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Nueve aleluyas

Resurrecto.

Resurrecto.

De buena mañana las mocitas madrileñas acudieron al sepulcro de puntos en el que los comentarios postclásico habían depositado a su equipo, pero se encontraron con que la piedra que lo sellaba había sido removida. Y un ángel con la cara de James les anunció: «No busquéis entre los muertos al que vive: hay Liga. Id y predicadlo a la afición».

La santa pegada que agonizó en el Camp Nou resucitó en todo su esplendor frente al Granada un Domingo de Resurrección según el calendario litúrgico, que al Madrid empieza a coincidirle con el calendario liguero, como debe ser. Al Granada los locutores lo llaman conjunto nazarí, pero mejor sería decir nazareno penitente, pues le tocó recorrer un vía crucis de nueve goles como nueve estaciones. Y deberíamos sujetar ya esta hemorragia metafórica. O no.

Lo cierto es que el visitante se plantó en el Bernabéu con defensa adelantada y filas prietas, negando al Madrid la bendición del espacio. Fueron minutos ilusorios en que Kroos o Ramos probaban con cambios de juego a desordenar la hermandad costalera de Abel, que terminó pasando las de Caín. La disciplina duró lo que tardó Bale en echarle fe y trazar una escora cubista para inaugurar la pascua. Luego metió Cristiano un hat-trick en ocho minutos mientras las campanas de la capital repicaban a vivo, a vivísimo. CR volvió a poner a currar a los mineros de la estadística con un repóquer insensato que lo distancia otra vez de Messi y restaura su fútbol predatorio, ese don de la ubicuidad que es privativo de los cuerpos milagrosos. «La mejor manera de hacer vivir a un dios es pintar a un hombre», escribió un crítico al ver el retrato que Bonnat le había hecho a Victor Hugo. A Cristiano lo coge Antonio López ahora y hay que criogenizarle como a Walt Disney antes de que abocete la suela de las botas.

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El año del despiste

Karim, decisivo en un visto y no visto.

Karim, decisivo en un visto y no visto.

La magnanimidad del Estado, más allá del FROB, quedó acreditada en la primera parte por mediación de la clemencia blanca, que tuvo al Barça arrodillado y en lugar de desnucarlo le tendió la mano y pidió que continuara este clásico que nos hemos dado todos los españoles. El suflé va a la baja y la consigna es mantener cerrada la fábrica de independentistas.

Modric y Kroos, con la solidaridad franciscana de Isco y Marcelo, violaron el espacio sacral del mediocampismo culé. Durante media hora el estadio asistió a una oportunidad histórica para ahondar en la sofisticación de su victimismo, pero se quedó en eso: en oportunidad. Porque Luis Enrique es un pragmático y ha despenalizado el pelotazo y el contraataque, extintos anatemas del pope Pep. Así llegaron los goles locales: el segundo dañó especialmente la fe reencontrada de los de Ancelotti, que entregaron la segunda mitad a las incursiones dentadas de Suárez, Neymar y Messi. Quienes perdonaron, en exquisita correspondencia con la primera mitad, todo lo que estipulaba la Constitución y el Estatut. Pero tuvieron que ganar o habrían sido descorteses con el público.

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Chat del clásico con Sostres

Sostres / Bustos.

Sostres / Bustos.

¿Qué les parece que el partido se juegue un domingo a las nueve de la noche?
-JB: Si de mí dependiera no habría avisado al Barça de la hora del partido, como diría Shankly.
-Salvador: Me parece estupendo porque cuando el Barça juega el sábado, el domingo es aburridísimo.

Buenos días, Salvador y Jorge, ¿estáis de acuerdo, como se está comentando por ahí, que el Barca con el mejor Messi desde hace mucho tiempo, le va a dar un repaso a un Madrid en horas bajas? Jorge, ¿será el domingo uno de esos días que te gustaría que Cataluña fuera un país independiente y, consecuentemente, este partido no tendría lugar? Muchas gracias a los dos.
-JB: A mí no me gustaría que Cataluña fuera independiente ni aunque encadenáramos manitas una década. Bueno, entonces puede. Pero quizá no hemos reparado en que la rivalidad del clásico nos une en un odio redentor muy español. Mientras juguemos clásicos, el Estado está a salvo. Y el folclore.
-Salvador: El Barça es Messi, sin duda. Sin Messi, el Barça es un equipo caótico y desfigurado. Hasta irrelevante. Pero hacer pronósticos sobre los clásicos es aventurado. Puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. Dar al Madrid por muerto es de cateto provinciano. Y te lo digo yo, que estoy rodeado.

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‘Modridismo’

Luka o la visión.

Luka o la visión.

