brillante que porte el germen de un relato sorpresivo o de una columna ingeniosa. De ahí que muchos lectores se sientan decepcionados al consultar los tuits de sus escritores favoritos: solo topan con el serrín que cae de la mesa del celoso artesano. A no ser que al escritor-tuitero le sobre imaginación, y generosidad para regalar sus frutos en forma de trinos cotidianos. O puede que busque con ellos llamar la atención de los editores para que el más despierto de ellos le convierta en escritor homologado, que no es otro que quien puede permitirse el lujo de prescindir de Twitter para centrarse al fin en escribir. O puede que todo a la vez.

Sentado que la columna es un género literario, sí que encontramos en Twitter a numerosos columnistas que se comportan como activos partidarios de la red social del pajarito. Sus almas colmeneras pajarean por los altos andamios de Internet, diríamos con el poeta. La evangelización de la columna publicada esa mañana, la imposición de manos sobre los feligreses y la diatriba catecumenal contra los clérigos rivales de otras parroquias mediáticas son los usos más comunes que hace de Twitter el columnista contemporáneo. ¿Les ayuda Twitter a ser mejores escritores de columnas o reportajes? ¿Aquilata su ingenio, afila sus recursos, diversifica sus intereses, matiza su solemnidad? Mi opinión, no ya cómo ornitólogo incipiente y declarado cliente de la pajarería, sino como amigo de los pajareros y como pajarero mismo con unos pocos millares de seguidores, es que Twitter ejerce sobre el columnista una presión perversa al mismo tiempo que favorece innegablemente la popularización de su trabajo y la socialización de sus efectos, la inmediatez del retorno crítico y del aplauso edificante, la expectativa de un venial tráfico de influencias laborales y, por qué no admitirlo, el establecimiento de debates más o menos esquemáticos que alivian el tedio del escritor agraciado con dosis blindadas de intimidad.

De mi caso concreto puedo decir que sin una mediana actividad en Twitter como la que despliego desde 2011 no me habrían llegado ofertas de medios en los que hoy colaboro, ni habría accedido al trato de firmas célebres que hoy se cuentan entre mis amigos o conocidos, ni habría reeducado algunos de mis prejuicios menos firmes, ni habría descubierto algunas vetas semivírgenes del siempre proceloso temperamento nacional. Hoy opino todavía que un autor del siglo XXI, alguien que aspira a vivir de la difusión de sus productos intelectuales en la era de la telecomunicación global, debe estar en Twitter del mismo modo que un escritor de los siglos analógicos despachaba correspondencia o frecuentaba un club. La red además es gratis, instantánea y operativa.

Hasta aquí, creo, las evidentes ventajas. Sin embargo, y contra lo que cabría esperar de mis 31 años, pienso que Twitter acumula tantos quilates de panacea como de diamante había en los cristalitos con que nuestros entrañables ancestros timaban a los indios. Hay que desmitificar y racionar su uso. La adictiva red de microblogging invita con facilidad irresistible al abuso, a la pereza intelectual, al trastorno crónico de déficit de atención en adultos (aparentes), a la dilapidación del tiempo necesario para leer libros (¡o escribirlos!) y no caracteres, al acomodo convencional, a la jibarización de la lógica, a la perversión léxica, a la boutade pueril, a la alergia a lo complejo, a la confusión entre inteligencia y gracejo, al peaje chusco por un retuit, a la persecución alienante de efímera fama, al abaratamiento de los prestigios, a la igualación de las jerarquías mentales y a la irrelevancia infantil del ego en pie, en definitiva. Twitter somete al escritor a la presión fiscalizada de que el próximo texto guste a los seguidores propios o chinche suficientemente a los enemigos, lo que consolida apriorismos que terminan socavando la libertad requerida por toda escritura honesta –por esta razón ha explicado David Gistau su sonado abandono de Twitter–, y a la vez crea en el seguidor la falsa ilusión de que todos somos iguales, lo cual supone una deflación del valor de la palabra y de la misión del escritor genuino que explica con profética lucidez Ramón Gómez de la Serna, inventor del término “telecomadrismo” en sus Cartas a mí mismo de 1956, término que tan asombrosamente se ajusta al bullicio tuitero, a sus servidumbres subterráneas, sus intrigas traslúcidas y sus expectativas fraudulentas:

