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Cualquier día muere Franco

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Pinta de muerto tiene, pero no hay que confiarse.

El día menos pensado se muere Franco y vamos a tener una desgracia. Convendría que este país se fuera preparando para el hecho simbólico -del biológico se cumplen hoy 40 años ya- de su desaparición, porque hasta ahora no hemos sabido conducirnos sin invocar cada día su vivificante recuerdo. Hay que reconocer que Franco legó muchas instituciones duraderas -los pantanos, el CSIC, la ‘Complu’, la seguridad social, la paga extra- pero la más consistente de todas ellas ha sido sin duda el antifranquismo. A los que nacimos con Felipe en La Moncloa nunca dejará de sorprendernos la falta de puntualidad de los antifranquistas, que proliferaron mayormente a partir de 1975. Cuando ya su misión se la había madrugado la madre naturaleza.

El físico de Franco ocupaba más bien poco espacio, pero su nombre goza de una lustrosa sobrerrepresentación. Los patios de los colegios de los noventa todavía se dividían entre rojos y fachas, y a poca tele que se vea en sus casas sospecho que los niños de ahora continúan blandiendo la misma pasión taxonómica, pues los viejos hábitos tardan en morir, cantaba Jagger, y en España tardan más. Celta o ibero, cristiano viejo o judaizante, culé o vikingo: nuestra idiosincrasia se antoja fatalmente binaria, y que no venga nadie con sutilezas centristas. Por eso quizá el discurso contra azules y rojos de Rivera le llega demasiado pronto a nuestro entrañable electorado.

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20 noviembre, 2015 · 10:39

El pontificado de Arturo I

El sermón de la montaña de Montjuich.

El sermón de la montaña de Montjuich.

«Un poble que oblida el seu passat, les seves arrels, no té futur. És un poble eixorc». Con esta frase pronunciada en paraguayo («Un pueblo que olvida su pasado, sus raíces, no tiene futuro. Es un pueblo estéril») enrolan al Papa Francesc en el 27-S unos meapilas estelados que se hacen llamar Cristianos por la Independencia. Además de cristianos se confiesan católicos, lo cual termina de rizar la originalidad de la maniobra, pues si el cristianismo debió su éxito histórico exactamente a la universalidad de su mensaje -el primer credo sin clases, sin razas, sin patrias-, la propia palabra católico significa, en griego, «a través del todo». No a través de una parte, con agencia tributaria propia. Los primeros cristianos, dice el Nuevo Testamento, todo lo ponían en común. Y Francisco, con su frase, tan solo copiaba a Juan Pablo II cuando en Galicia reivindicó las raíces cristianas de Europa, cartografiadas por el Camino de Santiago.

Hecha esa salvedad etimológica y teológica, lo cierto es que beatería y nacionalismo mezclan tan bien como el caudillaje de España y la gracia de Dios en las pesetas de Franco Bahamonde. Todo el obsceno anacronismo, toda la cejijunta regresión que encarna el Prusés relumbra en esta hojita parroquial que predica a los cristianos catalanes la buena nueva del providente Arturo y su santa asamblea: la Iglesia de Junts pel Sí de los Últimos Días de Septiembre, cuyos misioneros han de reunir el trono y el altar en la mejor tradición de Carlomagno. Completan el belén indepe dos monjas nada metafóricas, Forcades y Caram, varias clarisas vocacionales de la sociedad civil-religiosa e incluso alguna rendida hagiógrafa del profeta, que no pontífice, pues pontífice es el que tiende puentes, no el que los rompe. Sólo falta el Frente Judaico Popular preguntándose qué han hecho por nosotros los españoles.

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20 agosto, 2015 · 12:39

Territorio Zarrías: la maldición del olivo

Albanchez de Mágina, pueblo de Juan Lanzas.

Albanchez de Mágina, pueblo de Juan Lanzas.