Cuando a Bernabéu le preguntaron por qué no había fichado a Cruyff, el gran visionario zanjó cualquier suspicacia: «No me gustaba su jeta». Se ha criticado a Florentino por empeñarse en fichar caras bonitas que principalmente vendiesen y camisetas y que luego, a poder ser, tocaran con algún criterio la pelota. Pero hay un poderoso argumento que refuta esta acusación: se llama Luka Modric, es hoy el mejor jugador libra por libra del Real Madrid -Real Modrid– y uno no juraría que los One Direction le admitieran en el grupo ni que su rostro forre carpetas adolescentes, si eso aún se hace. Y sin embargo Modric se parece a Cruyff no solo curiosamente en su jeta sino también en su capacidad de despliegue de un fútbol total, que defiende atacando y penetra combinando y controla arriesgando.

La cinética tiene pendiente explicar el modo en que un centrocampista tan pequeño logra ocupar tanto espacio; la lingüística, cómo un croata puede entenderse tan bien con acentos de Francia, Portugal, Gales o Málaga; y la historia, por qué un balcánico teje alianzas de civilizaciones hasta hace poco tan separadas como la delantera y la defensa del Madrid. Con su retorno ha confirmado lo que todos sospechábamos: que el bajón de juego del equipo no se debía al 4-3-3, ni a la diadema de Bale, ni siquiera al Instagram de Irina; sino sencillamente a la lesión de Modric. Suya es la claridad del último pase a Benzema que culmina en la chilena fallida de Cristiano y el primer gol de Bale; suya es la presteza con que saca la falta para Carvajal y concluye en el segundo de Bale a tiro de CR; suyo es el péndulo del mediocampo con el que hipnotiza a sus marcadores cambiando de ritmo o encuentra agua para llevarla al molino de la BBC, zahorí profundo en la zona de tres cuartos.

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Florentino underground

Calibrando micros antes del disparo.

Calibrando micros antes del fuego a discreción.

Parece incontestable que Florentino Pérez pasará a la historia como el segundo presidente más importante de la historia del Real Madrid. O, más exactamente, como otro Bernabéu que devolvió al equipo el orgullo competitivo y modernizó su modelo financiero para meterlo en posición de cabeza en la era de la globalización (posición en la que permanece), después de haber asegurado la gloria pasada con el título de mejor club del siglo XX. Todo ello se logró sin que el club dejara de ser propiedad de sus socios, estructura entrañable pero anacrónica ante al empuje desleal de oligarcas rusos y petrolíferos jeques. Ahora bien: logros tan gigantescos no se consiguen impunemente. Y menos en España.

La dimensión mediática del Madrid es tan disparatada que a nadie le deja intacto. Concierne en especial al madridista, pero no menos al antimadridista, y esta bipolaridad condiciona definitivamente el periodismo deportivo: cada periódico o cada programa de radio o televisión se ocupa del Madrid a favor o en contra por razones de estricta rentabilidad, como bien saben los presentadores y locutores cuando les traen los datos de audiencia segmentados por contenidos.

El apogeo de esta polarización se vivió bajo el trepidante trienio mourinhista, al que daba réplica desde Barcelona el guardiolismo para completar un guión maniqueo que ni la Marvel se habría atrevido a soñar, de tan perfecto. Pero las guerras cansan a la tropa y hacen soñar a las poblaciones castigadas con amaneceres silenciosos y comida abundante. Florentino despidió a Mourinho y apretó la mano blanda de Ancelotti, y este trajo la Décima y tres títulos más. Por una ley infalible del madridismo, la felicidad de su afición crece en proporción directa a las ganas de hundimiento que va incubando el antimadridismo, y en fútbol ese ajuste de cuentas siempre es mera cuestión de tiempo. No se puede ganar todo, decimos: pero sabemos que eso vale para el Atleti. Cuando el Madrid no gana, incluso cuando gana sin dar espectáculo, se desata una ansiedad demencial que revuelve las críticas constructivas con las interesadas y abona el terreno para la teoría de la conspiración. Pero el Madrid debe asumir que el precio por su historia gloriosa y su presente millonario y su futuro hegemónico es la fiscalización constante, la magnificación de sus faltas mínimas, la espera constante del batacazo. Así es el juego, y los madridistas no querríamos otro, ni mayor deferencia, porque significaría que nuestro equipo ha dejado de ser rival a batir, leyenda en marcha, sinónimo de importancia.

En este punto debo ser honesto con el lector. Es sabida mi condición madridista, que nunca he ocultado, como tampoco mi admiración por Mourinho, pues nunca me divirtió tanto el fútbol como entonces ni creo que lo vuelva a hacer. Colaboro en Real Madrid TV y he estrechado creo que dos veces la mano de Florentino Pérez, una de ellas en Lisboa. Oteando el horizonte no se me ocurre mejor presidente para el Real Madrid, y son bien conocidos mis accesos de hooliganismo tuitero, que con la edad voy tratando de corregir. Pero creo que hoy Florentino Pérez se ha equivocado. Ardiendo de ira santa hacia la prensa, ha llevado la identificación de su persona con el club a un extremo escasamente institucional, cercano al mundo tribal ‘underground’ donde toda discrepancia es tomada por traición. El aficionado tiene todo el derecho a dar pábulo a conjuras; pero el presidente del Real Madrid, y en concreto Florentino Pérez, no. ¡Aunque fueran ciertas!