“Se levantan olas de comadrería y todos van envueltos y lanzados por esas olas como por una inundación. La comadrería buscar el modo de coincidir en algo con los demás y lo porteril les atrae sobre todo. ¿Quién iba a creer que ese iba a ser el motivo de unión para muchos? (…) Parece que tengo un aparato de mi invención, el telecomadrismo, que me entera de ese tacto de codos que trae algunos favores a los aproximativos y me doy cuenta de las cosas que voy a perder por no estar con ellos. Pero no importa. Yo tengo muchos caminos lejanos y estoy en los espacios libres, gozando de las gobernaciones tranquilas, sin esa espera iracunda que les cuesta la vida a ellos, estérilmente perdida al no verificarse los nuevos asaltos en pos de las gangas esperadas”.

Frente al telecomadrismo, Ramón erigió el “torremarfilismo”, una suerte de atento encierro en que debe vivir el creador, “un sensible por cada millón de insensibles, un vigía por cada millón de dormidos”, que desde su retiro interior ve las multitudes como no las ve nadie, “como el farero ve el mar”. La Torre de Marfil contra la que conspira Twitter no es más que la metáfora de la intimidad fértil que distingue al verdadero escritor, al intelectual de calado.

A Gómez de la Serna su profesión torremarfilista en época de trincheras le costó hambre, penuria y exilio. Pero le granjeó la posteridad de su literatura: la originalidad del hombre solo.

(Revista Leer, número 249, Febrero 2014)

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20 febrero, 2014 · 12:43

Benzema, el genio mudo

El balón se dirige al pie de Benzema como el culo al sofá.

El balón se dirige al pie de Benzema como el culo al sofá.

Se podría escribir de la muñeca de Sergio Llull o de la puntera de Jesé. Se podría subrayar lo mucho que nos gusta ganarle un título al Barça gracias a una canasta en el último segundo después de un partido heroico. Se podría argumentar con moviolas el parecido razonable que guardan los últimos goles de Jesé Rodríguez con los dibujos animados que programaba en el campo aquel Romario. Podríamos aplaudir la apoteosis indiscutible de Luka Modric, que celebramos con especial orgullo aquellos que creímos en él desde su debut. Y podríamos también reírnos de los críticos apresurados de Gareth Bale, a los que el galés ridiculiza cada vez que sale a jugar.

Pero hoy no vamos a hablar de nada de eso porque queremos posar nuestra lupa sobre Benzema, sobre el talentoso e inefable Karim, un genio mudo siempre necesitado de reivindicación, aunque marque dos goles y supere el 90% de acierto en pases, porque siempre hay ignorantes dispuestos a regatearle el aplauso. Ya saben ustedes la fábula moral de la sardina y la gallina: en lo que tarda la gallina en poner un huevo y romper a cacarear, la sardina ha puesto miles y nadie se da cuenta. Benzema pone miles de huevos en cada partido pero posee un carácter huidizo y apocado que le hace evitar los gestos tribuneros, esos que tantas veces le sirven al jugador vivo para hacerse perdonar su mediocridad. El buen Karim es un jugador antidemagógico, que juega bien muchas más veces de lo que parece y que rehúye los focos como si dañaran la extrema sensibilidad de sus pupilas. La consecuencia perversa de todo esto, en un país acostumbrado a premiar la sobreactuación (incluso con Goyas), es que un jugador con la monumental clase de Karim Benzema rara vez cosecha las alabanzas debidas a su exquisitez.