Apenas han transcurrido 24 horas desde que el juez Alberto Jorge Barreiro citara a declarar, entre otros, a Gaspar Zarrías como imputado en el mayor caso de corrupción de la historia de España, pero en su Cazalilla originaria sólo parece haberse enterado Juan Balbín, que cumple aquí dos décadas como alcalde socialista.

Cazalilla, corazón de Jaén, se alza sobre una suave loma enmarcada por olivares y bendecida por el trazo feraz del Guadalquivir. No llega al millar de habitantes -«novecientos veintialgo», precisa Balbín- esta pequeña localidad de la Andalucía interior cuya economía depende del olivo, se dice, aunque debiera decirse del subsidio agrario, y cuya identidad política se confunde con el socialismo que ha gobernado la Junta de Andalucía desde que hay democracia. Tras una victoria de UCD en los primeros comicios democráticos, el municipio no ha conocido otro gobierno que el socialista, como tantos de la Andalucía rural. Allí donde el color del voto parece tan eterno como el de su paisaje. Allí donde reside la fortaleza de Susana Díaz, su pie en pared electoral desde el que proyectarse hasta San Telmo, y de ahí a Ferraz, y de ahí -quién sabe- a La Moncloa. Allí donde los pocos vecinos que se ofrecen a la vista del reportero se enteran por él de la imputación de su hijo más ilustre, a quien incluso el marciano votante del PP (un 26% frente al 71% que cosechó el PSOE en las municipales de 2011) respeta demasiado como para desearle una condena.

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Big Time. La gran vida de Perico Vidal

Vidal y Loren, en un receso.

Vidal y Loren, en un receso.

He aquí un libro letal, una mágica elegía, un viaje al corazón de la fábrica de los sueños (cuando lo era) narrado en semejante estado de gracia que uno no sale de su lectura indemne sino corroído por la nostalgia de lo que jamás vivirá. De un tiempo irrepetible. Y no hay tópico, porque Sinatra ya no regresará al hotel Felipe II de El Escorial a lanzar beodo sillas contra un cuadro de Franco; ni Ava Gardner volverá a subirse a una mesa en un tablao flamenco de madrugada, levantarse las faldas y aliviarse allí mismo ante el gitano respetable sin incurrir en grosería, porque “hasta meando sobre una mesa tenía clase”; ni Orson Welles se ausentará durante semanas del rodaje de una película para perderse bien acompañado en la larga noche madrileña; ni David Lean entrevistará a Julie Christie en toda su gloria -Dios mío, Julie Christie- para el papel de Lara en Doctor Zhivago en un restaurante cercano a la Castellana; ni habrá ya otro español que trate al star-system clásico de Hollywood con la naturalidad con que Perico Vidal, asistente de director, trató a Robert Mitchum, Marlon Brando, Peter O’Toole o Dean Martin.

La increíble leyenda de Perico Vidal se va construyendo ante nuestros ojos gracias a las sesiones de grabación que un comprensiblemente fascinado Marcos Ordóñez mantuvo con el protagonista en sus últimos años de vida (murió en 2010), tras preparar sabiamente al hablador para la fastuosa apertura de su memoria. Que Pedro Vidal -quizá junto a Gil Parrondo el español más hollywoodiense de siempre- resultase aproximadamente desconocido más allá de los márgenes de la industria puede explicarlo ese desdén por la autopromoción que suele apoderarse de quienes han tocado la verdadera gloria con las manos. Por el ático de Príncipe de Vergara, rebautizado como “Hostal Vidal”, pasó a pillar su curda diaria o a dormirla lo más granado del cine y del jazz internacional, configurando una España paralela a la grisura del franquismo cuyos gerifaltes, por lo demás, tampoco parecían demasiado interesados en reprimir aquellas juergas inacabables. Lo importante es que Ordóñez se dio cuenta a tiempo y recabó el testimonio más impagable sobre la etapa “española” del cine americano, aquellos sesenta en que las grandes superproducciones se rodaban en España por su paisaje, su mano de obra y el competitivo cambio dólar-peseta. Los años que hicieron exclamar a Ava, avecindada en La Moraleja: “In Madrid, if you know the city well, the night never ends”.

