Archivo de la etiqueta: Genios absolutos

El Prado: el arte de volver

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Edén.

Los museos se inventaron para reservar un espacio a las cosas valiosas. Para conceder a la belleza o al menos a la curiosidad una habitación propia. Los museos son espacios protegidos y ordenados dentro del espacio salvaje y caótico de la ciudad. Pero hay un museo que es distinto de los demás porque no se define en relación con el espacio, sino en relación con el tiempo. Sus salas no acumulan y disponen cosas bellas con mayor o menor armonía. Sus salas exhiben el tiempo mismo. Solo hay una cosa que Saturno no puede devorar: lo que Tiziano o Goya hicieron con él.

Por eso El Prado es único. Porque en los espejos de sus obras maestras se detiene a mirar la historia del arte, que es la historia del hombre. Sus paredes devuelven el reflejo de lo que fuimos cuando no lo sabíamos, de lo que somos y no queremos reconocer y hasta de lo que soñamos sin atrevernos a serlo. Pintores de pintores se desafiaron a través de los siglos para capturar el tiempo humano en un lienzo y lo lograron. A un costado del bullicioso paseo que lleva su nombre están inmortalizadas todas las vidas posibles, de las más sublimes a las más oscuras. Rey o bufón con Velázquez. Pecador con El Bosco o santo con Zurbarán. Muertos todos para Bruegel o delicadamente ascendidos al cielo por Murillo. El Prado habla del tiempo en que la monarquía española dominaba el mundo, y también del tiempo en que ajusticiaba a sus héroes, pero sobre todo le habla al espectador de hoy. Su colección está viva, se compone de obras que se comunican entre sí cuando cae la noche y las puertas se cierran. Nunca desde la Guerra Civil habían permanecido tanto tiempo cerradas. Ahora se reabren, Madrid se desconfina y entretanto los cuadros de El Prado se han movido para contar su historia perenne de una forma nueva. Volver también es un arte.

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7 junio, 2020 · 11:47

‘Air’ Jordan toma tierra

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Cuando volaba.

Es noticia que Michael Jordan comunique al mundo tres párrafos de indignación racial por la muerte de George Floyd. Es noticia porque Jordan, como más alto símbolo de los 90, estaba por encima de las categorías identitarias de raza, sexo y nacionalidad en las que se viene fundando el compromiso político desde que la izquierda perdió ante la derecha la gestión material y se especializó en la espiritual. El mejor deportista de la historia habitaba por derecho propio un olimpo incompatible con militancias pedestres. Jordan era global, a Jordan no se le conocían indignaciones ajenas al drama puramente atlético que se desarrolla en una cancha, Jordan ni siquiera era negro. Otros que sí lo eran, como Spike Lee o Barak Obama, entre medias de su incontenible admiración deslizan en The last dance reproches a la neutralidad ideológica del ídolo, que evitó pronunciarse en público contra un candidato racista republicano -aunque donó dinero en privado a su contrincante- con la madre de todas las declaraciones neoliberales: «Los republicanos también compran zapatillas». Y sin embargo cualquier activista ha de reconocer que Jordan hizo más por el empoderamiento de los negros que cualquier película de denuncia o que la presidencia histórica de Obama, más histórica que presidencia.

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2 junio, 2020 · 13:19

Descendimiento

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Un estudio del dolor.

Confinada en una tabla demasiado pequeña para la grandeza del drama que representa, la escena que Rogier Van der Weyden talló más que pintó en El descendimiento lleva seis siglos interpelando a su destinatario. Que no es el gremio de ballesteros de Lovaina que lo encargó sino que somos todos, porque todos conoceremos el sufrimiento. Una obra maestra lo es porque no termina de decir lo que tiene que decir; porque cada generación, al enfrentarse a ella, le añade un significado propio. Miramos el cuadro un Viernes Santo de 2020, con la mitad de la población del planeta obligada a permanecer en casa por la amenaza de una pandemia que habrá acabado con cientos de miles de personas y arruinado a muchos millones cuando concluya su paso exterminador. Si nos acercamos comprobaremos que el más profundo estudio del dolor humano del siglo XV reviste plena actualidad en el XXI.

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12 abril, 2020 · 22:12

La voz inaudible

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Cantante.

No basta con que Plácido Domingo pierda su futuro: es preciso que pierda también su pasado. Domingo es un ídolo de otro tiempo, uno ya remoto en que la ejemplaridad del artista importaba mucho menos que su talento, y los ídolos antiguos han de ser derribados para que los escribas del nuevo tiempo puedan anunciar su evangelio. A ese antiquísimo procedimiento de sustitución por el que todo poder constituyente reescribe un ayer inicuo para legitimar un hoy brillante los romanos lo llamaban damnatio memoriae, y en el caso de Domingo ya está en marcha: el Palau de les Arts de Valencia, que tanto le debe, se ha entregado a la penitencia de las vestales moradas -no en vano es el color de la cuaresma- y no solo ha suspendido todas las funciones del tenor sino que ha retirado su nombre al centro de perfeccionamiento. Es improbable que de ese centro salga un cantante tan perfeccionado como Domingo, pero al menos los mediocres del futuro no habrán sido formados bajo una advocación herética.