Contra el Villarreal hizo un partidazo, tan bueno si no mejor que el de Jesé o el de Bale. Se desmarcó entre líneas, bajó balones con la espalda vigilada, dejó controles lujuriosos que remiten de inmediato a Zidane, construyó paredes como un arquitecto neoclásico y remató a la red dos balones nada fáciles, el segundo de ellos en escorzo delicado, como si estuviera posando para Rafael. Pero la elegancia de Benzema no es un adorno, no es un añadido postizo, sino la manifestación natural de su clase. Dicen que en moda menos es más, y que la sobriedad es embajadora del buen gusto. En eso Benzema es un digno hijo de su patria, la cuna del lujo pero también de la revolución. La forma que tiene de moverse, de ejecutar los controles orientados en un solo gesto, de asociarse arriba a un solo toque, de disparar sin control previo… son señales todas de arte verdadero en el que forma y fondo resultan indiscernibles.

El Madrid tiene en Benzema a un delantero con vocación de media punta que vuelve innecesario el nueve puro, porque el vértigo de Cristiano, Bale, Jesé o Di María pide precisamente el contrapunto de la pausa y el sentido del francés. Pero además es que Benzema ya ha alcanzado el récord goleador en el Madrid de Ronaldo Nazario. Así que cuando oigan ustedes a alguien pidiendo nueves para el Madrid, préstenle la misma atención que a una gallina clueca.

(La Lupa, Real Madrid TV, 13 de febrero de 2014)

La locución aquí, a partir del 74:30.

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Camba, el nómada perdurable

Nomadismo memorable.

Nomadismo memorable.

¿Qué diría Camba si pudiera levantarse para contemplar el éxito inconcebible de que hoy gozan sus antologías de artículos, un siglo después de haber sido escritos? ¿No es extraordinario que sus crónicas periodísticas, género que se supone pegado a la actualidad, sean objeto de un frenesí editor como solo se reserva a los autores que acaban de morir o de recibir el Nobel, y sean consumidas con general aceptación por los lectores de 2014?

Pero este febril revival de Camba que arroja nuevas ediciones cada mes deja de ser inconcebible y extraordinario si reparamos en los méritos únicos de un escritor de periódicos que según la exacta apreciación de Pla creó una fórmula sin antecedentes en la literatura española, y que según el ojo fotosensible de Ruano alumbró páginas de observación tan brillante que obran la paradoja de triunfar sobre el paso del tiempo, siendo así que fueron escritas para el periódico del día, ese proverbial envoltorio del pescado de mañana.

Si Camba viera hoy cómo se le reedita, cómo se le lee y cómo se le cita probablemente haría dos cosas: en primer lugar descolgar el teléfono para llamar a su editor y preguntar por sus márgenes de beneficio; y a continuación, colgar el teléfono y girarse en la cama para seguir durmiendo en la ancha cama de la suite 383 del Hotel Palace. No hay que olvidar que don Julio fue el articulista antiliterario por excelencia y que su odio más auténtico se dirigía “al miserable que inventó la imprenta”. Sin embargo, como suele suceder, la renuncia a toda pose literaria genera la mejor literatura; en este caso periodística, es decir, no ficcional.

El último de los Cambas llegados a mi agradecido buzón –adonde ya han llegado prácticamente todos los anteriores– es fruto del trabajo abnegado del investigador Francisco Fuster, que entrega en estas Crónicas de viaje de la benemérita editorial Fórcola la antología definitiva del Camba corresponsal. Que es como decir de Camba entero, porque desde que en 1900, contando dieciséis, se escapara de casa para echárselas de anarquista en Buenos Aires hasta que en 1949 fijara su residencia en el Palace, donde moriría 13 años después, durante ese medio siglo de vida este nómada intermitente no hizo otra cosa que viajar y escribir sus impresiones del extranjero. Fue un corresponsal sin arraigos posibles, observador de un irónico adanismo y arquitecto de ángulos paradójicos que explican la singularidad de sus piezas. Al corresponsal de Villanueva de Arosa no le interesaba la cobertura política como la sociológica y la cultural. En la mayoría de sus crónicas se sirve de la posición admirativa del recién llegado, se construye una fingida ingenuidad y parte del prejuicio generalmente extendido sobre el país concreto en que se encuentre para luego darle la vuelta con su conocido juego de silogismos sorpresivos.