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21 enero, 2015 · 14:17

Memorias de un motorista de Franco

Comitiva franquista.

Comitiva franquista.

[Los hechos, situaciones, diálogos, nombres y datos que pautan esta recreación son estrictamente históricos. He podido contrastar personalmente la veracidad de las dos anécdotas relatadas con los descendientes de sus respectivos protagonistas: Alberto Ruiz-Gallardón y Rubén Amón. El resto, obviamente, pertenece al ámbito de la ficción. Quiero dejar claro que durante la escritura de este reportaje no ha corrido peligro la vida de ningún dictador]

Anoche no pude pegar ojo por culpa de Luis Miguel. Luis Miguel Dominguín, el torero. El Número Uno, vamos, según se ha proclamado él mismo. El maestro se ha comprado una moto de gran cilindrada, como se suele decir, y anoche decidió que todo el vecindario de la plaza de Santa Ana tenía derecho a gozar del privilegio de oír el rugido de su motor entre las diez de la noche y la una de la mañana. ¡BRRRUMMM! ¡BRRRRRUUUMMMMM! Y risotadas de su cuadrilla, y cabriolas, y venga a probar el acelerador. El torero estrenando su moto como un adolescente en pico de celo, que quizá es lo que son los toreros eternamente. Y así estuvo hasta que mi vecino Ronquillo, ilustre aficionado de Las Ventas pero amante igualmente del descanso nocturno, salió al balcón y gritó:

–¡Luis Miguel, menos ruido con la moto y más cargar la suerte!

Se hizo el silencio en la plaza. Luego se oyó una blasfemia, un último acelerón y por último el ruido de la moto se perdió por la calle del Príncipe, llevando encima al Número Uno camino de plazas menos desaprensivas.

Yo de motos sé algo. Me han gustado siempre y por eso creí que era buena idea aceptar el puesto de motorista en El Pardo. Ya imaginan ustedes a lo que me dedico: llevo cartas que salen del mismo despacho del Caudillo. Cartas que obran un cambio asombroso en el rostro de sus destinatarios. Yo los veo cómo empalidecen todos ya desde el momento en que me ven aparecer. Cómo un atisbo de esperanza se resiste a morir en sus ojos cuando me preguntan si vengo de El Pardo. Cómo se derrumban definitivamente cuando les digo que sí.

Al jefe le gusta que las órdenes se hagan efectivas a la mayor celeridad. Un dictador cuyas órdenes no se cumplen de inmediato ni es dictador ni es nada. Él personalmente no se considera un dictador, sino más bien el caudillo de España por la gracia de Dios, pero para el caso es lo mismo. Le gusta que se le obedezca, y que se le obedezca ya. Incluso que se le obedezca ayer. Si quiere que un subsecretario, un secretario a secas o todo un ministro cesen en sus respectivos cargos, quiere que su decisión de destituirlos coincida casi en el tiempo con el conocimiento de esa decisión por parte del interesado. Y solo hay una manera de lograr con mediana eficacia esa coincidencia, o al menos de acortar la distancia temporal entre la voluntad de Franco y la cara de sorpresa del desdichado: usar un motorista.

–Mi general, ¿acaso no se fía del servicio de Correos?

–No, mire, ese es el canal convencional: el que utiliza un empresario mediano o incluso un sindicalista vertical. Pero comunicar ceses por vía de motorista, eso en España solo lo hago yo. Y todo el mundo lo sabe, que es lo que me importa.

Yo supongo que cuando alguien acaudilla un país debe cuidar las formas. En el aparcamiento de El Pardo lucen los dos modelos más emblemáticos del parque de motocicletas del Estado. Están las Harley-Davidson del amigo americano, perfectamente alineadas y pulidas, a la espera de la próxima misión de protocolo. Y está luego mi herramienta de trabajo: la temida Sanglas modelo 400T de cuatro tiempos y motor de 423 centímetros cúbicos. Es una máquina magnífica que hacen en una planta de Barcelona desde 1956; para que luego digan que los catalanes no son afectos al Régimen.