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3 marzo, 2020 · 10:35

Se declara desierto el Premio Gistau

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En el boxeo.

Pero dejemos la anécdota memorable en el cofre de la intimidad y hablemos de la obra de Gistau, que es lo que ha de quedar. Si el estilo es el hombre y el carácter es el destino, David estaba obligado a llevar al folio su temperamento, que no es fácil de categorizar. Una buena parte de republicanismo afrancesado, una porción de americano vocacional, otra de casticismo de Chamartín y un torrente de sangre jacobina. Gistau no distinguía entre alta cultura y cultura pop, de modo que en la coctelera de sus referencias nadan mezclados Woody Allen, una legión romana, el Maradona previo a su narcodegradación, las camisetas de Motörhead, el madridismo ochentero, las novelas de Salter y los reportajes de Mailer, el Ali que meó sangre de por vida tras vencer a Frazier en Manila, un torero llamado Mazzantini que decía que era su antepasado y todos los clanes mafiosos que caben en la geografía del sur de Italia. Y ahí se alimentaba, más o menos.

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13 febrero, 2020 · 9:48

Nunca bajarás del ring

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Kiev, 2018.

Yo no tengo corazón para hacer esto. Yo no quiero escribir sobre David como si David no fuera a leerme mañana, porque aquí todos escribimos para alguien. Yo no puedo conjugar los verbos en pasado cuando me refiero a él, porque las palabras crean las noticias y hay palabras que deberían pronunciar siempre los otros y hay noticias que no se deberían dar jamás. Fue David quien me enseñó que un columnista que se precie nunca sonríe en su foto del periódico, pero eso es una cosa y otra distinta es empapar estas teclas que odio como un huérfano torpe al que le han abandonado de pronto las frases, el oficio y la alegría.

David, por supuesto, se avergonzaría. Cuando murió Jorge Berlanga, escribió de su compañero de contraportada el más aséptico de los obituarios porque así se lo pidió Jorge desde la cama terminal del hospital. A diferencia de la nuestra, la suya es una generación que aprendió la insinceridad espantable de la cursilería. Recuerdo un día, en los tiempos en que le daba la tabarra propia del aprendiz, que se rió de mí cuando le propuse que habláramos de poesía, como si los versos fueran un pasatiempo de nenazas. Pero el dominio del lenguaje de Gistau no se aprende en los gimnasios, donde a cambio se aprenden otras cosas.

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10 febrero, 2020 · 22:40

La manta de Rembrandt

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«Sagrada familia», de Rembrandt.

La navidad es una tiranía binaria que cada año parte en dos el alma de la sociedad. La fecha está demasiado cargada de identidad colectiva y de memoria personal como para librar espacio al tercerismo de la indiferencia. La navidad gusta o se odia, enternece o irrita, nos devuelve a la soberanía de la ilusión que fue la infancia o pulsa en nuestro recuerdo la llaga de los que no están. El ternurismo ñoño de mal lector de Dickens, el porno emocional de la lotería y el tam-tam invasivo de las campañas de publicidad se alían para convencernos de que lo propio de esta época es la alegría, la piedad o el derroche. Pero el verdadero espíritu navideño parte siempre de la tristeza, el dolor y la privación. Tabúes del primer mundo.

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24 diciembre, 2019 · 10:41

Pensar sin asideros, de Hannah Arendt

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Hannah.

Leer a Hannah Arendt (1906-1975), sobre todo si uno viene de cubrir una campaña electoral de 2019, provoca el mismo efecto que subir en ascensor ultrarrápido desde un sótano enrarecido hasta la azotea de un imponente rascacielos. Pero ese efecto no sólo lo produce la gigantesca estatura intelectual de la pensadora judía, sino igualmente su coraje temerario a la hora de defender posiciones que ella creía verdaderas al margen de las desagradables consecuencias que su claridad le acarrease en el mundo académico como en el mediático, e incluso entre los de su raza.

Estos dos volúmenes que recogen su obra ensayística inédita en forma de libro -desde artículos y conferencias hasta coloquios y entrevistas- no en vano se titulan Pensar sin asideros. Arendt llevó la disposición insobornable del filósofo liberal al extremo de su compromiso, y ya se sabe que el precio de la independencia a menudo suele ser la soledad. Despreciaba la tradición de la metafísica occidental -en eso era marxista- no por soberbia, sino porque se daba cuenta de que el siglo que le había tocado vivir, el terrible siglo XX, había liquidado las categorías de lo concebible hasta entonces. Tocaba levantar un nuevo corpus filosófico para comprender al hombre. Al hombre capaz, por ejemplo, de diseñar el Holocausto o el Gulag.

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19 noviembre, 2019 · 10:21