Así, envidia en el dulce París la cocina y la moral de los franceses. Se ceba con la hipocresía inglesa, que consiente la máxima libertad de expresión y la mínima de comportamiento fuera de férreas convenciones. Descree en Estambul del cacareado progreso turco, critica con humor el machismo coránico –“La turca no solo está guardada por su virtud, que alguna vez cedería, sino también por el turco, que no cede nunca. Para seducir a una turca, la imposibilidad consiste en seducir al turco” – y anota que en Turquía no vale la pena ser bonita, porque por culpa del velo toda belleza es anónima. Con desagrado simétrico al de Lorca, aunque empleando la sátira en lugar de la lírica, deplora la mecanización del individuo que fomenta Nueva York. Se ríe de la obsesión alemana por lo colosal. Disiente de la teatralidad romana, ciudad demasiado grandilocuente para su decidido gusto antirretórico. Constata que en Suiza no hay suizos. Y en su Madrid adoptivo encuentra la exactitud imperecedera para definir la capital como “un pueblo de comentaristas”.

La selección obedece al criterio personal del antólogo, a quien hay que agradecer la laboriosa molestia de recuperar artículos rigurosamente inéditos en formato libro: rescatados directamente del amarillento periódico de la época. El volumen lleva un prólogo entusiasta de Antonio Muñoz Molina, quien acierta a explicar la melodía liviana pero perdurable de la fórmula cambiana: “Ocurrencias instantáneas, que se abren y se cierran casi como un golpe de abanico, poseen una trabazón interior y proponen una unidad de lectura tan acabadas como las de un poema. Crónicas perfectamente arbitrarias, que casi nunca tienen un tema identificable, que jamás tratan asuntos de gran importancia –ni de pequeña importancia, la mayor parte de las veces– contienen intacto el tono de una época, no porque su autor tuviera la pretensión de hacerlas intemporales, sino porque cultivaba una distancia irónica hacia todo lo importante de su propio tiempo”. Solo matizaría a don Antonio que el gran tema identificable en Camba, como en Pla, es precisamente la huida de la solemnidad y de la ideología, y que ese estilo de ser y escribir blinda estos textos contra el naufragio militante de su siglo, les confiere su milagrosa vigencia que es elevación del costumbrismo a categoría.

Por nuestra parte, y aunque a nuestro amigo Hughes le empiece a estomagar ya la fiebre cambiana, nunca nos cansaremos de reivindicar la artesanía perfecta y pegadiza de don Julio no como un tributo nostálgico sino como un espejo posible, un estandarte alzado para salvar lo que quede del futuro periodismo.

(Publicado en Suma Cultural, 8 de febrero de 2014)

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Las tres vanidades del escritor-icono

Salinger en su laberinto.

Salinger en su laberinto.

Lo más seguro es que no hubiera misterio ninguno en Salinger enclaustrado. Y que se mantuviese oculto porque sabía, como saben todos los genios, que en el trato humano con el admirador siempre acabará decepcionándole. Uno se adapta con facilidad al anonimato: basta con no escribir tuits durante una semana para perder las ganas de escribir tuits en la semana entrante. Así que no idealicemos el eremitismo salingeriano porque es la tentación más cómoda en la que puede caer un escritor.