Ahora bien. La Sanglas 400 es la montura de un jinete apocalíptico en las pobres mentes que ocupan los cargos de la Administración. Yo no sé cuántos viajes portadores de la muerte laboral habré hecho desde que acepté el trabajo, que incluye el uniforme negro o caqui, las gafas de mosca mutante y el casco con orejeras. Al principio me divertía ser la viva imagen del respeto, por no decir del acojone. El suave rugido de la Sanglas, que tanto me relajaba, suena en los oídos de los tristes apesebrados de organigrama como el coro arcangélico que anuncia el Juicio Final. Qué quieren ustedes: uno no puede reprimir cierto gozo al ver a tanto enchufado perdiendo su sinecura, que a saber las flexiones que tuvo que hacer para conseguirla. Pero con la repetición de la escena uno primero se habitúa, después se empacha y por último empieza a concebir lástima del prójimo. El Caudillo tiene razón: no hay nada peor que meterse en política. En la política se pasa uno el día temiendo que lo echen a la calle por una ventolera del superior. Es humillante, coño. No sé cómo pueden vivir los ministros bajo esa tensión permanente. ¡Hasta Manuel Fraga acusó el golpe! Un compañero se negó al servicio pretextando indisposición cuando conoció el nombre del destinatario y me tocó a mí ese viaje. ¿El león de Villalba? Vamos, vamos: se puso blanco como todos los demás, cerró la puerta con la suavidad de un sonámbulo y al mes estaba de embajador en Londres.

Voy notando que este oficio me desgasta. Mi mujer dice que me deje de melindres, que en una dictadura el mío siempre es un puesto con demanda asegurada y que, si no lo hago, lo hará otro. ¡Para ella, que no ve las caras descompuestas de esos infelices, es muy fácil decirlo! A mí la moto siempre me hizo sentirme libre, no conozco nada que genere más eficazmente ese sentimiento que una moto. Pero hay días en que uno pediría un poquito más de humanidad por parte del jefe.

La moto Sanglas, mensajera del miedo.

La moto Sanglas, mensajera del miedo.

Recuerdo ahora una anécdota de 1956, el año precisamente en que empezó a fabricarse en cadena la Sanglas 400. Ese fue el año en que a una cuerda de intelectuales especialmente inquietos –cuando el Caudillo oye hablar de la palabra “intelectual” se lleva la mano al brazo incorrupto de Santa Teresa– les dio por fundar un sindicato alternativo. O sea, un sindicato, de verdad: comunista, vamos. A quién se le ocurre. Detrás de la broma estaba una selección de lo mejor de cada casa: marxismo, socialismo, falangismo rebotado, comunismo ortodoxo y monarquismo recalcitrante. O sea, Ramón Tamames, Enrique Múgica, Dionisio Ridruejo, Javier Pradera y José María Ruiz Gallardón. ¡Y ante eso Franco qué va a hacer, claro!, dice mi señora. No tuvo más remedio que ordenar la inmediata encarcelación de los cuatro: los apresaron en la misma casa donde celebraban la conspiración, que resultó ser la de Ruiz Gallardón, y se los llevaron a Carabanchel.

La cosa fue que la familia de este último sindicalista estaba convencida de tener algún ascendiente sobre el Caudillo. La verdad es que algún motivo tenía para creer semejante extravagancia. Yo leo los periódicos. El padre de José María Ruiz Gallardón había sido Víctor Ruiz Albéniz, médico y periodista de sonoro seudónimo: Tebib Arrumi, que en árabe significa médico cristiano. A Franco le gustaron las resonancias épicas de sus crónicas cuando fue corresponsal de guerra durante la carnicería del Rif y lo fichó de cronista orgánico. Solo por eso su esposa Julia, confundiendo las cosas como solo las madres pueden hacerlo, se presentó en El Pardo para pedir la liberación de su hijo en nombre de la intachable adicción al Régimen de los Ruiz. Por casualidad salía yo del despacho de recoger una de esas cartas y pude oír la conversación:

–Le juro que es un chico estupendo, Excelencia; no pinta nada en la cárcel.