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Las manos blandas van al pan

Mano blanda en guante de seda.

Mano blanda en guante de cuero.

El populismo no nació en televisión sino exactamente en el banquillo del Real Madrid hace ya algunas décadas. Cuando el pueblo y la prensa se dieron cuenta de que allí residía la madre de todos los chivos expiatorios, se aplicó a su periódico sacrificio con fruición, pues pocas sensaciones hay tan gratificantes como cargar sobre un solo hombre una culpa compartida, de compleja atribución. Por eso en Inglaterra, que da entrenadores blindados como Ferguson o Wenger, nunca ha arraigado el populismo.

No se trata de defender a la desesperada a Ancelotti, más allá de los títulos logrados, sino de recordar que los culpables de este juego feble son en primer lugar los jugadores, que lo mismo rechazan la mano dura por incompatible con sus compromisos publicitarios que pagan con desprecio la concesión de mayores márgenes de autogestión a sus citas nocturnas. Las manos blandas de don Carlo se refugiaban en sus blandos bolsillos -o en zonas más blandas aún del cuerpo- mientras contemplaba el esplendor de la decadencia, espectáculo majestuoso desde tiempos de Nerón.

-Todo son ciclos, todo son subidas y bajadas… -comentaba alguien en el bar.

-Pues que tengan cuidado con las bajadas -respondía otro parroquiano, portavoceando insuperablemente el narcisismo amenazante de una afición malcriada por su larga cohabitación con la excelencia.

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Si hay fallo hay esperanza

El fútbol que viene.

El fútbol que viene.

Alan Turing habría sido un buen entrenador de fútbol porque no perseguía exactamente la infalibilidad de la máquina, sino su perfectibilidad sostenida. Su ideal no era el robot impecable sino el niño que no deja de aprender porque no deja de fallar. El fútbol contemporáneo se parece cada vez más a un certamen de trigonometría que va enterrando en el hielo a mamuts entrañables del cojonudismo español como Clemente o Camacho. Se llevan ahora los estrategas pulcros como Marcelino, cuyo Villlarreal se replegaba en defensa y se estiraba en ataque con un compás armónico de pleamar, o mejor, de marcapasos. Su fútbol no acusará infartos repentinos, pero tampoco allega las emociones de un corazón de carne.

¿Y Ancelotti? Bueno, lo más infalible que hay en Ancelotti es el radar delicadísimo de su ceja. Si pusiéramos a don Carlo a pie de urna, con fijarnos en la fluctuación de su ceja obtendríamos las mejores israelitas. Al final de la primera mitad la ceja le dibujaba un arco apuntado que significa: estamos dominando pero no les hacemos ocasiones claras, y además no me quedan más chicles en la americana. Dejó de mascar tras el penalti convertido maquinalmente por Cristiano y subió la ceja de nuevo en el empate. Pero no siempre es tan previsible, como cuando sacó a Illarra por Isco, la máquina con menos apariencia de máquina pero más engrasada del Real Madrid hoy por hoy.

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De aldeanas y ninfas

Pepe rules.

Pepe rules.

A Zola no le disgustaban los paisajes de Corot, pero opinaba que mejorarían definitivamente si el pintor «se decidiese a matar las ninfas con las que puebla sus bosques y las sustituyese por campesinas». Como los cuadros de Corot, las alineaciones de Ancelotti a veces parecen parnasillos tardorrománticos en los que echamos a faltar naturalismo. Y lo más parecido que tenemos en la plantilla a una ruda aldeana es Pepe. Usted alinea a Pepe y el lienzo mejora automáticamente. La defensa se adelanta, las líneas se juntan algo más, los alemanes altos del Schalke se achican y se meten como enanitos en la mina, ay bo, ay bo.

Qué tranquilidad para el madridista ver de nuevo a Pepe izando atrás la bandera pirata, cantando alegre en la popa, por su bravura el temido. Pepe imanta el peligro como un agujero negro, y el peligro desaparece en su interior. En este sentido se trata de un central cósmico, a cuyo lado se expanden Varane o Ramos al tiempo que se contraen los delanteros rivales. Ayer robó bruscamente, cortó con delicadeza, cambió el juego, se anticipó de codos, derribó a Boateng con su célebre golpe de cadera y fue retribuido con un codazo que descubrió al fin la utilidad del fucsia en una camiseta: disimular la sangre el tiempo justo para que el árbitro no estropee la salida de balón de tu equipo.

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