La voluntad bartlebyana de desaparecer es una vanidad literaria como otra cualquiera, aunque más sofisticada que otra cualquiera porque busca el aplauso del tiempo y la conciencia; a un ego así no pueden satisfacerlo sus coetáneos, sino que requiere el diálogo entre inmortales que establecía Maquiavelo en su aposento:

“Al caer la noche, me vuelvo a casa y entro en mi despacho; y en la puerta me despojo de mi vestido cotidiano, lleno de barro y lodo y me pongo vestiduras reales y curiales; y revestido con la debida decencia entro en las cortas antiguas de los antiguos hombres, donde, una vez recibido con amor por ellos, me alimento de ese majar que es sólo mío, para el que nací; donde no me avergüenzo de hablar con ellos y de preguntarles la razón de sus actuaciones; y, por su humildad, ellos me responden; y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, olvido toda angustia, no temo a la pobreza, no me desconcierta la muerte, todo mi ser se transfunde en ellos”.

Hoy impera una vanidad más burda, lineal, que persigue la caricia del público sobreexponiéndose a él en todas las instancias que disponga la sociedad de la información. Esta segunda vanidad no reviste el mayor interés y la comparte el columnista umbraliano con la pedorra televisiva, ambos necesitados de cariño como todo quisque. Pero luego hay una tercera vanidad literaria que nace del conflicto y la negociación entre la conciencia y el mundo, y que lleva a algunos escritores a dudar entre apartarse de la fama o convocarla de forma retorcida, hipotecarla a un futuro descubrimiento. Fue el caso de autores que venden y convencen como Bolaño, Foster Wallace, Rulfo, Miller, Kafka y tantos grandes autores cuya canonización viene de la mano de un cierto malditismo. Porque el malditismo cosecha seguidores con un cierto efecto retardado pero inexorable desde el mismo momento en que la publicidad obre el milagro favorito de la cultura pop: señalar a un genio por cada excéntrico. La gente consume excentricidad porque la centricidad ya la ocupan ellos.

Alguien dijo una vez, y lo he buscado pero no encuentro quién fue, que la literatura consiste en saber que el vecino de al lado es Leon Tolstoi y rechazar la tentación maruja de llamar a su puerta para quedarnos en nuestra casa leyendo Anna Karenina. Eso es y de eso se trató siempre, pero los tiempos exigen una espectacularización de la cultura que Vargas Llosa tiene estudiada en un reciente ensayo. Ya no basta con entregar los mejores frutos de tu talento en forma de obra a la sociedad: tienes que representar activamente un personaje para ella. Tienes que hacer promociones itinerantes observando un discurso políticamente correcto –o soltando esas pildoritas de incorrección política que últimamente resultan tan políticamente correctas– y conceder todas las monerías mediáticas que la multinacional editora demande de ti por contrato. No importa tanto que seas Tolstoi como que seas tú quien llame diligentemente a la puerta del vecino a vender tu Anna Karenina.

Aún así el vecino muchas veces no quiere abrir porque está viendo en la tele un reality culinario, y entonces los editores se preguntan cómo hacer descender la santa fama sobre su autor. ¿Por qué hay autores con groupies y otros mucho mejores que no venden ni en edición de bolsillo? ¿Perjudica a un autor ese ascenso al cielo de los iconos en su estricta consideración literaria a cargo de la crítica más adusta? ¿Con cuánta frecuencia un escritor es castrado por sus propias bacantes, dejándole eunuco irremediable a partir de cierto punto exitoso de su carrera? Los caminos de las groupies son más inescrutables de lo que parece, pues poseen un fino olfato desarrollado en innumerables antros de música en directo y olfatean enseguida el tufillo plastificado de quien es producto del márketing. Por otro lado, hay malditos honradísimos en su autodestrucción o su locura que tampoco venden, por ejemplo Robert Walser. La cosa no es nada sencilla.

Parece que alguna estrategia hay que adoptar para ser leído. Vallar tu casa con alambre de espino, lograr la titularidad de una silla tertuliana, drogarte sin control en un estudio de renta antigua y tener un amigo editor que vaya contando tu desgracia. Pero seguramente la mejor estrategia para ser leído consista en saber escribir.

(Publicado en Suma Cultural, 1 de febrero de 2014)

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