–¿Y cómo está usted, doña Julia? ¡Tiene un aspecto soberbio!

–Si es que además no ha hecho nada malo. Al pobre mío lo lían esos intelectuales con los que va…

–Un aspecto magnífico, de verdad. ¡No habrá hecho usted un pacto con el diablo, doña Julia!

–Le digo que lo pasa muy mal, que la cárcel no es lugar para mi José María. ¡Ni siquiera puede jugar al ajedrez!

–¿Cómo? Eso sí que no. A ver usted, ordenanza: llame al motorista que acaba de salir y que le lleve a la cárcel de Carabanchel un ajedrez al preso Ruiz Gallardón…

Di un respingo hacia atrás para que el ordenanza no me pillara poniendo la oreja. Me tocó acercarme a un bazar, comprar un sencillo ajedrez de madera con el exiguo presupuesto que me confiaron a tal efecto y conducir la moto hasta la cárcel de Carabanchel para entregarle el ajedrez al pobre sindicalista, que se me quedó mirando cómo diciendo: ¿Esto es una broma?

La verdad es que me fui de allí con mal sabor de boca. Después de aquello el recluso aún cumplió dos semanas más de encarcelamiento hasta completar el mes reglamentario. Cuando salió se llevó el tablero a la misma casa familiar donde había sido detenido. Calculo que allí debe de seguir para que sus hijos al jugar guarden memoria de la magnanimidad del jefe del Estado.

No sé si contar esto pero, total, tampoco tengo pensado ser escritor cuando me jubile. Me gusta escribir pero ya publicar me parece que es arriesgarse para nada. Ocurre que los españoles están acostumbrados a ver a Franco en el asiento del Rolls o en la cubierta del Azor. Pero lo cierto es que al jefe lo que le gustaba de verdad eran las motos. Lo contaré para que se vea bien lo que digo.

Homenaje a Santiago Amón en el Ayuntamiento de Madrid.

Homenaje a Santiago Amón en el Ayuntamiento de Madrid, siendo alcalde Ruiz-Gallardón.

Hubo otro intelectual díscolo llamado Santiago Amón que descubrió el secreto un día que el séquito del jefe bajaba por la Gran Vía, cortada para la ocasión. Como de costumbre, Franco había seleccionado personalmente a su doble para que acompañara a Carmen en el interior del Rolls, mientras él mismo iba unos metros por delante de mí, ataviado como un motorista más, abriendo la comitiva en una gozosa Harley. Por entonces había muchos rumores de atentado y se decidió que esta estrategia era la más segura para la integridad física del jefe si atacaban el coche. Por entonces yo no me había especializado aún en las cartas, así que también operaba en servicios de seguridad y protocolo. Todos los motoristas estábamos en el secreto y convenientemente amenazados bajo pena de muerte. A doña Carmen, por su parte, aquello no le parecía del todo bien, pero su marido la tranquilizaba encareciéndole el blindaje británico del Rolls. Yo personalmente sospecho que Franco no temía ningún atentado; que lo que le apetecía era montar en moto porque dentro del coche se aburría como una ostra. Y con doña Carmen al lado no les quiero contar. De hecho el doble estaba muy bien pagado, y yo creo que no tanto por la eventualidad de tener que morir en lugar del Caudillo sino por tener que soportar un rato a su parienta. En eso el jefe es como todos los demás.

El caso es que nos detuvimos en un semáforo ya junto a la Cibeles y mi insigne antecesor en la comitiva echó la pata al suelo a la altura de un joven que se le quedó mirando con ojos escrutadores. Y que al final no pudo resistirse y habló:

–Oiga, usted es Franco.

–Lo soy. Pero no se le ocurra decirlo por ahí porque se le cae el pelo.

Aquel joven era el tal Amón que, para más inri, era miembro junto con Fernando Sánchez-Dragó y Paco Rabal de una célula del PCE financiada directamente por Moscú. A su regreso a El Pardo el jefe ordenó investigar al impertinente, pero resultó que Amón no constituía ninguna amenaza: el CESID comprobó (sin necesidad de mucha pesquisa) que la célula de Amón se fundía los fondos moscovitas en restaurantes, copas y otras jaranas. Era lo más inteligente que podía hacer: si llega a informar a sus superiores de que tuvo delante a un jefe de Estado fascista y no hizo otra cosa que preguntarle, habría sido él quien hubiera corrido riesgo físico. De hecho lo acabaron expulsando del Partido en 1960 por “indisciplina intelectual”. Ante tales evidencias me da por pensar que los españoles se toman tan poco en serio el nacionalcatolicismo como el antifranquismo.

Ahora el Caudillo ya no puede mear sin asistente: como para montar en moto. Yo apuraré en mi puesto hasta la jubilación, qué remedio. De lo contrario, además de buscar trabajo a mi edad tendría que separarme de mi mujer. En vez de eso este sábado subimos a la sierra con Ronquillo y su señora a hacer un picnic, y nosotros vamos en mi moto. Lo de usar la moto oficial para excursiones privadas es un gentil privilegio que concede el cuerpo de motoristas a los veteranos.

Yo no sé cómo juzgará la historia al jefe. Es un hombre que se va a morir habiendo cumplido su santa voluntad durante la mayor parte de su vida, y eso es algo que no puede decir cualquiera, me temo. Y además se sirvió de las motos para hacerla cumplir. Yo sospecho, de hecho, que en la historia de este pueblo quedaremos los motoristas de El Pardo como la imagen más viva de un poder que circula a sus anchas… y por un solo sentido.

El Pardo, Madrid, enero de 1975.

Aquí, el número cinco de Pont Grup Magazine en todo su esplendor.

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Pla, un vencedor derrotado

El hombre que murió en la cama.

El hombre que murió en la cama.

Cuando oigo decir que ya es hora de empe­zar a estu­diar el fran­quismo sin apa­sio­na­mien­tos, reprimo un hondo sus­piro de melan­co­lía. Ya sería hora, sí, en un país nor­mal: no en uno que revive cada día el espan­tajo del dic­ta­dor para jus­ti­fi­car un deli­rio iden­ti­ta­rio o una eterna revo­lu­ción pen­diente, con­ce­der meda­llas retros­pec­ti­vas, prac­ti­car un revi­sio­nismo absur­da­mente nos­tál­gico y, en gene­ral, ganarse la vida del inte­lec­tual ses­gado con sine­cura ideo­ló­gica, que es el modelo inma­duro de la indus­tria cul­tu­ral española.

Pero a veces topa­mos con tra­ba­jos rigu­ro­sos, labo­rio­sa­mente edi­ta­dos y valien­te­mente pro­lo­ga­dos, muy ale­ja­dos del sec­ta­rismo que alienta en la colo­ni­za­ción cul­tu­ral (enjui­ciar las posi­cio­nes éti­cas de los bio­gra­fia­dos en tiem­pos béli­cos desde la con­for­ta­ble óptica de la pros­pe­ri­dad pos­mo­derna) como este libro del perio­dista Josep Guixà, obra lumi­nosa sobre la rela­ción ambi­gua entre Pla y otros cata­la­nis­tas mode­ra­dos con el fran­quismo. A dife­ren­cia de lo que se ha tra­tado de hacer con Ruano, redu­cién­dolo a nazi sin com­pren­der su pica­resca estruc­tu­ral (y sí: amo­ral, pero nunca faná­tica ni cri­mi­nal), este libro des­cribe con pro­li­fe­ra­ción de docu­men­tos y esfuerzo de com­pren­sión la polé­mica evo­lu­ción ideo­ló­gica del gran escri­tor y de algu­nos cole­gas, desde su crianza bur­guesa hasta su coque­teo juve­nil con el radi­ca­lismo izquier­dista de Macià; siguiendo por el defi­ni­tivo des­lum­bra­miento ante Cambó y el regio­na­lismo pac­tista de la Lliga (posi­ción con­ser­va­dora que ya nunca aban­do­nará); con­ti­nuando por su labor de espio­naje desde Fran­cia para el bando de Franco durante la gue­rra, cuya elu­ci­da­ción pre­cisa es la mayor apor­ta­ción de este libro; y ter­mi­nando por la des­con­fianza amarga con que unos y otros (cata­la­nis­tas y fran­quis­tas, e incluso cata­la­nis­tas fran­quis­tas, con­di­ción mucho más mayo­ri­ta­ria de lo que vende el mito nacio­na­lista y que Guixà docu­menta con lujo) paga­ron sus servicios.

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¿Era Franco culé?

La viva imagen de la sintonía.

La viva imagen de la sintonía.

Al general Franco el fútbol no le gustó nunca. Lo que de verdad le gustaba era el cine. Y en eso era de lo más coherente, porque el fútbol depende excesivamente del azar mientras que el cine resulta de un trabajo de dirección milimétrico y obsesivo. A un dictador lo que le interesa es el control y la propaganda, dos tareas demasiado serias como para dejarlas en los pies de unos señores que corren en calzones detrás de una pelota de cuero.

Para Franco el fútbol representaba una vulgaridad tan banal como para los comunistas, aunque estos odiaban mucho más el fútbol porque decían que distraía al proletariado de la lucha política. Otro más entre los diagnósticos garrafales de nuestros Pablemos de los sesenta, pues si hay un espectáculo igualitario en el que las clases desaparecen por un par de horas y una sola afición sufre o goza al unísono, ese es el fútbol. No ha sido hasta hace muy pocos años que los intelectuales europeos (los latinoamericanos y los yanquis lo llevaban con más naturalidad) se han atrevido a confesar sus aficiones deportivas, e incluso a escribir sobre ellas.

Franco tardó muchos años en descubrir el potencial propagandístico del deporte español –eso lo ha hecho mucho mejor la democracia–, pero cuando se dio cuenta lo usó a placer, como se espera de un buen dictador. A él el equipo que más le ponía era el Athletic de Bilbao, cuyas victorias explicaba el NODO como una consecuencia natural de la pureza racial vasca, que para Franco –vamos a ver si contamos de una vez la verdad a los niños– encarnaba la quintaesencia de la españolidad heroica y mística: la de Juan Sebastián Elcano e Ignacio de Loyola.

Cuando los deportistas españoles empezaron a ganar por el mundo, El Pardo se apresuró a airear sus hazañas con enternecedor paternalismo. Lo mismo daba que se tratase de Santana, Ángel Nieto, Paquito Fernández Ochoa o el Piru Gainza, que llegó a familiarizarse tanto con las finales de la Copa del Generalísimo (nueve copas de esas tiene en sus vitrinas el Barcelona y otras nueve el Athletic por seis el Real Madrid), que saludaba confianzudo al dictador: “Hasta el año que viene”.

El generalísimo se dio cuenta de que el fútbol podía servir muy eficazmente a la cohesión nacional allí donde podría parecer que no le querían demasiado. No es que Cataluña no quisiera a Franco, y de hecho sabemos que Barcelona fue una ciudad tan retóricamente facha como cualquier otra, según acredita la hemeroteca de La Vanguardia (Española) que durante un tiempo fue exhumando en su blog Arcadi Espada para combatir la desmemoria y la manipulación. Ahí está la foto del brazo en alto de Samaranch, catalán perfectamente honorable para los estándares de la época. Pero nunca estaba de más aumentar el afecto de los catalanes por el Régimen, para lo cual hoy como ayer suele bastar el dinero. Así que Franco, mediante decreto firmado en Meirás del 23 de septiembre de 1965, no dudó en recalificar los terrenos del viejo campo azulgrana de Les Corts para que los Bartomeu de entonces pudieran construirse el Camp Nou con el dinero sacado de la venta de los terrenos recalificados: 228 millones de pesetas. De entonces.

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Imprescindible post de Jarroson al respecto del fantasioso documental de TV3: «La razón por la que esconden, manipulan y adoctrinan es el saber que esa gloria que envidian les es inalcanzable«.

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Reivindicación de Pedro Luis de Gálvez a través de sus úlceras, sables y sonetos

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Se llamaba Pedro Luis de Gálvez y una vez -dicen- paseó por Madrid el cadáver en cajita de su bebé nonnato para excitar la lástima y el bolsillo de la horrorizada parroquia de las tabernas. Fue expulsado del seminario, huyó de un padre cristiano y sobrevivió como chapero de marqueses. Recorrió España a pie viviendo de la tierra y tapándose con las estrellas. Probó el ajenjo en el Moulin Rouge y encandiló a Apollinaire al punto de que el francés escribiera de él una biografía. Se ganó a pulso un papel en Luces de bohemia y fascinadas citas de Baroja, Carrere, Ruano o Max Aub, y aun el mismo Borges ya ciego todavía recitaba algunos de sus versos y recordaba la noche en que Gálvez le llevó a conocer el ultraísmo de mancebía.

Fue encarcelado por antimonarquismo pudiéndolo evitar solo para escribir un talentoso libro sobre la rata con la que intimó en la trena, indultado a petición de Mariano de Cavia y requerido por los mejores diarios apenas unas semanas antes de defraudarlos, dada su incapacidad vocacional para resistir los demonios de la vagancia y el morapio. Combatió en el ejército de Albania durante la guerra del 14 con Turquía, llegando a grado de generalísimo, y cubrió como corresponsal el desastre del Barranco del Lobo mientras se sacaba un sobresueldo chuleando a su mujer entre la soldadesca, hasta que finalmente su Carmen se enamoró de un capitán de infantería que le dio por ella dos mil pesetas, o de eso presumía.

Operó en la Puerta del Sol, perfeccionando mañas extractivas sobre académicos y obispos hasta un punto de excelencia que habría deparado, con El arte del sable, una cumbre canónica de la literatura picaresca de no ser porque acaba recurriendo al refrito y al relleno tipográfico. Emigró a Barcelona donde triunfó como comediógrafo solo después de trabajar como aeronauta, oficio al que renunció el día en que hubo de ser rescatado del Mediterráneo por un golpe de viento que desató la canasta del globo aerostático. Se arrejuntó con Teresa, que le dio más hijos, y a la que verdaderamente quiso. Fue editor de Rubén Darío y tutor de su bastardo Rubenito. Asustó a Ramón, que le había expulsado de Pombo, cuando resurgió en el 36 en mono de obrero y con dos pistolones al cinto, convertido en jefe de una milicia sindicalista a la que Miquelarena, Baroja y Cortés-Cabanillas atribuyen a la ligera crímenes de sangre que incluyen a Muñoz Seca en Paracuellos, pero que los indicios más sólidos desmienten con casi total probabilidad.

Fue fusilado por Franco en 1940, previo consejo de guerra al que no logró convencer de que su militancia roja había tenido más de farsa y supervivencia que de responsabilidad fáctica, pues había salvado la vida de escritores nacionales como Ricardo León -del que había sido negro- o Carrere, y hasta del portero Ricardo Zamora, al que sacó de la Modelo. Y finalmente escribió algunos de los mejores sonetos del primer tercio del XX, pese a que no fueron recogidos en ninguna antología hasta que Andrés Trapiello, espeleólogo de las armas y las letras, publicó su Negro y azul.

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